viernes, 18 de septiembre de 2015

Confidencias


Los seres humanos somos complicados. O sencillos, según se mire. Al final, lo que necesitamos casi todos es sentir que los demás nos quieren, nos respetan, nos consideran. Lo contrario de ese sentimiento es el desarraigo. No es necesario ser un paria para notarlo. El desarraigo emocional es algo muy frecuente. En los malos momentos de la vida todos podemos sentir que, emocionalmente, no formamos parte de nada ni de nadie. Hace algún tiempo, no demasiado, entendí que de mí dependía que algunas personas fueran más felices y tuvieran una vida más agradable. Por desgracia, cuando lo descubrí ya era tarde para otras, que habían desaparecido sin que yo fuera consciente de esa situación. Perdonarse a uno mismo es tarea difícil pero, si no lo haces, no puedes seguir avanzando y, si no avanzas, tu corazón, tu mente, se detienen en un punto indeterminado en el que no hay ilusión ni alegría. 

La alegría es una emoción menospreciada. Parece de escaso valor, propia de gente sin criterio. Pero yo defiendo que la alegría es una íntima muestra de vida intensa, de disfrute esencial, de aprehensión de lo que somos y sentimos. Defender el valor de la alegría en un universo de escépticos es harto complicado pero hace dos años que todas las tragedias humanas me llegan hasta el fondo y todas las superficialidades se quedan en la epidermis. 

Hay un momento en el que el contagio de la alegría puede resultar medicina para el alma. Precisamente cuando alguien, una amiga o amigo, te hace una confidencia, te expresa su temor, su miedo, su dolor, su problema. En esos momentos sentimos que, la mayoría de las veces, somos incapaces de entender el verdadero alcance de eso que se nos ofrece como un regalo, pero también que hay una contribución única, exacta, que vale tanto como un buen consejo. Los consejos no se suelen seguir y acaban en el cajón de las cosas perdidas, pero ese abrazo confiado y esa risa natural, sincera, que te sale del alma, son ofrendas impagables. 

Hay veces que todo eso termina cayendo al suelo estrepitosamente. Ofreces lo mejor que tienes y se derrumba como una montaña de naipes, como una gota de agua sobre un charco. Puede ocurrir y te pasará muchas veces. Pero no pienses que la culpa es tuya. No te conviertas por eso en alguien lleno de resentimiento o acritud. No. Porque sucede que hay personas que no van a entenderte. Buena gente, sin duda. Buenas personas que no van a entenderte nunca y nunca te darán salvo asombro y desconcierto.

Tampoco es necesario que todos nos comprendan. En ocasiones basta con entenderse uno mismo. Sin embargo, si tienes la suerte de tener a alguien, amigo o amiga, que es capaz de oírte y de hacer suyo lo que cuentas; que es capaz de contarte en la confianza de que ese camino de ida y vuelta ha de andarse sin dificultades, entonces cuídalo. Es un regalo que te da la vida.

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