lunes, 31 de agosto de 2015

Volvemos al cole


La vuelta al cole es un acontecimiento mundial. Manolito Gafotas, que vive en Carabanchel Alto y acude a un colegio de la zona, cuyo nombre no recuerdo ahora, siempre se encuentra inquieto ante esta circunstancia. Es verdad que va a proporcionarle la alegría de volver a ver a sus mejores amigos, el Yihad, el Orejones o Susanita Bragas Sucias. Pero todo tiene su cruz y tendrá que lidiar, asimismo, con la seño Espe y los deberes. Cosas de la vida, diría Manolito, mi espejo en cuanto a cuestiones escolares se refiere. 

Las mamás también tenemos vuelta al cole. Y los profes, ni te cuento. Los políticos, vuelven al curso político. Todo el mundo parece imbuido de la necesidad de renovación. Si escribes, libretas nuevas. Si bailas, tutús. Si este verano te has enamorado, ay, sentimientos esplendorosos. Hay para todos. 

Con respecto al gasto económico que ello supone quizá convendría recordar que hay mucha mitología en esto. Los periódicos se dedican a publicar noticias que nos espeluznan, según las cuales la vuelta al cole solo está al alcance de la clase alta. No hagáis caso. Hay muchas vueltas al cole. Tantas como familias, tantas como colegios. 

En mi caso la vuelta al cole era motivo de alegría. Mi madre decidió que no acudiría a un colegio público, porque ninguno le gustaba, ni tampoco a uno de monjas y curas, de los que no quería saber nada de nada. Así que optó por una Academia. Este tipo de instituciones educativas eran la pera. Aprendías mucho y tenías profes y maestros superinteresantes. Mi experiencia y la de algunos de mis hermanos, no pudo ser mejor. Como iba a una Academia, no había uniforme, lo cual que era estupendo para mí, aunque un quebradero de cabeza materno. Mi madre lo resolvió creando ella misma un uniforme, es decir, un atuendo que, con ligeras variaciones, era el de "ir al colegio". Falditas tableadas, pichis con blusas blancas o con polos azules, vestidos con manguita corta de cuadritos, calcetines y buenos zapatos de batalla. Combinaciones fáciles y seguras. 

La vuelta al cole, para los mayores, significa ahora coger un tarro de cristal (vale cualquiera) e introducir en él garbanzos o botones, uno por cada cosa buena que nos ha ocurrido en el verano. Veréis cómo hay más garbanzos o botones de los que pensáis. Si acaso la cosecha fuera corta, podemos siempre confiar en que el otoño sea más proclive. 

En cuanto a nuestro aspecto físico, septiembre es un momento idóneo para lucir ese ligero bronceado (cuidado con el sol, entre otras cosas porque el aspecto de pollo achicharrado ya no se lleva) y pasear por la ciudad con las blusas, camisas y vestidos que en verano no nos hemos puesto, porque hemos andado todo el día en pareo y medio descalzas o descalzas enteras. La ciudad en otoño se vuelve esplendorosa y un día ya puedes empezar a ponerte algún aditamento más que no sea solo tirantes y camisetas. Si, encima, vas a la peluquería y sales renovada....no me digas que no merece la pena empezar el curso con ganas....

viernes, 28 de agosto de 2015

Pistas para descubrir cuando no le gustas a él

Si le gustas a un hombre, hay cosas que nunca hará. Y, si las hace, es que no le gustas. Así, sencillamente son las cosas. Más vale saberlas que hacerte ilusiones inútiles. El ridículo es lo último que una debe hacer en relación con el sexo ¿fuerte?. Con el otro sexo, en todo caso. 

1. Anda por la calle y no camina a tu lado, sino delante de ti. Esto indica que está más preocupado por él que por ti. No solamente es un egocéntrico sino que no le importas en absoluto. Podrías caerte en una zanja o doblarte un tobillo y no se daría ni cuenta. 

2. Te cuesta arrancarle alguna invitación a salir. El trabajo, las obligaciones, el cansancio, los viajes, mil excusas pueden formar parte de su repertorio. Pero la verdad de la buena es que, si no hace por verte, es que no quiere verte. Así de clarita es la cosa. 

3. Te habla en plural. Usa la expresión "todas las mujeres sois..." con demasiada frecuencia. Parece que se dirija a un auditorio, emulando a Jesulín de Ubrique en una de sus corridas solo para féminas. No distingue entre todas las demás y tú misma. Eso indica que no le interesas, que no se molesta en conocerte de verdad. 

4. Jamás te dice que estás guapa o atractiva o alaba tu forma de vestir, de peinarte o de ser. En todo caso, alguna vez te comentará que "otras veces has estado mejor". Lo cual indica que tu aspecto físico no le atrae, o ni siquiera se ha fijado en ti. A fin de cuentas, es exactamente igual. 

5. Te habla con todo desparpajo de sus ligues y de sus amoríos. No tiene el más mínimo escrúpulo en ser cuidadoso ni en evitar herir tu sensibilidad. Esta última pista es definitiva. 

Si, querida amiga, estás en esta situación, lo mejor es enseñarle a tu corazón que tirar el cariño es gasto absurdo. Que si no le gustas a él, la cosa es irreversible. Y que sufrir por amor se puede, pero no se debe. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Arréglate el pelo


Las peluqueras son seres excepcionales. Son, a la vez, psicólogas, filósofas e historiadoras. Además de peluqueras, claro. Si tienes un problema y vas a que te aclaren el pelo, ellas lograrán que les cuentes todos los pormenores de tus aflicciones y te darán sabios consejos. Es más, puede plantearse una interesante mesa redonda sobre la cuestión entre clientas y estilistas. El no va más del sofá del psiquiatra y mucho más guay y entretenido. 

La filosofía de la vida de las peluqueras es fundamental para seguir en este mundo tan complicado. Porque están acostumbradas a oírlo todo y así han logrado obtener un buen saquito de principios, normas e ideas, que repiten según vaya siendo conveniente, siempre con amor y dedicación. Es una filosofía participativa, democrática, que se nutre del día a día y que se va engrosando con nuevas adquisiciones de gran interés al albur de los acontecimientos. Una peluquera filósofa es lo más entre el gremio. 

Por último, la historia es su fuerte. Conocen el devenir de todas sus clientes y lo ponen en relación con lo que ocurre en el mundo mundial. Son periodistas de guerra, cronistas de sucesos y tertulianas del corazón. La historia que manejan está de plena actualidad y te ayudan a pasar el rato mientras ellas manipulan tu cabeza con la excusa de que te dan un masaje. 

Además de estas cualidades inherentes a toda buen peluquera, luego están las diferencias. Las hay que se ponen a la cabeza de la manifestación y ensayan contigo las nuevas modas, incluso ese peinado tipo palmera que dejó la cabeza de mi amiga Soledad hecha un cristo. Las hay más conservadoras, que respetan al máximo la idiosincrasia de la clienta y hasta se ponen en su lugar. Saben que no saldrían a la calle con un esperpento semejante. A todas las une, sin embargo, el amor por la tijera. Cortar es lo que mejor se les da y lo que más les gusta. Ante cualquier eventualidad ellas aplican la máxima de "cortar por lo sano". 

En estas fechas de agosto hay que pasar sí o sí por la peluquería. El verano es muy bonito, sí, precioso, pero te deja el pelo hecho unos zorros. La playa, la sal, el sol, el son y la piscina, incluso las de cloración salina, logran que tus puntas se abran, que tu color se desdibuje y que el brillo se vaya a la mierda. Bien. No te preocupes. Es en estos casos cuando el comando peluquera tiene su mayor importancia. Vas a la peluquería y consiguen convertirte, de pronto, después de unas horitas de atención, productos y deliciosa charla, en alguien diferente, con ganas de salir a comerte el mundo. Y puede que te lo comas. El mundo, digo. 

domingo, 23 de agosto de 2015

Tendencias para el otoño que viene

No os parecerá prematuro si os digo que El Roperito ya se ha dado una vuelta por las tiendas de Sevilla y, desde luego, por el gran ágora de Internet, para ver las nuevas tendencias que este otoño arrasarán en escaparates, fiestas y calle. Ay, la moda, qué estimulante resulta ver cómo viene y va, vuelve y se transforma, como si fuera una energía que siempre tiene sentido en sí misma.

He visto un poco de todo, pero aquí os contaré aquello que me ha llamado más la atención o que me ha gustado más. Por ejemplo, el reinado de las camisas blancas. Soy mucho de camisas y blusas blancas. Y, al igual que ha ocurrido este verano, las hay en todas las formas y estilos. Muchas de ellas con detalles étnicos, que es una tendencia que continúa. Y junto a las camisas blancas, las faldas rectas o ligeramente acampanadas, hechas de lana jaspeada o de cuadros ochenteros. Unas faldas monísimas, hay que decirlo. Pantalones anchos que siguen de actualidad y jeans. El mundo del vaquero siempre se reinventa, es un universo en sí mismo. Los hay de todas las formas y colores, desde el celeste clarísimo, al negro. Vaqueros y camisas blancas, triunfo seguro. Añadimos flecos. Chalecos, cazadoras, camisas, con flecos. Los flecos siguen vigentes. También las capas, ponchos y abrigos envolventes, algunos de ellos también enflecados. 

Luego hay unos vestidos monísimos, estilo ochentero, con estampados pequeñitos, escotes cuadrados o redondos, manguitas amplias por un lado y, por otro, vuelven los pichis. Sí, pichis de cuadros, de rayas o lisos, para ponerte debajo una camisita, mejor blanca, con un aire adolescente y muy rompedor. 

Los jerseys son lisos y muy finos, con escote de pico y puedes ponérteles en otoño sin nada debajo. Así quedan muy sexys. Colores de bruma otoñal, como el gris, el corinto o el azul plomizo. No olvides las cazadoras de piel. Siguen siendo vigentes como desde hace años. Las hay fluidas, otras tipo perfecto y las clásicas bomber. Pero siempre piel, este año mejor negras, aunque coexisten otros colores, como el rojo, el verde inglés o el rosa palo. 

En los pies, zapatos abotinados, charol, mezcla de texturas, por ejemplo, ante y piel, ante y charol y, desde luego, los botines, mejor con plataformas y mejor de ante. Lindísimos. Negros, grises, verdes, azul marino o marrones. Botines por todas partes, para faldas, pantalones y vestiditos de aspecto hippie. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Parejas de cine


"Hacéis una pareja de cine"....Si alguien te dedica esa frase está diciendo que luces de gloria con tu chico, que sois tal para cual y que dais envidia a las comadres que se dedican al cotilleo. Es una frase al uso pero que indica muchas cosas. 

Parejas de cine eran, sin embargo, Doris Day y Rock Hudson. Ella lucía espectaculares conjuntos y magníficas cocinas americanas, que todos hemos copiados en Europa, excepto los franceses, que son muy suyos y que continúan con ese estilo de cocina a trozos, oliendo a quesos fuertes y llenas de recipientes de cristal y estantes de madera, imposibles de mantener limpios de polvo. Esto último preocupa poco a los franceses, lo sé por experiencia. 

Otra pareja de cine era Clark Gable y Vivien Leigh. Después de mil peripecias, incluyendo tener que hacerse un vestido y un tocado con las telas de una horrorosa cocina verde, llena de pompones y de madroños, al final salen tarifando y diciéndose frases que, aunque han pasado a la historia, romperían el corazón de cualquiera de nosotras. "Francamente, querida, me importa un bledo". Aunque ella intentó resarcirse con eso de "Mañana será otro día", la diferencia entre una frase y otra es abismal. No hay color, vamos. 

Pareja de cine fueron Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en la famosísima "Casablanca", no confundir con "Una noche en Casablanca" en la que los dúos eran de cuatro, al igual que los cuartetos en el Carnaval de Cádiz, pueden ser de cuatro, de tres o de uno, llegado el caso. Ya sabéis lo que pienso de Bogart, ese galán sobrevalorado que te mira por encima del hombro, que silba a las mujeres y que va de chulito. Con la Bergman tuvo poquísimo que hacer, nada más que hay que observar la cara de aburrimiento que pone ella cada vez que él le suelta uno de sus discursos penosos y llenos de lugares comunes, en los que va de víctima. Al final lo planta: anda y quédate con el policía...

Otra pareja de cine muy aclamada fue la formada por Richard Gere y Julia Roberts. Bien es verdad que, antes de eso, el Gere había iniciado su carrera amatoria dándole la vara a Debra Wingers, vestido de guardiamarina, pero sin estar navegando en el Juan Sebastián Elcano, sino a las órdenes de uno de esos sargentos negros con mala leche que están todo el tiempo pidiendo que repitas la misma cantinela: Señor, si señor. Y así, etcéteramente hablando. 

Por supuesto, no podemos olvidar la parejísima que formaron Paul Newman y Elizabeth Taylor, cuando ella era una gata y él un latente homosexual, enamorado de su amigo y haciendo el paripé con la pobre muchacha porque, claro, quién se atreve a salir del armario en ese sur profundísimo. Por mucha combinación de encaje subversivo que ella gastara, la cosa era inútil. Todo para nada, que diría el sabio. Gasto de energía lujuriosa, gasto de caída de hombros y de pestañas. Rímel a la basura. 

Una pareja que me encanta es la de Tom Hanks y Meg Ryan. Todo ello antes del diluvio. Antes de que Tom Hanks, después del naufragio se hartara de comer hamburguesas dobles acompañadas de mostaza picante y pepinillos y, sobre todo, antes de que la buena de Meg se lanzara al proceloso mundo de las acometidas estéticas, convirtiéndose primero en su hija, luego en su nieta, y más tarde, en el embrión de su bisnieta. 

Terminaría citando una pareja con clase. La que forman Nicholas Cage y Bridget Fonda en "Te puede pasar a ti". El chico Cage, dejando de lado sus inclinaciones asesinas, se convierte en un probo agente de la ley que se enamora de camarera, olvidando que tiene ya esposa y, para más inri, que es latina, chillona y peluquera. Las camareras de Hollywood tienen un tirón que para ellas lo quisieran las damas de la nobleza europea. Si yo tuviera que elegir profesión ahora, no lo dudaría, camarera de Hollywood para servirle mojitos a cualquiera de estos genios de la interpretación o nanny de los hijos de Gerard Butler. Esta última es mi vocación secreta. No lo contéis. 


Un hombre de verdad


¿Quién no ha oído alguna vez esta frase? ¿O la ha pronunciado? Quiero tener a mi lado a un "hombre de verdad". Paso de niñatos, no me gusta tener que darle el biberón al tipo que comparte mi vida. No soy su madre, ni su hermana, ni su amiguita del alma. Soy su compañera, su amante, su mujer. 

Frases recurrentes, confiésalo. Lo has pensado, lo has dicho, lo has escuchado, lo has vivido. Las mujeres siempre andamos un paso por delante de los hombres. Incluso en la insatisfacción de sentir que merecemos más. Somos más intensas en casi todo. También en los odios, las venganzas, el despecho. Ellos son diferentes. Y hay que aceptarlo, porque, en caso contrario, la decepción está a la vuelta de la esquina. 

Pero ¿qué entendemos por un hombre de verdad? ¿Qué significa esta expresión? En eso, como en todo, cada una de nosotras tiene una respuesta. Y no siempre esa respuesta coincide con la de otras mujeres. Cada una de nosotras, recuérdalo, tiene su "hombre de verdad" propio y específico. 

Por eso, la pregunta pertinente es: ¿Cómo es "mi hombre de verdad"? 

A ello voy:

Mi HDV ("hombre de verdad") es atractivo. No necesariamente guapo, ni musculoso, ni deportista, ni alto, ni fuerte. Simplemente atractivo, es decir, que atrae, que tiene "algo" que te impulsa a mirarlo, a desearlo, a decirte a ti misma "ay, qué mordisco le daba, si pudiera". 

Mi HDV es sencillo. No ampuloso, ni egocéntrico, ni lleno de presunción, ni vanidoso, ni poseído por la manía de ser el mejor en todos los casos, ni de querer llevárselo todo por delante. Sencillez real, la que nace del convencimiento de que todos tenemos algo que ofrecer. 

Mi HDV es leal. La lealtad significa que nunca engaña, que no anda con subterfugios, que no está lleno de dobles intenciones, que no esconde a sabiendas, que no traza líneas divisorias entre la realidad y su vida. Lealtad es, a la vez, sinceridad y respeto por los demás. 

Mi HDV es imaginativo. Tiene ganas de hacer cosas, de crear, de inventar, de investigar, de andar, de proseguir, de estudiar, de expresar, de buscar, de disentir, de comenzar, de culminar. Está en permanente ebullición, como una sopa al fuego. 

Mi HDV es cariñoso. No quiere decir que sea pegajoso, ni que vaya soltando frasecitas amables por doquier, ni que a todas las llame "encanto", "cielo" o "cherie", más que nada para no equivocarse de nombre. No. Cariñoso significa afectuoso, significa que te abraza, que te siente cerca de él, que no huye de tus caricias. Que te besa cada vez que puede. 

Mi HDV es trabajador. No me gustan los vagos, los que suspiran siempre por tener vacaciones, los que no valoran su trabajo. Prefiero que pongan interés en lo que hacen, que se entreguen a su tarea, que le den importancia a su aportación a la sociedad, que exploten al máximo su talento. Y que apoyen el tuyo, claro. 

MI HDV es culto. No esa cultura que se basa en lo que uno oye y no procesa. En leer titulares o comentar lo obvio. No, me gusta la cultura de verdad, la que se consigue después de mucho leer, mucho pensar, mucho reflexionar, mucho escuchar a quien tiene algo que decir. 

Mi HDV es divertido. La alegría es una parte de su vida. Le gusta reír y, cuando ríe, su risa es un estallido que lo inunda todo. Si ríe a mi lado me siento la única mujer del mundo y si ríe cuando me besa, siento que ese beso está lleno de música y de letra y de acordes que nunca terminan de salir a la luz. Su alegría es contagiosa y es libre y es sana. 

MI HDV es bondadoso. Siente compasión por los que sufren y no desprecia a los que son menos que él, ni presume ante nadie. Su bondad es natural y sencilla, no necesita expresarla públicamente, es íntima y llena de secretos, es una bondad que va hacia el interior de su espíritu y que lo hace todo más fácil y más limpio. 

MI HDV es generoso. Generoso con sus sentimientos, con las cosas que posee, con su talento, con él mismo. Es capaz de entregarse a su trabajo y es capaz de entregarse a los demás si es necesario. Es generoso con los demás y por eso mismo recibe lo que otros le ofrecen con naturalidad y sin mezquindades. 

MI HDV me ama absolutamente. Este, que escribo al final, es el requisito primero, el más importante. Porque, si no me ama hasta el fondo, hasta el final, si no me ama tal y como soy, si no me ama de verdad, entonces todo sobra. Porque no hay nada que me una más a la otra persona que el sentimiento correspondido, el sentimiento mutuo, la pasión que nos enlaza y ya sabemos, porque lo dijo Lawrence, que "los lazos del amor son difíciles de desatar". 

Sé que me diréis que todo esto es muy difícil. Claro que sí. Pero ¿por qué conformarse con menos? Si bajas el listón puedes encontrarte a ras del suelo y darte un buen tropezón. Y, si te fijas, existe. Pero hay que saber mirar. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

Entre amigas


Una suave tarde otoño, una mañana fría y brillante del invierno, una noche dulce de verano, un comienzo primaveral que anticipa sorpresas....cualquier momento es bueno y se convierte en genial, si vas a dedicarte a charlar con una amiga, con una de tus amigas del alma. 

Hablar es tan sano que, cuando has contado tus cosas a alguien de confianza, sientes que un peso se aligera dentro de ti. Escuchar es tan agradable que te zambulles de lleno en las peripecias que esa amiga te está narrando con el deseo de disfrutar de su dicha y de compartir su tristeza. 

Esas horas son impagables. Tú sabes muy bien a quién confiarte. No te engañas. Conoces quién va de correveidile, quién va de envidiosa, quién de mosquita muerta, quién de creerse el centro del mundo. Ninguna de esas personas son tus amigas, en realidad. Tus amigas son de otro modo. Están al otro lado del FB en la noche y reciben tu tristeza con prudencia y con serenidad. Te llaman cuando perciben que algo puede haberte afectado en tu vida. Te mandan mensajitos de alegría en tus celebraciones. Te conocen y no le dan importancia a tus cabreos, tus reacciones, tu mal humor de esas ocasiones en las que todo te sienta mal. Comparten todo lo suyo sin ostentación y nunca sienten resquemor ante tus triunfos. Las distingues de inmediato. Algunas lo son de toda la vida, desde niñas y ni siquiera tienes que verlas a menudo. Otras son más recientes y se incorporan a tu vida en diferentes momentos. 

Todas son importantes. Amigas, hablar, son dos palabras únicas y necesarias. Somos afortunadas por ello.

sábado, 1 de agosto de 2015

Qué bien hueles...


Si quieres conquistarme, dime que huelo bien. El olor es el elemento de la persona que más me puede atraer o que más puedo rechazar. Oler bien, tener la sensación de limpieza, frescor y ese aroma indefinible que cada persona genera con su propio cuerpo unido a su perfume. 

Usar un perfume requiere saber si marida bien contigo. Es como los vinos. Tiene que adaptarse a tu forma de ser, a tu manera de vestir, a tu estilo, en suma. Reconocer tu perfume ha de ser un logro para ti. Y, si después de una cita, el chico te dice que hueles bien, entonces algo bueno ha ocurrido, algo has conseguido. Porque, ya lo sabes, hay olores que espantan. No hablamos, por supuesto, de temas higiénicos, sino de perfumes mal elegidos, de efluvios espantosos por exagerados o porque no pegan ni con cola. 

Contaré mi propia experiencia. Me gusta oler bien. Y he buscado mi perfume durante mucho tiempo. Así he ido probando varios, desde el clásico Chanel número 5, que en ocasiones todavía uso, pasando por Nina Ricci, Loewe, Dior, Giorgio, Carolina Herrera, Ángel Schlesser, incluso alguno más sofisticado y otros más sencillos. 

Después de probar muchos, lo encontré. Hallé el perfume que se une a mí misma para producir el efecto que quiero, suave pero firme, discreto pero presente, con clase pero con su punto coqueto y lleno de expectativas. Un perfume que habla por sí mismo, que se expresa, que pregunta, que contesta y que llama. 

Es ese que veis en la imagen, tanto en ese formato como en el del tarro oscuro. Lo curioso del caso es que ahora ya me cuesta cambiar y temo que los otros, que están a la mitad, en sus tarros tan bonitos y esplendorosos, van a quedarse así, salvo que los vaya gastando para ir al mercado. Y como al mercado no voy....A mí me gusta usar ese perfume todos los días. Igual que las barras de labios, todos los días perfume, todos los días carmín. 

No sé a vosotros, pero los olores me llevan a los sitios y a las personas. Recuerdo algunos especialmente y, a veces, cuando voy por la calle y me cruzo con alguien, huelo una determinada colonia y la imaginación me recuerda a alguien. Rememoro entonces los momentos vividos, la huella que esa persona dejó en mí, y me parece un milagro. El poder de evocación de un perfume o de un olor es magnífico, subyugante. 

No una, sino dos veces, alguien me dijo que olía muy bien últimamente. Llevaba mi perfume, mi Gucci. Así que tengo claro que he acertado. Y que es mi compañero inseparable para las noches de citas en las que el corazón se acelera.