lunes, 13 de julio de 2015

Tenemos visita

Antes era uno de los actos sociales de mayor relevancia. Ahora las cosas han cambiado mucho. En determinados estratos sociales se mantiene con algunas transformaciones, pero, el resto de la sociedad, ha decidido tirar por otro lado. 

Pero, aun de manera diferente, continúa como una forma de relacionarse que merece la pena cultivar. Es más, hay personas a las que les gusta especialmente recibir visitas en casa, reunir a amigos, compartir celebraciones en calidad de anfitrión. 

Ser un buen anfitrión requiere algunas características que, si no se dan, harán inútil el empeño. Ser un buen anfitrión es una cuestión de actitud y de aptitudes. 

Un buen anfitrión hace sentirse a los amigos como en su propia casa. Esto precisa que se establezca una corriente de calidez en el trato, de confianza sin llegar a la chabacanería, que proporcione confort y bienestar a los que te visitan. 

Un buen anfitrión reúne a sus amigos por afinidades. Es decir, cuida mucho la selección de las personas a las que invita a un acto, puesto que, si no existen afinidades o, peor aún, si existen desencuentros, todo se irá al traste, porque nadie estará a gusto. Una fiesta no es el momento de limar asperezas, sino de compartir momentos agradables. 

Un buen anfitrión tiene en cuenta los gustos de sus invitados. Preparar, casi a la carta, tanto lo que se va a beber, como lo que se va a comer, como la forma en que se desarrollará el evento, así como tener en cuenta quién es cada cual y de qué forma puede sentirse más a gusto. Personalizar el acto es señal de ser un buen anfitrión. 

Un buen anfitrión no cuenta detalles de precio, ni de esfuerzo, ni de dificultades. Hay gente que te invita a su casa y te da toda clase de explicaciones sobre el precio del menú, sobre quién lo ha hecho durante toda la tarde, así como sobre el esfuerzo que le ha supuesto organizar aquello. Si te cuesta tanto, no te molestes en hacer nada. Pero, si me invitas, sé elegante y cállate los detalles. 

Un buen anfitrión no presume ante sus amigos. Cuidar todos los detalles, intentar que todo salga bien, pero sin presunciones. No hace falta derrochar para que todos te alaben, ni andar cansando a las amistades con tus últimas adquisiciones, ni intentar demostrar que eres el mejor, el más rico o el más listo. Mejor la sencillez, cada uno ofrece lo que tiene, sin aspavientos y sin exhibiciones.

Un buen anfitrión no improvisa. No espera hasta última hora para tenerlo todo dispuesto, no te hace sentir incómodo al llegar a su casa y encontrarte que las cosas están por terminar, no te encarga que cortes tú el pan, que pongas la mesa o que vigiles el guiso. Eso no es confianza, eso es dejadez simplemente. 

He conocido a grandes anfitriones. He vivido con uno muchos años. Personas con cualidades innatas para crear a su alrededor un ambiente de calidez, de comodidad. Gente abierta sin resultar pesada, cercana sin ser expansiva, respetuosa sin ser fría. Anfitriones de primera. Mi propia casa de la niñez era una casa abierta, en la que todo el mundo entraba alguna vez al día. Ese "todo el mundo" se refiere, por supuesto, a la gente de la calle, de nuestro círculo. Era una casa en la que se disponía café para todos, en la que las visitas se atendían con esmero y en la que suponía una alegría cualquier acontecimiento que permitiera la charla reposada y el encuentro. En los años en que las hijas éramos adolescentes, incluso fue una casa que dedicó su jardín al baile dominguero y en la que las sesiones de cine compartidos eran tradición y goce. 


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