martes, 17 de noviembre de 2015

Cómo vestir en un evento oficial



Imagina que eres una profesional de cualquier oficio y tienes que asistir a un acto profesional en el que vas a tener algún papel, alguna relevancia. Bien. Enhorabuena. Puede que tengas que prepararte un pequeño discurso, quizá saludar a gente importante, posar para la prensa, incluso compartir una copa con políticos o gente a la que, de ordinario, no sueles tratar. Todo eso es complicado, sobre todo si quieres hacerlo bien, sin ser una lista insoportable y sin parecer una tonta sin remedio. Pero, ante todo, la primera cuestión que vas a plantearte, y no lo niegues, es el consabido "¿Qué me pongo?" o, para usar una expresión más rotunda "¿Qué diablos me pongo?". 

Les ocurre incluso a las personas que, en su vida cotidiana, suelen tener cierto gusto a la hora de vestir. Les pasa sin poderlo evitar porque todo el mundo quiere causar buena impresión. No pasarse, pero tampoco no llegar. Y el armario, a veces, nos devuelve una imagen que no se ajusta a nada de lo que queremos. Nos pasa a todas, confiésalo. Cuanto mejor queremos aparecer, peor lo ponemos. 

En esos actos suele haber mucha gente y de muy diverso origen. Así que ten cuidado, porque verás brillos, tules, pana, terciopelos y toda clase de tejidos que se van a mezclar alegremente. Tendrás la tentación de vestirte "como para una boda". Y ya se sabe que no hay nada más hortera que una boda. Sea la que sea, se case quien se case, el horterismo salvaje está servido en bandeja, de plata o de metacrilato, qué más da. Pues no, no vas a una boda, ni a un bautizo o a una comunión. 




Tampoco vas a la Semana Santa, ni a las fiestas patronales, ni a una celebración navideña. Más difícil todavía. Deberías resultar sencilla, a la par que discreta, a la par que tener tu toque personal, ese "como tú eres" que resulta tan, tan complicado. Salvo si mides 1,80, tienes las piernas de Naomi Campbell, la cara de Cindy Crawford y el cuerpo de Malena Costa. Como estas circunstancias no van a coincidir en ti, porque si así fuera no necesitarías leer este blog (en realidad no necesitarías nada, maldita sea), pues tienes que adaptarte a tu materia prima, que es la que es, chica, no nos engañemos. 

Y, para no meter la pata, la única opción que se me ocurre es la sencillez. Si pensabas ponerte ese vestido con lazada en el hombre, deséchalo. Ese abrigo con el cuello de piel, olvídalo. Ese collar dorado tipo egipcio, al cajón de los trastos inservibles. Ese peinado con ondas al agua, imposible. Esos zapatos negros mezcla de ante y charol, para nada. Opta por aparecer limpia, sencilla, con colores que no apabullen, con accesorios mínimos y añádele al look dos cositas que quizá sean las únicas que no se compran con dinero: échale tu mejor sonrisa y sé humilde: no vas a conquistar el corazón del hombre al que amas. Por mucho que te esfuerces, la vida es como es. Así que no sufras, disfruta del evento y piensa que quizá existan Darcys por el mundo que aún no conoces. 

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