viernes, 31 de julio de 2015

Consultorio sentimental



La señorita “Corazón solitario” escribe una carta a nuestro consultorio en estos términos:

“Querido Roperito: En primer lugar, felicidades por tu blog. Es muy chuli. Me encantan las fotos que pones. Tengo un problema. Por eso te escribo. A ver si me puedes ayudar, porque estoy desesperaíta del todo. 

¿Qué me pasa? Pues que me va a pasar. Un tío. Vamos, un hombre. Yo soy una mujer bastante aparente y atractiva. Todo el mundo me lo dice. Si voy por la calle, pues suelen decirme piropos. Y los amigos me comentan que estoy muy bien, que soy muy guapetona. En fin, que estoy acostumbrada a gustarle a los chicos. 

El problema que tengo es que me gusta “alguien” y ese “alguien” pasa de mi tres kilos y doscientos gramos. Tal como lo oyes. O mejor, tal como lo lees. Pasa de mí totalmente y se le nota tela. Esto me desconcierta y me deja sin autoestima. No entiendo mucho de psicología pero creo que lo de tener la autoestima baja es sentirse hecha una mierda. Ese es mi caso. Yo creía que era mona y que atraía a los hombres y ahora resulta que hay uno que me considera un poco más que la señal de tráfico de prohibido aparcar. 

Me dirás que pase de él. Que no le haga ni caso. Que él se lo pierde. Si. Todo eso ya lo sé. Pero es que se da una casualidad muy grande. Que el chaval me gusta. Es que me gusta, leche. Me gusta mogollón. Me encanta. Me súper encanta. Me pone a cien. Me tiene loquita. Me muero por sus huesos. 

Cuando lo veo (y lo veo mucho porque trabajamos en el mismo sitio) me dan ganas de tirarme para él y darle un mordisco. Tal que así. Me controlo, claro, no vaya a creerse que soy caníbal, pero qué trabajito me cuesta. Porque es que el tipo está muy bueno, de verdad, muy bueno y yo no soy de piedra. 

Me dirás que prepare un plan de conquista con todos sus avíos. Pero, alma de cántaro ¿crees que no lo he hecho ya? Ropa ajustada, escotitos, medias monísimas, maquillaje del bueno, peluquería y pelito arreglado, miradas insinuantes, conversaciones con segundas y terceras, movimientos de tacón (que mi trabajo me cuestan y mis dolores de espalda también), en fin, todo el arsenal del que una dispone en estos casos. 

Pero, que si quieres….nada, no hay nada que hacer. Este tipo se me resiste. No le gusto y yo voy a despedirme del mundo mundial y meterme a clarisa si no me das un consejo que cambie la cosa. 

Atentamente: Corazón solitario”

Querida “Corazón solitario”, queridísima amiga: Ay, qué poco conoces a los hombres y qué poquito que sabes de los procesos psicológicos y fisiológicos que gobiernan las reacciones humanas. Vamos, que estás más perdida que el barco del arroz. Por cierto ¿qué era eso del barco del arroz? Mira por donde me ha picado la curiosidad….tendré que mirarlo en el Internet. 

Bueno,  a lo que vamos. Estás sufriendo mucho, ya lo veo. Y tengo que ser sincera contigo. Porque de lo contrario se correrá la voz de que escribirle al “Roperito” es lo mismo que lavarle la cabeza a un tiñoso (es decir, que no sirve para nada) y eso no, mi prestigio tengo que conservarlo. 

¿Qué puedes hacer ante un tipo que pasa de ti, te ignora y no le gustas ni pizca? Muy sencillo: 

Nada. 

¿Cómo? dirás tú, compungida. ¿Nada? ¿Qué clase de consejo es este?
Pues, querida, un consejo la mar de sincero. No puedes hacer nada. Y te explicaré por qué. La amistad, como el amor, no son procesos físicos, ni actitudes ni voluntades. No es querer, no es poder, no es intentar. No, querida mía, son procesos químicos. ¿Qué quiere decir eso? Pues que sí son son, y si no son no son. 

Querer o gustar son actos independientes de la voluntad. Si al chico no le gustas, es que no le gustas. No es problema tuyo, ni suyo. Es que la química es una cosa volátil, que pulula por el éter y funciona o no funciona. Lo mismo da ser más guapa o más fea, la química surge o no surge. 

Por eso, debes estar tranquila. Aunque no eres una seguidora de Lao-Tsé, te puedes aplicar el principio de no-actividad. Es decir, si da lo mismo lo que hagas ¿para qué te vas a empeñar en ponerte en ridículo? 

No hay artificio amatorio posible cuando la química no flota. E, hija mía, es que aquí no hay química, no hay más que verlo. Al muchacho no le gustas. Puedes dedicarte a sufrir y a quejarte pero yo tiraría por otro lado. El remedio no está en lo que hagas con él, sino en lo que hagas contigo, es decir…..

Vive, vive tu vida, no pienses en gustarle, sino en gustarte. No pienses en que te mire, sino en que tú te veas. No pienses en que él existe, sino en que tú estás viva y la vida es única. Déjate de despecho, piensa que es inocente del pecado de no quererte. Simplemente, vive y déjalo vivir. 

Tarde o temprano, queridísima “Corazón”, el amor llegará a tu vida. Y si no llega, pues entonces date un caprichito. 

martes, 28 de julio de 2015

Moda para escritores


Los escritores son gente presumida. No puede ser de otra forma en un oficio que está volcado al exterior. Soledad, sí, para escribir. Mucha introspección. Pero luego, todo eso salta a la luz, se esparce por el mundo, gira en derredor y se muestra a los ojos de todos. Un escritor sin lectores no existe. Porque la escritura es un paso de baile a dos. Un dueto musical. Un diálogo. Un encuentro. Siempre que hay un lector ha existido antes un escritor. 

Bien. Pues esta propensión al exhibicionismo, a la ostentación intelectual y emocional, tiene que dar, por fuerza, especímenes preocupados por su aspecto físico. Me diréis que hay excepciones y las hay, desde luego, como en toda generalización, pero, si observáis la Historia de la Literatura incluso la Literatura de andar por casa, veréis como la mayoría de ellos son gente muy dispuesta a la coquetería. Hablamos de los hombres. 

No hace falta remontarse al nacimiento de la escritura, ni a los tiempos clásicos (aunque ahí se podría hablar, y mucho, de elegancia). Ni siquiera a los pobres monjes medievales, todo el día copiando y copiando para que no se perdiera nada. Ni a los renacentistas, ese paradigma de todo lo bello y de todo lo humano. No. Tampoco debemos perdernos en los intríngulis románticos, con el sobrino de mi amigo Mesonero, vestido de negro y deambulando por los cementerios. O con Larra, haciendo de las suyas en todas las tiendas de moda de Madrid. 

No será necesario, os lo aseguro, darse una vuelta por los viajeros o por los Dumas de la France, o por los ingleses en la India, con sus plumas aceradas, o por los de la época Regencia, o por los afrancesados españoles, o los escritores criollos. Por supuesto, será innecesario parar en la Edad de Plata y contemplar las jugarretas y bromas que un elegante por antonomasia, Pepín Bello, gastaba a sus congéneres surrealistas y, metódicamente estrafalarios, residentes. 

Con solo mirar los últimos años de nuestra historia literaria podemos colegir de qué estamos hablando y hacer así un retrato robot del escritor elegante. Dos palabras que son casi sinónimas, creedme. 

Fijaos que yo los veo llevando un buen traje o, en su defecto y para menos vestir, un pantalón de calidad con una chaqueta a juego, mejor en tonos neutros, tierras o grises. Con su chaleco, por supuesto, su buena camisa con gemelos y su cuello abrochado con corbata. En ocasiones, un pañuelo puede sustituirla. Hermés o Loewe, apunto. Desde luego, un foulard o bufanda a modo, en tiempos fríos, que la garganta escritoril guarda secretos delicados. Los escritores, como sabéis, se cuidan más que las divas del bel canto. Por eso hablan tan bajito y se oyen tanto a sí mismos. 

Zapatos de cordones, oscuros, mejor negros y calcetines al tono, no hace falta decirlo. Abrigos, desde luego. Amplios, incluso gabardinas en determinado tiempo. No los veo con anoraks, ni perfectos, ni cazadoras de cuero, dejemos esas fruslerías para otros gremios. Bastón, si se tiene ya una edad. Incluso si no se tiene. Sombrero panamá en verano, comprado, a ser posible, en una buena sombrerería andaluza y sombrero de pura lana en invierno, mejor gris, que es color que compadece bien con el color del rostro, algo macilento, del escritor, acostumbrado a horas de ordenador en interiores llenos de libros y de pesados compromisos lingüísticos. 

Clásico en todo, puede a veces tener la tentación de usar capa española. Un esmóking es prenda indispensable en su ropero, pues seguro que a veces alterna con gente de importancia y alquilarlo es cosa de medio pelo. Pajarita negra, camisa de jaretas con pequeños botones. Preciosos gemelos heredados si es posible (si no, los compra uno donde mejor pueda). 

Sin embargo, dado que el escritor es un ser camaleónico, puede crear personajes, meterse en la piel de otros y, al fin, hacer su santa voluntad con la historia que escribe, ocurre que en ocasiones se siente deseoso de bohemia, se va al Café Gijón por mentar un modelo y se viste a tono con la diletancia más dilecta. Por ejemplo, cachemir, camisa a cuadros o de rayas finitas, voluminoso abrigo envolvente (los escritores son seres muy frioleros, puesto que su cabeza siempre está dando vueltas a alguna idea) pantalones de pana tipo socialista emergente e, incluso, por no desentonar, bota marrón de estilo campesino. Bien, estas son excepciones, que nadie se me enfade. También los hay que viven aparcados en el sesenta y ocho, pero ese es otro tema que mejor no tocarlo, porque tendríamos que hablar de los sans cravate. 

Dado que el escritor quiere sentirse viejo desde que nace, porque sospecha que eso le aporta encanto, es corriente en ellos abominar de los sitios de moda, de las playas, saraos, discotecas y demás eventos de esta vida mundana, por lo cual en su fondo de armario no hay ninguna bermuda, ni playera, ni bolsitos de llevar al costado, ni chanclas malagueñas, ni gorritas, ni mochilas al uso, ni, por supuesto, camisas de manga corta, el colmo de lo hortera. 

lunes, 27 de julio de 2015

Rouge



Mi fondo de armario en el maquillaje es la pintura de labios. Cualquier atuendo, por muy atinado que sea, sin unos labios pintados, no tiene sentido para mí. Tengo que llevarlos pintados en todo momento y ocasión. Mucho más para salir a la calle. Eso es lo que da a la cara la vida que hace atractiva una sonrisa. 

Las modas en la pintura de labios han cambiado a lo largo del tiempo. Pero es una costumbre muy antigua, que se ha ido perfeccionando al hilo de los nuevos productos, cada vez más conseguidos y saludables. En las culturas antiguas había productos que se utilizaban para dar esa sensación de color a los labios y, desde luego, ahora mismo es un complemento indispensable. 

Hay una cuestión erótica, además, en el hecho de pintarse los labios. Señala el lugar del beso, ese espacio visual del rostro en el que se concentran determinadas acciones amatorias. Los estilistas opinan que, si se resaltan los labios, no debe abusarse del maquillaje de ojos. Pero, como en todo, cada una de nosotras debe conocerse a sí misma lo suficiente como para tener claro qué le interesa resaltar. Al fin y al cabo, pintarse los labios es anunciar que esa parte de nosotros está ahí, visible, al alcance de todas las miradas. 

En los colores existe una amplísima gama de gustos. Es importante saber qué color o colores son los que te sientan bien y eso depende del color de la piel y del cabello, de la forma de los labios y de la manera de gesticular que tienes. Porque esa es otra. Rostros bellos no lo parecen tanto a la hora de articular las palabras y expresarse. Determinados gestos afean terriblemente la expresión. Ser guapa es, cada vez más, cuidar lo que se dice y cómo se dice. La expresión elegante, natural, es un aditamento de la belleza. 

Naranjas, tierras, ocres, brillos, mates, rojos, rosas, un larguísimo camino existe entre tú y los labiales. En mi caso tengo claro lo que me sienta bien. Rosas y rojos. Lo demás, mejor abstenerse. Mates sí, brillos no. 

En torno al lápiz de labios hay anécdotas. La última me ocurrió hace unos días. Tomaba yo una copa con un amigo que me encanta y al que quiero encantar aunque no lo consigo (es un hueso duro de roer), cuando, en un momento dado, caí en la cuenta de que, al beber, los labios se habían desdibujado, aunque no demasiado, porque era una labial de primera, sin ser de esos permanentes horrorosos. Saqué mi lápiz de labios y mi espejito chic y me di un repasito. El lápiz de labios es de Yves Saint Laurent y va en un estuche dorado para comérselo. Mi amigo me espetó: Hacer eso ya no se lleva, queda fatal pintarse los labios en medio de un bar (era un gastrobar tipo pijo). Confieso que me quedé cortadísima. Mi gozo en un pozo. Yo queriendo gustarle y el cenutrio criticando que me pintara en público. Esta reacción me podía haber producido una importante bajada de autoestima, si no fuera porque mi autoestima no depende, desde hace tiempo, de lo que digan otros. Bastante claro tengo que, de ser así, estaría por los suelos. Mejor que tenga que ver con sentirte bien contigo misma, si no por guapa, sí por ganas de vivir. 

No es la única anécdota, desde luego, pero sí la más reciente. Hay otra más antigua. Comenzando a salir con mi primer novio (un tipo guapísimo, de pelo oscuro y ojos verdes, verdes), tuvo una curiosa reacción la primera vez que nos besamos. Me dijo, creo recordar algo así como "pues sí, tiene un color bonito pero, además, está rico". Se refería, desde luego, al lápiz de labios que yo entonces usaba, que debía ser barato porque ¿quién necesita mejunjes caros a los diecinueve años?

Ahora, mi look favorito, es llevar la cara bien limpia con mi limpiadora y mi tónica de Sisley, luego una ampollita hidratante y vitamínica de proteoglicanos Martiderm, para, a continuación, colocarme la crema antisolar protección 50. Después de eso, una simple rayita azul en los ojos, poca cosa y mi súper barra roja o rosa fucsia. Si te colocas luego tus Rayban doradas y llevas el pelo muy limpio, peinado liso o con tu onda natural, entonces puedes comerte el mundo. Incluso pueden comerte a ti, si es que hay suerte y no topas con un tipo tan sumamente snob como el del gastrobar pijo. 


sábado, 18 de julio de 2015

Con una mirada


Las pestañas son una parte muy importante del rostro. Aportan expresividad y protegen los ojos. Hay que cuidarlas, por lo tanto, para que estén fuertes y sanas. Existen pestañas artificiales que puedes usar en un evento concreto, pero ninguna queda tan bien como las naturales. 

Algunos pequeños consejos prácticos pueden ayudarte a que tus pestañas mejoren de aspecto y se conserven en buen estado:

Desmaquíllate las pestañas. Si te has puesto rímel o pintado los ojos, tienes que cuidar que se queden absolutamente limpias antes de dormir. Acostarse con los ojos pintados o las pestañas pegajosas es un verdadero asco. Nada de quejas, ni de pretextos. Si estás cansada, piensa en los beneficios. Compra un desmaquillarte hipoalergénico y úsalo con un disco de algodón. No frotes. 

Hablando de rímel. Se trata de un producto delicado y por eso aquí no puedes ahorrar. Elige un buen rímel, de esos que contienen sustancias naturales, como la elastina o el colágeno, que reforzarán el crecimiento cada vez que lo uses. 

Usa gafas de sol. Las gafas de sol no son solamente uno de los complementos más bonitos y chic de los que puedes llevar, sino una auténtica necesidad. Protegen del sol y de sus malvados rayos UV, no solo a las pestañas sino a los ojos. Además, evitarán o paliarán la aparición de arrugas de expresión por la molestia que causa el sol en los ojos. Por supuesto, gafas de sol buenas, con cristales adecuados y con protección. 

Nutre las pestañas. Ya sabemos que no tenemos tanto tiempo, pero, por ejemplo, en verano o vacaciones, puedes llevar a cabo unas sencillas acciones nutritivas. Aplica por la noche en tus pestañas productos naturales como el aceite de oliva o una infusión de manzanilla, usando un bastoncillo para oídos. Se espesarán y se pondrán más bonitas. La manzanilla, además, es un excelente medio para bajar la hinchazón de los párpados. 

Sigue una dieta equilibrada. La alimentación es básica para que todo tu cuerpo funcione bien y tenga buen aspecto. También influye en las pestañas, porque se fortalecen con determinados alimentos. Frutas, verduras, cereales, sobre todo. Alimentación sana y nutritiva, variada y sin abusar. 

Y ahora, dos consejos más que quizá sean más difíciles de realizar, pero que constituyen la base de la belleza femenina: 

Ríe con los ojos. Una mirada triste nunca podrá ser atractiva. Reír con los ojos es ofrecer lo mejor de ti a los demás y enfrentarte a la vida con sabiduría y con elegancia. No te hará crecer las pestañas, pero sí te sentirás más a gusto y feliz. Además, te verán más guapa. 

No te canses de mirarlo. Si estás enamorada, si te gusta un chico, si eres aficionada al arte, si te gusta el cine, no te canses de mirar aquello que te atrae y que te conmueve. La emoción hará que tu expresión se llene de belleza. 





jueves, 16 de julio de 2015

Magníficos Adefesios (playeros, por supuesto)

Vas a la playa y no sabes donde mirar. No es que los placeres estéticos te sobrevuelen, quiá, todo lo contrario, es que hemos decidido que ir a la playa es el mejor momento para convertirnos en un adefesio. 

Parece que nos aconsejan nuestras mejores amigas. Estás en casa, preparando la cesta de esparto o el bolso de Caminatta, y piensas en tus mejores amigas. ¿Qué decidirían ellas que me pusiera? Un rato para pensar y, a continuación, he aquí la solución. Una ceñida camiseta de color imposible, unos pantalones ni cortos ni largos que dejan ver lo peor de la pierna, una gorra beisbolera, y venga, a la playa. 

En ellos la cosa aún es peor. Confieso que ver a los hombres dirigirse a la playa es un verdadero suplicio estético para alma tan delicada como la mía. Bermudas inenarrables, sandalias que para qué te cuento, camisetas estilo Dios mío, riñoneras (el colmo del mal gusto), chancletas de la peor especie...Todo lo contrario del placer de la visión de un hombre enseñando algo...Un asco, una decepción. 

Como este blog tiene una misión pedagógica, aunque a veces no se note, tengo que deciros, queridos míos, que ir a la playa no tiene que ser sinónimo de renunciar al buen gusto. Por eso yo os diría que...

Prepara tu piel, con anterioridad. Pelos fuera (por Dios, no habría ni que decirlo) y piel hidratada, preparada para recibir el sol. La piel es tu carta de presentación. Tocar es un placer...o debería serlo. 

Por supuesto, tras la hidratación, la protección. El sol es un euforizante, pero también es un jodido impulsor de arrugas y de problemas de piel. No eres negra (si lo eres, esto no va contigo, perdona) así que confórmate con un toque sano de bronceado muy natural. Comienza con una protección muy alta y luego ve bajando, pero yo no bajaría en el cuerpo del 30 y en el rostro del 50. 

Cuida tus manos (uñas incluidas) y tus pies (uñas incluidas). Las uñas de los pies han de estar perfectas, como las de las manos. En las chicas, a mí me encanta llevarlas pintadas, mejor de rojo, que hacen un contraste precioso. En los hombres, ni que decir tiene que cortadas, limpísimas y bien limadas. El resto de los pies también hay que cuidarlos. Sentada ante la tele, por ejemplo, puedes darte un masajito y ponerte una crema de esas hidratantes tan apañadas....

El cabello sufre con la playa. Protege la cabeza. Sombrerito, pamela, incluso un pañuelo bien colocado. En los hombres, sombrero y, si es un chico muy joven, incluso gorra, pero una gorra limpia y decente, no un recuerdo de la acampada del 15-M. Lleva una cinta para recogerlo si lo tienes largo y luego, a la vuelta, un buen lavado e hidratación indispensable. Secar al sol, lo mejor. El secador es un enemigo. La plancha deja el pelo bien, pero no abuses de ella. Aprovecha el verano para dejar libertad a tu pelo, su ondulado, su rizo natural. 

Lo mismo da bikini o bañador (hablamos de ellas). El caso es que te siente bien y sea de tu talla, que no sobra nada por aquí y por allá. Los colores alegres quedan estupendos y disimulan cosas. El negro es elegante, lo sé, pero no me gusta, salvo para una modelo escultural que vaya a lanzarse del trampolín. Tampoco abuses del colorido, los estampados suelen engordar. Encontrar el traje de baño adecuado debería ser una asignatura importante para ti. Ah, y que sea de buena calidad. Enjuagarlo todos los días después de someterlo al sol y a la sal es una obligación fundamental. Mejor, con un poquitín de jabón de olor en el agua. 

Es conveniente llevar un traje de baño de repuesto y cambiártelo tras el baño. ¿Cómo te cambias? Pues usando una toalla amplia y haciéndolo con discreción si no tienes a mano un lugar adecuado. Pero sentarse con el bañador mojado, eso nunca. 

Los bañadores de los hombres dependen de su edad, su cuerpo, su gusto. En todo caso, mejor discretos. Si el tipo está bien no hace falta más. Y si no lo están, pues mejor que disimule algo. Esos de cuadritos pequeños de pantalón corto son muy monos, pero si te gusta nadar, ese modelo es algo incómodo. Tampoco hace falta que nos insinúes todo lo que tienes....deja algún misterio para otra ocasión. Y convéncete. La mayoría están mejor vestidos que desnudos. 

Si eres un hombre y vas con bermudas, elígela bien. El largo exacto y el ancho exacto. Añade unos náuticos, por ejemplo o, si usas sandalias, que sean adecuadas, de piel, discretas, ya sabes. Ojo con las camisetas excesivamente estrechas o decoradas como si fueras a la universidad de Wisconsin. Camisas a la playa, como que no. Camisetas de tirantes, puf, qué feo. Mejor camisetas claras, lisas y por encima de la bermuda, sin que señale a tope esa incipiente (o quizá contundente) barriguita. 

Si eres una chica, un vestido ligero es ideal. De esos blancos, ibicencos, cortos o largos. Con poco adorno, desde luego. De tirantes mejor. También un pareo es una solución y puedes ponértelos de la forma que quieras y que hagan juego con el bañador. El short y el top, solo para chicas muy jóvenes. Después, mejor insinuar. Los tacones los dejas para la noche, querida, aunque seas muy bajita. Fíjate que este verano las bajitas están triunfando. Vamos, que se están coronando. Y no daré más datos. 

En líneas generales, sencillez. Dejar en casa los collares, las pulseras, los pendientes y toda clase de aditamentos que recargan la visión y que son molestos para tomar el sol. Mucho blanco, que es el color ideal para el verano. Algodón más que lycra, salvo en los trajes de baño de ella. Toallas grandes, lisas y un buen capazo o una bolsa plastificada de cremallera. Si te pones brillo en los labios, puede quedar bonito, pero no te pintes como una puerta, qué vas a dejar para la noche...

¿Lo mejor de la playa? Para mí lo que viene después. Una siesta relajante y aprestarse a salir, al olor de la noche, con el hombre por el que suspiras. Ese que te pone a cien. Sí. Ese. Él. 

lunes, 13 de julio de 2015

Tenemos visita

Antes era uno de los actos sociales de mayor relevancia. Ahora las cosas han cambiado mucho. En determinados estratos sociales se mantiene con algunas transformaciones, pero, el resto de la sociedad, ha decidido tirar por otro lado. 

Pero, aun de manera diferente, continúa como una forma de relacionarse que merece la pena cultivar. Es más, hay personas a las que les gusta especialmente recibir visitas en casa, reunir a amigos, compartir celebraciones en calidad de anfitrión. 

Ser un buen anfitrión requiere algunas características que, si no se dan, harán inútil el empeño. Ser un buen anfitrión es una cuestión de actitud y de aptitudes. 

Un buen anfitrión hace sentirse a los amigos como en su propia casa. Esto precisa que se establezca una corriente de calidez en el trato, de confianza sin llegar a la chabacanería, que proporcione confort y bienestar a los que te visitan. 

Un buen anfitrión reúne a sus amigos por afinidades. Es decir, cuida mucho la selección de las personas a las que invita a un acto, puesto que, si no existen afinidades o, peor aún, si existen desencuentros, todo se irá al traste, porque nadie estará a gusto. Una fiesta no es el momento de limar asperezas, sino de compartir momentos agradables. 

Un buen anfitrión tiene en cuenta los gustos de sus invitados. Preparar, casi a la carta, tanto lo que se va a beber, como lo que se va a comer, como la forma en que se desarrollará el evento, así como tener en cuenta quién es cada cual y de qué forma puede sentirse más a gusto. Personalizar el acto es señal de ser un buen anfitrión. 

Un buen anfitrión no cuenta detalles de precio, ni de esfuerzo, ni de dificultades. Hay gente que te invita a su casa y te da toda clase de explicaciones sobre el precio del menú, sobre quién lo ha hecho durante toda la tarde, así como sobre el esfuerzo que le ha supuesto organizar aquello. Si te cuesta tanto, no te molestes en hacer nada. Pero, si me invitas, sé elegante y cállate los detalles. 

Un buen anfitrión no presume ante sus amigos. Cuidar todos los detalles, intentar que todo salga bien, pero sin presunciones. No hace falta derrochar para que todos te alaben, ni andar cansando a las amistades con tus últimas adquisiciones, ni intentar demostrar que eres el mejor, el más rico o el más listo. Mejor la sencillez, cada uno ofrece lo que tiene, sin aspavientos y sin exhibiciones.

Un buen anfitrión no improvisa. No espera hasta última hora para tenerlo todo dispuesto, no te hace sentir incómodo al llegar a su casa y encontrarte que las cosas están por terminar, no te encarga que cortes tú el pan, que pongas la mesa o que vigiles el guiso. Eso no es confianza, eso es dejadez simplemente. 

He conocido a grandes anfitriones. He vivido con uno muchos años. Personas con cualidades innatas para crear a su alrededor un ambiente de calidez, de comodidad. Gente abierta sin resultar pesada, cercana sin ser expansiva, respetuosa sin ser fría. Anfitriones de primera. Mi propia casa de la niñez era una casa abierta, en la que todo el mundo entraba alguna vez al día. Ese "todo el mundo" se refiere, por supuesto, a la gente de la calle, de nuestro círculo. Era una casa en la que se disponía café para todos, en la que las visitas se atendían con esmero y en la que suponía una alegría cualquier acontecimiento que permitiera la charla reposada y el encuentro. En los años en que las hijas éramos adolescentes, incluso fue una casa que dedicó su jardín al baile dominguero y en la que las sesiones de cine compartidos eran tradición y goce. 


domingo, 12 de julio de 2015

Naranja y madrugada

¿Calor? Más de cuarenta grados. Las noches apenas refrescaban. Era un auténtico infierno ese verano allá, en un pueblo cercano a Sierra Morena, justo en la carretera de Andalucía, la que va de Cádiz a Madrid. 

¿Calor? Tanto que las primas andaban todo el día en bikini. Una de ellas lo llevaba azul cobalto y la otra verde esmeralda. Una morena y otra rubia, como la canción de la zarzuela. Tantísimo calor hacía que se lanzaran a refrescarse en cuanto tenían ocasión. 

¿Calor? Por supuesto. Pero la diversión es la diversión. Y tener dieciocho años no es cosa de poca importancia. Así que las fiestas, los bailes y las ferias eran su ocupación principal las noches de ese verano feliz, tan cuajado de amigos y de risas. 

¿Calor? Al mediodía, después de dar una vuelta por dos o tres bares del pueblo (más bien ciudad, ya os digo), la prima rubia sintió que se había pasado de rosca por primera (y única) vez en su vida. Vamos, que el vinito servido en esos vasos minúsculos que llevan la tapa incluida se le había subido a la cabeza. 

Aquello era una tragedia. Porque esa noche, precisamente, en un pueblo cercano comenzaba la feria y era un feria que se presumía muy animada y, además, las primas no iban solas, sino acompañadas por dos chicos que les gustaban tela. Dos hermanos, morenos, guapos y estudiantes en Granada. El mayor, para la prima morena y el menor, para la rubia, atendiendo a sus edades respectivas. Pero, ay, qué mala suerte, la cosa pintaba mal, muy mal, porque las horas pasaban y la maldita sensación de borrachera no se disipaba ni a tiros. Qué contratiempo, pensaban. Qué desastre. El teléfono no dejaba de sonar. Los hermanos preguntaban por las primas. Y la prima morena, que era la que no estaba afectada por los molestos estragos del mareo, pues no sabía qué decir, salvo que la rubia lo estaba pasando mal, pero mal...

¿Calor? A las doce de la noche se obró el milagro. La cabeza se despejó, llegó la sanadora ducha y, del armario, salió un vestido floreado, con las mangas al codo, con la cintura un poco alta, con mucho vuelo y con un escote respetable. Las flores eran anaranjadas y quedaban perfectas con el color dorado de la piel de la prima rubia. Era un vestido preparado para triunfar, para ir a la feria con aquel chico moreno tan guapo y pasarlo de fábula. La naturaleza siguió su curso, el mal rato pasó y las primas, subrepticiamente y sin que nadie en la casa las oyera, salieron de la casa por la puerta de servicio, se subieron al coche de los hermanos (un Wolswagen cucaracha verde pálido) y allá que se fueron al pueblo cercano. A la feria, a disfrutar la noche, el aire fresco de la Sierra, la juventud, la vida. 

sábado, 11 de julio de 2015

5 motivos para criticar a Bogart

Posiblemente sea el actor más admirado por los hombres. Muchos hombres quieren ser Humphrey Bogart, desde ahora, HB. El motivo de esta admiración lo he venido pensando desde hace algún tiempo. Podría haber hecho, incluso, una tesis doctoral sobre el tema. Pero una tesis es un plomazo, algo aburrido y sin chispa. Además, no habría forma de encontrar un catedrático que se aviniera a mi punto de vista sobre la cuestión. 

A saber: HB es un mal prototipo de hombre. Y ha influido negativamente en nuestros contrarios, es decir, en ELLOS. 
Intentaré explicar por qué con palabras muy sencillas, nada de alharacas literarias, ni juicios severos. No, más bien volátiles y transparentes razonamientos que todos podamos entender:

HB es un actor intercambiable. Lo mismo da el papel que haga, la película que interprete, el siglo, el momento, el día o la hora. HB siempre hace la misma función. Siempre pone el mismo gesto, la misma expresión, la misma escasa sonrisa (reír no le favorecía nada), siempre mira igual, siempre...siempre...Uff, qué pesadez. 

HB es absolutamente predecible. A fuerza de ser siempre el mismo, ya tenemos claro qué dirá en cada ocasión, de qué manera solventará una situación y cómo se portará en cada caso. Tiene una retahíla de opiniones y de reacciones, todas muy a mano, con las que sale del paso sin sofocarse lo más mínimo. Fijaos en que nunca se despeina. 

HB trata mal a las mujeres. Para empezar, no las toma en serio. Larga sus frasecitas supuestamente ingeniosas y ellas las reciben como si tal cosa. A todas las llama "encanto", sean como sean. No las escucha, siempre habla como si no hubiera oído conversación previa alguna. Y usa un vocabulario bastante molesto a veces. 

HB se las da de atractivo. O sea, que se lo cree. O sea, que se piensa que es guapo. O sea, que se considera el centro del mundo mundial. O sea, que va de ligón. O sea, que es un misógino que le gustan todas. O sea, que....bueno, ya vale. 

HB nos miente. Porque, aunque el papel que representa en todas sus películas, el mismo ya os lo he dicho, es el de un cínico, sin escrúpulos, que no es capaz de querer a nadie, que no respeta a las mujeres y que las trata como si estuvieran a su servicio, a pesar de eso......jajajajajajaja, se enamoró de la Bacall. Se enamoró perdidamente y le fue fiel toda su vida, la que vivieron juntos. ¿Entonces, a qué viene tanta displicencia diletante, Bogey? 

Por eso, aunque haya pasado a la historia como un actor de actores y como un consumado conquistador, lleno de encanto, afirmo que se pasea de una peli a otra sin distinción de lugar o de argumento y que no me va el tonito con el que me interpela....Todo, para caer luego en los brazos de una it girl de la época. 


viernes, 10 de julio de 2015

Tienes una cita


Ay....qué nervios, qué momento, qué ilusión...qué me pongo....

Prepararse para una cita es un momento mágico. Y debería hacerse siempre con calma y sin precipitación. Lo dice el señor Knitghley, la sorpresa no añade nada a un encuentro y le quita la dulzura de la espera. Bueno, quizá no lo expresa así, pero se entiende. Yo no quiero sorpresas, sino una premeditación y una alevosía con todos sus avíos. Que me avisen, que me pregunten, que me dejen tiempo para prepararme bien. Incluso psicológicamente. Disfrutar de la anticipación de la felicidad del encuentro. Ay, qué emocionante. 

Sé bien de lo que hablo. Como todas las mujeres, preparar una cita significa quedar con alguien que te gusta. Si no te gusta, no es una cita, es otra cosa. La cita tiene, pues, un componente especial, un coqueteo, un algo, una cosa. Buscar el sitio, la hora, el día, el vestido, el arreglo, organizar tu cabeza pensando en qué dirás y en qué te dirá, eso es el vértigo de la felicidad. 

Recuerdo algunas ocasiones en las que solamente el anuncio de la cita me ha quitado dolores de cabeza, de espaldas, tristezas y aburrimientos varios. El anuncio de la cita te hace entrar ya en el reino de la dicha. Veamos, cómo hacemos para que resulte bien...Yo haría una especie de lista de cosas que hay que tener en cuenta:

1. Sencillez: No hace falta que te pongas encima todo lo que tengas en el ropero. No hace falta que vayas como la Macarena en su estación de penitencia. Mejor la sencillez, pero, sobre todo, mejor algo que te siente bien, que sea sexy, que sea juvenil y que no dé la impresión de que vas a un baile de fin de curso o de nochevieja. Un pantalón ajustado y una blusa con su bonito escote, puede quedar muy bien; también un sencillo vestido fondo de armario, liso y con su aquel; o una falda de tubo con camisa, mejor blanca, un clásico que no falla. Lo que sea, pero con sencillez. 

2. Naturalidad: No te pintes como una puerta. No te coloques encima todo lo que tengas. No sólo es que menos es más, sino que tanto artilugio oscurecerá lo más importante que tienes, es decir, tú misma.

3. Cabello: Si el pelo lo llevas mal, despídete de causar buena impresión. Por eso es tan necesario que las citas no sean de última hora, sino con cierta antelación. Puedes ir a la peluquería o arreglarlo en casa, si eres mañosa y tienes una de esas planchas superbuenas, último modelo. Pero, por si acaso surge la cita, siempre hay que tener el pelo bien de color y bien de corte. Las canas, para las películas de terror. El corte, lo más ajustado a tu estilo posible. Las puntas, perfectas.

4. Olor: Oler bien no es solamente consecuencia de una buena higiene y de un buen perfume, sino de la conjunción de tu piel con el perfume que uses. Prueba varios perfumes antes de adoptar el tuyo, porque existe. Y ese perfume, una vez aliado con tu propia piel, será una seña de identidad muy importante. Él recordará tu olor y esa es una sensación muy íntima y agradable.

5. Nervios: Una cita siempre nos pone nerviosa. Por mucho que la planifiquemos, que intentemos tener todo a punto, que nos digamos a nosotras mismas que, total, tampoco es trascendente. Pero para esos nervios no hay más que respirar hondo y hacer las cosas despacio. No es cuestión de tomar un tranquilizante, porque entonces disfrutarás de ella solo a medias. Respirar, respirar y dejarte llevar.

6. El gran secreto: El gran secreto de la belleza femenina, a cualquier edad, está en la sonrisa. Una sonrisa bonita, agradable, que dé a la cara un gesto pícaro, o sereno, o libre....eso es la garantía del mayor triunfo. Tu sonrisa es tu carta de presentación. No se puede imitar la sonrisa de otros, ni se puede disimular la nuestra. La naturaleza te ha dotado de un tipo de sonrisa. Así que explótala hasta el final.

7. Disfrute: Cuando te estés arreglando, cuando te dirijas al lugar de la cita, disfruta del momento. Recuerda que luego todo pasará rápido, que los momentos previos son aquellos en los que atesoras la expectativa del momento y que, quizá, la cita en sí te decepcione, porque, esa es otra, luego no todo está a la altura de tus deseos o tus ilusiones.

8. Observación: Si ves que el tipo tiene detalles que no te gustan, anótalos en tu cabeza y llega a algunas conclusiones. Si se dedica a juguetear con el móvil, si no tiene contigo esa actitud de estar pendiente, de mirarte y de atenderte. Si tiene prisa por acabar la cita. Si no siente verdadero interés por ti y lo notas. La observación es el termómetro de la noche. No se trata de estar atenta, sino de analizar luego lo que has vivido. Mira, si el tipo no está tan dedicado a ti como tú a él, pasa de estar pendiente de que te invite otro día. No es para ti. No merece la pena. A otra cosa, mariposa. Tú vales mucho, nena. 


Vestidos Austen

Los libros de Jane Austen, llenos de interesantes personajes femeninos, tienen lugar, históricamente, en lo que se conoce como época de la Regencia, o también, época Georgiana. Fue un momento en el que la moda venía dictada de Francia, pero los avatares bélicos entre este país y el Reino Unido propiciaron que las relaciones comerciales se cortaran y también las influencias. Por eso, mientras Francia continuaba su avance y sus cambios en el estilo de vestir, el Reino Unido permanecía anclado en la moda Imperio. 

Para entendernos y sin erudiciones la moda Imperio se caracteriza, en los vestidos femeninos, por tener el talle alto o la cintura alta, que también se usa esta expresión. Cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años (en otra glaciación, me parece) se llevaban vestidos Imperio, con unas tirantitas muy finitas y unas telas suaves que daba gusto ponerse en verano. Fue una moda efímera pero muy agradable. Recuerdo dos de ellos, a ver. Uno era negro, con motitas blancas. Te obligaban, eso sí, a usar sujetadores sin tirantes, no siempre cómodos, sobre todo si tienes una talla 95 (y sin operación quirúrgica, que quede claro). El otro era de más vestir. Tenía un estampado azul celeste muy discreto y llevaba un cuerpo ceñido, todo formado por cintas de raso verticales cosidas sobre la tela. Las cintas de raso eran celestes pálidas y ocupaban también el espacio del tirante, finísimo, ya os digo. Recuerdo perfectamente estos dos vestidos y la sensación de libertad que proporcionaban al usarlos ya que, como podréis suponer, el problema del sujetador se solucionaba llevándolos sin sujetador. Os puedo asegurar que, en esos años, el vestido quedaba así perfecto y todo encajaba en su sitio. 

Además del talle Imperio, los vestidos austenianos tenían una manga muy corta, llamada de farol. También las he usado. Forman una especie de globito, porque se sujetan en los brazos y llevan un poco de frunce. Son muy alegres y dan un aire muy especial a los vestidos. Una de las cuestiones más especiales eran las telas. La muselina era entonces la reina de los tejidos. Y debía ser muy barata. Es una tela fina, por lo que debían usarse varias capas para que la ropa no se transparentara. Hasta cinco capas podían llevarse. Eso, por supuesto, no estilizaba la figura para nada. Imaginaros cinco capas con la cintura alta, podría una parecer mucho más gorda que en la realidad. Pero, claro, no era cuestión de ir insinuando piernas. Esto lo hacemos ahora con muchísima naturalidad, nos ponemos un vestido casi transparente sin problemas, todo lo más le añadimos un forro o un viso y se ha terminado. 

El escote de los vestidos era cosa de llamar la atención. Ese era el reclamo de las mujeres de entonces. No las piernas, que no se veían. El pecho, que se elevaba con una especie de bustier corto, nada de corsés, y que asomaba por el vestido con gran generosidad. Si una quería ser recatada en un momento dado, se echaba por encima un velito de encaje, una manteleta o una capita corta, pero el escote permanecía ahí y no digo nada en los bailes. Por cierto, en estos el color del vestido siempre era blanco o todo lo más, en un tono pastel muy, muy clarito. Nadie, ni las señoras mayores, vestían de oscuro en un baile. Si lo veis en las películas, pensad que nos engañan. La razón era práctica y evidente. Se alumbraban con velas, porque no había luz eléctrica, por lo que, si ibas de oscuro, directamente nadie te veía. Y ninguna mujer acude a un baile para no ser vista. 

Ni que decir tiene que se trataba de vestidos largos y rectos a partir de la cintura. El pie se entreveía al final, tanto el botín con cordones, para andar, como el sencillo zapato de tela para estar en casa o el de seda o material más noble, para los bailes y recepciones. 

jueves, 9 de julio de 2015

Un vestidito color lavanda

Esta no soy yo, ni este es mi vestido. Pero es lo más parecido que he encontrado. El pelo, más o menos como lo llevaba entonces, aunque esta chica lo tiene más oscuro. Las sandalias parecidas, no demasiado altas. El color del vestido, idéntico. La falda del vestido y el largo, la misma. El cuerpo es muy parecido, solo que el mío no era "palabra de honor" (puf, odio ese tipo de escote) y llevaba unos tirantes muy finitos en forma de trencita. El efecto, por lo tanto, es parecido a esta imagen. Si le quitamos, claro está, el bouquet de flores en la mano, tan cursilito. 

El vestido impactó en mi novio de entonces, del que puedo decir su nombre porque no lee esto, seguro. Juan Antonio. Tenía unos espléndidos ojos verdes, diez años más que yo y mucha experiencia de la vida. Quién no se enamoraría de alguien así. Alguien organizó una fiesta en la piscina de uno de los hoteles de la zona y nos invitaron. Qué delicia. Me encantan las fiestas de verano, ese arreglarse para lucir tu mejor cara, tu vestido o tus zapatos, en medio de gente bien vestida y con ganas de divertirse. Recuerdo quiénes eran los anfitriones de la fiesta y el motivo. Recuerdo las mesas, situadas alrededor de la gran piscina y, en una zona lateral, la pista de baile. Me gustaba tanto bailar como ahora, con la diferencia que ahora tengo pocas ocasiones para hacerlo. Pero, en aquellos años...bailaba todos los fines de semana. Los bailes de moda y el baile agarrao. El "bailar pegados" era mi favorito. Esa sensación del baile con la persona que te gusta es inenarrable. 

Aquel vestido lo compré en Cádiz, en una de las tiendas más bonitas de la zona del cine Andalucía, aledaña a la Plaza de las Flores. La falda se movía con el baile y tenía un toque elegante, a la par que divertido y juvenil. Creo que yo tenía diecinueve años entonces, sí, eso debería tener, porque estaba en segundo de carrera. Como las noches en la bahía son bastante cambiantes de temperatura y cuando el viento sopla puede hacer fresco, llevaba un chal del mismo tono, en gasa transparente, superchulísimo, que todavía debe andar por algún lado, estoy segura. El final de la noche, con el chal sobre los hombros, bailando acaramelada con el chico de mis sueños, guau, eso fue genial. 

Un vestido no es solo un vestido. Es un icono de la felicidad. Asocias tus momentos a ellos. Los unes a los nombres de las personas que amaste. A las ocasiones que viviste. A las emociones. Si recuerdas el vestido, una cascada de sentimientos te llegan sin avisar. Las luces de la piscina, la música, las conversaciones, la gente. Sobre todo, el rostro de aquel muchacho, sus palabras dulces, sus gestos, la forma en la que colocaba su mano en tu cintura, sus besos, su deseo contenido, su esperanza de que aquello no acabara nunca, su pasión, cómo te buscaba en todo momento...esa es la vida. Eso es amor. Quien lo probó, lo sabe. 

Caballeros

Me gustan los hombres que se ríen. No solo los que gastan un sentido del humor contenido e inteligente, sino los que son capaces de reír abiertamente, de tomarse a broma a sí mismos y de ver el lado bueno de las cosas. Reírse con los ojos y con la boca.

Reír significa ponerse en el lugar del otro y también comprender que la importancia de las cosas es relativa, salvo esas dos o tres que son fundamentales. La risa, el primer atributo.

Me gustan los hombres que visten bien, que se visten bien. Que saben llevar un traje con distinción. En eso tuve un buen espejo en casa: mi padre. Tenía una elegancia natural, no impostada y un gusto por el buen vestir, por la sencillez que es, al fin y al cabo, lo que cuenta. Los trajes de los hombres dicen mucho de su personalidad. Algunos parecen embutidos en ellos, como salchichas que no pudieran respirar. Otros, cuelgan a su alrededor, como si fuera una capa mal cortada. El hombre que me gusta lleva el traje a su medida, sin tener que ser demasiado moderno, sino con ese aire de finura que caracteriza a los que se visten sin pensar en que van disfrazados.

Me gustan los hombres que usan foulares, bufandas, pañuelos al cuello. Dan la impresión de calidez, les enmarcan las facciones y son una demostración de estilo. Si la risa es inteligencia, el traje es elegancia, el foulard es estilo. Saber ponérselo no es fácil, elegirlo tampoco. Me gustan los que tienen colores neutros, no demasiado claros. La gama de los grises es mi favorita y también esos azules que resultan apagados y que no llaman demasiado la atención. En invierno, un buen abrigo, una cazadora, una chaqueta, acompañados de una pashmina, un foulard o una bufanda a modo, me parecen los complementos perfectos, el no va más.

Me gustan los hombres con vaqueros y camisas blancas. Es un básico que resulta la piedra de toque en cualquier. Saber llevar un vaquero no es fácil. Ha de adaptarse a la persona que se lo pone, a su idiosincrasia, a su cuerpo. El vaquero es, probablemente, el mayor y mejor invento de la moda a lo largo del siglo XX. No hay una prenda más versátil. Admite tantas variaciones como temporadas o como creador. Llevar un vaquero con sencillez, sin hacer ostentación de mamarracho o de casual, tiene su miga. Hay gente que lo hace de forma natural. Esos son los hombres que me gustan. Las camisas blancas son el colmo de la naturalidad. Naturalidad y sencillez, dos premisas del hombre que me gusta. 

Me gustan los hombres que visten de piel. Las cazadoras son ya un básico, una prenda de fondo de armario, tanto en ellos como en ellas. Desde aquellas que llevaba Marlon Brando en la mítica "Salvajes" a las actuales, no median demasiadas diferencias. Una cazadora de piel significa calidez, cercanía, atractivo y, además, misterio, sensualidad, fuerza masculina. Me gustan los hombres que usan las cazadoras sobre camisetas oscuras, y que tanto las combinan con vaqueros informales como con pantalones de pana o pantalones chinos. Las cazadoras te sumergen en el hombre más masculino, a pesar de que las chicas las llevamos con pasión desde hace muchas temporadas.

Elegancia, inteligencia, estilo, sencillez, naturalidad y sensualidad. Notas predominantes del hombre que me gusta. He tomado el ejemplo de Colin Firth, porque lo reúne todo y, además, la edad ideal. Los chavales jóvenes los dejo para las chicas jóvenes. No son lo mío. Prefiero los hombres y creo que eso se nota en estas consideraciones que he escrito para vosotras, las chicas que leéis este blog. Si algún hombre lo lee, ya me conoce un poco mejor en este aspecto.

martes, 7 de julio de 2015

Sombreros



El sombrero dejó de usarse por motivos históricos. Su desaparición de la escena trajo consigo, por contra, el auge del "peinado". Las melenas, los cortes, los rizos, los moldeados, las mechas, el color, todo ello tuvo su papel más esplendoroso cuando los sombreros desaparecieron, sobre todo los femeninos. Ves una foto con sombrero y es de una película o de una celebrity. Y ello, a pesar de que, en determinadas latitudes, el sombrero es salud. Calor, frío, humedad, son enemigos del cabello y de la salud en general. La insolación en los climas cálidos, las manchas del sol en la piel, la sequedad del pelo, todo tiene en el sombrero una forma de contrarrestarse. Sin embargo, no tenemos nada claro que el sombrero, a pesar de estar de moda en este verano de 2015, vaya a consolidarse como una prenda más. 

Estos días paseas por la ciudad y ves muchos sombreros. No las gorras que los jóvenes se colocan durante todo el año. No las boinas de los mayores. No los casquetes de lana del invierno de las chicas que usan calentadores y van en bici. No. Sombreros de verdad. De paja, normalmente, de colores diversos, adornados con cintas o flores. Sombreros pequeños, pamelas, cannotiers, sombreros de ala ancha, sombreros que cubren la cara, sombreros que la despejan y adornan, muchos sombreros. El motivo por el cual los que dictan la moda han decidido que los sombreros formen de nuevo parte de nuestros aditamentos es un misterio. 

¿Qué ventajas tiene usar sombrero? La primera es protegerse de las inclemencias del tiempo, está claro. En verano, del sol. En invierno, del frío. Siempre de la humedad. Los climas húmedos son nefastos para el pelo. Lo estropean, lo ensucian y lo dejan en un estado poco agradable. Tampoco los excesivamente secos ayudan. El pelo seco se parte y se abre en las puntas, dando un aire de despreocupación y dejadez que no resulta estético. Así que, en ese sentido, el sombrero es una buena opción. 

La segunda ventaja es que puedes llevar el pelo "regular". Porque, si lo llevas bien, el sombrero acabará aplastándolo, no te quepa duda. Si acabas de salir de la peluquería o te has llevado una hora dándole a la plancha, el sombrero no será conveniente, acabará con tu obra de inmediato. Se dice, también, que su uso continuo no deja respirar el pelo y este se cae. Bien. Habrá que tener cuidado con la fibra o tejido de la que esté hecho el sombrero. Transpirable, ligera, natural. Eso será absolutamente importante. 

Además, si eliges bien el sombrero puede ser que te favorezca a la cara. Eso es un tema que deberíamos estudiar porque, al no estar acostumbradas a su uso, puede ocurrir que metamos la pata. No todos los sombreros valen para todas. No todas podemos llevar sombreros. Buscar el estilo que favorece es el primer trabajo a realizar. 

Sombreros, sí. Pero con tino, condiciones y una buena elección. 

Rose Bertin cosiendo a María Antonieta

Christian Dior se inspiró en la moda de María Antonieta para este vestido que presentó en su colección de 2007. Adaptado al momento actual y seguramente más estilizado, menos recargado de los que usaba la desgraciada reina de Francia. Las investigaciones históricas han descubierto a su costurera, a la persona que inventaba y cosía los trajes que la reina lucía, en esa aventura constante que era su vida, en ese devenir de lujo y de conflictos que la poseyó en toda su biografía. 

La costurera se llamaba Rose Bertin. Durante casi dos décadas, y con la colaboración del peluquero Léonard Autié, mademoiselle Rose creó atuendos, día a día más excéntricos, para la joven soberana, a la que siempre movía el deseo expreso de ser la mujer más bella y elegante de Francia. Hasta que la Revolución y la precipitada muerte de la reina acabaron con la relación. Antes de convertirse en la costurera de la reina, Rose vivía una existencia tranquila, sin poder predecir cuál sería su futuro profesional. Se llamaba, en realidad, Marie Jeanne, pero cambió su nombre por el de Rose, más delicado y aristocrático. Llegó a París en 1774 procedente de un pequeño pueblo francés y la reina la adoptó como su costurera favorita. Nada era lo bastante extravagante para ella. La excentricidad, el lujo, la rareza, se convirtió en el leit motiv de su forma de vestir y la costurera estuvo presta a seguir esas indicaciones, contribuyendo a ellas de modo entusiasta. 

Rose o Marie Jeanne se había trasladado a París con 16 años, para aprender el oficio que, desde siempre, la llenaba de entusiasmo: el de modista. Las lecciones más importantes las adquirió como  en la boutique Au Trait Galant en donde ejerció de aprendizaje, como era costumbre en la época, con una organización gremial de estructuras rígidas. Sin embargo, tuvieron que pasar algunos años hasta que, con 29, decidió arriesgarse y abrir su propio taller. Era una tienda pequeña situada en la rue Saint-Honoré a la que había bautizado como Au Grand Mogol. En ella ofrecía esas piezas de ropa, adornos, complementos para sombreros y tejidos, que le encantaban a las chicas y a las mujeres de cierta edad. Allí podías hallar cofias, casquetes y bonetes, velos de gasa, pañoletas de encaje y batista, guantes bordados, sedas y muselinas… 

En el estilo de Rose hubo dos etapas muy diferenciadas. En la primera de ellas, primaba lo estrafalario, de forma que la reina lucía las ropas más costosas, extrañas, cambiantes y llamativas que se pueda uno imaginar. Los aditamentos propios de la moda femenina del rococó se mantuvieron y exageraron, como el corsé, por ejemplo, incomodísimo, o el tontillo. Vestidos de gran volumen, sombreros aparatosos, zapatos de punta superfina que dificultaban la postura de los dedos. Gasas, tules, encajes, sedas...todo de grandísima calidad y muy caros, de forma que comenzaron las protestas por el excesivo gasto que la reina hacía en su persona. 

En un momento dado, el estilo cambió y Rose decidió hacer un viraje en su forma de diseñar y concebir la ropa de la reina. Es lo que se conoce como estilo Trianon. En lugar de pesados brocados, vaporosa muselina; en vez de ceñidas ballenas y tontillos, cintas flojas y pañoletas; y los peinados pomposos se cambiaron por juveniles bucles y sinuosos sombreros de paja à la Gainsborough. Todo en delicados tonos pastel, azul celeste, rosa empolvado y cheveu de la reine, un dorado suave que se supone reflejaba el color del cabello de la soberana, reemplazando las oscuras tonalidades del Antiguo Régimen. 

La revolución la envió al exilio en 1793 y su reina murió en la guillotina, como ya sabemos. Cuando la modista volvió a Francia, dos años después, las cosas ya no eran iguales y su vida transcurrió en un tono mucho más modesto. Se dice que, hasta su muerte, conservó el afecto por la reina y que, sabedora de su final, la lloró amargamente. 


Margot



Margot era mi costurera. Vivía en mi calle, en la zona media. Esa calle tenía tres tramos bien diferenciados y lo que ocurría en alguno de ellos era impermeable al resto. Era una calle muy especial. Ahora ya no lo es. Se han remodelado casas, se han levantado algunos bloques de pisos y se ha cerrado su acceso a la carretera de la Estación. Otra calle diferente, que nunca visito, que no quiero ver, como decía el poeta. Tiempo cerrado, paisaje clausurado. 

Margot era coja. Directamente coja. El defecto de su pierna era muy llamativo, se notaba inmediatamente, no solo de pie, sino sentada. Se sentaba de una forma peculiar, con una pierna estirada y la otra doblada, rarísimo. Las niñas íbamos a su taller a probarnos ropa y la mirábamos insistentemente. Supongo que estaría acostumbrada. Tenía muy mal genio. Todos decían que era una mujer "rara". No te jode, pensaba yo. Claro que tiene que ser rara. Está todo el día en esta sala con ventana a la calle, rodeada de aprendices que no se enteran de lo que les va indicando ella. No tiene novio, ni marido, ni lo tendrá nunca. No tiene hijos, solo sobrinos que son un verdadero sufrimiento para ella, porque han salido díscolos y poco trabajadores. ¿Cómo iba a estar Margot? Amargada, eso seguro. 

Cosía muy bien. Mi madre lo decía siempre con sus propias palabras, en tono y vocabulario gaditanos: "Es una costurera muy curiosa (eso significa, en nuestro argot, que era cuidadosa), muy aseada en su trabajo y pone muy bien los cuellos y las mangas". Mi madre, entendida en la aguja, era hipercrítica, observaba con detalle el trabajo que nos hacía y discutía con ella cuando era menester. Confieso que no me gustaba ir a hacerme vestidos al taller de Margot. Ni me gustaban los trajes que me hacía. Eran demasiado tiesos, demasiado puestos. En cuanto tuve doce o trece años me zafé de su tiranía y decidí darme a los pantalones y las blusas, pasando de alta costura. Como decía mi madre, a partir de los catorce, además, me dediqué a ahorrar toda la tela posible: minifaldas a más no poder. Enseñar piernas. 

En una ocasión, Margot me hizo un vestido especial. Yo tenía doce años, así que sería uno de los últimos. Era de cuadritos, en tonos tierra. Los tonos tierra no me sientan bien así que no sé a quién se le ocurrió esa idea. Tenía la manga larga y unos botones que parecían capiruchos de helado. Y una amplia falda de capa con la que podías dar la vuelta sobre ti misma y bailar si querías. Pero no era un traje para bailar, sino que se trataba de un traje para los días de fiesta. Tenía un problema insoluble. Picaba. La tela me picaba. Mi madre se negó a que fuera verdad mi queja. Si ella decía que la tela no picaba, es que no picaba. Así era ella. Decidida para todo y conocedora de las pieles de todo quisque. El concepto que tenia de mí no ayudaba. Pensaba que yo era una niña muy delicada, que se quejaba de todo y que quería hacer siempre su santa voluntad. Mi santa voluntad. Tenía un poco de razón. Pero el traje picaba. 

lunes, 6 de julio de 2015

Cuestión de pisadas



Hablemos claro. Los pies son una parte del cuerpo muy delicada. Sobre ellos se sustenta nuestra columna vertebral. Una mala pisada puede joderte para siempre. Andar es un acto que requiere comodidad, firmeza y, por qué no, seguridad. Por eso no entiendo que se compren zapatos "malos". Y cuando digo "malos" no digo "baratos". No. Hablo de esos zapatos pseudo-buenos, que venden algunas tiendas, supuestamente modernas, pero que sabes de sobra que ni te van a durar ni siquiera te van a proporcionar la mínima comodidad. 

También hablo de las marcas que dominan el mercado de lujo y que ofrecen ejemplares como el de la foto. Mucha suela roja, sí, pero unos tacones imposibles, con una postura forzada y absolutamente insana. Es hora de decir, así que lo digo, que hay zapatos que nadie en su sano juicio debería ponerse. 

¿Nos pondríamos un corsé en estos tiempos? ¿Nos enfundaríamos una tela recia, tiesa y áspera? Creo que no, salvo que fuéramos masoquistas. Aunque hay mucho masoquista en esto de la moda. Pues con los zapatos ocurre lo mismo. Más allá de ocho centímetros de tacón resultan insoportables. Y eso, acompañados de una buena plataforma, una horma adecuada y un material natural y de calidad.

Ciertas circunstancias han encumbrado un modelo de zapatos absolutamente alejados de lo que significa comodidad, belleza y elegancia. Como la moda es así, corremos todas en pos de un ideal que luego resulta ser un auténtico coñazo. Por eso, en zapatos siempre pienso que hay que gastar con cabeza y que hay que buscar marcas de calidad y sin tonterías. Sabemos cuáles son. Están contrastadas. Son españolas. Algunas están en el este de España, pero otras viven en Andalucía, como en Valverde del Camino, donde hacen no solamente botas y botos, sino unas sandalias con piel ecológica, que no pesan nada y que son maravillosas. Hay marcas que aúnan lo cómodo, con lo bonito y con lo natural, como Hispanitas, Clarks, Pitillos, Fluchos, Hush Poppies....Pero también hay mucho camelo, con blogs y posturitas en la red que son auténticos mamarrachos.

Ah, y olvídate de los Manolos, los Laboutin y los Gucci. Quedan mejor en el cine que en los pies. Claro, como ellas van en limusina...No hace falta gastarse trescientos ni cuatrocientos euros en unos zapatos para ir bien. Tampoco te excedas en los tacones. Si eres bajita, parecerás que eres un pollo encima de un palo y si eres alta no lo necesitas. Un término medio es algo que siempre tiene éxito. Y, sobre todo, no te dejes llevar por el deseo de impresionar. Los zapatos están hechos, como decía Nancy Sinatra, para caminar. Y recuerda el proverbio cubano que dice: "Mejor sentado que acostado; mejor de pie que sentado; mejor andando que de pie; mejor corriendo que andando". Pues eso.


domingo, 5 de julio de 2015

El rojo sienta bien a las rubias


Una de las primeras escenas de "Crimen perfecto" la hitchcokiana película de 1954, nos presenta a su protagonista, Grace Kelly (que no era todavía, como es obvio, Gracia Patricia de Mónaco) con este vestido rojo tan especial, insinuante y que le sienta tan bien. Se trata de un vestido forrado de encaje, con escote corazón, cintura ajustada, falda amplia, que llega hasta media pierna y que se complementa con un bolero que, apenas cubre las mangas y la espalda de la actriz. Sin dudarlo, alguien que tuviera la presencia y la elegancia de Kelly podría llevarlo hoy a cualquier evento.   Porque muchos de sus elementos, como el bolero y el encaje, están de moda, porque la moda es cíclica y vuelve, ya lo sabemos. 

La primera palabra que se nos ocurre al verla es, precisamente esa, elegancia. Belleza elegante, porte elegante, postura elegante, elegancia de gestos, elegancia a la hora de preparar el combinado, a la hora de moverse. Es la elegancia la cualidad natural de la actriz, una cualidad que resulta difícil adquirir (aunque se podría) si no se ha vivido desde la cuna. 

En mi pandilla de adolescencia había una chica que tenía esa rara cualidad. No lucía vestidos caros, antes bien, su madre le cosía casi toda la ropa. Tampoco tenía mucha, ni muy variada, llevaba siempre un tipo de vestidos muy parecido. Pero todas sabíamos que la ropa "le sentaba bien" que "estaba estupenda con cualquier cosita". Mi madre con su ojo experto dedujo que la chica tenía algo innato que no se podía adquirir por mucho que una lo intentara o lo recubriera de marcas caras. El polo opuesto fue una amiga de los veintitantos. Ella siempre decía que tenía tan poco estilo y tan escasa personalidad que debía gastarse el dinero en marcas caras, que le garantizaran una elección correcta de la ropa. Mercadillo versus pret-a-porter. 

La duda que se me presenta es si esa elegancia de la que hablamos no se llama, directamente, belleza. Por mucho que se diga ¿puede considerarse elegante una señora mayor y entrada en kilos? ¿o alguien directamente gorda, hablamos de mujeres ahora? No sé, tengo mis dudas. Las gurús de la moda hablan de que nadie es demasiado delgada y creo que fue Coco Chanel la que entronizó la delgadez como un requisito del buen gusto a la hora de llevar la ropa. En el caso de mis amigas mencionadas, las dos eran delgadas, pero la primera de ellas era, además, guapa y muy alta, mientras que la segunda era manifiestamente fea. La naturaleza contribuye, mucho más de lo que uno se piensa, a la supuesta elegancia aprendida. 

En relación con la Kelly tengo una opinión que quizá no se comparta demasiado. No hallo en ella ninguna química amatoria. Con ninguna de sus parejas cinematográficas. Tanta frialdad me resulta un poco molesta. No había forma de que se desmelenase ni de que se le notasen los afectos o los gustos. A lo mejor eso era un rasgo principesco de su carácter que luego le ayudó a ser princesa de verdad. Pero, hombre, en la pantalla es bueno ver que uno quiere de verdad y no de atrezzo.


Edith Head, la reina de Hollywood

Edith Head. Un nombre mítico. Sus vestidos han creado estilo en el mundo del cine. Una película con la ropa de Head es un éxito seguro en lo que se refiere al look de las estrellas. Una garantía que perduró durante años. En las imágenes podemos ver uno de los vestidos que diseñó para "Eva al desnudo" y para su protagonista Bette Davis. Es el vestido que ella luce en la fiesta que da en su casa y en la que empieza a darse cuenta del doble juego de Eva Harrington. Se trata de un diseño majestuoso, que deja al descubierto los hombros de la actriz, probablemente la parte más atractiva de su cuerpo. Se ajusta a la cintura y la falda se abre en una amplia capa, en cuyos laterales hay bolsillos, lo que le confiere un aire muy curioso para tratarse de un vestido de fiesta.

Edith Head (1897-1981) fue un auténtico genio del diseño de modas para el cine y de la confección de los trajes. Era capaz de convertir a una actriz de físico normal en una diosa. Si observas, numerosas películas de cine clásico llevan en sus créditos ese nombre, Costumes Edith Head. Cuando lo veas, fíjate con atención en los modelos que aparecen. Son una forma de arte que suele pasar desapercibida pero que tiene excepcional importancia.

Trabajó para dos grandes estudios, Paramount y Universal. Algunos de sus trabajos han pasado a la historia dorada del cine, como muestra de elegancia y glamour. Ganó un total de ocho premios Óscar por su trabajo en las siguientes películas: La heredera (1949), Eva al desnudo (1950), Un lugar en el sol (1951), Vacaciones en Roma (1953), Sabrina (1954), Los milagros de la vida (1960) y El golpe (1973).

Diseñó el vestuario de actrices como Mae West, Barbara Stanwyck, Ginger Rogers, Audrey Hepburn, Natalie Wood, Bette Davis, Ingrid Bergman, Gloria Swanson, Kim Novak, Tippi Hedren y también diseñó para actores como Paul Newman y Robert Redford, entre otras muchas celebridades.

El diseño de vestuario tiene un importantísimo papel en cualquier película. Podemos hacernos una idea de cómo es el personaje, de su estado de ánimo, actúa a modo de ambientación en las películas de época. Por eso Edith Head y otras y otros como ella han marcado pautas y realizado un trabajo fundamentales. Fíjate en los títulos de crédito y verás cómo los nombres que aparecen son de personas geniales muchas veces.