sábado, 31 de octubre de 2015

¿Para quién se viste una mujer? o Mi gozo en un pozo

Las mujeres solemos decir que nos vestimos para nosotros mismas. Bueno, en realidad eso lo dicen algunas mujeres entre las que no me cuento. Si eso fuera así estrictamente mi camiseta rosa súper usada sería la reina de mi armario. Tampoco significa que andemos todo el día pensando en el qué dirán. Eso es tan absurdo como inútil. Y, cuando más quieres agradar, peor lo tienes. Por eso siempre aconsejo a las amigas que se dejan aconsejar que piensen en ellas y no en los contrarios. Porque los contrarios, incluso los más entregados, andan fritos de ideas a la hora de saber qué es lo que a una le sienta bien.

Una amiga me cuenta algo así: 

"Había quedado para tomar una copa en un local de moda con un compañero de trabajo muy agradable. Ya sabes, inteligente, culto, de buen ver. Justo el tipo de persona al que preferirías agradar que desagradar. La verdad es que yo me veía mona. Bueno, sin exagerar. Pero mi compañero me desmontó el tinglado a la primera. No le gustó mi pantalón negro, ni mi blusa color orquídea. Ni mi abrigo de entretiempo. Porque, sobre gustos no hay nada escrito. No tiene demasiada importancia, pero me sirvió para pensar que hay muchos puntos de vista sobre las cosas. 

Fíjate, no me sentí decepcionada. No. Porque yo estaba a gusto, me sentía bien conmigo misma y no me afectó que este tipo tan inteligente, culto y agradable, pensara que yo no sabía vestir y que tenía mal gusto, que la ropa era de mercadillo, de los gitanos de Alcosa o de Tejidos Loly. Qué se le va a hacer, pensé. Nadie es perfecto. Y mucho menos, perfecta."

Hasta aquí el relato de mi sufrida amiga tras su experiencia. Dado que nunca sabes qué le va a gustar al público que te rodea, a tus amistades o congéneres, lo mejor es usar el sencillo sistema de "estar bien con una misma". Porque de otra forma tendríamos que consultar con todo el mundo antes de comprarnos algo y, sobre todo, dejaríamos de ser lo que en realidad somos. Nos convertiríamos en lo que los demás quieren que seamos. Y eso, amigas mías, es un error tan grande como pensar que puedes gustarle a la generalidad. Aparecer como otros quieren que aparezcamos es una forma de mentir. Y mentir está muy, pero que muy feo. 

Corolario: Mi amiga lleva bien el asunto. Se lo ha tomado a risa. Es una persona muy risueña.


domingo, 11 de octubre de 2015

Mujeres, hombres y cintas de Pilates


En la película “Hechizo de luna” hay dos escenas que vienen al pelo para este post. En la primera de ellas, Rose Castorini, la madre de la protagonista, observa una disputa entre un profesor de edad madura y una de sus alumnas, que evidentemente mantiene una relación sentimental con él.  La discusión es pública. Acontece en un restaurante italiano que Rose frecuenta sola muchas noches. Todo acaba cuando la chica, harta, le tira un vaso de agua en la cabeza al profesor. Romance fallido, hartura, quién sabe. El caso es que esta escena cómica encierra, para Rose, muchos significados. 

Ella y el profesor terminan sentados en la misma mesa. Y, en un momento dado, Rose le hace la pregunta que la tiene intrigada desde que sabe que su marido le es infiel: ¿Por qué los hombres engañan a las mujeres? El profesor no sabe qué decirle, está desconcertado e hilvana unas respuestas sin mucha convicción: Para sentirse más jóvenes. Porque están aburridos. Porque sufren. Porque son inmaduros. Porque tienen miedo a la muerte. 

Sí, responde entonces Rose, eso es. Y esta frase rotunda detiene la enumeración del asustado profesor. Sí. Es por eso. Tienen miedo a la muerte. Los hombres engañan a sus mujeres porque tienen miedo a la muerte. 

Rose respira profundamente. Ha llegado a una conclusión que la convence. Que la absuelve del pecado de haber envejecido. No es suya la culpa de que, después de treinta años, su marido entrado en años y en kilos, se haya encaprichado de una señorita que usa ropa de angorina en tonos pastel y lleva rabillo azul en el ojo y sonrisa de falsa mimosidad. La señorita en cuestión alaba sin pudor la apostura del marido de Rose, al que ya no le cierran los botones de la chaqueta, hace mohines con la boca pintada de rojo intenso, abate sus pestañas al mirarlo y observa gozosa y un pelín hambrienta la pulsera de dijes en forma de estrellitas que él le ha regalado. 

La segunda escena tiene lugar en la cocina familiar. Una familia italiana, aun trasplantada a América, tiene que convivir en una casa grande en la que la cocina sea el centro de la vida. El núcleo de chismes, discusiones, cotilleos y confesiones. Un recinto sagrado. Resuelto al parecer el extraño caso del enamoramiento de su hija Loretta con Ronny Camareri (cuyos detalles no vienen aquí a cuento) Rose le lanza directamente a su marido una frase que a él lo deja mudo, más aún que en los diez últimos años de su matrimonio: 

-Voy a decirte una cosa, Cosmo. Hagas lo que hagas, vas a morirte igual. 

Rose es una mujer sabia. Como tantas otras, ha desmenuzado con sigilo y en silencio todas y cada una de las claves que ha empujado a su marido a buscar carne joven cuando la suya propia está diciendo “tápame”. Las claves que explican la ecuación de la infidelidad. Rose sabe que Cosmo le es infiel y, en lugar de mirar hacia otro lado, de avergonzarse de ello, de negarlo o de formar un lío de no te menees, indaga y observa, pregunta y reflexiona. Rose es una mujer que no se oculta, por eso termina concluyendo que todo tiene razones y que las razones no siempre están en uno mismo. 


Hay quien afirma que la infidelidad es un concepto prefabricado y absurdo. Innecesario. Pero, si lo fuera, no existiría su contrario, la fidelidad y no hablaríamos de ella como un bien. Vale que Cosmo y todos los Cosmos del mundo hagan de su capa un sayo. Pero no estaría de más que lo hicieran sin engañarse a sí mismos. Van a morirse igual.