lunes, 29 de febrero de 2016

Paquete básico de envidia


Este es un tema delicado. Simone de Bouvoir, nada sospechosa de ser machista, ni siquiera de mostrarse complaciente con el género masculino, opinaba que las propias mujeres se hacían un flaco favor a sí mismas con esa actitud de machacarse entre sí. No generalicemos, eso está feo. Digamos, para ser más científicos, que hay algunas mujeres que, por motivos varios, desarrollan unos sentimientos de aversión hacia las otras mujeres de forma que eso se manifiesta en sus opiniones y, sobre todo, en sus conductas. 

El esquema clásico es cuando te interesa un tipo y pones a caldo a todas las damas y mujeres del común que el tal caballero (o lo que sea) frecuenta. En lugar de pensar que no te conviene para nada tratar con un merodeador, vuelvas tu odio contra ellas, que ni tienen la culpa y que, encima, bastante desgracia tienen con haber caído en semejantes garras. Pero eso es lo que llama una amiga "el paquete básico de envidia". Es decir, mostrarse básicamente envidiosas, a modo de zorras vengativas según determinada película que ha sentado cátedra al respecto (1). 

Hay, no obstante, muchas derivaciones de la envidia interfemenina: también puede observarse latente y palpable en el ámbito laboral. Sabido es que triunfar en tu profesión y tener alrededor un cierto número de mosconas ansiosas de que fracases es todo uno. No digamos nada si has conseguido, encima y para más inri, aunar familia, trabajo y éxito, todo en un pack. Si estás en este caso vas directamente a la lapidación televisada. 

Una manifestación muy corriente de este estado de agitación envidioso-mujeril está en las segundas parejas. O las terceras. En las parejas de nuestros ex. Si tu ex tiene otra pareja te va a faltar tiempo para sacarle defectos, intentar meter baza de alguna forma y soltarle al ex frases del tipo "pues esta no te va a querer como yo". A lo que el señor, si fuera valiente, respondería "pues de eso se trata". Pero no dirá nada. Porque una característica del envidioseo es que "ellos", cuando se trata de paquetes básicos envidioamorosos, no dicen esta boca es mía, más que nada porque prefieren la tranquilidad de la no agresión que el vaivén de la defensa propia. 

En este punto deberíamos preguntarnos cuánta energía gastamos en envidiar a las otras. Cuánto rencor, resentimiento, odio, desagrado, almacenamos. Con lo que eso envejece y desgasta. Nuestras ocupaciones deberían orientarse a otros objetivos, mucho más prácticos, positivos y llenos de buenas vibraciones. Pero nos empeñamos en focalizar nuestras frustraciones en otras personas (mujeres, claro) que han logrado algo que nosotras no tenemos o que, simplemente, han sido más favorecidas en la lotería de la vida. 

Por si sirve de algo: el paquete básico de envidia es una pérdida de tiempo para la que lo posee. Solamente te traerá tristezas, disgustos y arrugas. Mucho mejor pensar en que algunas de tus cosas (no todas, no te pases) son tan interesantes, deseables, fantásticas y hermosas, como las de la rival mejor situada en la parrilla de salida. Y, si no lo son, tampoco deberías preocuparte. Lo dijo un maestro: Nadie es perfecto. Y no me preguntes quién lo dijo, por Dios. Pregúntale a Garci. 

(1) "La boda de mi mejor amigo": las zorras vengativas son las hermanas gemelas primas de la novia que van a actuar de damas de honor en la boda de Cameron Díaz y Dermot Mulroney a la que asiste, con alto grado de cabreo, Julia Roberts, con toda la intención de desbaratarla si pueda y si la ayuda de Rupert Everett es suficientemente efectiva. 

domingo, 28 de febrero de 2016

"Madre e hija" de Jenn Díaz


La Editorial  Planeta a través de Destino ha publicado en castellano la última novela de Jenn Díaz, antes publicada en catalán. "Madre e hija" tiene un argumento absorbente. Cuatro mujeres, la madre, las hijas y la tía, conviven en un  hogar familiar en el que falta el único hombre que había, el esposo, padre y hermano, Ángel. Jenn Díaz se introduce en el mundo femenino a través de la ausencia del hombre. Cuando el hombre falta, la casa se cimbrea. Su inestable equilibrio en el que estaban las disputas entre la cuñada soltera y la cuñada casada se pone en evidencia. Los sentimientos y las emociones aparecen con la frescura de un paisaje que nos resulta conocido. La sentimentalidad femenina como gran espacio común que se escribe una y otra vez. 

Dolores y Gloria. Ángela y Natalia. Ángel, el hombre. Y antes de eso, dos citas, una de Mercé Rodoreda "Querido, estas cosas son la vida" y otra de Ingmar Bergman "Una madre y una hija. Qué combinación absurda de sentimientos, confusión y destrucción. No lo entenderé nunca".

Jenn Díaz (Barcelona, 1988) es una voz ya consolidada en la literatura a pesar de su juventud. Admira a Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Natalia Ginzburg y publicó su primera obra en 2011, "Belfondo". Habla de sentimientos pero no usa el tono intimista que podría atribuirse a la literatura en clave femenina, más bien lo hace con naturalidad, sin darle demasiada importancia, sin querer convertir en sufrimiento lo que son las claves de la vida cotidiana. Su vocación de escritora fue desde siempre el motivo de su vida y así persiguió su objetivo y así lleva ya cinco novelas, la última de ellas esta "Madre e hija" que está llena de resonancias que nos resultan familiares y que nos hacen pensar en nosotras mismas. Al fin, las madres y las hijas estamos condenadas a entendernos.


viernes, 26 de febrero de 2016

Una mujer que duda


(Saul Leiter)

Esta preciosa fotografía de Saul Leiter publicada en 1963 en la revista Harper´s Bazaar me sirve para ilustrar una idea tan difícil como capital en mi manera de entender la vida. La duda, la permanente duda, no sobre el mundo o no solo. La duda sobre mí misma, sobre la manera de abordar las situaciones, de resolver los problemas, de tratar las relaciones humanas. Da igual que sea amor, amistad, trabajo, familia...la duda permanece cuando las horas chirrían, cuando hay palabras que salen de ti aunque no querrías que eso ocurriera, cuando no entiendes a los otros o no te entiendes. 

Siempre que surge un desencuentro con alguien yo dudo. Esa duda es un sentimiento doloroso, poco ejemplar. Nadie querría dudar tanto si pudiera. Mejor la seguridad, la evidencia de que has hecho lo que debías y que la culpa es de los otros. Mejor sentir que eres una persona cabal, que no actúas por egoísmo o interés. Mejor notar lejos de ti el apasionamiento que te impide pensar y actuar con claridad. 

Pero no es así como funciona esto y la duda es una realidad que no puedes soslayar, un halo de luz que se abre paso incluso cuando menos falta te hace. Cada vez que quieres asir una certeza para seguir andando, ahí está ella, la duda, esa sensación de andar sobre arenas movedizas, esa contradicción, esa mirada que no se posa en ningún sitio, porque no hay sitio que pueda albergarla. 

jueves, 25 de febrero de 2016

La caja de la nada


Mark Gungor es una especie de no sé qué. Hace una cosa como divulgativa, con intención de divertir al respetable y no sé si hacerle pensar. Habla de la diferencia entre el cerebro de hombres y mujeres. Y, a partir de ahí, comienzan las risas. La tesis es muy sencilla: el cerebro de la mujeres está lleno de cosas y el de los hombres está vacío. Hasta este momento podíamos pensar que el tal Gungor, especie de lo que sea, considera que las mujeres son más listas, más inteligentes o más ingeniosas que los hombres. 

Pero la cosa tiene truco. Un truco evidente, que ni siquiera disimula. Porque en las imitaciones que hace de unos y otros, que aparecen en chistosos vídeos de Youtube, las mujeres aparecen como unas insensatas parlanchinas, que van soltando imbecilidades por doquier y que no se callan ni bajo agua. Unas absurdas especímenes sin dos dedos de frente, que a todo le sacan punta y que no reflexionan ni abstraen. Por el contrario, ellos, su nada, es una nada que indica la huida de los problemas, no a modo de cobarde falta de resolución, sino de sabia resignación ante lo imposible. 

La caja de la nada es un auténtico timo. Una absoluta mentira que solamente puede significar algo evidente para cualquiera que lo piense: hay hombres que temen a las mujeres. Son esos hombres que creen ser "nada" y que atribuyen a las mujeres ser "excesivas, intensas o susceptibles". Un rollo de tíos, vamos. 

lunes, 22 de febrero de 2016

Solo hay frío en Nueva York

Si este año, en un alarde de previsión engañosa, te decidiste a equiparte con un buen abrigo, un plumífero de calidad o un chaquetón de piel, todo ello para usarlo cuando llegara el frío...puedes esperar sentada. No hay frío. ¿Dónde está el frío? Ah. Eso está empezando a convertirse en dónde está Wally o dónde hay un hombre que me quiera. Lo mismito que si el tiempo se hubiera vuelto loco y el cambio climático campara a sus anchas, he aquí que este otoño no hemos "disfrutado" del frío, ni tampoco este invierno. Lo cual que, umbralianamente dicho, estamos a verlas venir en lo que se refiere a nuestros maxiatuendos abrigados. 

Solamente las chicas de Nueva York o las de Alaska (incluso en ese caso tengo mis dudas) han podido sacar a la calle estas monadas vestimentiles. Ese abrigo corto animal print, con bandolera a juego y gorrito de lana. O ese chaquetón corto de piel sintética, sobre una falda larga y tableada hecha de tiras de ante y botines a juego. 

Aquí no salimos del vaquero, de la cazadora de piel (ninguna temporada otoño-invernal como esta para lucirla a modo) y, en todo caso, algún abriguito o plumífero no excesivamente cálido. Lo malo es que no podemos confiar en aprovechar los abrigos que nos hemos comprado para el año que viene. Los modistas, esa clase de seres sádicos que se empeñan en que gastemos y gastemos, se inventarán la forma de que lo de este año quedé out para el próximo y así tener que desembolsar más pasta en septiembre. Salvo aquellas chicas, claro, que son tan habilidosas que saben sacar partido de cualquier trapito, tunearlo y hacer de una prenda pasada de moda el colmo de lo cool. Pero ese no es mi caso. Así que tengo que confiar en la benevolencia de los cool hunter y toda la parafernalia que Dios guarde y que habita en los subsuelos de las tendencias de moda. 

Chicas malas


Las chicas malas también existen. Y sus características son muy parecidas a las de los chicos malos. No tienen compasión ni empatía ni buscan otra cosa que el juego. Y en ese juego puede haber cristales rotos, corazones destrozados y autoestimas perdidas. Pero a ellas eso les da igual. También son narcisistas, como ellos; inmaduras, como ellos. Misándricas, como ellos son misóginos. Las chicas malas parece que nos hacen gracia o que nos caen más simpáticas simplemente porque son chicas y porque las mujeres suelen, solemos, tener un plus de permisividad en lo que hacemos. 

Pero no nos gustan las chicas malas. A las mujeres buenas no nos gustan las chicas malas. Porque cuando rompen un corazón dejan una  herida que no se puede restaurar fácilmente. Y enamorarte de un hombre herido es una lucha que nadie quiere abordar si está en su sano juicio. No nos gustan las chicas malas porque parece que todas somos iguales. Y nada de eso. Ninguna persona sensata puede pensar así, pero ocurre. Y no nos gustan las chicas malas porque no nos gusta la maldad. Y porque los hombres no están hechos para sufrir, igual que nosotras tampoco. 

Así que no te confundas. Las chicas malas están en otro lado, no en el nuestro. No vale la solidaridad de género con ellas. Porque te machacarán si te pones en su camino. Las chicas malas son malas con ellos y con nosotras. De manera que, si te cruzas alguna por ahí, huye lo más rápido posible. No dejes que te lancen su veneno, ni que te contagien su dureza de sentimientos. Da igual que sean hermosas, esculturales o súper atractivas. No tienen corazón. Y eso no se arregla con maquillaje. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Aléjate de los chicos malos


La primera que te lo dijo fue tu madre: "No hagas caso a determinado tipo de chicos. Solamente te traerán problemas". Como en esas edades lo que tu madre dijera te importaba muy poco...no le hiciste ningún caso. Así que recuerda qué pasó con aquel moreno de ojos verdes que, después de dejarte en casa a las once de la noche, se dedicaba a irse a una discoteca a bailar con la chica que vendía muebles en un establecimiento de la carretera. 

Lo dejaste sí, pero ¿escarmentaste? Me parece que no. Puede que te venga a la memoria ahora ese otro muchacho, alto y con gafas, que tenía aires de intelectual y era un madrero de tomo y lomo. Todos los fines de semana tenía que acudir al rescate de su mamá, que, casualmente, siempre tenía los viernes algún accidente doméstico. Sí, ese, ahora lo recuerdas. Llegó un momento en que decidiste que se quedara con ella y tú buscaste nuevos aires que, por cierto, sonaban mucho mejor. 

Sin embargo, deberías tener cuidado. Los chicos malos atraen a las mujeres con una pertinacia que debería ser dedicada a una causa mejor. No sabemos el motivo (o sí) pero el caso es que todas guardan en su armario una dosis de emociones fuertes a cargo de uno de estos depredadores. Por mucho que intentes esquivar el tema no vas a conseguirlo. Las montañas rusas están bien para los parques de atracciones pero en la vida quizá mejor sentido y sensibilidad. Alguien que sabía mucho de amores lo dejó escrito.

¿Quieres saber en qué se nota que estás ante un chico malo? Muy fácil. Es ese que te hace sentirte fea, llena de defectos y que te anuncia el primer día, como una letanía aprendida, que no se va a comprometer, que tiene muchas amigas en la casilla de salida y que es misógino, narcisista e inmaduro. Todo en el mismo paquete. 

Así que aléjate de los chicos malos. No te merecen, créeme. Además, hay un montón de chicos buenos todavía más guapos y encantadores. Los malos, al final, se convierten en ranas. Y los buenos besan mucho mejor.


sábado, 20 de febrero de 2016

Tertulia de volantes



(Joaquín Sorolla)

El grupo de mujeres recorre lentamente el pequeño espacio en el que están colgados los mantones, los mantoncillos cuajados a flecos, allí en un local soleado rodeado de obras. Hablan entre sí continuamente. Todo se desmenuza, se compara. Nada es silencio en este encuentro improvisado. Los colores de los vestidos, las telas, las texturas, el tamaño, el enrejado de los flecos, el largo de las faldas, los volantes, al biés, al hilo, grandes, pequeños o medianos. Las flores, alfombrando el mediodía y llenando de fantasía el lugar. Las confidencias. Las tallas. Los adornos. Pendientes, pulseras, collares, peinetas, peinas, peinecillos. Todo el vocabulario de un rito que cada año amanece. 

Tú estás allí pero apenas las oyes. A la mitad del acto, te has quedado suspendida en alguna idea y, como sueles hacer, desconectas el sonido y te adentras en ti y empiezas a escribir las palabras con las que contarás, en este blog, ese revuelo pausado de las manos recorriendo los expositores, ese encuentro de quienes, ahora y por muchos días, tendrán en estos trozos de tela multicolor un motivo de entretenimiento, una forma de olvidar, quizá, otras cosas que se tiñen de tonos más oscuros.


viernes, 19 de febrero de 2016

Esas lágrimas....


Si fueras una estrella de cine tendrías en la puerta de tu mansión fantástica diez o doce cámaras para hacerte fotos a cada instante. Saldrías equipada con tu enorme sombrero, una fastuosa pamela de firma, y con tus gafas de sol Armani por lo menos. Sin duda, maquillada. Sin duda, con un bonito rouge del color de moda, fucsia este otoño-invierno. La piel dorada, por efecto de un protector solar de alta numeración y efecto pantalla, genialísimo y muy caro. Un abrigo de corte sencillo pero de hechuras favorecedoras y unos zapatos de tacón, que te hacen preciosas las piernas cubiertas con medias oscuras. En fin, una monada. 

No eres una estrella de cine. No tienes a nadie en la puerta de tu casa. Es una casa, además, no una mansión. No sales a la calle con sombrero, salvo en verano, si es que hace mucho calor o estás en la playa. Tus gafas no cubren unos hermosos ojos maquillados a la última. El lápiz de labios se desdibujó hace un rato por efecto de esas gotas saladas que van salpicando tu cara sin querer. Vas muy abrigada porque hace frío. El plumífero te abraza como si fuera un saco, apenas se distinguen las formas y las botas te hacen daño porque llevas andando mucho tiempo sin saber adónde ni por qué. 

Y lloras. Las lágrimas te arrasan por debajo de las gafas de sol. No hay sol ni nadie va a reconocerte. Así que las gafas son el recipiente de tus lágrimas, las pantallas de tus lágrimas, el cobertor de tus lágrimas, el depósito que oculta tus lágrimas para que nadie vea que lloras, que vas por la calle llorando, que no sabes por qué lloras y que no puedes dejar de hacerlo. Ay, esas lágrimas...qué inútiles, absurdas, viejas, desencantadas lágrimas las tuyas. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Cuando suena el teléfono


Antes de que existieran los móviles, allá por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, una casa de chicas podía tener en el teléfono el mayor motivo de conflicto. Y así era. Carmen, Dolores, María y Elvira se pasaban media vida disputando por el uso que cada una de las otras hacía del aparato. El aparato, negro y muy pesado, estaba estratégicamente colocado en un pasillo, seguramente para dificultar lo más posible las conversaciones y que estas no se alargaran en demasía. Pero esa medida, ingeniada por Marina, la madre, fue una absoluta inutilidad. Porque las cuatro chicas tenían una asombrosa dependencia del exterior. 

Era delicioso oír el sonido característico de la llamada, salir corriendo desde el salón, la cocina, el cuarto de estar o el largo pasillo de mármol gris, para ser la primera en cogerlo y, con una voz extremadamente dulce, por si acaso, soltar ese "dígame" característico. Si, al otro lado de la línea telefónica estaba "él", entonces miel sobre hojuelas. En caso contrario, una punzada de decepción ocuparía justo el lugar cercano al corazón. 

Cada una de las cuatro chicas tenían su propio "él" y se disputaban el derecho a hablar cuanto quisieran si la llamada les pertenecía. No contaban, sin embargo, con el control exhaustivo que Marina tenía sobre todo lo que acontecía en esa casa. Era una mujer que sabía de amor más que todas ellas juntas, pero que mantenía con rigidez el principio de la ecuanimidad. Y del ahorro del tiempo para que se dedicara a algo más productivo. 

Hablar por teléfono era perder la mañana o la tarde. Así que los enamorados tenían que conformarse con un breve saludo y un recorrido raudo por los acontecimientos del día o de la semana. Nada de charlas interminables, nada de risas que pudieran molestar a los demás, contención y sobriedad. Eso era todo. Tan negro como el teléfono. Pero, aún así, aún con esta mesura, qué hermoso momento el de oír al otro lado la voz del hombre al que cada una de ellas amaban. La voz del hombre que se despedía con un tímido beso o un saludo ceremonioso, lo mismo daba. 

Ese sonido del teléfono que te alborota los sentidos cuando llega y que, todas lo sabemos, deja un vacío irremplazable cuando te falta. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Un Dior para la señora de la limpieza

 Si eres una señora de la limpieza inglesa y dedicas tres años de tu vida a ahorrar libra a libra para comprarte un vestido en Chez Dior...es que tu mente es extraordinaria y tu personalidad única. Eso es lo que hace la señora Harris, viuda y en la sesentena. Las señoras de la limpieza inglesas son diferentes a todas las que trabajan en el orbe, pero no esperaba tanta convicción, tanto deseo concentrado y tanta ilusión en un objetivo. Si fuera una ejecutiva de ventas, sería la ejecutiva del año. 

Se trata de eso, sin duda, de querer algo con todas tus fuerzas. Así lo siente la señora Harris desde el día en que ve en el armario de una de sus clientas, la señora Dant, dos vestidos de la casa Dior que la dejan absolutamente enamorada. Puede una enamorarse de un hombre (debe una enamorarse de un hombre) y también de un objeto, por ejemplo, por qué no, de un vestido. Así que Harris (llamémosla así, apeando el tratamiento) se dedica a juntar una libra tras otra y prueba juegos de azar, carreras de galgos y restricción absoluta de pequeños lujos, incluido el té de las cinco con su compañera de trabajo, la señora Butterfield. 

Por fin, su sueño se hace realidad y marcha a París, sin saber una palabra de francés, en un avión que la deberá traer de vuelta la misma noche, a comprarse su vestido, ataviada con un gastado abrigo marrón y un sombrero de paja, verde y nuevo. Si vas a la calle con un sombrero de paja que lleva una rosa rosa colgada en la parte delantera, es que tu manera de ser es inusual. Así es Harris. Se planta en Chez Dior, entra por la puerta de las ricas y se las ingenia para ver el desfile de la colección esa misma tarde y sentada en primera fila. 

Madame Colbert, la encargada, verá reflejada en la determinación de Harris el empuje que a ella le falta para ayudar a su marido a mejorar profesionalmente. El joven contable, Fauvel, la inspiración para dar el paso que lo una a su amor platónico, la bella modelo Natasha. Y la modelo, entenderá que la vida cotidiana junto a un hombre enamorado, en una casita bellamente arreglada, es más de lo que ella ansía. Y así todo. 

Paul Gallico. Flores para la señora Harris. Editorial Alba, colección Rara Avis. 2015. 

martes, 16 de febrero de 2016

El pretendiente de Jane (Austen)


En diciembre de 1795, cuando Jane Austen tenía 20 años recién cumplidos, asistió a un baile en Manydown House, la casa de la familia Bigg. Allí, en ese baile, estaba Tom Lefroy, un guapísimo irlandés, rubio, inteligente y encantador. Se había licenciado en Dublín y estaba a punto de comenzar los estudios para optar a los exámenes del Colegio de Abogados de Londres. Esos días estaba disfrutando de las vacaciones de Navidad con unos parientes en la rectoría de Ashe. Ese baile fue relatado concienzudamente por Jane a su hermana Cassandra, que estaba fuera por entonces. Un acontecimiento social de ese tipo era el momento y el lugar más ansiado por las chicas de entonces y las hermanas Austen no eran diferentes en eso. De hecho, a Jane siempre le gustó bailar y esa misma afición la refleja en las heroínas de sus novelas. Todas ellas son bailarinas aceptables e, incluso alguna, como Emma Woodhouse, tiene un estilo depurado y elegante cuando baila. 

Jane baila tres veces con Tom Lefroy durante esa velada. Tres veces con el mismo chico indica que ambos se gustan y que están contentos juntos. Las conversaciones no eran tan livianas como parecer pueda, sino que aprovechaban de ordinario los bailarines estos momentos para conocerse mejor. Y así debieron hacerlo ellos, a juzgar por lo que Jane relata en su carta. La forma en que Austen cuenta lo sucedido está llena de salpicados de humor, pero es que ella era así, alegre, risueña y llena de sentido irónico y de inevitables comparaciones llenas de picardía. Pero algo se trasluce en su carta porque Cassandra, desde ese momento, tendrá el ojo puesto en la "relación" de su hermana con Lefroy, quien, al día siguiente del baile y como era usual entre jóvenes caballeros, la visita en su residencia navideña. Era cosa de buena educación. Un detalle de buenos modales. 

Parece haber constancia clara, por los testimonios que se han podido recabar, de que los dos jóvenes se enamoraron. Sin embargo, había diferencias insalvables, temas sociales y familiares que no podían ser dejados de lado y no hubo caso, no hubo compromiso, lo que supuso un golpe para Jane porque Tom y ella tenían una especial complicidad y una forma muy similar de entender la vida. Ambos hacían aquello que a ella le podía transmitir más placer: hablar de libros, en concreto, en esos días, de "Tom Jones" la obra de Fieldin que a ambos les parecía provocadora e interesante. 

Esta es la única carta que se conserva de Austen (la mayoría fueron quemadas por su hermana a su muerte) en la que habla de sí misma, en la que ella se convierte en protagonista de deseos y sentimientos. Todos iban dirigidos a Tom Lefroy. Ella era la heroína de su propia historia, la que estaba predestinada a casarse entre tules y sedas. Pero, como sabemos, el destino se torció y no fue el matrimonio sino el arte aquello que le estaba destinado. Su ingenio, su talento, su alegría, no se expresó en una relación sentimental sino que se volcó en la escritura de libros. En ese momento ya existía el primer manuscrito de "Elinor and Marianne", el título primero de lo que luego sería "Sense and Sensibility". 

Sin embargo, no dejo de pensar si ella, en ese año de 1876, no hubiera cambiado la postrera fama por convertirse en la esposa de Lefroy y vivir en la desconocida Irlanda, al cuidado de numerosos hijos y de ese caballero rubio y elegante. 

Mujeres que lloran


(Audrey Hepburn. Desayuno con diamantes) 

¿Por qué lloran las mujeres? ¿Por qué lloran tanto las mujeres? Es una pregunta que me hago muchas veces. Casi cada vez que una amiga se me acerca llorando y me dice "Ay". En las novelas de Jane Austen las mujeres no lloran. Con la excepción de la más funestamente emotiva: Marianne Dashwood. Es la única heroína austeniana que se deja llevar por la emoción y es capaz hasta de ponerse enferma de amor. Las demás están sanamente enamoradas. Enamoradas non troppo. Enamoradas con el corazón y la cabeza, como decía Antonio Mairena que se hacía el cante. 

En las revistas femeninas nos cuentan el delicioso efecto que las lágrimas hacen sobre la piel. Una idiotez. Las lágrimas te dejan feísima, con el entrecejo arrugado y la nariz roja. ¿A quién le interesaría una chica con la nariz enrojecida? Es una pregunta parecida a la que le hacen a Wickham en "Orgullo y Prejuicio", aunque con algún matiz: ¿Quién se fijaría en un asquito de chica pecosa?. 

No lloréis. Al menos, no lloréis por amor. Llorad por rabia, por ira, por enfado. Pero no por amor. Porque el amor se evapora de la misma forma que las lágrimas. Y porque él no se dará por aludido. Si acaso, busca refugio en algo que rima con amor pero que da mejores resultados. Eso lo sabe bien Elizabeth Bennet. El humor, esa cosa que nos ayuda a levantarnos y a sonreír, incluso después de haber perdido nada menos que todo. 

sábado, 13 de febrero de 2016

Divertidas e inteligentes


Todavía hay quienes establecen una insana competición entre la belleza y la inteligencia. Como si ambas fueran atributos tan dispares que resultara imposible imaginar la coexistencia entre una y otra. Esto trae consigo un corolario: los oficios que se obstinan en convertir a las mujeres en ejemplos de belleza y glamour son cosa artesana, alejada de los requisitos intelectuales que suponemos en otras profesiones. Los romanos, que eran muy suyos y que se anticiparon en todo a la vida actual, lo dijeron a su manera "mens sana in corpore sano". Que traducido al lenguaje cotidiano significa "ejercita tu cerebro y cuida tu pelo" 

Nada más incierto ni más diferente a la realidad esa idea de separar belleza e inteligencia. Cuando se dan separadas no es por imposibilidad de que convivan, sino por una suerte de compensación que la naturaleza lleva a cabo en sus ritos ancestrales. Desde hace años trato con peluqueras, estilistas (como decía Sabina), manicuras, estetistas y todo un enorme plantel de personas (la mayoría mujeres) dedicadas al ramo y hallo entre ellas tanta variedad de conceptos, procedimientos y actitudes como en cualquier otro colectivo. Pero, además, tienen unos atributos que merecería la pena que fueran estudiados por sociólogos de los que se dedican a proclamar en titulares cómo somos y cómo sentimos las mujeres. 

Porque las mujeres que se dedican a esto tienen un mucho de psicólogas, otro mucho de escuchantes, una gran dosis de paciencia, mucha imaginación, extrema discreción a la hora de guardar para sí los secretos más íntimos de sus clientas y, sobre todo, una apuesta por la ilusión que es sumamente contagiosa. 

Entras en el salón de peluquería en baja forma, con tus pelos lavados en casa, sin arreglos y sin adornos, con el flequillo mal cortado, con las puntas en estado de rompan filas, con el color así así y sales, ay, esplendorosamente atractiva. Basta que te coloquen unas brillantes transparencias de papel de plata para que tu tono se aclare lo suficiente como para darte luz. A continuación, un buen enjuagado y un matizador que iguale los tonos y los haga más luminosos. Luego, una ampollita revitalizante, algo para el volumen, una leche para sanear puntas o una mascarilla que levante el ánimo de tus alicaídos cabellos. Más tarde, el saneado con tijera de podar (las peluqueras siempre cortan de más, son jardineras frustradas, quisieran estar todo el día en traje de faena podando rosales), luego el peinado. 

El momento del peinado es sublime. Empiezas con el gesto parecido a un pollito en corral ajeno, con los pelos mojados y pegados a la cara y terminas con el aire altivo de una estrella de Hollywood. Bien es verdad que esa ilusión óptica puede desvanecerse si, al salir de la peluquería, te acecha una racha de viento del norte o una lluvia inoportuna, pero esto son gajes del oficio. El momento peinado es lo más. 

Por supuesto, entre esos devaneos con el cepillo, la tijera y el secador, tus manos están extendidas, dirigidas a la persona que cuida de que, cuando te tomes con el chico que te gusta una copa de martini con dos aceitunas, las uñas luzcan impecables. Es alguien que te riñe porque te comes los dedos cuando estás nerviosa y que tiene en su cesto blanco los colores del momento. El rosa fucsia, el rojo, el coral, el amatista, el verde moderno, el azul cobalto juvenil, el rosa pálido, el blanco para la manicura francesa, todos los tonos que derraman con su pincel para que muevas luego las manos y se muestre la hermosura del color. Las manicuras son pintoras de la belleza sencilla del movimiento, cuidadoras del aire que se agita cuando hablas o caminas. 

Estás en la peluquería y sientes que el mundo se ha detenido. Se han quedado fuera, en la puerta, todos tus problemas. El desamor y la punzada de la nostalgia. Las preocupaciones por los hijos. Los desengaños de los amigos. La lucha del trabajo diario. El miedo a las enfermedades y a la muerte. La incertidumbre. El desasosiego. El nerviosismo. El vaivén sentimental que te conmueve a diario. Todo eso se espera a que salgas y parece desvanecerse en esos momentos en los que, convertida en una it girl, mueves tu cabeza al ritmo de Pretty Woman. Porque lo eres. Allí, en la peluquería, los ritmos son otros, la tesitura de la voz cambia y el aire entero se llena de la esperanza de un futuro mejor. Que quizá existe, aunque no lo sabemos. 

Así que nuestras peluqueras, manicuras y estilistas, no son solamente unas personas que cumplen un oficio, sino que hacen una función social imprescindible. Ellas, con sus rizos africanos, sus flequillos incandescentes, su rubia melena al viento, su pelirrojo tono estilo Maureen O´Hara, sus uniformes negros o corintos, sus sonrisas rojas y rosas, sus conversaciones comprensivas e intrascendentes, sus comentarios atinados, sus esperanzas mezcladas con la paleta de los tintes que manejan con soltura, son un bálsamo que se derrama sobre el cabello, las manos, la piel y las almas. Son, utilizando una frase de Françoise Sagan, una gota de sol en el agua fría. 

(Foto gentilmente cedida por las profesionales de la Peluquería Miguel Ángel de Triana) 

viernes, 12 de febrero de 2016

El amor es una mierda


Esto de San Valentín termina por confundirnos a todos. Nos creemos lo que cuenta la publicidad.  Todo lleno de corazones rojos por doquier. La Lotería Nacional hace un sorteo especial y vende los décimos en unas carteritas llenas de I love You, que debe ser la frase más idiota y repetida que existe. Y algunas nos hacemos regalos a nosotras mismas. Un bolígrafo rojo, por ejemplo. Una idiotez supina. Una auténtica estupidez. Pero no queremos quedarnos atrás. Toda esta avalancha roja nos abruma. En los institutos se reparten cartas de amor, de supuesto amor y siempre hay quien se queda sin carta y esto le supone el desastre. 
Mi opinión es ahora que esto es un absoluto despropósito. El amor es una mierda. La mayoría de las veces te conformas con lo que hay sin que sea verdadero amor. Interés, estabilidad, a saber de qué hablamos cuando hablamos de amor. Ni siquiera de sexo. Otro montón de veces, se pierde o se estropea. En algunas ocasiones, desaparece por mil motivos. Y hay algún caso en que nunca, nunca, logras conseguir lo que amas. 
El amor es una mierda y no pienso hacerle caso nunca más a este Santo que no sé siquiera quién es, ni qué pinta en esto, ni me importa. Un auténtico intruso de la felicidad que voy a echar de mi vida de inmediato. El calendario no tendrá significado para mí el catorce de febrero. Se ponga la cosa como se ponga.