sábado, 19 de septiembre de 2015

No todas podemos ser Lauren Bacall


Me llama una amiga muy preocupada. Triste, incluso. Es una amiga de hace años a la que recientemente estoy volviendo a tratar. Hemos cambiado mucho las dos. Correteábamos por la Universidad y hacíamos perrerías de todas clases. Bueno, de casi todas. Éramos divertidas, traviesas y nos gustaba reírnos a tope. Nos saltábamos algunas clases. Íbamos a las inauguraciones de las galerías de arte cuando había canapés. Flirteábamos con unos chicos que estudiaban Derecho y que compartían edificio con Historia. No nos perdíamos un estreno de cine ni tampoco una party de estudiantes. El patio de Arte era nuestro reino. Allí nos sentíamos como peces en el agua. Cruzábamos el puente de los Remedios (yo, desde la calle Turia y ella, desde Virgen de la Cinta) con porte de princesas, enfundadas en nuestra ropa de moda y con un bolso de bandolera en el que había, entre otros adminículos, unas interesantes barras de labios con brillo que era lo más entonces y que usábamos entre clase y clase, porque eran sugerentes a tope. 

Mi amiga se ha divorciado y ahora tiene un nuevo "amigo". Es un decir. Más bien, bebe los vientos por un tipo que es catorce años menor y que tiene pinta de chulo a mi entender. Pero ella no lo ve. Lo percibe con ojos de Julieta así que le resulta atractivo y, dice, hasta bondadoso. La hostia, pienso. Tal nivel de ceguera hacía tiempo que no me estaba dado conocer tan de cerca. Ella se ha medio enamorado y él se deja querer. Pero existe un problema. Casi insoluble. La diferencia de edad hace que ella se sienta insegura de su físico. Y es una tía atractiva, no penséis que es un callo. Atractiva y hasta guapa, diría. Sabe arreglarse y enseña escote y piernas sin dudarlo siquiera. Más de lo que a mí me resultaría posible enseñar sin rubor, me parece. Pero a ella le funciona la cosa, cada una es como es. 

Pero el tipo, que gasta cazadora de cuero y pantalones ajustados, es catorce años menor y ella quiere ser una Lolita. Y, por mucho que yo le hablo de Susan Sarandon, el paradigma de la señora inteligente que sabe envejecer y sigue gustando, pues no hay forma. Ha investigado ya qué es eso del colágeno, el bótox, las inyecciones de vitaminas y otra ristra de novedades. Dice que las cremas no sirven para nada, ni la del Lidl que es tan milagrosa según nos cuentan en las encuestas. Sufre. Porque quiere tener treinta años.  La cronología, como sabéis, no tiene puto arreglo. Es la que es. Y, si no envejeces, todavía la cosa es peor. Puedes morirte joven, pero no veo claro que esto sea la solución. Así que mi amiga lo tiene negro. 

En lugar de disfrutar a modo de un tipo joven, con todo en su sitio, pues se dedica a recordar otros tiempos y a querer ser lo que nunca será. Lo que nunca seremos. Lo que nunca fuimos. Porque no todas podemos ser Lauren Bacall. 

Claro que, tampoco ellos son Humphrey Bogart. En el caso de mi amiga, dejémoslo en James Dean en sus peores momentos. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Confidencias


Los seres humanos somos complicados. O sencillos, según se mire. Al final, lo que necesitamos casi todos es sentir que los demás nos quieren, nos respetan, nos consideran. Lo contrario de ese sentimiento es el desarraigo. No es necesario ser un paria para notarlo. El desarraigo emocional es algo muy frecuente. En los malos momentos de la vida todos podemos sentir que, emocionalmente, no formamos parte de nada ni de nadie. Hace algún tiempo, no demasiado, entendí que de mí dependía que algunas personas fueran más felices y tuvieran una vida más agradable. Por desgracia, cuando lo descubrí ya era tarde para otras, que habían desaparecido sin que yo fuera consciente de esa situación. Perdonarse a uno mismo es tarea difícil pero, si no lo haces, no puedes seguir avanzando y, si no avanzas, tu corazón, tu mente, se detienen en un punto indeterminado en el que no hay ilusión ni alegría. 

La alegría es una emoción menospreciada. Parece de escaso valor, propia de gente sin criterio. Pero yo defiendo que la alegría es una íntima muestra de vida intensa, de disfrute esencial, de aprehensión de lo que somos y sentimos. Defender el valor de la alegría en un universo de escépticos es harto complicado pero hace dos años que todas las tragedias humanas me llegan hasta el fondo y todas las superficialidades se quedan en la epidermis. 

Hay un momento en el que el contagio de la alegría puede resultar medicina para el alma. Precisamente cuando alguien, una amiga o amigo, te hace una confidencia, te expresa su temor, su miedo, su dolor, su problema. En esos momentos sentimos que, la mayoría de las veces, somos incapaces de entender el verdadero alcance de eso que se nos ofrece como un regalo, pero también que hay una contribución única, exacta, que vale tanto como un buen consejo. Los consejos no se suelen seguir y acaban en el cajón de las cosas perdidas, pero ese abrazo confiado y esa risa natural, sincera, que te sale del alma, son ofrendas impagables. 

Hay veces que todo eso termina cayendo al suelo estrepitosamente. Ofreces lo mejor que tienes y se derrumba como una montaña de naipes, como una gota de agua sobre un charco. Puede ocurrir y te pasará muchas veces. Pero no pienses que la culpa es tuya. No te conviertas por eso en alguien lleno de resentimiento o acritud. No. Porque sucede que hay personas que no van a entenderte. Buena gente, sin duda. Buenas personas que no van a entenderte nunca y nunca te darán salvo asombro y desconcierto.

Tampoco es necesario que todos nos comprendan. En ocasiones basta con entenderse uno mismo. Sin embargo, si tienes la suerte de tener a alguien, amigo o amiga, que es capaz de oírte y de hacer suyo lo que cuentas; que es capaz de contarte en la confianza de que ese camino de ida y vuelta ha de andarse sin dificultades, entonces cuídalo. Es un regalo que te da la vida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Las fashion victim también leen

Aunque te parezca raro existe un prejuicio social según el cual se te gustan la moda, los trapitos y los cotilleos, no puedes ser una aceptable lectora ni, mucho menos, tener la cabeza medianamente amueblada. Podéis creerme. Es una discusión que, de tanto en tanto, acometo. Mis discutidores me echan en cara que me guste comprar cosas bonitas, que ame la ropa, los perfumes o las joyas, incluso que sea una absoluta forofa de algunas marcas. Cuando conocen esa faceta de mí me tachan inmediatamente de frívola y así ya no tengo remedio, no hay solución ni perdón. Me condenan ipso facto. Si a esto le añades que veo cierto programa cotilla de la tele y que me apasiona el flamenco (considerado todavía por algunos como el lumpen musical), pues la hemos jodido del todo. 

Soy un bicho raro, una friki, alguien en quien no se puede confiar. No tengo sensibilidad, ni sentido, ni orgullo, ni prejuicio. Soy una especie de híbrido incomprensible, nada claro y, por lo tanto, muy especial. Dicho en el mal sentido. 

Cuando alguien se forma una mala opinión de ti la cosa tiene poco arreglo. Estás hablando de los libros que te gustan y sueltas un título, al parecer, intrascendente, y vas directamente a arder en el infierno. La cosa se pone peor cuando no pueden clasificarte. Porque nuestra manía clasificatoria hace que estabulemos a todo el personal sin reparo alguno. Por aquí, los listos. Por allá, los torpes. Guapos y feos. Buenos y malos. Intelectuales y ceporros. Y así un larguísimo etcétera que no tengo tiempo ni ganas de resumir. Un asco, vamos. 

Cuando se es muy joven puede uno correr el peligro de querer asimilarse al grupo porque esa es una forma de que te incluyan, de que no te sientas fuera, una extraña en tierra de nadie. Pero confieso que, ni aún entonces, en esos años pandilleros, tuve la suficiente capacidad para disimular lo que me gustaba. Ya defendía mis afectos con pasión y mis aficiones con devoción y por eso me he acostumbrado a no cuadrar con ningún estereotipo. Los que me quieren dicen que soy especial. Y los que no me quieren....pufff, esos no me importan lo más mínimo. 

Este libro, pues, viene al pelo de lo que os cuento y de lo que cuento en este blog. Porque habla de la pasión por la moda. Habla de una ciudad que me encanta, Nueva York y habla de dos mujeres que, viviendo cada una de ellas en la punta del siglo, distantes y distintas, tienen en común eso, los trapos, las telas, el diseño, el gusto por el vestir. Olive y Amanda luchan por lo que desean. Y eso les envidio, claro está. Luchar por lo que uno quiere, con los objetivos claros, con la mirada puesta en conseguirlos. Dentro de la historia está, también, un diario personal, esa clase de objeto o de dedicación que conozco también, porque lo he llevado durante toda mi vida. El diario, tu amigo, ese que recoge lo que eres, sin disimulos, sin tener que ocultarte, sin tener que mentirte. 

Si lees este libro y te pareces a mí en los afectos y los gustos, conciliarás dos pasiones, la moda y la lectura. No es poca cosa, desde luego. Una bonita idea. Un lindo resultado. Ea. ¿Quién dijo que las fashion victim no son lectoras? 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Vintagísimo

Creo que fue el modista Lorenzo Caprile quien, en la presentación de su último libro "De qué hablamos cuando hablamos de estilo" en la Fundación Cruzcampo de Sevilla, a preguntas de la conductora del acto, la periodista y bloguera Clara Guzmán, explicó que el  de"vintage" era un término que estaba casi siempre mal utilizado. Esa utilización errónea tenía que ver, a su juicio, con que se aplicaba a cualquier prenda de ropa "antigua", sin tener en cuenta que constituyera un artículo valioso.

Antiguo, viejo y vintage, son, pues, palabras absolutamente disonantes y discordantes. 

Para empezar, la RAE no reconoce el término. Esto no debería extrañarnos. La RAE, que se guía por el uso de las palabras nuevas, no las reconoce hasta que pasan dos mil años. Va siempre a la zaga y quizá no le falte razón. El uso tiene que contrastarse con el paso del tiempo. En eso los señores académicos, que de tiempo saben un rato, son prudentes. Ay, hablando de todo, a veces he pensado que será estar sentado en esas sillas con nombre de letras, mayúsculas y minúsculas, asistiendo a una discusión de esas: Señor M, estoy en desacuerdo con usted. Pues mire, señor J, a mí me pasa igual. Etcétera. Como las mujeres se cuentan con los dedos quizá haya una deferencia elegante y se les dé la razón en todo. Aunque me extrañaría. 

Volviendo a lo vintage, o al vintage. Se trata de una palabra inglesa cuyo significado es "vendimia" y en nuestro idioma designa los objetos antiguos de diseño artístico y buena calidad. Con lo cual, querida amiga, ten en cuenta de momento que toda la morralla que guardas en tu armario no tiene nada que ver con el vintage. Es otra cosa. Puedes donarla o regalarla que no te pierdes nada. 

Si continúas indagando en la etimología del término (ah, la etimología, esa ciencia tan extraordinaria y que nos hace pasar tan buenos ratos averiguando de donde vienen las palabras) parece provenir del francés antiguo, de "vendage", que viene del latín "vindemina". Parece que el nombrar a los mejores vinos añejos con esta definición se ha trasladado a otros productos y, sobre todo, a los relacionados con la moda y el diseño. Por lo tanto, podemos decir que "vintage" tiene un origen enológico. Pues qué bien. 

El vintage es una forma de favorecer el reciclaje de ropa de calidad, pero que debe tener al menos unas décadas para ser considerada como tal. Y, por supuesto, responder a diseños prácticamente exclusivos, originales y valiosos. Sin embargo, en la actualidad se está imponiendo una forma de actualizar tendencias pasadas, que se denomina "diseño vintage". Este otoño, por ejemplo, vamos a ver las nuevas versiones de moda ochentera, como los vestidos de flores y diseños geométricos, las cazadoras y chaquetas de flecos realizadas en ante, las botas con inspiración lejano Oeste, los chalecos, los jerseys oversize de estilo francés, tan mullidos y confortables, las camisas de estilo romántico...

Una ropa vintage de calidad o una recreación con gracia y arte resultan sumamente atractivas. Da la impresión de que el tiempo no ha pasado o que lo ha hecho con tino. También que el túnel de las modas da tantas vueltas que llega incluso a confundirnos. Puedes aprovechar vestidos de tu madre, incluso de tu abuela, si es que tienes la suerte de tenerlos guardados y poseer una talla aproximada. 

El vintage aparece asimismo en joyas, accesorios, bolsos, adornos en general. Por supuesto, también en la decoración del hogar. Pero ese es otro tema. Desde luego, conservar un objeto, sea el que sea, pasados los años, por herencia o porque lo adquiriste en una tienda especializada en ello, además de ser un tesoro te proporciona una sensación muy especial. Piensas y piensas, imaginas y recreas, la historia de la persona que lo usó, sus sentimientos, su vida entera. Es como traer del pasado la esencia de una vida que dejó huella, no cabe duda. 


martes, 8 de septiembre de 2015

Flecos


Juanita Calamidad era la novia de Búfalo Bill Cody. Estaban los dos en el lejano Oeste y cantaban a voz en grito canciones que animaban hasta a los enormes rebaños de ganado bravo que cruzaban el desierto de Arizona. Aunque no lo creáis, la ropa de los pioneros ha traspasado la moda y no sabéis cómo. Los pantalones vaqueros, sin ir más lejos, esa creación extraordinaria que todos los grandes de la alta costura quisieran haber inventado. Los vaqueros, los jeans, como quieras llamarlos, son el gran invento del siglo XX. En todas sus versiones, anchos, colores, texturas, formas, altos, bajos, rectos, pitillos, de campana, son un clásico que se reinventa y que sienta bien a casi todo el mundo. Salvo si te los compras demasiado anchos o los llevas como si fuera un pantalón chino. 

Además del vaquero están las camisas de cuadros. Otro clásico que vuelve este año con fuerza y que no deja de estar de moda, en diferentes versiones eso sí. Los cuadros rojos, blancos y azules, han dado paso a una enorme variedad de colores. Las formas camiseras se han diversificado, desde luego. Pero el encanto de una camisa de cuadros sigue incólume con el paso del tiempo. 

Y, sin olvidar las botas o los chalecos, vamos a detenernos en las cazadoras de flecos. Los flecos, como los que lleva Doris Day en su papel de Juanita, son tendencia desde este verano. Chalecos, jerseys, camisetas, ponchos, capas, todas ellas adornadas con flecos. Este invierno, además, cazadoras y chaquetas de ante marrón con flecos, lo más de lo más. 

Yo tengo la mía. ¿ Y tú ? 


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cuando los hombres hablan en plural


Ella pensaba que en una conversación entre un hombre y una mujer intervenían dos personas. Dos individuos. Uno y otra. Otro y una. Dos. Solamente dos. 

Error. Para algunos hombres en una conversación entre un hombre y una mujer intervienen un hombre y todas las mujeres. No os imaginéis un griterío atroz con el pobre ejemplar masculino en inferioridad de condiciones y todas las mujeres interviniendo al unísono para destrozar los tímpanos del gentil caballero. No. Tampoco penséis en una batalla dialéctica en la que Él defiende una opinión y todas las mujeres otra bien distinta. Nada de eso. Eso es, al cabo, filosofía barata comparada con la realidad. 

El hecho es que están él y ella discutiendo o hablando sin más de algún tema relativo a las relaciones humanas entre ambos sexos y entonces el tipo se descuelga con frases de este tenor:

Las mujeres siempre termináis reaccionando de esa forma

Todas creéis que la razón está de vuestra parte en este tema

Vuestras opiniones siempre son las mismas al hablar de hombres

Las mujeres sois unas románticas sin remedio

Pedís demasiado a los hombres, sois muy exigentes

El corolario es, por supuesto, todas las mujeres sois iguales, actuáis igual, pensáis igual. 

Etcétera, etcétera, etcétera...

Cuando el señor que habla contigo te espeta algo de esto (no logro recordar ahora mismo más oraciones pero las hay a montones, una por cada cuestión candente e insignificante), tú miras alrededor buscando a las demás. Joder, te preguntas ¿con quién está hablando? ¿a quiénes se dirige? Si estoy yo sola aquí, si solamente soy yo la que discute con él. Miras, miras, pero no ves a nadie. No hay ni una sola persona en todo el mundo mundial que esté compartiendo contigo esa conversación. Nadie. Entonces ¿ a qué viene tanto plural? 

Un ejemplo: 

-Te veo distraído...¿Te ocurre algo? -pregunta la incauta mujer

-Todas las mujeres hacéis la misma pregunta, no os dais cuenta de que tenemos preocupaciones. Esta es la gloriosa y estandarizada respuesta del caballero. 

Confieso que no logro entender esto. Cuando una mujer habla con un hombre no le ocurre echarle la culpa de todos los males del universo, no se le ocurre decirle que mató a Kennedy, que es responsable de lograr la paz mundial o que tiene que ceder su 0,7 para el Tercer Mundo. Entonces ¿cómo es posible que no seamos tratadas como individualidades, como personas diferenciadas, distintas, únicas, que somos?

Lo diré claro. No me siento identificada con el resto de mujeres del mundo por el hecho de tener el mismo sexo. Hay mujeres buenas y malas, listas y torpes, feas y guapas, amables y desagradables. Toda clase de mujeres. Y no soy responsable de las acciones de todas ellas. En realidad, solamente me hago responsable de una mujer en todo el mundo: Yo misma. Una mujer única, con sus defectos (muchos) y sus virtudes (seguramente pocas), pero excepcional porque solamente hay alguien como ella, es decir, como yo. 

Si un hombre me habla en plural me está diciendo algunas cosas: que es tan simple que resulta incapaz de diferenciar a las mujeres entre sí, que no se molesta en conocerme cómo soy  en realidad y que, lejos de ser natural y espontáneo, utiliza clichés de conducta que aplica a todo el mundo. Un aburrimiento total, vamos.

Yo nunca haría eso. Más bien intentaría conocer cómo piensa y cómo actúa en las distintas circunstancias de la vida y ese conocimiento sería, no un arma arrojadiza, sino una prueba de complicidad y de entendimiento. Conocer para querer.

Fíjate. Soy yo. Me gustan las rosas amarillas. La literatura inglesa. Jane Austen. Los cuadernos de hojas lisas. La poesía de Cernuda. La música flamenca. La ropa con estilo. Los sillones cómodos. La secta Apple. Charlar con amigas. Viajar a ciudades pequeñas y románticas. Los hoteles con encanto. La historia. Comer poco y en buena compañía. Pasear en el otoño, en días soleados y sin viento. Las cazadoras de cuero. El cine clásico. La gente que tiene buen corazón. Me gustas tú.

No me gusta que me comparen con otras mujeres. Que me atribuyan la forma de ser de las demás. Que generalicen conmigo. Que despachen mis cabreos con lugares comunes y tópicos. Que me traten como a una niña caprichosa. Que me hablen en plural. Que me ignoren. Que me engañen. Que se rían de mí. Que me mientan. Que me escuchen como el que oye llover.

Soy distinta a todas y tengo mi propia denominación de origen. Puede que te guste o puede que no. Puede que sea tu tipo o puede que me ignores. Pero no me mezcles en una salsa en la que es imposible distinguir los ingredientes. 

Todo esto de la pluralización es una pesadez. Y un coñazo, para qué negarlo. Háblame de tú, forastero. Deja los plurales para los discursos y las arengas a las tropas.