lunes, 30 de noviembre de 2015

Ligues


(Jack Vettriano)

Abro el Twitter y salta un tuit promocionado invitándome a encontrar el ligue perfecto. Y no uno solo, no, qué va, unos cuántos, a elegir, como en la sección de bolsos de unos grandes almacenes en rebajas. En Facebook, días después, me llega la amable invitación de alguien que me pide un Megusta para una página de contactos. El lema de la página es atronador: “Ninguna mujer sola en casa un sábado por la noche”. El lema se acompaña con la foto de una rubia neumática que mira a la cámara con una expresión entre zorruna y bobalicona. Me pregunto cómo es posible que esta chica necesite la página para salir de noche. Incógnitas de la publicidad. Las mismas que me surgen cuando veo los anuncios de cremas antiedad con el rostro de treintañeras de piel perfecta. 

En la edición de papel de un periódico de rancio abolengo descubro el anuncio de una acreditada firma de citas a ciegas. Con su cata de vino y todo. Y su cosa literaria: las mesas tienen nombres de poetas, todos ellos muertos, supongo que por evitar demandas. Participar en el jueguecito importa una cantidad similar a un arreglo capilar de mechas con papel de plata en una peluquería de lujo. 

Un digital de contenido político, lleno de sesudos comentarios y constantes diatribas entre esto y aquello, incluye no menos de tres referencias publicitarias a un club de singles que organiza excursiones, viajes y parafernalias similares. Los participantes, según se aclara con sumo detalle, son todos ellos gente “inquieta”, y “positiva”, dos adjetivos repetidos en el atrayente letrero que acompaña a las fotos de un autobús en ruta, que se dirige no se sabe dónde pero sí para qué. Para que los singles vuelvan convertidos en long plays. Aclara que el autobús se ofrece a personas “de todos los sexos”. 

No sé. Por unos momentos he apreciado una conjura interestelar para buscarme un novio. Todos los anuncios parecen sugerir la existencia de una legión de hombresdemissueños dispuestos a todo, en plan “caravana de mujeres”. ¿Cómo demonios se han enterado estos de que estoy libre como un taxi en días de verano y en la tórrida soledad de Sevilla? 

sábado, 28 de noviembre de 2015

Multifacéticas.....


(Ilustración: Ernesto Garcia Cabral)

Esta preciosa ilustración que hallo por ahí en mañana luminosa de sábado, me ha inspirado para escribir esta entrada. Si os fijáis, no tiene desperdicio. Una chica se balancea airosa sobre sus altos tacones, leyendo un libro, llevando un lápiz bajo el brazo, un cuaderno de dibujo, algunos útiles, un precioso sombrero...Es una mujer multifacética, de esas que tienen tantas aficiones, habilidades, intereses o ganas de hacer cosas, que se meten en mil y una peripecias y que todo lo llevan con la donosura propia de quien disfruta a tope. 

He conocido de cerca a algunas de estas mujeres. La primera, mi madre. Ella era capaz de llevar la casa, cuidar a los niños pequeños (siempre había algún rorro por ahí), cocinar de lujo, coser vestidos, hacer muñecas de trapo, escribir cartas deliciosas, leer libro tras libro, ir al cine, salir de compras, disfrutar del cálido sol de las tardes de sobremesa, charlar con las vecinas, cantar todas las canciones del mundo, conocer a todos los artistas, comprar con habilidad y dominando el arte del regateo, leer el periódico diario, hojear todas las revistas del mundo, comentar la política, discutir a modo con mi padre, sonreír con timidez cuando alguien la alababa y, además, llevar una vida interior plagada de sorpresas. Era una mujer que hacía muchas cosas bien, pero que no lo sabía. Si la vida hubiera sido más generosa con ella en tiempo para disfrutarla, hoy sería una activa tuitera, tendría su propio Facebook y habría cola para escucharla opinar sobre Iglesias, Rivera, Sánchez, Rajoy y toda la parafernalia de la politique...

El multifacetismo a veces se confunde con la hiperactividad de quienes no paran quietas. Pero no nos confundamos, no se trata de eso. No se trata de andar sin criterio, de la ceca a la meca, como un pollo sin cabeza. O un pavo. Hablando de pavos, ahora que se acercan las temibles Navidades, no estaría de más recordar la habilidad materna para asestarle al pavo un tajo en el cuello que lo dejaba paralizado. Debió aprenderla en el cortijo de mi tío Curro, allá en la Laguna Seca, comarca de La Janda, maravilloso espacio natural en el que el campo se convertía en realidad, más allá de los libros que leíamos. Si recuerdo las historias que ella y sus hermanas contaban del cortijo, tendría que referiros lo bien que montaba a caballo, lo habilidosa que era para coger tagarninas del campo, cómo ordeñaba cabras o vacas y cómo danzaba el tango apache ante la maravillosa expectación de todos los oficios que allí trabajaban: cabreros, capataces, campesinos, queseros, apicultores....

No solamente eso. Hacía de maestra con los niños de los trabajadores y les contaba raras historias inventadas que ella adornaba con frases majestuosas y con ese vocabulario cinematográfico que la acompañó siempre. Se sabía de memoria todas las escenas del cine clásico y las representaba a modo. Era una heroína cambiante, siempre enfundada en su imaginación y su gracia gaditana. 

Prometo, por usar una expresión menos drástica que "juro" que no había pensado convertir esta entrada en un homenaje a mi madre. Pero así ha surgido. Pensar en las mujeres multifacéticas me ha llevado hasta ella y todavía tendría que añadir algunas habilidades más: hacer collares, cuando ya recordaba pocas cosas. Construir collages con páginas de revistas. Posar sus manos silenciosas en las rodillas cuando esto ya era un esfuerzo supremo....

Es verdad que me dio pocos abrazos. Es verdad que no era expresiva, al menos, no en la expresión ordinaria de las frases cariñosas y los besos habituales. Pero quizá su forma de querer era esa: ofrecernos a todos un mosaico de cosas bien hechas y, en los tiempos postreros, mirarnos con fijeza, sus ojos avellana tan hermosos con una pátina húmeda y pronunciar los nombres que se agarraban con fuerza a su memoria, sin querer abandonarla.

martes, 24 de noviembre de 2015

Guantes, sombreros, foulards....



Rosalinda Fox se anuda el pañuelo en la cabeza al modo en que lo hacían las mujeres de los años cuarenta. Su piel blanca anuncia la lucha contra las manchas solares de la época, nadie querría parecer que trabaja al aire libre. Los labios rojos son intemporales, los vemos en la boca de las mujeres desde las heroínas de Austen. Y esos guantes calados tienen una distinción que anuncia a la dama de buen gusto. 

Los complementos son aquellos aditamentos del vestir que señalan con toda claridad la frontera entre el buen y el mal o regular vestir. Varían con las temporadas, con las estaciones, pero ofrecen un panorama descriptivo de las personas que los llevan. Hablamos de las mujeres en este caso, pero no hay que olvidar que son cosa general de los dos sexos. 

A veces unos guantes marcan la diferencia. O un pañuelo, un foulard o una pashmina. Por supuesto, unos zapatos. Una joya. Los sombreros, por desgracia, parecen estar casi desterrados de nuestro vestuario, excepto en la playa o en el campo, algo que no parece lógico, porque no solamente resguardan del sol, sino también del frío y de los elementos. 


En los últimos años hay un complemento que hace furor. Las gafas de sol. Son un básico prácticamente con diseños preciosos y colores y formas muy variados. En estos momentos hay un revival de modelos antiguos, pero, en general, las gafas de sol son ya un elemento indispensable en los atuendos de día. De noche no, por razones obvias, ya se sabe que todos los gatos son pardos.

En cuanto al adorno en el cuello, han vuelto las pequeñas estolas de piel, natural o no. Por supuesto, los pañuelos anudados graciosamente, las bufandas y maxibufandas, tan necesarias para el frío. El foulard es ya fondo de armario y lo mismo ocurre con la pashmina. Un defecto tienen estos accesorios y es que la mayoría circulan con estampados o cuadros y pocos de ellos se atreven con lo liso. Eso limita mucho la conjunción con el resto de la ropa, pero es verdad que alegran más la cara.

No te olvides, por ejemplo, de las medias. Las medias de nylon fueron en los cuarenta el ejemplo máximo del glamour. Ahora las medias tienen nuevas dimensiones decorativas y tejidos. La espuma, la lycra, la lana...A mí me gustan las mates, con unos 20 den de espesor y que sean flexibles. Las medias con dibujos no me parecen finas, pero hay gente que las lleva con mucho estilo. Depende de cómo las combines, si con zapatos o botas.


Si quieres ir a la moda tienes que tener un clucht, ya sabes una cartera plana y que puedas llevar con comodidad en una mano. Es un recuerdo del pasado que ha regresado con fuerza. Porque la moda son ciclos, como la vida, y se reinventa a cada momento. Fíjate en que los collares de perlas también son tendencia, sobre todo los largos, no solamente blancos o nacarados sino en otros tonos. Las perlas siempre están en el candelero y no creas eso que dicen que envejece, para nada, depende de con qué te las pongas. Y elegancia asegurada sí que tienen.

Sombreros, tocados, pañuelos, fourlards, pashminas, bufandas, collares, carteras, cluchts, zapatos, bolsos, guantes, estolas....el mundo de los complementos es delicioso, variado, lleno de detalles. Unos buenos complementos son fondo de armario y ennoblecen cualquier atuendo. A veces no les damos demasiada importancia pero piénsalo. Convierten un atuendo sencillo e, incluso, anodino, en una forma de belleza.

(Las ilustraciones corresponden a fotogramas de la serie "El tiempo entre costuras")

viernes, 20 de noviembre de 2015

Leer es sexy


Hay quien piensa que las mujeres que leen son peligrosas. Incluso hay quien lo ha dejado escrito. Leer es igual que pensar y el pensamiento es libre. Todavía existen reticencias hacia las mujeres que piensan. Y está la dicotomía belleza-intelecto. Bien, no entremos en eso. Cada cual es muy dueño (o dueña) de aplicarse el cuento como quiera. El ejemplo manido de la pareja entre Arthur Miller y Marilyn Monroe ha aventado este sistema dual que jerarquiza el físico en la mujer y el cerebro en el hombre a modo de complemento inequívoco. No conozco casos en los que sea al revés. Si lo fuera, tendría que haberme tocado ya un buen número de parejas entre los hombres más guapos del mundo. Y no se ha dado el caso, al menos, el caso de que fueran bellos sin alma. 

La lectura no es un "adorno" femenino tradicional como lo era la costura, el piano, el baile o la cocina. Entre las maravillas que las mujeres de antes podían hacer con su persona y su tiempo libre (suponiendo que lo tuvieran) no estaba leer. Leer era, más bien, una extravagancia. Un hábito burgués, además. Consumir el dorado tiempo de la juventud con la cabeza metida en papeles, viviendo una existencia ajena que nunca te estará dada a vivir, parece tontería. Cuánto mejor el andurreo, el callejeo, el barzoneo incluso (como la máxima expresión de andar sin rumbo, ad libitum) que la complacencia literaria en soledad. Esa es la cuestión, me temo. La lectura es un ejercicio solitario y a nosotras, quizá, solo quizá, eso de estar solas tanto tiempo como que nos ha dado alergia. Lo mismo que estar en silencio. La mujer no está hecha para callar. 

He conocido chicos a los que horrorizaba mi pretensión de comentar los libros. Con ellos poco ha habido que hacer, incluso aunque fueran Adonis. También están los otros, aquellos con los que compartes autores, comentas textos y recitas poemas al alimón. Ah, eso sí, eso es la vida. Ese momento inefable en el que reconoces unos versos que tú misma has pronunciado en ocasiones y que resulta, oh feliz coincidencia, que hay alguien que también ha transitado antes que tú. 

Ahora está de moda decir que leer es sexy. Bah. Es un reclamo, desde luego, pero no una condición del acto de leer. La lectura sigue siendo lo que era. Una tarea difícil, dura, solitaria y llena de momentos contradictorios. Sobre todo, algo personal, algo que solamente haces tú con el libro, que no puede traspasarse a otro contexto sino a ese único y exclusivo momento en que las palabras llegan a ti y tú las recibes. Algo que, por otra parte, no se escoge. Es como el amor. Te llega, lo sientes, lo vives, esto último si hay suerte. Existe, de todas formas. 

Puede que lo de sexy esté bien traído si consideramos que la lectura es algo íntimo. Y lo sexy es íntimo o debería serlo. A veces me he preguntado si esas horas de lectura callada y solitaria podrían cambiarse por algo más práctico, productivo o lleno de emoción. Y, os aseguro, he hallado una respuesta. Solamente hay algo que convertiría para mí en secundario el acto de leer. Pero eso no voy a contarlo aquí, por supuesto. 


martes, 17 de noviembre de 2015

Cómo vestir en un evento oficial



Imagina que eres una profesional de cualquier oficio y tienes que asistir a un acto profesional en el que vas a tener algún papel, alguna relevancia. Bien. Enhorabuena. Puede que tengas que prepararte un pequeño discurso, quizá saludar a gente importante, posar para la prensa, incluso compartir una copa con políticos o gente a la que, de ordinario, no sueles tratar. Todo eso es complicado, sobre todo si quieres hacerlo bien, sin ser una lista insoportable y sin parecer una tonta sin remedio. Pero, ante todo, la primera cuestión que vas a plantearte, y no lo niegues, es el consabido "¿Qué me pongo?" o, para usar una expresión más rotunda "¿Qué diablos me pongo?". 

Les ocurre incluso a las personas que, en su vida cotidiana, suelen tener cierto gusto a la hora de vestir. Les pasa sin poderlo evitar porque todo el mundo quiere causar buena impresión. No pasarse, pero tampoco no llegar. Y el armario, a veces, nos devuelve una imagen que no se ajusta a nada de lo que queremos. Nos pasa a todas, confiésalo. Cuanto mejor queremos aparecer, peor lo ponemos. 

En esos actos suele haber mucha gente y de muy diverso origen. Así que ten cuidado, porque verás brillos, tules, pana, terciopelos y toda clase de tejidos que se van a mezclar alegremente. Tendrás la tentación de vestirte "como para una boda". Y ya se sabe que no hay nada más hortera que una boda. Sea la que sea, se case quien se case, el horterismo salvaje está servido en bandeja, de plata o de metacrilato, qué más da. Pues no, no vas a una boda, ni a un bautizo o a una comunión. 




Tampoco vas a la Semana Santa, ni a las fiestas patronales, ni a una celebración navideña. Más difícil todavía. Deberías resultar sencilla, a la par que discreta, a la par que tener tu toque personal, ese "como tú eres" que resulta tan, tan complicado. Salvo si mides 1,80, tienes las piernas de Naomi Campbell, la cara de Cindy Crawford y el cuerpo de Malena Costa. Como estas circunstancias no van a coincidir en ti, porque si así fuera no necesitarías leer este blog (en realidad no necesitarías nada, maldita sea), pues tienes que adaptarte a tu materia prima, que es la que es, chica, no nos engañemos. 

Y, para no meter la pata, la única opción que se me ocurre es la sencillez. Si pensabas ponerte ese vestido con lazada en el hombre, deséchalo. Ese abrigo con el cuello de piel, olvídalo. Ese collar dorado tipo egipcio, al cajón de los trastos inservibles. Ese peinado con ondas al agua, imposible. Esos zapatos negros mezcla de ante y charol, para nada. Opta por aparecer limpia, sencilla, con colores que no apabullen, con accesorios mínimos y añádele al look dos cositas que quizá sean las únicas que no se compran con dinero: échale tu mejor sonrisa y sé humilde: no vas a conquistar el corazón del hombre al que amas. Por mucho que te esfuerces, la vida es como es. Así que no sufras, disfruta del evento y piensa que quizá existan Darcys por el mundo que aún no conoces. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

Aspiro a inspirar


(Foto: Nadia Lee Cohen) 

He tomado el título de una amiga escritora, ella sí, con todos sus avíos, libros, guiones, cosas publicadas en papel, como Dios manda en suma. Ella es Lea Vélez. Su nombre es esperanza. Y la foto, de una artista de la imagen, Nadia Lee Cohen. Genialísima. Dotada de una mirada única. Mirad, si no, esta escena. Esa preciosa chica detrás de la nube de humo, escote sin pudor y mirada interrogante. Las revistas de moda que acaba de hojear y el teléfono descolgado. Ese teléfono dice tantas cosas. Dice que alguien estaba detrás, al otro lado de la línea. Dice que aquí hay sentimientos, de odio, de amor, de desamor, de abandono. Dice que la preciosa chica no tiene nada claro. Habla de dudas. La duda es siempre un arma arrojadiza. 

He tomado el título de una amiga escritora y uso la foto de una fotógrafa acreditada y lo hago para reconocer que no soy sino alguien que está sentada en un ordenador una mañana fría y que, en medio del sigilo con que cubre su vida de ordinario, abre un cajón lleno de palabras y las esparce aquí, en Internet, queriendo decir algo que, de otra manera, no se quedaría dicho. Es la esencia de las cosas la que surge del hielo de las horas que pasan inclementes. Es, también, una forma de rebeldía total. Escribo porque quiero y nadie va a decirme que no escriba. Nadie me va a expulsar del territorio que elegí argumentando que soy una aficionada que ni siquiera escribe con oficio. Nadie me va a explicar qué es lo que siento, ni qué es lo que atribuyo a mis palabras, ni nadie va a venirme contando lo que pienso, ni lo que busco, ni lo que hallé y perdí. 

Aspiro a inspirar como las rosas conservan su olor sin darse cuenta. Aspiro que haya alguien, en algún lugar, en algún sitio, en ese momento indeciso de la tarde entreabierta, que lea algunas palabras y, tras ello, sonría cómplice o se busque un buen libro o comente una cosa a un ser querido, o lo sienta en sí misma, o lo descubra, o, en todo caso, llore con lágrimas que tengan más sentido. 

Aspiro a inspirar, en mí misma, la dulce aceptación del paso de las horas. La tibieza de saber que, limpiamente, sin artificios y sin fuegos fatuos, he entendido el mensaje de la vida. Y vivo. Y por eso lo escribo a cada instante.