jueves, 9 de julio de 2015

Un vestidito color lavanda

Esta no soy yo, ni este es mi vestido. Pero es lo más parecido que he encontrado. El pelo, más o menos como lo llevaba entonces, aunque esta chica lo tiene más oscuro. Las sandalias parecidas, no demasiado altas. El color del vestido, idéntico. La falda del vestido y el largo, la misma. El cuerpo es muy parecido, solo que el mío no era "palabra de honor" (puf, odio ese tipo de escote) y llevaba unos tirantes muy finitos en forma de trencita. El efecto, por lo tanto, es parecido a esta imagen. Si le quitamos, claro está, el bouquet de flores en la mano, tan cursilito. 

El vestido impactó en mi novio de entonces, del que puedo decir su nombre porque no lee esto, seguro. Juan Antonio. Tenía unos espléndidos ojos verdes, diez años más que yo y mucha experiencia de la vida. Quién no se enamoraría de alguien así. Alguien organizó una fiesta en la piscina de uno de los hoteles de la zona y nos invitaron. Qué delicia. Me encantan las fiestas de verano, ese arreglarse para lucir tu mejor cara, tu vestido o tus zapatos, en medio de gente bien vestida y con ganas de divertirse. Recuerdo quiénes eran los anfitriones de la fiesta y el motivo. Recuerdo las mesas, situadas alrededor de la gran piscina y, en una zona lateral, la pista de baile. Me gustaba tanto bailar como ahora, con la diferencia que ahora tengo pocas ocasiones para hacerlo. Pero, en aquellos años...bailaba todos los fines de semana. Los bailes de moda y el baile agarrao. El "bailar pegados" era mi favorito. Esa sensación del baile con la persona que te gusta es inenarrable. 

Aquel vestido lo compré en Cádiz, en una de las tiendas más bonitas de la zona del cine Andalucía, aledaña a la Plaza de las Flores. La falda se movía con el baile y tenía un toque elegante, a la par que divertido y juvenil. Creo que yo tenía diecinueve años entonces, sí, eso debería tener, porque estaba en segundo de carrera. Como las noches en la bahía son bastante cambiantes de temperatura y cuando el viento sopla puede hacer fresco, llevaba un chal del mismo tono, en gasa transparente, superchulísimo, que todavía debe andar por algún lado, estoy segura. El final de la noche, con el chal sobre los hombros, bailando acaramelada con el chico de mis sueños, guau, eso fue genial. 

Un vestido no es solo un vestido. Es un icono de la felicidad. Asocias tus momentos a ellos. Los unes a los nombres de las personas que amaste. A las ocasiones que viviste. A las emociones. Si recuerdas el vestido, una cascada de sentimientos te llegan sin avisar. Las luces de la piscina, la música, las conversaciones, la gente. Sobre todo, el rostro de aquel muchacho, sus palabras dulces, sus gestos, la forma en la que colocaba su mano en tu cintura, sus besos, su deseo contenido, su esperanza de que aquello no acabara nunca, su pasión, cómo te buscaba en todo momento...esa es la vida. Eso es amor. Quien lo probó, lo sabe. 

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