viernes, 15 de enero de 2016

"Flores para la señora Harris" de Paul Gallico

Paul Gallico (Nueva York, 1897- Mónaco, 1976) dedicó este libro “a las valientes e indispensables señoras de la limpieza que año tras año adecentan las Islas Británicas”. No conozco otro caso de dedicatoria semejante, pero, desde luego, revela una personalidad singular y su trayectoria no hace sino avalar esto.

Gallico fue un graduado en Columbia que, primero, se dedicó a hacer crítica de cine, luego se convirtió en un periodista deportivo de éxito y, más tarde, comenzó a escribir relatos cortos y novelas. Una de ellas “La aventura del Poseidón” se llevó al cine con gran aceptación de público y crítica en 1972.  Su relación con el cine también se extendió al papel de guionista, seguramente el rol menos reconocido y más interesante de la tribu que pulula por los ambientes cinematográficos. Gallico es, pues, un todoterreno, un hombre al que moverse entre libros, periódicos, estudiantes y actores le resultaba gratificante, fácil y accesible.

El argumento de “Flores para la señora Harris” es ciertamente original. Ella es una viuda de cierta edad que trabaja como señora de la limpieza en casas de la alta sociedad de Londres. Meticulosa en su cometido, descubre un día, arreglando un armario en la mansión de una de las clientas más ricas para las que trabaja, dos vestidos de la firma Dior que la dejan extasiada. No ha visto en su vida nada más perfecto, nada más armonioso. La fascinación por la moda que sentimos algunos surge en ella al contemplar la caída, el diseño, la tela, el color, la forma, el estilo, de esos vestidos prodigiosos. Por supuesto, la señorita Harris tiene los pies en la tierra y sabe que ella no tendrá nunca ocasión de vestirlos. Ningún acto de su vida puede requerir un Dior.

Pero la naturaleza humana tiende a los sueños y cuántas veces nuestra mente nos dice una cosa y nuestro corazón pugna por decirnos otra. Así que Harris, inopinadamente y contra todo el sentido común que ha desplegado siempre en su ordenada vida, se empeña en conseguir uno de esos vestidos. Lo primero que hace es preguntar el precio y, cuando se entera de ese “pequeño detalle”, disuasorio para cualquiera, no solamente no abandona su proyecto, sino que lo convierte en una meta, en un objetivo, en una fuerza que la empuja a luchar por alcanzar ese sueño. Inicia así un largo proyecto de ahorro económico que precisará de dos años completos, pero que la terminará llevando a París, la meca de la moda, de la alta costura, el paraíso de los vestidos Dior.

El libro narra sus aventuras en la casa de modas. Aparecen Madame Colbert, el joven Fauvel que es el contable de la firma, una bella modelo llamada Natasha y todo ello aderezado por aventuras y desventuras de distinto signo que nos hacen reír, llorar, preocuparnos, sentir, intimar, empatizar y soñar a partes iguales. El libro es una fábula sobre el deseo, sobre el entusiasmo, sobre la fuerza sobrehumana que, a veces, irrumpe en la vida de las personas llevándolas a intentar conseguir aquello que puede convertir una oscura existencia en un precioso cuento de hadas. Pero no nos engañemos, al final, las cosas son como son y lo que puede parecer una comedia divertida termina transformándose en la aguda crítica de una sociedad que no perdona.

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