jueves, 31 de marzo de 2016

Es un dolor tan grande



(Ilustración: Sophie Griotto)


Es un dolor tan grande. Empieza en el estómago. Se para ahí un momento, te aniquila. Luego se vuelve y traspasa las piernas, los brazos. Cuando llega a los dedos, se marchan las palabras. Huyen de ti, no saben, no pueden asomarse, se escapan sin remedio. A veces te busca el corazón. En el centro del cuerpo se detiene y ya no sabes si llorar o gritarle. Pedirle que te ame, aunque sea solo el tiempo de descansar de este abrupto dolor que no se rinde. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

He esperado, lo sabes


(Ilustración: Sophie Giotto)

Estallaba la tarde en agonía. El verano acababa y también nuestro tiempo. Regresabas al sitio en el que nuestros ojos iban a convertirse en un recuerdo amado. Me besaste. Ardoroso momento y me besaste. Allí, junto a la orilla, me besaste. La ciudad nos miraba. Observaba curiosa ese instante fugaz en que los labios tiemblan, en que las manos huyen, pretendiendo que el beso nunca se convierta en pasado. 

Lloré, por qué negarlo. Te marchabas y yo, prendida entre los brazos que quería, soñaba que el reloj terminaba en pavesas y todo se agotaba menos ese caudal intenso de tus ojos. Mirabas y yo muriendo entera quise que ese momento no acabara. 

Vestir la tristeza

(Ilustración: Sophie Griotto)

En las tardes largas del invierno ella me contaba historias que inventaba sobre la marcha. Casi todas hablaban de mujeres tristes. Ella misma era una mujer triste, que ocultaba la tristeza con una capa poderosa de risa y de ingenio. Todas las personas tristes intentan convertirse en lo que no son porque la tristeza cansa. Agota. En esas tardes, conversábamos sobre la vida de las mujeres que conocíamos y de otras cuya existencia solo había llegado hasta mí a través de sus relatos. Eran cuentos que nada tenían que ver con finales felices. Eran realidades que se tamizaban con su baño de ironía, su sonrisa complaciente y esa forma generosa de mover las manos. Parecía una representación teatral con su telón y todo. El telón tenía dibujadas unas rosas. Eran rosas de Francia, esas pequeñitas, de intenso olor, como las que cruzaban nuestros arriates, cuando todavía la casa conservaba su jardín. El día en que ese jardín se perdió, cuando amanecimos sin la fresca claridad que aportaba, ella también se mustió un poco. Como sus plantas, porque siempre decía que no había mayor tristeza que una flor cortada. 

En esas horas densas del invierno, cuando el sol poniente desaparecía restallando sobre montículos de sal endurecida por las horas del mediodía y rodeada de charcos grises y asustados, ella ponía en el aire las vidas de esas gentes a las que miraba con interés, porque todas las vidas humanas le parecían un milagro y porque en todas hallaba una fuente de palabras. Sus historias sonaban densas y terribles en medio de la oscuridad de la casa, alumbrada tibiamente por las luces indirectas, porque la claridad completa rompía el hechizo del momento. Sentadas en nuestro rincón favorito, con las mantas de cuadros escoceses sobre las rodillas, junto a un jarrón de prímulas azules cuyo polen volaba directamente a la nariz, ella me habló de cómo la tristeza debía vestirse con ropas fulgurantes que hicieran olvidar a los demás el fondo gris del alma. El alma, para ella, era un lugar recóndito en el que estaban el tiempo, el pasado, el porvenir y el angosto presente. Vivir era difícil pero más aún hacerlo sin ilusión alguna, decía. Bienvenida la tristeza que evita el hastío, afirmaba. Mejor sentir aunque sea sin esperanzas, porque el no sentir es lo que más desespera al espíritu. Entreveraba sus palabras con otras de poetas a los que quería y movía las manos, esas manos, trazando en la atmósfera un cuadro inacabado. 

Sospecho que quería decirme, aunque no fue capaz, que a veces la tristeza tiene rostro, que pesa demasiado, que se instala y no quiere marcharse. Que es un vestido inopinado, un traje que se ajusta a tu cuerpo y ya no hay forma de que se desprenda. Solo los besos, solo el rito innombrado de los besos, solo los besos hondos, los besos solamente, solo ellos conjuran el sonido metálico de la tristeza anclada en cualquier parte. 

viernes, 25 de marzo de 2016

Nunca



(Fotografía: Joel Meyerowitz)

Nunca me enviarás un mensaje con un corazón atravesado por una flecha ardiente y un letrero que diga: I love you. Ni un dinosaurio alado con sonrisa boba.

Nunca sentirás nostalgia de mí nada más verme, ni ansiarás un encuentro cuando estés lejos.

Nunca esperarás mi risa como agua de mayo, ni sonreirás junto al teléfono al oírme reír. Mi risa no aliviará tu oscuridad.

Nunca acariciarás mis manos mientras en la pantalla del cine se proyecte una película francesa. Y tus manos no serán el pájaro que conduzca mis sueños.

Nunca despertaremos juntos después de una noche en la que solo hablen los cuerpos y callen las palabras. Y mis palabras serán una cansada letanía.

Nunca dejarás de lado al mundo para llegar a mí, inmaculado, sin otra cosa que buscar lo que soy.

Nunca encontrarás en mis ojos las respuestas, ni en mis labios las preguntas. No me verás aunque me mires sin descanso.

Nunca me besarás.

Nunca hallarás un motivo para olvidarlo todo menos ese momento único en el que recorremos una ciudad desierta.

Nunca haremos juntos el equipaje para llegar al país de nuestros sueños. Nunca compartiremos la visión de los fuegos artificiales junto al río, cuando todos sueñan con la vida, que ya será nuestra.

Nunca te tendré cerca, lo suficiente como para oír tu respiración.Nunca tocaré tu cara con la punta de los dedos, como si quisiera conservar la memoria de cómo eres.

Nunca seremos. Nunca.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Los hombres leen ensayo y las mujeres novela


Dado que estamos en la época de las etiquetas, vamos a colocar una más, nada original, desde luego, más bien un mantra de esos que se repiten, se repiten, se repiten...Aquí está: los hombres leen ensayo y las mujeres novela. 

A decir de los defensores de esta genial frase eso indicaría varias cosas: el apego de los hombres a la realidad y el romanticismo inherente a la condición femenina, por un lado. La escasa imaginación de los varones y la atrayente fuerza creativa de ellas, por otro. Y, sin que queramos sentar cátedra, la búsqueda de respuestas concretas de ellos y el carácter vericuético de las féminas. 

De un plumazo, algunos rasgos de carácter, organizados por sexos, aparecen en esta definición altamente provocativa y llena de lagunas. Los hombres, realistas, sencillos y apegados a la existencia cotidiana. Las mujeres, imaginativas, soñadoras y complejas. En este punto ya hay quien se ha levantado de la silla en la que, cómodamente, leía esta entrada del blog, y ha exclamado: ya estamos con las generalizaciones. Pues sí. Ma non trompo.

En mi libro de cabecera "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen, hay una escena muy ilustrativa de esta diferente actitud del hombre y la mujer con respecto a los libros. Claro que ese libro se escribió en la época georgiana y se publicó en los primeros años del siglo XIX, bastantes años después de escribirse. En la escena a que me refiero, que tiene lugar en Netherfield, la finca que alquila por un tiempo el voluble Bingley, están Darcy, Elizabeth y las hermanas Bingley intentando pasar el tiempo. Darcy lee un voluminoso libro, que, por las trazas, parece ser un libro de historia o de economía. Por su parte, Elizabeth lee un libro mucho más frecuente en las lecturas de las mujeres de la época, una novela romántica. No se detallan los contenidos de las lecturas (en el libro únicamente se alude a los sermones de Fordice y ello para intentar que el señor Collins deje en paz a Elizabeth en su paseo con Whickam), pero las actitudes de ambos delatan la clase de libro que leen. Precisamente, Caroline Bingley, en su continuo andar detrás de Darcy, coge el segundo volumen del que este lee, dejándolo al poco tiempo porque, según parece, no entiende nada ni es una lectura que pueda interesarle.

En estos momentos dudo de la veracidad del título de esta entrada. No tengo datos suficientes como para afirmarlo. Pero sí hay algo que emana de esa frase. La consideración de que es más "elevado" o más "intelectual" o más "complicado", leer ensayo que leer novela. Esto es, que la novela es y ha sido el género menos considerado de entre todos los literarios y que, por eso quizá, se considera más fácil para la lectura femenina. Como estos pensamientos subsisten en determinadas mentes, quizá no esté de más volver a reflexionar sobre ellos. En todo caso se realiza una división de la novela en subgéneros y entonces dejamos para las mujeres la novela sentimental, romántica, emocional, de amores, y para el hombre la novela negra, por ejemplo. Todo, un craso error. Los lectores leen de todo, pienso. Las lectoras, también, certifico.

No sé, por lo tanto, de donde salen estas aseveraciones maximalistas que siguen incidiendo en aspectos tangenciales de las personalidades humanas. Lo que sí es cierto es que si un hombre lee a Jane Austen es un hombre al que merece la pena conocer a fondo.

sábado, 19 de marzo de 2016

Nada eres


(Saul Leiter)

No eres una aparición al filo de la madrugada. 
No eres un sueño que cubre las heridas del tiempo.
No eres el amor que permanece a través de los años. 
No eres una vida. 
No formas parte de los ritos de cada día.
No amaneces entre sus sábanas. 
No escuchas su latido cuando llega el insomnio.
No sientes la humedad de sus ojos cuando el recuerdo asalta. 
No vives su silencio. 
No compartes el hueco de su cama. 
No conoces su cuerpo. 
No has besado sus labios
No has notado la presión dulce de sus manos.
Nunca te desnudó.
Nunca sintió que tú eras el final o la meta.
Nunca te miró con ojos de deseo.
Nunca fuiste, no eres. 

Eres una voz invisible al otro lado del teléfono. 
Eres una voz invisible que nunca arroja luz.
Eres una voz invisible cuando atardece.
Eres una voz invisible detrás de un interruptor que se apaga. 
Eres una frase escrita en un teclado blanco. 
Eres una frase escrita al filo de la noche.
Eres una queja que nadie entiende. 
Una imagen indecisa en la lejanía. 
Una niña que salta sin pisar los charcos.


Nada eres. 

viernes, 18 de marzo de 2016

Me sobra el aire


(Saul Leiter)


No estás aquí.
Por eso me sobra el aire.
Lo podría decir cantando.
Pero no es momento de músicas sino de saladas sensaciones.

No estás aquí.
En ningún sitio.
La ausencia es tu nombre.
El vacío es la razón de ser de las horas. 

No estás aquí.
Y yo tampoco.
Esto no es sentimiento ni es razón.
No hay nada, porque no estás aquí. 


martes, 15 de marzo de 2016

Nuestro


(Saul Leiter)

Nuestro. Esa es la palabra. Una palabra solo. Solo una. Nuestro. Un título adecuado para un relato de cuatro folios. Una apelación a algo que no puede escaparse sin dolor. Nuestro. Esa forma de decir que nos pertenece, que somos de ella, de la palabra, de algo. Hay un hilo invisible que se llama Nuestro. Y lo atamos a veces. Otras veces, se deshilacha y desaparece. En más ocasiones permanece terso, firme, inamovible. Está ahí. Al menos, de momento. Es una forma de llamarnos. Nuestro. Es Nuestro. Una invocación, una llamada, una esperanza tal vez. Fuerza. Y fe. La inmensa fe de que se haga posible lo que en la noche, cuando todas las luces han decidido esperar al alba, se manifiesta sin que el ruido del sueño lo distraiga. Nuestro. No de nadie, ni de otros, ni de ellas, ni mío solo. Nuestro. No tuyo, ni de esos, ni de ayer, ni del futuro. De hoy. Nuestro. Esta palabra encierra tantas cosas que estoy por escribirla en letras indelebles. Nuestro. Tuyo y mío solamente. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Chico encuentra a chica

Una vez ella se sintió bastante perdida y encontró en la red de redes (esas con las que puede pescarse el universo) una voz cuyo eco sonaba consolador, agradable. Sin faltas de ortografía, ni interjecciones, ni onomatopeyas, ni emoticonos, ni dinosaurios saltando la comba. Una voz, simplemente. 

La voz era de alguien que había sufrido por amor y a quien el amor había dejado exhausto, quizá inerme o desengañado o falto de fuerza para seguir buscando, quién lo sabe. El caso es que dos soledades son fáciles de atar con un lazo invisible en las noches de los veranos yermos y sin luz. 

Así se escribieron palabras que cruzaron las ondas del espacio y cayeron en otros ojos, otras manos, desde un lugar a otro del mapa, en el intrincado lugar en el que se guardan los dolores más hondos.

Hace poco ella descubrió que se había obrado un milagro y que el dueño de esa voz ya no tenía el eco de soledad perenne con que antaño se adornaba sin quererlo y que el dueño de esa voz había encontrado la forma de que los días tuvieran cada uno un color, cada uno un sentido; de que la música sonara de una manera distinta y que fuera uno capaz de bailar a cualquier ritmo, en cualquier momento, en esta galaxia y otras más. Había hallado el amor, lo que no es poca cosa. 

Ella se alegró de ese descubrimiento y pensó que, aunque pasen días y noches, aunque vengan territorios más placenteros, aunque la ausencia sea solamente una cifra en el almanaque, aunque el amor se escriba y nunca más se convierta en vacío, a pesar de todo, siempre, en todas las circunstancias, ella recordará el eco de esa voz entrevista a lo lejos, el sonido del clac de los mensajes y la cálida atmósfera que alguien sabía añadir a los momentos tristes. 

sábado, 12 de marzo de 2016

Una vez tuve un sueño


En el boulevard Víctor Hugo, el más esplendoroso de Nimes, está la iglesia romano-bizantina de Saint-Paul y, muy cerca, en el mismo lateral, el Lycée Alphonse Daudet, con su enorme torre y sus edificios en torno a un patio porticado en el que los estudiantes suelen sentarse al sol. El sol del midi es fascinante. Sobre todo en otoño y en primavera, cuando no cae a fuego, sino compasivamente, llenando de calidez las calles y los cafés, todos ellos entoldados al mediodía. En el Daudet se estudia en varios idiomas. Inglés, español, alemán, portugués y ruso, siguiendo una tradición que data de mucho tiempo atrás. 

Si paseas por la ciudad tienes que llegar a ver el anfiteatro de Les Arénes y la Maison Carrée, el templo levantado por Augusto, el mejor conservado de todos los romanos. En Les Jardins de la Fontaine, del siglo XVIII, está integrada la Tour Magne y toda la ciudad destella restos clásicos a través de la muralla romana que aún puede observarse en algunos tramos. En las afueras, el Pont du Gard atestigua que estamos en este departamento y que Nimes es su capital. 

Un haz de pueblos y ciudades cercanos te dará ocasión de disfrutar de paseos y excursiones inolvidables. Podrás acudir a la populosa Marseille, a la elegante Montpellier, a la histórica Avignon, a la artística Arles o a la ducal Uzès. Esta última es mi favorita, desde aquellos días lejanos en los que conocí sus plazas y sus calles de una forma tan tierna, delicada y salpicada de amor correspondido. 

Puedes sentarte a degustar una copa de Perrier con unas aceitunas Picholine en Le Bistrot Nîmois de la rue de la Curaterie o en Au Flan Coco de la rue du Gran Convent. Y siempre hallarás un rincón nuevo, una esquina diferente, una especie floral que te sorprenda. Porque las flores son el gran secreto de Nimes y de toda la Provenza. Las flores son su mayor lujo, su oropel, la forma en que mejor se muestra al visitante y al nativo. Flores de todos los colores y olores. Flores llenando las mesas de los restaurantes, las casas o los cafés. Flores en parterres por las calles. Flores en las ventanas. Flores en búcaros, jarrones, vasos o humildes macetas. Las flores de Provenza son el gran milagro que el sol del midi hace florecer día a día. 

Una vez tuve un sueño. Tú y yo caminábamos por entre estas calles y teníamos una mirada cómplice que solamente puede existir cuando el amor florece. Tus manos me abrazaban. A veces, en un lugar cualquiera, debajo de la sombrilla de un café, en la esquina de una calle inopinada, bajo un farol, nos besábamos sin esperar que el tiempo se parara. Y, en las noches, el aire fresco nos alentaba después del amor y antes del amor siempre. Tú y yo, en ese sueño, sin nada más que nosotros mismos y ese renacer de la vida, después de todo. 

Cartas de amor a Katherine

Me alegro de ser poeta, de haber escrito versos, de todo lo que me ha llevado a este libro. Pero no me engaño: yo solo no lo hubiese escrito. Sin un alma tan hermosa como la tuya no habría sido. ¿Gratitud? Más que gratitud. Conciencia clara, radiante, de que toda la hermosura que puede haber en mi libro me une a ti, me enlaza a ti. Y no podré jamás sentir que el libro es mío. 

(24 de enero de 1934. Cartas a Katherine Whitmore. Pedro Salinas)

Si has escrito alguna vez una carta de amor, si la has recibido, ya sabes cómo es eso. La distancia aumenta el deseo. Y el deseo es el síntoma de la pasión. Escribes las cartas porque no puedes acariciar el rostro amado y en cada palabra que dibujas, estás tú, está todo lo que eres y que quieres transmitir, siquiera sea volando, a la persona que amas. 

Las cartas de este libro (publicado por Lumen), las que Pedro Salinas (1891-1951) dirigió durante años a Katherine Whitmore (1897-1982), llevaban papel, sobre y sello. Estaba escritas con pluma y esa letra antigua y picuda que se usaba entonces por los más ilustrados. En el párrafo que recojo arriba está la idea exacta de que, sin la existencia de Katherine, los versos de amor que Salinas escribió no hubieran tenido razón de ser. ¿Quién puede imaginarse que surjan de la nada? Es imposible. Vida y literatura se entrelazan. No puede ser de otra manera. No son dos fuentes sino una sola que se alimenta de dos aguas. El talento convierte los sentimientos y los hechos en motivo literario. Pero están ahí. Nada puede hacerse si en el corazón no existen. Puedes inventarte personajes o tramas. Pero no las emociones. 

Katherine Prue Reding, Whitmore como apellido de casada, conoció a Salinas en 1932, en Madrid. Ella había estudiado lengua y literatura españolas y ejercía como profesora. Él estaba casado pero, entre ambos, nació un amor profundo y que resistió el paso de los años y la distancia. La correspondencia entre ambos abarcó desde 1932 a 1947 y se conservan casi trescientas cartas de él. En cambio, las de ella no están disponibles y no se han publicado. Pero basta con leer las del poeta para entender el sentimiento que los unía. Son cartas en las que se habla de todo, de la vida cotidiana, de libros, de pensamientos, de ideas, de hechos, porque los enamorados manifiestan su amor por medio de las palabras, sean estas las que sean y cuenten lo que cuenten. 

Aquello fue, a juicio de Katherine "emocionante, alegre, devastador y triste". Y las palabras de Pedro Salinas definen ese amor de la forma única en que él sabía hacerlo "El amor no es otra cosa que localizar en un ser, en un nombre, en una vida, dentro de los límites de un rostro y un cuerpo, todo un mundo de abstracciones y anhelos, de espacios infinitos e irrealidades sin medida. Todo toma cuerpo y carne"

Así es. Incluso ahora, sin papel, sellos ni sobres, el sonido metálico del correo electrónico nos traen y llevan cartas. Cartas de amor. Imperecederas. Escritas "con la imborrable tinta de mi sentimiento".



jueves, 10 de marzo de 2016

Manual para entender a los hombres


No me equivoco si digo que las mujeres pasamos un número considerable de horas de nuestra vida intentando descifrar asuntos en los que los hombres son los invitados estelares. Desmenuzamos sus actos, sus motivos, sus sentimientos, su forma de ser...Nada escapa a nuestra minuciosa investigación. Si esas horas las dirigiéramos a crear una obra de arte o a la investigación científica, llegaríamos a conseguir unos cuántos premios, incluso de los importantes. Desconozco el motivo de nuestra insistente voluntad de saberlo todo de ellos o de explicarnos sus porqués. Y, dado que, a pesar de todo ese cuantioso tiempo no parece obtener conclusiones fiables (porque se habrían publicado en las más serias revistas) me pregunto si es que estamos investigando una no-realidad. 

¿Qué es la no-realidad? Pues un McGuffin, algo que no existe. Es decir...¿qué pasaría si el problema de esta absoluta oscuridad en la que el comportamiento masculino se desenvuelve es que no hay nada detrás? ¿que es una improvisación sin fundamento? ¿que los hombres son más simples de lo que pensamos e, incluso, de lo que ellos creen? 

Los chistes sobre el tema pululan por todos los formatos. Y desde hace muchísimo tiempo. Pero las mujeres continuamos impertérritas buscando soluciones al enigma. Los hombres son nuestra mejor y mayor dedicación, salvando excepciones, desde luego. Dado que no conseguimos avances en nuestras pesquisas, la frustración es enorme y terminamos tirando la toalla. 

Sin embargo, mi experiencia me dice que con los hombres, el camino más sencillo es el real. Y que la respuesta más sencilla es la verdadera. Y que la idea más sencilla es la que les ha surgido en su cabeza. Y que todo es muy sencillo. Mucho más sencillo de lo que pensamos. On-Off. Y se acabó la cosa. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Las hadas y las brujas

Existen mujeres que son verdaderas hadas. Gente de tan buen corazón que son capaces de sufrir por todo. Y por todos. Dispuestas a entregar su corazón para que se lo rompan a pedazos. Cuando esto ocurre, recogen los pedazos con gesto resignado y vuelven a unirlos cuidadosamente para, de nuevo, sin solución de continuidad, entregarlos a alguien que lo rompe sin mirar apenas los añicos. Las hadas no utilizan la cabeza para pensar sobre las cosas y sus impulsos las convierten en presas fáciles para todo aquello que los demás deseen. Ellas no desean nada, solamente agradar. Ser perfectas es su verdadera obsesión y la persiguen en todo lo que hacen. Sin lograrlo porque, ya lo dijo alguien a quien José Luis Garci consideraba un dios; "Nadie es perfecto". Y por allí estaban Jack Lemmon y Tony Curtis para certificarlo después de que una rubia estilo Marilyn Monroe se bajara de un tren tocando un instrumento acompañada de una morena con el aire de Jean Russell. 

Existen mujeres que son brujas. Buscan el modo de salirse con la suya a toda costa, no admiten un no por respuesta y van contra las hadas sin piedad. Si hay algún hombre por medio, las brujas se disfrazarán de todos los espejismos posibles y roturarán sin fijarse siquiera el camino de cuantos se interpongan en su paso. Las brujas no tienen corazón. Son capaces de coger un vaso de cristal entre sus manos y estrujarlo sin piedad, de manera que los pequeños trozos transparentes queden incrustados para siempre en la retina del observador que, horrorizado, es la víctima momentánea de sus desmanes. Si persiguen a un hombre no dejarán nunca que se escape. Son las depredadoras del amor, pero no lo conocen, simplemente lo degeneran. 


Ni ella ni vosotras queréis ser hadas ni brujas. Mujeres nada más. Y nada menos. Mujeres normales y corrientes, gente que vive y deja vivir. Cabeza y corazón al unísono. Errores y aciertos. Virtudes y defectos. Gente que se enamora y acepta tanto el amor como el olvido. La gente de verdad. Ni hadas ni brujas. Esa clase de gente anónima y sencilla que son la sal de la tierra. Como ella y como vosotras. 

martes, 8 de marzo de 2016

Quiero ser Lizzie Bennet


Tengas el rostro que tengas, quiero ser como tú. Quiero ser Lizzie Bennet. No quiero ser una mujer que necesite a un hombre, sino la mujer que un hombre necesita. No quiero estar sujeta a convencionalismos, ni juzgarme a mí misma demasiado severamente. No quiero avergonzarme de mi familia, sino aceptar el destino y lo que me ha deparado. No quiero esperar en falso, sino ser capaz de disfrutar de cada instante. Porque mientras esperas algo mejor, la vida pasa. 


Lizzie Bennet no es un dechado de perfecciones. Es una persona normal. Algunas de sus cualidades son atractivas: su sonrisa, su ingenio, su ironía, su alegría de vivir, sus ojos vivarachos, sus ganas de disfrutar, su costumbre de reírse de sí misma...Tiene algunos defectos importantes, como esa propensión a juzgar demasiado a la ligera y de guiarse de su intuición más que de los hechos probados. Todos tenemos defectos. Ella también. 


Lizzie Bennet es una mujer sensata. Cuando se enamora lo hace a la vez con la cabeza y el corazón. No busca el amor, sino que lo encuentra. E, incluso, se equivoca la primera vez y confunde sus sentimientos por el atractivo y tramposo Whickam. No era este el hombre que ella pensaba pero, antes de eso, acepta con deportividad que él prefiera a una chica fea y pecosa con una renta de tres mil libras al año. Así son las cosas y así ella considera que han de actuar los hombres sensatos sin un penique. 
Cuando conoce a Darcy no siente nada especial, porque, además, él la rechazará con contumacia. Precisamente porque advierte el peligro que supone una mujer inteligente que no se deja deslumbrar por su renta, su posición o su belleza. Más tarde, Lizzie rechazará la declaración de amor de Darcy, primero, porque lo considera un hombre indigno que ha faltado a la palabra de su padre respecto a Whickam y segundo porque cree que ha hecho daño a su hermana impidiendo su unión con Bingley. 

Pero en este rechazo también hay mucho de orgullo, el mismo que ella achaca y con razón a Darcy: el orgullo estriba en rechazar a un hombre porque no actúa como ella considera que merece, porque ella es la hija de un caballero y él un caballero, luego, afirma Lizzie, están en pie de igualdad. Esa conciencia de sí misma, a pesar de que no tiene un penique, es lo que más me gusta de Lizzie, por eso quiero ser como ella. 

Quiero ser como ella porque es capaz de ser discreta, sin ser oscura. Porque el amor a su familia no impide que vea sus defectos. Porque acepta con naturalidad y sin dramatismos el hecho de que la conducta de Lidia hará que pierda para siempre el afecto y el respeto de Darcy. Porque le gusta andar, pasear, perderse en los parques del hermoso entorno de Pemberley. Porque es afable, afectuosa y comprensiva con la juventud y la timidez de Georgina, la hermana de Darcy. Porque es firme, resuelta y nada servil al tratar con Lady Catherine de Bourgh, con toda su alcurnia y su altanería. 

Quiero ser como Lizzie porque es capaz de rectificar cuando ve que se ha equivocado. Porque no le duelen prendas cambiar de opinión y pedirle disculpas a Darcy. Porque hace bromas con él cuando todos los demás le tienen miedo. Porque, a pesar de que sabe con certeza que las hermanas Bingley la odian y la envidian, ella no reacciona con villanía ni con afán de venganza, sino con una perfecta educación aunque sin miedo a sus añagazas y sus trucos de mujeres despechadas. 

Quiero ser como Lizzie porque tiene claro cómo es, quién es, de dónde viene y de qué manera disfrutar de la vida. Porque consigue caernos bien a todos los lectores de "Orgullo y Prejuicio" sin hacer alharacas. Porque, al final, enamora siendo ella misma al hombre que cualquiera soñaría para sí: Darcy, el caballero, el hombre que abandonará su orgullo para entregarle su corazón sin reservas, el hombre que pasará de ser reticente a estar entregado, el hombre que comenzará rechazándola en un baile para acabar loco por la mirada de sus ojos castaños. 
Definitivamente, quiero ser Lizzie Bennet. Mucho más que cualquier otra cosa en el mundo. 
Y aunque en estas imágenes tiene el rostro de Jennifer Ehle en 1995, podría ser cualquiera de nosotras, porque no es la perfección de sus rasgos ni su belleza exterior lo que importa, sino la forma de enfrentarse a la vida, de disfrutar de ella sin aspavientos y de sentir hasta el fondo tanto lo bueno como lo malo. La intensidad de Lizzie, no exenta de una serena perspectiva de que todo en la vida pasa, eso es lo que admiro en ella. Quiero ser Lizzie Bennet, ya lo he dicho. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Pañuelos para prestar


Cuando a los hombres se les llamaba caballeros y no existían los pañuelos de papel, las lágrimas de las damas se enjugaban con pañuelos como estos. De hilo, de algodón, bordados, con iniciales... Llorabas y la mano masculina estaba presta a acercarte uno de ellos. Si lloras en nuestra vida actual tendrás que rebuscar un clínex en el bolso o conformarte con usar el puño de la camisa. Así están las cosas en cuanto al llanterío se refiere. 

Lo dijo un clásico: Si el llanto de las mujeres fecundara la tierra, de cada lágrima brotaría un cocodrilo. El clásico al que me refiero celebra este año el cuatrocientos aniversario de su muerte y era un gran conocedor de las mujeres. Los hombres de ahora, muchos de ellos, no llevan pañuelos de tela en el bolsillo pero están seguros de que el clásico tenía razón y de que el invento de los clínex es el primer paso de la emancipación de la mujer en el siglo XX. 

En la película "El becario" con Robert de Niro y Anne Hathaway, la chica, que es una brillante ejecutiva de venta on-line se desliza por la pendiente de las lágrimas al comprobar que su marido la engaña. El motivo del marido para engañarla con otra es muy sencillo: trabajas mucho y yo me aburro. Ya se sabe que las mujeres ejecutivas son proclives a ser engañadas. Ya sabemos que los maridos-de-mujeres-ejecutivas tienen derecho a engañar por el simple hecho de que se aburren. Son unos tíos sufridos, a más no poder. Tienen que soportar la dura vida del alpisteador terrestre porque sus mujercitas están empeñadas en trabajar duro. Pobres chicos...la resignación masculina no tiene límites.

Pues bien, en la película, con mensaje dudosamente emancipador y lleno de tópicos tal y cual, De Niro, que se empeña en aparecer feo aunque haga de hombre de la calle, es tan elegante que tiene en su vestidor montones de cajas con pañuelos de tela. Él los llama "pañuelos para prestar". Las destinatarias del préstamo son, inevitablemente, mujeres. Ninguno de estos cinematográficos guionistas conocen el axioma de mi madre, repetido hasta la saciedad en una casa cuajada de hembras: "Las mujeres no lloran, los que lloran son los hombres". 

Tan suaves, delicados, transparentes y hermosos son esos pañuelos; tanto aliento rezuman; tanta calidez transmiten, que la protagonista de la película, en el lloro final, ese que anticipa la reconciliación con su marido (porque él se da cuenta de que su mujer es una brillante-ejecutiva-que-trabaja-etc-etc-) después de que este le pida perdón por haberla engañado todas las veces que una tía con el culo en su sitio se le ha puesto por delante, echa de menos, cómo no, uno de esos pañuelos que, con tanto arte, ha ido tendiendo Don Bob durante toda la película. "Sí, le dice al marido, te perdono. Pero ahora necesitaría tener a mano un buen pañuelo para prestar". 

Presiento que, pasados un par de años, el marido de la brillante ejecutiva volverá a engañarla. Presiento que las lágrimas de ella tendrán una continuación perfecta porque se enterará del engaño (las brillantes ejecutivas no son nada tontas, aunque tengan un CI de superdotadas). Presiento que De Niro no volverá a ofrecerle un flamante pañuelo (porque, en estas, se ha encariñado con una masajista que se parece sospechosamente a Rene Russo) y presiento, al fin, que nuestra Anne, querida, tendrá que acostumbrarse a sorberse las lágrimas o a enjugárselas con el menos glamuroso clínex.

Yo le daría un consejo: Usa los embozos de las sábanas. Son el mejor modo de que las lágrimas, que han de ser nocturnas y secretas para que los clásicos no se empeñen en tener razón, se evaporen en el silencio de la noche. 

La fidelidad está sobrevalorada


Las dos amigas hablaban apaciblemente en una de esas tardes sevillanas que anticipan el gozo. Las estaciones se suceden aquí en una perfecta sincronía, en un movimiento pendular que no se puede  detener. Aunque, al fin, ya lo sabes, todo es primavera. Incluso la primavera se proclama ella misma víspera o promesa. Todo es esperar algo que está a punto de ocurrir. Y, que si no ocurre, como hoy, te dejará una herida. 

Las dos amigas hablaban del amor. De qué otra cosa si no se podría hablar en esa tarde abierta al sol junto a una plaza circular y llena de locales que ofrecen al cliente no solo bebida, ruido o bienestar, sino miradas, gestos y un movimiento palpable de cuerpos que quieren acercarse, como un batallón de soldados al límite. Las dos amigas eran conscientes de todo mientras compartían confidencias y reflexionaban sobre la naturaleza de aquello que más les importa: el sentimiento amoroso, la entrega, la vida en el otro, al fin y al cabo. 

Ellas son muy distintas pero coinciden en que lo mejor de todo es la pasión amorosa, que nadie debería desconocer y que tendría que ser obligatoria, de serie, sin duda. Que, si fuera posible, no tendría que acabarse. Pero las dos conocen el fin de la pasión y el comienzo del tedio y la permanencia del cariño. En una perfecta elipse abordan aquello que más les intriga: el encuentro amoroso fuera de toda norma, de toda convivencia, al aire, solo. Hablan de la fidelidad, de los amantes, del brote del deseo. Ambas concluyen, sin demasiado esfuerzo, que ser fieles no es un mérito, ni un logro ni una lucha. Es una consecuencia. De sentir, lo primero. Y de ser, lo segundo. 

Para una de ellas, esa fidelidad es atributo innecesario, marchamo que ni está ni se le espera. Para la otra, ser fiel es la manera en que su cuerpo responde solamente al hombre que ama. Y aquí tienes un hombre que te ama, dijo Browning. Ella espera (de nuevo la palabra) que un día esta frase esté en labios de él. Pasión u olvido. No queda otra ecuación. 

jueves, 3 de marzo de 2016

Sonrisas y lágrimas


Un día ella se habló a sí misma: Créeme, estoy cansada de tus lágrimas. Cada vez que lloras noto que es más difícil recuperar la risa. Y sin ella no puedo vivir. Tus lágrimas son un peso que no se alivia con nada y me cuesta convivir con ellas. 

Se lo dijo a sí misma pero era como si una voz le llegara de algún sitio innombrado, de algún espacio interior desconocido. El mensaje era tan nítido que no parecía posible dejarlo de lado. Las lágrimas cansan, pensó. Si me cansan a mí, si esta voz interior me lo está recordando, es que cansan a todos y, además, son inservibles. Unas cuántas lágrimas al principio de todo, quizá. Pero esa sensación de humedad en los ojos que te sigue continuamente como si fueras una fuente que no dejara de manar, esa sensación es absurda. 

Ese día quiso recuperar aquello que había cultivado con esmero durante mucho tiempo. Aquello que había florecido casi sin darse cuenta. Una seña de sus identidades varias. Ella es muchas mujeres y una de esas mujeres, quizá la más fresca, potente y deseada, era la de la risa. La mujer que sonríe, que ríe y que disfruta. De manera que, al hilo de su voz, de ella misma, sin que nadie tuviera que escribirle un guión, consigo misma, como siempre antes, ella tuvo claro que llorar era una forma de vivir en el pasado y de no entender el presente. Que llorar era temer al futuro. Y por eso adoptó la manera risueña de afrontar la vida que siempre había tenido de la mano. 


martes, 1 de marzo de 2016

Libros sobre una máquina de coser


Ella se había quedado huérfana muy pequeña. Su padre murió en circunstancias trágicas y en plena juventud. Era un convencido luchador que dejó esta vida en defensa de sus ideas. Esa orfandad contribuyó a su espíritu soñador, con el que la vida se llenaba de elementos que la hacían más llevadera, más llena de ilusiones. El cine, la lectura y la cotidianeidad. Las peripecias humanas le parecían una fuente de interés y de posibilidades. 

Aprendió a coser como todas sus hermanas, porque era un aprendizaje que podía resultar útil y, sobre todo, porque era un adorno femenino. Hacía posible la creación de vestidos y de prendas que daban rienda suelta a su creatividad. Era una inventora nata. De hechuras, formas, colores, tejidos, mezclas. Todo en sus manos adquiría una nueva dimensión. Así la maquina de coser fue más que un mueble. Llegó a convertirse en una herramienta imprescindible para dejar volar la imaginación y crear cosas bonitas. 

Sobre la máquina, en un lado la caja de los hilos, colores, colores. Al otro lado, las telas, fascinantes, suaves, tibias. Y, en medio, en una esquina, en cualquier sitio que hubiera un pequeño espacio, un libro, el libro de turno, el libro que, en ese momento, concitaba su atención. De esa manera, el libro era el remanso, el sitio al que acudía indefectiblemente soñando con otros mundos lejos de su alcance. El libro, lleno de palabras, el territorio más seguro y más firme. Y, de vez en cuando, el concierto rítmico de la máquina en movimiento, un artefacto humano y amable, que se cuidaba con esmero y que se aceitaba y limpiaba continuamente. 

Es así como la recuerdas hoy. Sus libros, su máquina, sus manos. Una imposible nostalgia te cubre cuando unes los trozos de ese caleidoscopio y aparece su mirada ingenua, que nunca llegó a contaminarse de silencio, ni aun cuando todo se esfumó en su memoria.