viernes, 9 de diciembre de 2016

Chicas brillantes

Es lo que tienen las luces de navidad. En cuanto pones el árbol ya te ves inmersa en cualquiera de sus fiestas. El caso es brillar. Brillan las bolas de navidad y los adornos. Brillan los ojos de las chicas. Brillan los vestidos y las blusas. Brillan los pendientes. Brillan los sonidos. Brillan los abrazos. Brillan los recuerdos. Brilla el paso de las horas. 


La primera chica brillante (shining girl) de esta noche lleva una minifalda negra de sabe Dios qué marca, con un jersey gris azulado de cuello de cisne que a ella le sienta muy bien. Fijaros que usa zapatos de ante, de puntera fina y tacón stiletto y unas súper medias monísimas, llenas de estrellas, a juego con la decoración. Por supuesto, uñas negras y larga melena lacia sin más adornos. 


La segunda chica brillante hace honor a este apelativo con un jersey semitransparente, colocado sobre un top, que lleva un enorme corazón plateado delante. Lo ha colocado sobre una minifalda de vértigo, también en tonos grises, con pequeños volantines. Las medias, grises, le dan un aire de total look al conjunto. Solo destaca sobre el gris el tono rojo oscuro de las uñas. Y su bonita sonrisa, también roja. 


La tercera shining girl, a la que ya conocemos porque juega al golf, va totalmente de negro. Camisa de seda con escote mao, abierto, lo que le da un aire muy italiano. Pantalón negro ajustado y zapatos negros. El detalle está en los pequeños botones nacarados de puños y de bolsillos, que rompen un poco el tono oscuro del atuendo. Y, por supuesto, en el meneo de pelo, marca de la casa, que ella se marca cada vez que ve una cámara delante. 


Para finalizar este improvisado desfile de chicas que brillan por sí solas, aquí tenemos a las dos últimas. La primera de ellas, a la izquierda, luce pantalón beige, de una caída muy agradable, que ajusta las formas y las estiliza, además de una bonita blusa negra con generoso escote, adornado por collar de perlas con detalle de flor a juego. Un conjunto de pulseras acompaña el atuendo, dándole un aire más alegre, menos formal. 

Su compañera de la derecha, lleva minifalda floreada con toques de brillo suave, medias oscuras y tupidas, así como un bonito jersey negro con aplicaciones doradas, que no podemos ver con detalle porque no sabemos a santo de qué se ha plantado el chaquetón y el foulard, antes de tiempo y antes de que acabara la sesión de fotos. Pero están muy monas las dos. 



domingo, 27 de noviembre de 2016

Cultivar la alegría


(Para Paco y Mary: ellos son Navidad)

Hay gente que ha decidido vivir la alegría. Que, como esas casas navideñas de las películas americanas, decoran cada momento con lo mejor que tienen. Existen penas, pero se guardan cuidadosamente. Existen lágrimas, pero se lloran en soledad. Existen miedos, pero se congelan en un lugar del Ártico, sin posibilidad de asomarse sin aviso. 

A cada instante, toman la decisión de elegir el momento más divertido, el abrazo más amigable, la voz más cálida, el sonido más lleno de voluntades abiertas. Son gente de luz, cuyo brillo no se oculta por la evidente efervescencia de los días de fiesta, sino que resplandece en ellos y transmiten esa sensación única de sentirse parte de la vida. 

Así las horas pasan en un vértigo de emociones que terminan alojándose en esa esquina del corazón en la que permanece lo que nunca pasa de moda, ni se pierde, ni se marchita. Hojas secas y árboles florecidos; paisajes de reminiscencias lunares y desiertos nevados, con el sol dorando los amaneceres. Huellas de momentos que cada uno guardará en el sitio reservado a lo que nunca se olvida. Así es esta gente y así se ofrecen a los demás en un rito continuo de cariño, amistad y afán generoso de compartir las gotas de agua transparente que la vida lanza en cada paso. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Atrapada en la Red


Las chicas de "Sexo en Nueva York" no solamente abren la puerta de las confesiones acerca de qué y cuáles son esos tipos que las vuelven locas, sino que escriben en retales de colores las tendencias, elevan las marcas al olimpo de los deseos y taconean con agilidad sobre el suelo duro y pegajoso de la ciudad más cool del mundo. Las vemos y tenemos la sensación de que algo nos falta y de que ese algo es imprescindible. 


El Kelly de Hermés rojo con el que sueñas cuando te remontas a esos deseos antiguos de pisar alfombras por doquier se transforma en un más clásico Prada, color hielo, absolutamente dispuesto para ser liquidado en un momento si su dueña no obtiene la satisfacción que las mujeres modernas necesitamos para seguir pisando fuerte en un mundo que, no nos engañemos, continúa siendo el paraíso de los hombres. Ellos, más viejos, más cansados, más diletantes, más absurdos, más inservibles, siguen capitaneando la búsqueda del santo grial de la emoción y nos obligan a nosotras a mostrarnos en la cúspide de la edad juvenil, como si el tiempo no pasara y el bótox fuera vitamina C. 


Alguien dejó dicho hace ya bastantes años que bastaba con recorrer a buena hora Rodeo Drive y sus tiendas exclusivas, bien provista de una tarjeta de crédito que un tipo guapo y con aires de intelectual "he estudiado todo" y "no sé hacer nada, sólo ganar dinero", entrega sin reservas para hacernos pensar que todo era posible, que los cuentos de hadas tenían visos de convertirse en realidad, simplemente esperando que su automóvil último modelo, gris metalizado, se parara por casualidad delante de ti, una de esas noches en las que lo deseas todo, sin explicarte el motivo. 


El precedente del deseo femenino de ser otra persona, de ser alguien, de no aparecer como invisible en los ojos del tiempo, de atrapar las miradas, de sentir que una es todo lo que se puede ser, es aún más antiguo y se refleja en el cristal donde, sin apenas descanso, entre un vaso de café de plástico y un croissant que acaba cayendo en el estómago como un obús, se muestran los artilugios del poder y el dinero: los diamantes, esos que son para siempre aunque no para todas. 

Hay sueños que distraen los sentidos y que te envuelven en una nube de sentimentalismo absurdo. Empiezas pensando que las alfombras rojas están a tu alcance y ahí se pierde todo. Contemplas a cualquiera de estas diosas y ya no remontas. Mejor revolver en la Red, te lo aseguro. Allí encontrarás el modo de compensar tu día malhumorado, el estallido cruel de las hormonas y, casi, el olvido sistemático de quienes deberían rendirse a tus pies. Comprar por Internet es ahora el espejo en que nos miramos las mujeres del tiempo de las hadas. No queremos ser brujas.



sábado, 29 de octubre de 2016

Almudena, que juega al golf

Una vez me compré unos pantalones en un mercadillo. El señor que los vendía me hizo probármelos en su furgoneta. Era muy divertido aunque la cosa no era demasiado cómoda. Creo que alguien, una amiga de entonces quizá, se quedó al pie de la puerta por si a alguien le daba por entrar a probarse algo o a sabe Dios qué. Pero todo transcurrió sin incidentes y todavía anda por ahí el pantalón. 

Comprar low cost es algo que nos llena de satisfacción. Tener una prenda que nos guste por unos pocos euros hace que las amantes de la moda y de las tiendas nos sintamos libres, por una vez, del complejo de culpa que supone gastarse un pastón en algo que no era preciso tener. Así, Almudena, ya sabéis, que juega al golf, ha encontrado esta favorecedora chaqueta estilo chanel, en uno de esos mercadillos que tienen furgonetas como probadores. 

La furgoneta es la versión más cool de las compras proletarias y probarse en una de ellas debería ser experiencia obligada de todas las compradoras avezadas. Como Almudena juega al golf, ya lo he dicho, que es un deporte que imprime carácter, no tiene ningún reparo en utilizar estos sistemas que en nada recuerdan a un paseo mañanero por la Milla de Oro en compañía de un tipo adinerado que suelte la guita mientras las damas nos deleitamos con Zadig & Voltaire, por ejemplo. Si eres una jugadora de golf y vas la quinta en la clasificación de un torneo social, y estás a puntito de ganarte un televisor, anda que te va a preocupar mucho que el probador tenga ruedas, que la chaqueta esté cosida en Taiwan o que la etiqueta te avise de que puede deshilacharse a poco que la laves en frío. 

Almudena tiene una sonrisa a prueba de esquiroles, así que muestra su chaqueta con donosura y se ríe marca de la casa, ignorando los comentarios sarcásticos de las amigas que, envidiosas ellas, se obstinan en criticar su chaqueta nueva con esa forma tan especial que tienen las mujeres de echar por tierra cualquier sueño ajeno. Ella podría ser un personaje de alguna de las autoras que amo. De Edna O´Brien y sus chicas de campo; de Ellen Glasgow con su vida resguardada; de Lucia Berlin y su mirada especial sobre las cosas; de Welty o de Taylor, quién sabe si de la propia Jane, trasladada al siglo XIX.

Inasequible al desaliento, a este y a todos los que en el mundo son, Almudena se coloca su chaqueta de furgoneta del mercadillo de tres al cuarto de sabe Dios qué rincón del mundo plagado de sol y sal de la bahía y anda tan orgullosa y satisfecha que dan ganas de preguntarle no dónde la ha comprado, sino de dónde nace el secreto de su arrebatadora sonrisa. 

Fotografía: Almudena Rubio, en exclusiva para "El roperito de Cathy"

jueves, 20 de octubre de 2016

Secretos de alguna clase de belleza


Hay una serie de secretos de belleza que quiero compartir con vosotras, amigas. Los he hallado en multitud de páginas especializadas y en otras más frikis. A ver qué os parecen. Se trata de estar lo más bella posible (ya sabéis para qué....):

*Dormir mucho
*Beber mucha agua
*Andar por entornos hermosos
*No tenerle manía a nadie
*Ser feliz
*Hacer el amor a menudo y hacerlo bien
*Darse algún capricho

Según las gurús de la moda y la salud con estas siete sencillas y asequibles recomendaciones vamos a conseguir el don de la belleza eterna, todos los albañiles de las obras se volverán para piropearnos y nuestro chico estará tan rendido a esos encantos que no se le ocurrirá mirar a otra ni de lejos.

Ya sé qué vais a decirme: ¿dónde se quedan las cremas, los ácidos hialurónicos, el bótox, el entrenador personal, las máquinas de Pilates, los pilings químicos, los hilos de oro, las ampollas flash, las dietas con o sin alcachofas, los masajes, las lipos, los abdominales...?


Eso digo yo, dónde se queda todo eso. Pues ni idea. Tampoco alcanzo a entender qué clase de "caprichito" es el que está permitido. Ni por qué algunas señoras manifiestamente envidiosas, es decir, que incumplen la regla número cuatro, lucen tan esplendorosas a pesar de haber cumplido ya unos añitos y otros pocos más. Misterios de la ciencia que habrán de dilucidar los sabios venideros. 

En cuanto a las reglas en sí mismas, bien podríamos hacernos algunas preguntas para intentar aclararlas lo más posible. ¿Agua mineral? ¿De qué marca? ¿En qué postura debemos dormir mucho? ¿Cuánto es ese mucho? ¿Qué se considera un entorno hermoso? Porque si a mí me tienes andando mogollón de kilómetros sin ver un solo escaparate....no sé pero quizá me haga el harakiri controlado. 

Otra cosa. ¿Ser feliz mucho rato o ser feliz siempre o ser feliz tontamente o qué? ¿Tenemos que darnos a los demás, desprendernos de lo material, esto es, seguir el ejemplo del hombre feliz que no tenía camisa? Y, si no le tengo manía a nadie ¿qué hago con la gente que me cae mal, mal, horrorosamente mal, del todo, del todo? ¿Soy santa o qué? 

Y por último, no me vengáis con que hay que hacer el amor. Eso ya lo sabemos. La cuestión está en que las románticas tenemos tendencia a elegir con cuidado con quién, cuándo, dónde y, sobre todo por qué. Es lo que tiene. 


(Ilustraciones: Kim Basinger, por supuesto, mi ideal de mujer guapa. Si yo no fuera la extremadamente atractiva mujer que soy...querría ser como ella) 

domingo, 16 de octubre de 2016

Esas botas son para caminar

En 1966 el sello discográfico Represe Records lanzó el que sería un éxito inesperado. Era "These Boots Are Made for Walkin" y lo cantaba Nancy Sinatra. 

Nancy Sinatra (Nueva Jersey, 1940) era hija de Frank Sinatra y de Nancy Barbato. Daba la impresión de ser una niña normalita dentro del ambiente escasamente normal en el que vivían Sinatra y su clan, hasta que se mudaron todos a Toluca Lake en California. Nadie que viva en Toluca Lake puede dejar de estudiar baile, cante y canto, todo a la vez. 

Esto hizo la pequeña Nancy, rubia y con escaso parecido físico con su famoso papá, y de ahí, tras varios intentos, el súper éxito del que hablamos. No sé si antes de eso las botas estaban de moda entre las mujeres, pero desde que sonó la cancioncita no se han bajado del top del calzado más utilizado. Sean las botas como sean, camperas, elegantes, botines, altas, bajas, con plataforma, de media caña, las botas son un elemento imprescindible en la parte del guardarropa femenino donde su guardan los zapatos. 

La versatilidad es su mayor característica. Pueden usarse para toda ocasión, incluso para las más glamurosas, y tienen la ventaja de cuadrar tanto con faldas como con pantalones. 

En mi historia personal las botas han tenido y tienen un protagonismo muy especial. Tenía yo, por ejemplo, unas botas de rafia amarilla que me ponía para ir a bailar junto con un minivestido naranja de punto. Causaba sensación. Luego hubo otras azules, de esas que parecen hippies porque llevan adornos de colores, que usaba con un vestido geométrico de escote de barco, increíblemente sexy. Ni que decir tiene que ahora andan por aquí botines rojos, marrones y negros. Botas altas, botas con puntera de charol, botas parecidas a las que se usan para montar a caballo y que se llevan con los vestidos ochenteros, en fin, botas, botas, botas. 

La chica de la imagen, sorprendida mientras se prueba las botas altas, por encima de la rodilla, en el dormitorio de sus padres, tiene el buen acierto de combinarlas con un vestido corto negro de aire militar, con botones plateados en las mangas, largas. Sin resultar excesivamente atrevido, el hecho de que se acompañe con medias al tono y no con medias negras le da un toque muy delicado que aporta feminidad al conjunto. Si os fijáis en el tacón, ni es excesivamente alto ni fino ni lleva plataforma. Los tacones cuadrados, de nueve centímetros como este, son tendencia esta temporada. Estas botas altas tienen la ventaja de adaptarse muy bien a la pierna pues tienen un tejido casi elástico. 

Gema Guerrero para "El roperito de Cathy" en exclusiva. 

domingo, 28 de agosto de 2016

Mis básicos para el otoño-invierno de 2016

Aunque te cueste imaginarlo, el calor pasará y llegará ese momento feliz en el que la temperatura te va a permitir vestir de otoño. El otoño es una estación magnífica, llena de elegancia y de glamour. Nada de sudar, nada de caras brillantes, ni de pelos recogidos con pinzas, ni de ir a medio vestir. No. Todo lo contrario. Así que yo ya he preparado, o casi, mis básicos para esta temporada y te los cuento porque el que avisa (la que avisa) no es traidor (ni traidora). Si no los buscas ahora corres el riesgo de no hallarlos. Así es la moda. Ipso facto. Que significa: toma el dinero y corre. Y paga. En la caja de la tienda o en el monedero de Internet. 



Un vestido color mostaza. El mostaza es un color engañoso. Crees que no le sienta bien a nadie. Y es falso. Se acopla de maravilla con cualquier tono de tez y es súper combinable. En este caso el vestido mostaza te va a hacer lucir como una mujer soñadora, libre y muy limpia de tonterías. 

Un abrigo blanco. Sí. El blanco en invierno es una tentación y un atrevimiento. Pero hay que atreverse. Te recomiendo uno de esos envolventes, por encima de la rodilla, hecho de algodón o similar, que lo mismo te sirve para ir con jeans que con una ropa más ad hoc. 


Una cazadora de piel azul petróleo. El azul es el color de este invierno. Y en la piel queda finísimo, muy especial, diferente. Estamos acostumbrados a los clásicos rojo, negro, en cazadoras. Pues en esta ocasión atrévete con el azul. Te irá bien con todo. 


Un anorak rojo coral. El anorak, mejor fino y corto, es una prenda otoñal por excelencia. A mí me gustan suaves, que se puedan llevar en la mano sin que pesen y que no te dé miedo quitártelo y dejarlo en cualquier sitio. El rojo siempre es moda, recuérdalo. También en esta temporada. 

Una camiseta gris. El gris es un color intemporal. Serio y formal, si lo usas en una camiseta se convertirá en un casual fantástico. Las camisetas de medio largo, oversize o ceñidas, con letreros o lisas, pero siempre de fondo gris, son encantadoras. También recomendables esas de tirantes de encaje para llevar debajo de las blusas. El encaje gris es lo más. 

Una camisa blanca. Lisa o con algún adorno. Este año se llevan los lunares, las estrellitas y las motas en tono negro sobre blanco. La camisa blanca, y no solo porque lo haya dictado Carolina Herrera, es la prensa más favorecedora que existe. 


Unos zapatos de color rosa empolvado. Mejor cerrados, con cordones, con media altura de tacón. Ideales para vestidos y para pantalones. Deliciosamente retros. Modernísimos. Me encantan. Tirando más a nude o a rosa maquillaje, eso da igual. 

Unas snaikers de tonos vivos. Las zapatillas de deportes están en alza desde hace un par de temporadas. Las lisas quedan bien, pero las de colores realzan cualquier vestimenta. En blanco y negro son muy chic. Las blancas son intemporales. Las hay metalizadas. No solo con vaqueros o pitillos, oye, también con faldas estrechas y vestidos. 

Un vaquero de cualquier tono. Para qué explicar que el pantalón vaquero es la prenda más moderna, clásica, magnífica, acoplable y todo lo que se diga es poco de nuestro armario?????? No hace falta dar datos, lo sabes, lo sabemos. 

sábado, 27 de agosto de 2016

Día de chicas


(Claire Bridge. Pintura)

Da igual como se llamen. Los nombres no significan nada. Lo que importa es ese sabor especial de las horas compartidas en las que ellas y tú entráis en el territorio aéreo de la amistad femenina. Las mujeres tienen mala prensa como amigas pero, cada vez más, llegas a entender que hay que separar el grano de la paja y que puedes desbrozar un campo plagado de amargos amarillos y hallar allí unas humildes amapolas como las de Monet. Ese campo surtido de rojo y verde prado en el que Cocó Chanel buscó la inspiración para sus tailleurs. 

Las tiendas son una excusa y recorrerlas un ejercicio acrobático, una coreografía de natación sincronizada, sin agua, sin piernas que pululan, sin horrendos uniformes chinos a base de colores duros. Bah. Es mucho mejor esto. Tiene más sabor y se escribe en letras cursivas. Las madres hablan con letras cursivas para que las hijas no descifren demasiado pronto los secretos de los desengaños amorosos. Las amigas se muestran entre sí llenas de esas cursivas irrenunciables. Todas guardan dolores de amor y todas tienen la misma sensación de que hay algo que se les escapa. 

Las mujeres de tu calle se juntaban para tomar café y para compartir la desilusión por el hombre ausente. Las amigas y tú volvéis a revivir ese rito de la complicidad en el que hay puertas cerradas y ventanas abiertas. Ni aun en los momentos más íntimos saldrán a la luz las verdaderas razones. No confesarás que lloras a veces sin motivo o con ellos. Ni que hay una especie de punzada antigua que reverdece y no se marcha. Pero hablaréis de colores. Sí. Este año de grises, mostazas, rosas empolvados, rojos prietos y ese azul, azul, azul, del cielo de Michaux. Tu t’en vas sans moi, ma vie./Tu roules./Et moi j’attends encore de faire un pas./

Hablaréis de tallas. Cada una de vosotras querrá ser diferente a cómo es. Y en el fondo, estará pensando en un "él" que en ese momento tomará displicente el vermut, con dos aceitunas y un cigarrillo en la mano. O el móvil, buscando un mensaje que no es el vuestro. O el periódico, hojeando los resultados del partido. Bah. Es mucho mejor esto. Sentarse en una esquina y beberse la risa que entre todas facturáis al por mayor cada día. 

Da igual como se llamen. Importa solo el brillo de los ojos que ningún "él" reconocerá porque no puede verlo. Importa solo el gesto de las manos, la curva graciosa de los pies al probarse ese zapato que tiene el reverso del color del granate. Importa solo el mohín de los labios, con ese rouge que los "él" que existen por el mundo no les gusta besar. Importa solo ese instante feliz, entre todas las cosas, revuelo de tejidos, inmenso escaparate, en que las horas pasan sin esperas, sin nada más que esto, una pequeña parte de un pastel hecho de la dulzura de la vida. 


viernes, 19 de agosto de 2016

La lista de los deseos


Entras en una de esas páginas web que venden libros y películas y aparece una llamada para que escribas la lista de tus deseos. Entonces pienso en mi propia lista, la que tengo siempre en la cabeza. Es una lista cuya cúspide siempre ocupa el deseo más deseado, lo lógico, lo que todos queremos tener para poder sobrevivir. Y vivir, claro está. Luego están otros deseos que tienen que ver con tu familia, ya sabes. Y, en un rinconcito de esos deseos, hay un deseo inconfesable. Un deseo que te da un poco de vergüenza pedir. Porque a mí me enseñaron que no se debe pedir nada más que lo imprescindible. Y el amor no debe serlo porque, si lo fuera, las estadísticas de pobreza serían mucho más dramáticas. 

Así que ese deseo oculto, insatisfecho, ese deseo innombrable, ese deseo que se esconde hasta a los santos a los que rezas, es una especie de fantasma, algo que te ronda, pero que no ve la luz; algo que existe solo para ti. Solo para sus ojos como rezan los papeles de los espías. Como decía Bond, James Bond. Ese deseo, ay, lo he pedido en los últimos tiempos todos los días varias veces. Mañana, tarde, noche y madrugada, como suena la copla. Pero no se ha cumplido. Y ya no va a cumplirse. Es más. Ya no voy a pedirlo más. Porque se ha revelado un deseo basado en una premisa falsa. Yo no soy filósofa pero casi. Y la intuición me dice que Sócrates me aconsejaría mandar ese deseo al fondo del mar, en una botella, dentro de un mensaje en el que, en lugar de aparecer "Te quiero", diga "Adiós". 

Siempre hago caso a los que saben más que yo. Y no me gusta hacer el ridículo, sobre todo si no me dan un Oscar o un Planeta. 

jueves, 28 de julio de 2016

Inspírate: La moda en el otoño/invierno de 2016/2017


En la New York Fashion Week Carolina Herrera presentó esta versión de su famosa camisa blanca, aquí combinada con detalles en negro y acompañada de una falda midi, de campana y con motivos de estrellas. Sublime. También en esa cita del glamour estuvo Tommy Hilfiger, que apuesta por el tul y los dorados; Zac Posen, con abrigos, capas, bordados y flores; Vera Wang, presentando transparencias y terciopelos; Oscar de la Renta, de rojo y Michael Kors, con faldas y vestidos de gran volumen. 


Antes de eso se había celebrado en nuestro continente la París Fashion Week. En los desfiles aparecían ya los colores de moda que Pantone ha consagrado para la temporada: El azul riverside, el azul air, el gris neutro, el rojo airosa, el rosa empolvado, el verde prado, el mostaza, el naranja arcilla y el púrpura. 

También los estilos se han definido con suficiente tiempo como para que todo el mundo pueda imaginar cómo sería vestirse con ellos: aparece el estilo retro-futurista que recuerda los años sesenta, el toque inglés inevitable, el minimal neoyorkino fundamental. Como apuestas personales de los creadores podemos añadir alguna cosa más en cuestión de tendencias:

Las flores, que aparecen con profusión en Cacharel, Alberta Ferretti, Gucci o Del Pozo. El minimal ya citado, en Courréges o Schelesser. El stoned, piedras y minerales tratadas al modo print que presentan, entre otros, Yamamoto o Vionnet. El motiv (geometrismos y mosaicos) de Miu Miu, Balenciaga y Kitsune. 

Chanel, remodela su estilo aunque conservando su esencia y desfila, sobre todo, en rosa y azul. 


Me ha encantado, por su parte, Paule Ka, a base de diseños estructurados, lisos y geométricos.


Otro día hablaremos de Zara, Mango, H$M, Stradivarius, Lefties, Amichi y demás. Ahora podemos permitirnos el lujo de soñar.

jueves, 21 de julio de 2016

Caftanes


(Henri Matisse: Mujer sentada de espaldas a la ventana)

Las modas son como las olas del mar. Van y vienen. El agua siempre es la misma, pero se tiñe de color con los rayos del sol, se llena de arena, se convierte en espuma. Su ritmo es diferente en cada ocasión. Su cadencia, distinta. Su sonido, pleno de matices que puedes distinguir si reparas en ellos con atención. Así es también la moda. La misma pero otra. Lo clásico de la moda es esa parte del agua que siempre permanece, que no se evapora, pero que se reescribe, se transforma, como la energía. La moda es energía porque es creación, es imaginación, invento. Hablo de la moda en el vestir, está claro. No están los tiempos como para sentar cátedra en otras modas. 

De modo que este verano han vuelto los caftanes. Eran cosa del pasado, de un pasado cercano, pero ahora han regresado para todas las edades. Esas reminiscencias orientales que tanto gustan a los creadores tienen en el caftán un seguro paraíso. La mezcla de tejidos, los adornos a base de pedrería, de cintas, de bordados, todo es parte de esta prenda de origen mesopotámico y de uso muy antiguo, hace más de cuatro mil años. Era una túnica que podía llevar cualquiera y solamente se distinguía la categoría de la portadora por la riqueza del adorno y la calidad de las telas. Sencillas, como el paño, o lujosas como la seda. 

El caftán es una prenda unisex, tanto pueden llevarlo mujeres como hombres. En la actualidad han vuelto a la moda desde los años cincuenta del siglo XX cuando reparan en él creadores como Cristóbal Balenciaga, que los incluyó en su colección de estos tiempos. En los años sesenta, los hippies usaban caftanes como un signo de identidad. Desde entonces ha sido usado por miles de mujeres en todo el mundo, combinando el glamour con la creatividad. 

Bueno pues este verano el caftán se lleva con enorme fuerza. Ya ocurrió algo parecido en el verano de 2015, pero este 2016 ha estallado la fiebre caftanes. Las Mil y Una Noches se aparecen en la calle por medio de esta sencilla y comodísima prenda, que lo disimula todo y que permite estar guapa sin apreturas. Largos, a media pierna, incluso cortos en combinación con pantalones, el caftán luce en verano nuestro bronceado playero o piscinesco. Los tradiciones bordados del escote en pico se complementan en ocasiones con incrustaciones de perlas o piedras, incluso con cintas, madroños y otros aditamentos, todos ellos de gran riqueza y expresividad. Hay caftanes para todas las edades y estilos, más sobrios, más llamativos, más elegantes, más de andar por casa. Recibir en tu casa con un bonita caftán de colores alegres es ahora mismo lo más. 

domingo, 19 de junio de 2016

Gema va de boda


Aunque veáis en la foto a Julia Roberts contestando la llamada de su amigo gay, el maravilloso Rupert Everett, con ese vestido de dama de honor color lavanda que le queda muy, muy bien...no voy a hablaros de cine, ni de Julia, ni siquiera de Cameron Díaz o Dermot Mulroney....No. La protagonista de este post es Gema. 

Gema no se casa. Todavía. Gema va de boda. No la boda de su mejor amigo. Ni la de su mejor amiga sino la de su mejor hermano. Su único hermano. Su hermano. Pero como Gema es protagonista de casi todo en la vida, pues también tiene mil y una razones para que esta boda le traiga entretenimiento, emoción y éxito. 

Gema es que es así. Se lanza a su objetivo y dedica a ello tiempo, esfuerzo y talento. Un talento muy especial compuesto de risas, ingenio, generosidad y un poquito de mal genio. O un mucho, según se mire. Si ella se levanta con el pie izquierdo...malo. Quítate de su órbita de influencia. Pero los días que está de buen humor....ay, miel sobre hojuelas. 

La boda está en su recta final. Así que Gema se acelera. Tiene muchas cosas que hacer. Su vestido está casi listo pero hasta el último momento no estará convencida del resultado. Se empeña en decir que le sobran kilos y estos días pasará hambre. Se empeña en querer estar más morena y la veremos en la piscina, sudando la gota gorda y con Beltrán aullando a su alrededor. Beltrán o Florencia, qué más da. Un coñazo de perro. 

Otros pequeños detalles también están bajo su tutela. Los pendientes, especiales. Los zapatos, a medida. El maquillaje, ay. La peluquería, nada de moños retocados llenos de rizos inútiles. Todas las horas de todos los días están llenos de conversaciones súper privadas sobre la boda. Y así las horas pasan deprisa y cogerá a Gema en un tris de perder la cabeza por algún detalle insignificante. 

No es la boda de Gema. A ella no le ha llegado todavía su príncipe azul. Pero dudo que un príncipe tenga suficiente paciencia y agallas para ¿soportarla? Mejor, un hombre de verdad. Mejor, alguien que, con solo mirarla, entienda que Gema es diferente. Única. Distinta. Por eso la queremos. 

jueves, 16 de junio de 2016

Diálogo con Lucia


Estoy fascinada con ella. Esa belleza única, esos enormes ojos verdes, señalados con el rabillo azul oscuro, ese gesto elegante de coger el cigarrillo, es mirada oblicua, esa forma de mover el cuello, esa piel casi translúcida, ese gesto displicente, ese cabello armoniosamente despeinado, esa curva de unas cejas perfectas, ese rictus risueño de la boca, esa nariz anclada en la forma adecuada, esos pendientes de cristal transparente, esa rebeca azul celeste casi gris....estoy fascinada con ella. 

Nadie diría al verla que fue una niña sufriente, martirizada por un corsé que se le clavaba en la espalda y que tenía la intención de corregir una espalda deformada. Nadie diría que su alcoholismo la llevaba por penumbras inapropiadas. Nadie diría que los hombres no la quisieron realmente como era sino solo en su apariencia. Nadie diría que se vio en la calle, criando sola a cuatro hijos. Nadie diría que su vida corría siempre al límite, sin dique de contención, sin sosiego. 

Mejor nos parece una estrella de cine, una rica heredera, una mujer satisfecha, una persona que ama la vida, una degustadora de emociones, una aprendiz de gestos, una soñadora que busca el amor verdadero, una muchacha envuelta en llamas, un amor correspondido, una especialísima manera de mantener la dicha en el fondo de todo, una diletante sin compromiso, una mujer llamada a convertirse en el centro. 

Ella es Lucia Berlin. Lucia Brown Berlin, que nació y murió el mismo día y el mismo mes, el 12 de noviembre, de los años 1936 y 2004. Su ciudad de origen fue Juneau, en Alaska, pues su padre era ingeniero de minas y acabó muriendo en Marina del Rey, en California. Ha sido una escritora olvidada. Sus 77 cuentos solo se vieron reconocidos parcialmente en 1991 cuando obtuvo el American Book Awards, pero no ha sido hasta el pasado 2015 cuando, tras la publicación de una recopilación de ellos en el libro "Manual para las mujeres de la limpieza" ha empezado a levantar inquietudes y a tener adeptos entre los lectores. 

Una mujer maldita, atormentada, enferma, alcohólica, variable, extrema. Pero, sobre todo, una observadora original, una escritora dueña de un estilo propio, una representante máxima de la autoficción, esa cosa de tomar tu vida, darle vueltas, colocarla en un papel y convertirse en relato, en historia que merece la pena leer. Difícil de explicar cómo es este libro. Por eso hay que leerlo. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Cosas de mujeres


(Olivia Wilde)
Hay una lucha por la igualdad que está basada en medidas cosméticas, en lenguajes duplicados y en actitudes de cara a la galería. Hay otra que es más difícil de apreciar, porque se centra en esfuerzos individuales o de pequeños colectivos y consiste en no renunciar a nada por ser una mujer. Y hay una tercera, la más efectiva, que parte de un cambio estructural y legal y que se acompaña de una nueva mentalidad.
Se llama “cambiar el chip”. Ver las cosas desde otra óptica, nada mediática ni novelera, sino seria, rigurosa, continuada y sensata. Discutir el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres a estas alturas de la civilización occidental (en el resto de civilizaciones el panorama pinta peor) es cosa innecesaria, baladí, fuera de tema.
Todos estamos de acuerdo en que no pueden existir diferencias en razón del sexo o el género, como llamarse quiera. Otra cosa distinta es sustanciar esto en la vida real, permitir que la existencia cotidiana haga posible que se haga efectiva.
Si una imagen vale más que mil palabras, cualquiera que plasme gráficamente los niveles más altos de dirección de cualquier importante empresa o institución nos ofrecerá la masculinización del poder en la forma más evidente posible. Esa foto es masculina. Incluso en profesiones tan “femeninas” como la docencia, el número de mujeres que ocupaban cargos de responsabilidad es manifiestamente menor de la que el peso de lo femenino tiene entre sus miembros.
En la vida política, aunque se han dado pasos, todavía estamos esperando a que haya una candidata al gobierno de España. Y, desde luego, no es figura usual en el resto de países. Vigdis Finnobogadottir, la finlandesa que se convirtió, al ser presidenta de Islandia, en la primera mujer elegida democráticamente para ese cargo, abrió un camino poco transitado.
Hablando de Islandia se ha establecido una interesante correlación entre el nivel de empleo femenino más alto del mundo (por encima del 80 %), o el número de cargos directivos femeninos (en torno al 40%) y la política de conciliación familiar que, desde 1974 y tras la huelga de mujeres finlandesas empezó a desarrollarse en este país.
Al fin, todo es cuestión de igualdad de oportunidades y de concienciación social. Pero es la vida cotidiana, la vida diaria, el ámbito en el que este tema alcanza aspectos que llaman la atención.
La primera cuestión a considerar es que las chicas de ahora son menos igualitarias que sus madres o sus abuelas. Se observa (y esto es constatable fácilmente por las personas que trabajan con estudiantes) una regresión en el papel de la mujer a la hora de situarse en pie de igualdad con el hombre, sobre todo en el aspecto que más lastra la ambición femenina: el emocional.
Es la carencia de una educación sentimental que excluya la dependencia con respecto al hombre la que sigue convirtiendo la vida de las chicas en una permanente contradicción. Se usa lenguaje coeducativo, obligatorio por ejemplo en la educación andaluza; se celebran efemérides; se incluyen en el currículum materias orientadas a fomentar la igualdad y temáticas transversales con el mismo objetivo, pero las muchachas, en una gran  proporción, continúan preguntándole a sus novios qué largo de falda se ponen y cualquier fracaso sentimental las destroza y las deja en la cuneta de sus aspiraciones.
Las emociones son el campo en el que la mujer pierde toda oportunidad de lucha, sobre todo porque subsisten clichés anticuados que hablan de “mujeres solas” cuando no tienen un hombre al lado, o que se refieren a la “ambición” de la mujer cuando en los hombres se habla de “emprendimiento”.
Las renuncias que las mujeres han de hacer, en su vida personal, para lograr que su vida profesional esté al nivel de sus objetivos y de su cualificación, son muchas y no han descendido en los últimos años. Más bien se mantienen sin que ese “techo de cristal” del que hablaban las feministas de mediados del siglo XX haya desaparecido. Tampoco los medios de comunicación, los mensajes publicitarios, ayudan a fomentar imágenes femeninas que no pasen por la belleza, el glamour o la lucha contra el envejecimiento.
En todas las profesiones, además, la mujer sufre el estrés añadido de tener que mantener un nivel físico que sobrepasa lo que la propia naturaleza decide con el paso del tiempo. Es decir, no es fácil ser mujer incluso hoy.   

martes, 31 de mayo de 2016

Me quiero tanto...

Los expertos están hartos de decirlo y nosotras aún no lo creemos. Es imposible que nadie te quiera si tú no te quieres antes. Lo dice también el cristianismo: ama al prójimo como a ti mismo. Pero todas esas sentencias nos las pasamos por el forro y seguimos empeñadas en lograr que nos quieran. Mientras, las frustraciones se acumulan. 

Quererse a una misma debería ser muy fácil. Porque nos conocemos bien (o eso pienso) y de esta forma hallaremos mil razones para apreciarnos en lo que somos y sentimos. Pero el peso cultural de una tradición que dice algo así como "no soy nada sin que otra persona lo valore", es terrible, mucho más de lo que podría parecer a simple vista. 

De no quererse se derivan grandes males. La autoestima, ese cóctel formado por el autoconcepto, el autocontrol, el autoamor, el autodesarrollo...y otros cuántos autos más, se forja a base de cariño exterior y de cariño interior. Y el respeto, esa necesidad humana de ser considerados en nuestra magnitud esencial de seres pensantes, no se consigue sin el conocimiento y el amor subsiguientes. Las mujeres, muchas de ellas, florecemos en la dependencia, en esa necesidad de ser aprobadas, valoradas, estimadas. Primero, en nuestras familias, siguiendo los modelos que han establecido nuestras propias madres. Luego, en los centros de estudio y más tarde en el trabajo y en nuestro núcleo de amigos y en nuestra propia familia, la que creamos con el paso del tiempo. 

Una de las cuestiones principales es que queremos ser perfectas. Pensamos que es esa perfección la que hace que nos quieran. No soportamos cometer errores, somos profundamente autocríticas y nos flagelamos con demasiada frecuencia. En lo que respecta al aspecto físico ocurre otro tanto: necesitamos que nos vean guapas, atractivas y deseables. Es verdad que la sociedad prima la belleza exterior de una manera implacable, pero no es menos cierto que si una persona lo fía todo a eso, no debe andar muy bien de la azotea. 

Propongo fomentar el autoamor. Autoelogiarse cuando sea conveniente. Tener detalles con una misma. No sacrificarse sin más por los otros continuamente. Tener criterios, saber decidir, pensar qué queremos y deseamos en cada situación y momento. Comprender cómo somos y aceptarnos. No hay que hablar de perdón, no somos curas. Aceptar lo que somos, potenciar nuestras fortalezas, mostrarlas al exterior y ser indulgente con los defectos. El límite está claro: no hacer daño a nadie con nuestra forma de ser. Si no hacemos daño a los demás ¿por qué a nosotros mismos?

Quiérete. No para que te quieran los otros. Simplemente porque lo mereces y porque quererte te hará más feliz. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Carolina


Todos la querían. Los chicos, sin excepción, estaban enamorados de ella. Las muchachas la adoraban, se fijaban en sus peinados, sus vestidos, sus collares y sombreros. Era la referencia, el icono, la imagen, la idea incluso. Para todos era, simplemente, Carolina. No necesitaba más apellidos ni más títulos. Era una diosa que los alumbraba con un resplandor único, que no cesaba. 

En las pandillas había varias generaciones que convivían sin problemas. Diferencias de edad, hermanos que se iban sumando, escalones que se saltaban y que heredaban los mismos gustos y aficiones. Los más pequeños imitaban a los mayores. También ocurría esto en el universo esencial de los primos, esos familiares que llegan a convertirse en el sonido de tu canción del verano. Te enamoras de un primo o de varios y tus primas son, por antonomasia, tus mejores amigas. 

En ese mundo abigarrado de chavales, Carolina era lo más. Las revistas del corazón o de moda la traían continuamente en su portada y el comentario sobre su vida era constante. Era imposible no envidiar cariñosamente su belleza, su estilo, su mirada azul, su vaivén social. Pero era una envidia sin aristas, porque Carolina no era una bruja que hacía daño ni tampoco una esfinge inalcanzable. Tenía, tiene, una belleza cotidiana, sencilla, limpia, plagada de luz. Era la luz el elemento que la definía y todos entendían esa luz como algo natural, sin tacha. 


Cuando su vida sentimental se convirtió en un rompecabezas trágico pareció que una vestal se hundía en el barro para siempre. Nadie podía comprender cómo podía casarse con un cantamañanas y, menos aún, por qué el destino la eligió para arrebatarle, en la flor de la edad y de los sueños, al hombre que, por fin, parecía poner paz en su agitado cóctel. Fue el destino, esa circunstancia que habíamos estudiado en la lejana Grecia y que aquí se burlaba de todos, haciendo a Carolina, la diosa, representar el papel de la viuda triste, cubierta de un velo de luto que inundaba sus ojos de ese celaje imposible de limpiar con el paso del tiempo. 

No bastaron luego los actores famosos, los millonarios, los deportistas, menos aún los aristócratas, para hacernos olvidar que nos habían timado, que las cartas estaban marcadas y que ella, esa luz, se apagaba sin que ninguno pudiera hacer otra cosa que lamentarse en silencio. Al fin, todos iguales. Al fin, todos llamados a descubrir lo mismo. El dolor que es el único y es común para todos. 


El paso del tiempo no ha disipado, sin embargo, esa gentil adoración de entonces. Carolina transita por la vida despacio, como todos, y conserva algunas cosas inmarchitables, su estilo inconfundible, sus ojos azulados, su mirada serena, su porte cálido, una sonrisa dulce como de quinceañera. El dolor y los años han respetado su brillo hasta tal punto que aún todos la quieren, que sigue estando presente en los sueños, que buscan en cualquier evento anodino esa luz que la alumbra sin remedio a pesar de la vida. 

viernes, 6 de mayo de 2016

Calcetines


Los calcetines son esa cosa fea, horrorosa, que nos ponemos en los pies. Quizá alguna de vosotros piensa que son divertidos o, incluso, sexys. Pero no es verdad. Un trozo de lana o de algodón o de lycra instalado al final de las piernas, de forma inopinada, sin venir a cuento. Eso es lo que son los calcetines, aditamentos absurdos que se inventaron para que no pasáramos frío. 

Cuando era una niña llevaba siempre calcetines cortos y las piernas al aire. Los leotardos, esa cosa horrible y de lana que pica tantísimo, eran aborrecibles, indeseables, imposibles, detestables. Todos los ables del mundo aplicados a esa prenda. Los calcetines cortos eran pasables (otro able) y con ellos correteaba, saltaba y andaba al revés. 

Pero, cuando te haces mayor, no sabes que hacer con los pies básicamente. Disimulas con esos calcetines invisibles que son tan poco atractivos o te decides a lanzarte al abismo con cosas atrevidas y llenas de colores. En cualquier caso, no sacaremos partido a nuestros pies con calcetines. Y esperaremos, sí, el momento de la liberación, el tiempo en que, con el sol en las piernas y en el aire, lancemos al aire el calcetinismo para abrazar la libertad de andar descalzos.

jueves, 28 de abril de 2016

Mamá soy yo


(Madre e hijo pequeño. Mary Cassatt. 1844-1926)

Recibo desde hace algunos días toda suerte de publicidad acerca del Día de la Madre. En esos folletos que Internet trae a mi correo electrónico, sin que yo sepa a santo de qué las empresas, tiendas y marcas comerciales me tienen en su base de datos, se ofrece la oportunidad de comprar lo que ellos llaman con toda confianza "regalos para mamá". Como me conocen mejor que yo misma, aciertan siempre en las propuestas, porque Internet les ha lanzado a los ordenadores de los que hacen el marketing tal cantidad de datos sobre mí, que soy un folio en blanco sin dudarlo. 

Cuando mi hijo era pequeño siempre traía algo del colegio, un dibujo normalmente a medias, con flores y con casas de tejados rojos, que tenían escrito, con su letra irregular y de trazos grandes, algo así como una leyenda de la festividad. Quería a mamá de todos modos. Antes de eso, cuando era yo quien inventaba regalos para mi propia madre, tengo en la memoria algunos collares hechos artesanalmente, con cuentas de colores de esas que vendían en cajas de plástico y que ensartaba en hilos de plástico para convertirlos en suntuosas joyas que mi madre recibía con una sonrisa que, ahora que lo pienso, tenían un pequeño matiz de maternal ironía. 

Ahora que ya no recibo dibujo alguno porque los hijos están a otra cosa y que no invento colgantes ni pulseras ni otros adornos para mi madre, he dado en pensar que lo que hacen las casas comerciales es tenderme un señuelo. Quieren que recuerde que yo soy la mamá y que merezco el descanso del guerrero en medio de tanta incertidumbre y que debo, sin dudarlo, hacerme un autorregalo que levante polvaredas de alegría dentro del cubo del agua fría que ya describió Françoise Sagan, cuando mencionaba un rayo de sol que no era el rayo de luz de Marisol. No sé si me entendéis. 

Creo que les haré caso y algo caerá. No está mal la idea. De tanto recordarte que debes comprar algo por el Día de la Madre he adquirido la total certeza de que tienen toda la razón y no puedo darles con la puerta en la nariz. Si es que, ya lo he dicho otras veces, mi falta de personalidad se une a mi ayuna voluntad para negarme a él. Siempre lo escribo: Si tú me dices ven, lo dejo todo. 

martes, 19 de abril de 2016

Secretos de belleza



Puedes leer con atención todas las revistas de moda y estética que quieras. El guión apenas se desvía un milímetro. En las entrevistas que se hacen a las actrices, por ejemplo, todas afirman que sus secretos de belleza son apenas estos: Dormir mucho, tener la conciencia tranquila, hacer el amor con frecuencia y beber mucha agua. 

Salvando las distancias de nosotras, simples mortales, con ellas, podría pensarse que su agua es bendita, que colaboran con las ONGs del mundo mundial y por eso duermen satisfechas o que están acompañadas en la cama de Chris Hemsworth todas ellas. Como esto no es posible, siempre nos quedará la duda de si nos estarán engañando. 

En los interrogatorios policiales se marea al posible asesino haciéndole las mismas preguntas no sé cuántas veces. Con ello que consigue que entre en contradicciones. En las novelas de Agatha Christie, que son todas ellas de crímenes cotidianos y al calor del pudding, pasa igual. De tanto hablar terminan largando los detalles más inconfesables. Pues con las actrices bebedoras de agua y dormilonas a ultranza pasa igual: al final de las entrevistas nos suelen obsequiar, por eso de hacer publicidad pagada, con la lista de sus productos de cabecera. Y ahí se forma el lío. La lista de los "imprescindibles" suele tener, al menos, estos adminículos: hidratante de día, limpiadora y desmaquillante de rostro y cuello, ídem de ojos, nutritiva de noche, reafirmante de noche y de día, body milk, crema de manos y de uñas, lifting, antiarrugas (da igual que la receptora tenga veinte años), mascarilla facial y capilar, gel de algas, champú específico de tratamiento, regenerador capilar, acondicionador de cabello, ídem de pestañas y cejas, contorno de ojos, sérum, ampollas iluminadoras, esto como mínimo y sin contar los artilugios de belleza. 

Siempre me pregunto para qué necesitan esa legión de productos "confesados", si con agua y una almohada se sienten bellas. Por supuesto, nada se dice de los productos "no confesados". Del hialurónico, del bótox, de las ampollas de células madre (lo último, según parece) y de la cirugía, el gran pecado que aparece siempre borrado de su vocabulario. 


Expresiones como "me siento feliz con la cara lavada" o "lo natural es lo que mejor me sienta" no casa con esos armarios atestados de productos. Tampoco casa con que, pasando el tiempo, aparezcan más jóvenes que sus propias hijas o convertidas en sus nietas. Nos engañan. Claramente nos engañan. Y, aunque sepamos que esto es así, siempre nos queda la duda de que haya algo que ellas saben y que nosotras no sabemos. Algún verdadero secreto que esconden y que nos ocultan. Debería de estar prohibida esta publicidad engañosa que hace que nos sintamos culpables de no estar al tanto de los milagros. Esa sensación de que ves en la televisión a alguien que tiene diez años más que tú y que parece haber salido de "Sensación de vivir". Esa maldita necesidad de presentar una imagen llena de frescura, recién salida de la facultad, con los ojos brillantes, los labios rojos y la piel perfecta. Esa lucha absurda por convertirnos en algo que no tiene biografía, ni historia, ni apenas vida. 

sábado, 16 de abril de 2016

Un ramito de violetas


A lo lejos, sin que el tiempo las nuble, apenas sin motivo, quizá por inercia, sin amor desde luego, sin pasión, que eso sería pedirle demasiado a la vida, en forma de palabras, en forma de frases sencillas que no hablan de emociones sino solo de hechos...En la distancia, a través del aire y el teclado, en forma de voz tenue que saluda y repite la última palabra, en el recóndito espacio de un tiempo que no tiene principio y que acabará sin duda un día, tal vez no muy lejano...En un verso cualquiera, en un texto, en el fragmento de película que aparece en un cine de verano, en un artículo de prensa, en una imagen presentida, allí, en el aire, donde se oculta todo...De modo que aparezca cuando el día está más gris o ella está más cansada; de modo que recomponga apenas las piezas rotas de esa porcelana que un día cruzó su tiempo más exacto; de modo que parezca que la vida no ha terminado entera: solamente un espejismo pero cubierto de oloroso consuelo...Un pequeño haz de flores que se deshacen y que rodean el papel que no existe, la emoción inventada...


miércoles, 13 de abril de 2016

Corbatas

Con toda seguridad la mujer que mejor lleva las corbatas es ella, Diane Keaton. Las puso de moda en la mítica  película de Woody Allen "Annie Hall" y la incorporó a su vestuario desde entonces. La Keaton no es solamente elegante, sino que tiene estilo. El estilo es algo que no se compra ni se vende, que va cosido a la persona y que no puede imitarse. Lo tienes o no lo tienes. Sin más. 

Yo misma he llevado corbatas siendo muy jovencita en unos años en los que estaban de moda. Tenía varias. Eran finitas y de piel, negras, rosas, azul cobalto. También las tenía con pequeños estampados, de cashemere y con florecitas. Mi padre les hacía los nudos con precisión y acierto. Y yo las llevaba al instituto y luego a la universidad, con chaleco, con pantalones anchos y con camisas masculinas. Una gozada. 

Estos días he pensado en lo femenina que resulta una corbata bien llevada. Y también en que no sé hacerles el nudo. Si volviera a usarlas tendría que buscar uno de esos tutoriales de Internet en los que apareciera, paso a paso, la manera de hacerla. No sé qué tipo de nudo escogería pero, en todo caso, ya no sería seguramente lo mismo. 

No ha sido Diane Keaton la única actriz en vestir ropa masculina en el cine. Estaba, antes de ella, Katherine Hepburn y, en plan conquista del Oeste, la propia Doris Day como Juanita Calamidad o, más trágica, Joan Crawford, que en la lírica "Johnny Guitart" peleaba vestida de hombre contra Mercedes McCambridge, aunque su corazón latía como el de una mujer. No sé, sin embargo, por qué resulta tan femenino el hecho de llevar corbata o de vestir de hombre, pero es así y así resulta a los ojos de muchos hombres. Los caminos de la feminidad son insondables. Y la moda lo sabe.

lunes, 11 de abril de 2016

Ahora no es el momento


(Peregrine Heathcote. The nigth call)

La vida está hecha de momentos. A veces esos momentos duran una eternidad. Y otras veces, un soplo. Pero en la memoria suelen convertirse en ráfagas, en pequeñas alucinaciones que simplemente sabemos que ocurrieron por algún detalle que se quedó fijado en la retina. O por una anotación en un cuaderno, una libreta de pastas de colores y hojas lisas. Una libreta sin espirales, con cinta roja y cosida a mano. 

La impaciencia convierte los momentos en una suerte de tiempo expectante, vivido a medias. Esperar es un desafío a nuestras emociones. Ninguna de ellas está hecha para ser convertida en el paso previo de algo. No. es mejor tener claro que todo forma parte de una vida y que toda la vida ha de ser vivida como se merece. Queremos que el tiempo pase deprisa, pero cuando pasa advertimos que hemos gozado a medias, que hemos sufrido a medias. 

Una vez leí un libro. Era un libro ínfimo, con muy pocas páginas, mal impreso y con hojas ásperas y de color vainilla. Estaba traducido del idioma original y en su portada no había dibujos, solamente el título y el nombre del autor. El libro no era prosa ni era verso, sino esa forma extraña de aforismo tan propia del mundo oriental. Descubrí en ese libro una especie de guía, como una advertencia inusual sobre el peligro de anticipar, esperar y saltarse la vida como si fueran charcos que debiéramos atravesar con botas de agua y mucha prudencia. 

En ese libro se decía que todo el tiempo es tiempo. Que todas las horas forman parte del mapa de las horas. Que las emociones, los sentimientos y las ideas, los pensamientos, las acciones y las dudas, componen un mosaico indisoluble, que puede estar más o menos acabado, ser más o menos perfecto, pero que existe sin que podamos evitarlo. En ese mosaico está la facultad de vivir o de dejar pasar la vida. De experimentar o de esperar a que las flores salgan solas y se vuelvan a agostar. Esa elección es siempre nuestra, decía el libro. Una espera sin meta, una expectativa sin ansiedad, un deseo sin convulsiones. 

Así, de esa manera, tranquilamente, sin buscarte, sin nada más que rosas de perfil perfumado, así te quiero. Como el mar quiere a su agua. Sabe que volverá al cauce, aunque la riada inunde otras tierras ajenas. Sabe que tendrá sentido pese a todo. 

Es porque el tiempo pasa


(A woman reading. Ivan Olinsky) 

Amanece el día y respiras hondo. Te preguntas qué harás, si tendrás suerte, si habrá algún secreto compartido que surque el devenir del día. Te preguntas por todo y no hallas respuestas.

Llega la tarde y te detienes. Cumples con tus obligaciones, las externas y las que tú te has impuesto. Cavilas en silencio sobre ellas o simplemente pones el piloto automático y sigues adelante sin más. 

Aparece la noche y te sientas enmedio de un océano de dudas clamorosas que avanzan sin que puedas detenerlas. La mente ya no sirve. El caso es que hay momentos en que no entiendes nada. 

Si esto es así, si piensas con estupor que el mundo sigue girando sin ti y no parece echarte para nada de menos...Si te interrogas con cansancio acerca de lo que has hecho y lo que te queda por hacer...Si el trecho de la ilusión se acorta sin remedio y quieres acelerarlo pero no tienes fuerzas....Si buscas en los libros, en el arte, en la conversación, un hálito de vida que te impulse a luchar de otra manera...

Si todo esto te ocurre la mayor parte de los días...no lo dudes. Está pasando el tiempo, el tiempo pasa y tú, sin saber el motivo, tienes un vacío en ti que no llenará nada, salvo ese sentimiento que aparcaste, que no supiste dar, que no sentiste, que sientes en el fondo como algo inútil y sin correspondencia. 

Es el tiempo que pasa. Es el amor que huye. 

lunes, 4 de abril de 2016

Zapatismos...


Podría escribirse un libro de relatos con todas las aventuras que las mujeres vivimos a cuenta de los zapatos, sobre todo de unos zapatos inadecuados para el momento....Esa coquetería que nos impulsa a calzar lo bonito y no lo cómodo...Esa necesidad de que el zapato complemente adecuadamente nuestro look o que nos haga más altas o más esbeltas o más...

Los detractores del uso del zapato como una forma de presumir, los que afirman lo malo que es para la columna el uso del tacón alto, los que defienden a ultranza la comodidad sin más...no van a estar de acuerdo para nada en mi idea de que los zapatos pueden llegar a ser, sin dudarlo, un elemento de primer orden a la hora de componer el estilo. 

A mí me ha ocurrido de todo. En una ocasión, llevando un maravilloso vestido color lavanda, usé unos zapatos de tacón en color visón y me enganché uno de ellos en una alcantarilla, de manera que se rompió el tacón y todo mi contoneo se convirtió en el andar con cojera de alguien que no sabía donde meterse...Ni que decir tiene que aquello rompió el hechizo de la noche. Otra vez usaba unas sandalias de plataforma de doce centímetros y había una pista de baile algo azarosa, así que, en mis acentuadas contorsiones de chica rockera, di con las rodillas en el suelo, como si tuviera doce años y hubiera que ponerme mercromina. El chico, en esa ocasión, tampoco estuvo a la altura de las circunstancias, más bien a la altura del betún.

Un día llevaba unas botas altas de ante, negras y con una cremallera que la ajustaba mucho a la pierna. Empezó a picarme la pierna en un momento de casi intimidad en un pub, con tal intensidad que no pude por menos de descorrer un poco la cremallera para aliviar el dichoso picor. Pero, ay, la cosa fue a peor porque ya sabemos lo que ocurre en estos casos y la cremallera se sintió ofendida ante la vehemencia que yo demostraba contestando con su empecinamiento en subir o en bajar. Romanticismo a freír espárragos, ya digo. 

Sandalias de tiras finas que se rompen en un determinado momento. Zapatos de cordones que se enredan. Salones que resultan demasiado finos y te dejan la planta del pie hecha unos zorros. Hormas estrechas que te oprimen y te hacen llorar. Tiritas en los zapatos nuevos. Botas de Valverde a las que había que domesticar a fuerza de voluntad impertérrita. Todo eso y más puedo anotarlo en mis vivencias zapateriles. Aunque, claro, también hay grandiosos aciertos....que no desvelaré por no despertar la envidia de mis congéneres....

La última novedad en zapatismos es ir a andar kilómetros con un wonders de charol y tacón de siete centímetros. Qué queréis...encima lloviendo. Un contradiós que impide observar la radiante donosura con la que muevo todo al volante de mis zapatillas rosas de running.