martes, 16 de febrero de 2016

Mujeres que lloran


(Audrey Hepburn. Desayuno con diamantes) 

¿Por qué lloran las mujeres? ¿Por qué lloran tanto las mujeres? Es una pregunta que me hago muchas veces. Casi cada vez que una amiga se me acerca llorando y me dice "Ay". En las novelas de Jane Austen las mujeres no lloran. Con la excepción de la más funestamente emotiva: Marianne Dashwood. Es la única heroína austeniana que se deja llevar por la emoción y es capaz hasta de ponerse enferma de amor. Las demás están sanamente enamoradas. Enamoradas non troppo. Enamoradas con el corazón y la cabeza, como decía Antonio Mairena que se hacía el cante. 

En las revistas femeninas nos cuentan el delicioso efecto que las lágrimas hacen sobre la piel. Una idiotez. Las lágrimas te dejan feísima, con el entrecejo arrugado y la nariz roja. ¿A quién le interesaría una chica con la nariz enrojecida? Es una pregunta parecida a la que le hacen a Wickham en "Orgullo y Prejuicio", aunque con algún matiz: ¿Quién se fijaría en un asquito de chica pecosa?. 

No lloréis. Al menos, no lloréis por amor. Llorad por rabia, por ira, por enfado. Pero no por amor. Porque el amor se evapora de la misma forma que las lágrimas. Y porque él no se dará por aludido. Si acaso, busca refugio en algo que rima con amor pero que da mejores resultados. Eso lo sabe bien Elizabeth Bennet. El humor, esa cosa que nos ayuda a levantarnos y a sonreír, incluso después de haber perdido nada menos que todo. 

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