miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cuando los hombres hablan en plural


Ella pensaba que en una conversación entre un hombre y una mujer intervenían dos personas. Dos individuos. Uno y otra. Otro y una. Dos. Solamente dos. 

Error. Para algunos hombres en una conversación entre un hombre y una mujer intervienen un hombre y todas las mujeres. No os imaginéis un griterío atroz con el pobre ejemplar masculino en inferioridad de condiciones y todas las mujeres interviniendo al unísono para destrozar los tímpanos del gentil caballero. No. Tampoco penséis en una batalla dialéctica en la que Él defiende una opinión y todas las mujeres otra bien distinta. Nada de eso. Eso es, al cabo, filosofía barata comparada con la realidad. 

El hecho es que están él y ella discutiendo o hablando sin más de algún tema relativo a las relaciones humanas entre ambos sexos y entonces el tipo se descuelga con frases de este tenor:

Las mujeres siempre termináis reaccionando de esa forma

Todas creéis que la razón está de vuestra parte en este tema

Vuestras opiniones siempre son las mismas al hablar de hombres

Las mujeres sois unas románticas sin remedio

Pedís demasiado a los hombres, sois muy exigentes

El corolario es, por supuesto, todas las mujeres sois iguales, actuáis igual, pensáis igual. 

Etcétera, etcétera, etcétera...

Cuando el señor que habla contigo te espeta algo de esto (no logro recordar ahora mismo más oraciones pero las hay a montones, una por cada cuestión candente e insignificante), tú miras alrededor buscando a las demás. Joder, te preguntas ¿con quién está hablando? ¿a quiénes se dirige? Si estoy yo sola aquí, si solamente soy yo la que discute con él. Miras, miras, pero no ves a nadie. No hay ni una sola persona en todo el mundo mundial que esté compartiendo contigo esa conversación. Nadie. Entonces ¿ a qué viene tanto plural? 

Un ejemplo: 

-Te veo distraído...¿Te ocurre algo? -pregunta la incauta mujer

-Todas las mujeres hacéis la misma pregunta, no os dais cuenta de que tenemos preocupaciones. Esta es la gloriosa y estandarizada respuesta del caballero. 

Confieso que no logro entender esto. Cuando una mujer habla con un hombre no le ocurre echarle la culpa de todos los males del universo, no se le ocurre decirle que mató a Kennedy, que es responsable de lograr la paz mundial o que tiene que ceder su 0,7 para el Tercer Mundo. Entonces ¿cómo es posible que no seamos tratadas como individualidades, como personas diferenciadas, distintas, únicas, que somos?

Lo diré claro. No me siento identificada con el resto de mujeres del mundo por el hecho de tener el mismo sexo. Hay mujeres buenas y malas, listas y torpes, feas y guapas, amables y desagradables. Toda clase de mujeres. Y no soy responsable de las acciones de todas ellas. En realidad, solamente me hago responsable de una mujer en todo el mundo: Yo misma. Una mujer única, con sus defectos (muchos) y sus virtudes (seguramente pocas), pero excepcional porque solamente hay alguien como ella, es decir, como yo. 

Si un hombre me habla en plural me está diciendo algunas cosas: que es tan simple que resulta incapaz de diferenciar a las mujeres entre sí, que no se molesta en conocerme cómo soy  en realidad y que, lejos de ser natural y espontáneo, utiliza clichés de conducta que aplica a todo el mundo. Un aburrimiento total, vamos.

Yo nunca haría eso. Más bien intentaría conocer cómo piensa y cómo actúa en las distintas circunstancias de la vida y ese conocimiento sería, no un arma arrojadiza, sino una prueba de complicidad y de entendimiento. Conocer para querer.

Fíjate. Soy yo. Me gustan las rosas amarillas. La literatura inglesa. Jane Austen. Los cuadernos de hojas lisas. La poesía de Cernuda. La música flamenca. La ropa con estilo. Los sillones cómodos. La secta Apple. Charlar con amigas. Viajar a ciudades pequeñas y románticas. Los hoteles con encanto. La historia. Comer poco y en buena compañía. Pasear en el otoño, en días soleados y sin viento. Las cazadoras de cuero. El cine clásico. La gente que tiene buen corazón. Me gustas tú.

No me gusta que me comparen con otras mujeres. Que me atribuyan la forma de ser de las demás. Que generalicen conmigo. Que despachen mis cabreos con lugares comunes y tópicos. Que me traten como a una niña caprichosa. Que me hablen en plural. Que me ignoren. Que me engañen. Que se rían de mí. Que me mientan. Que me escuchen como el que oye llover.

Soy distinta a todas y tengo mi propia denominación de origen. Puede que te guste o puede que no. Puede que sea tu tipo o puede que me ignores. Pero no me mezcles en una salsa en la que es imposible distinguir los ingredientes. 

Todo esto de la pluralización es una pesadez. Y un coñazo, para qué negarlo. Háblame de tú, forastero. Deja los plurales para los discursos y las arengas a las tropas.


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