jueves, 28 de abril de 2016

Mamá soy yo


(Madre e hijo pequeño. Mary Cassatt. 1844-1926)

Recibo desde hace algunos días toda suerte de publicidad acerca del Día de la Madre. En esos folletos que Internet trae a mi correo electrónico, sin que yo sepa a santo de qué las empresas, tiendas y marcas comerciales me tienen en su base de datos, se ofrece la oportunidad de comprar lo que ellos llaman con toda confianza "regalos para mamá". Como me conocen mejor que yo misma, aciertan siempre en las propuestas, porque Internet les ha lanzado a los ordenadores de los que hacen el marketing tal cantidad de datos sobre mí, que soy un folio en blanco sin dudarlo. 

Cuando mi hijo era pequeño siempre traía algo del colegio, un dibujo normalmente a medias, con flores y con casas de tejados rojos, que tenían escrito, con su letra irregular y de trazos grandes, algo así como una leyenda de la festividad. Quería a mamá de todos modos. Antes de eso, cuando era yo quien inventaba regalos para mi propia madre, tengo en la memoria algunos collares hechos artesanalmente, con cuentas de colores de esas que vendían en cajas de plástico y que ensartaba en hilos de plástico para convertirlos en suntuosas joyas que mi madre recibía con una sonrisa que, ahora que lo pienso, tenían un pequeño matiz de maternal ironía. 

Ahora que ya no recibo dibujo alguno porque los hijos están a otra cosa y que no invento colgantes ni pulseras ni otros adornos para mi madre, he dado en pensar que lo que hacen las casas comerciales es tenderme un señuelo. Quieren que recuerde que yo soy la mamá y que merezco el descanso del guerrero en medio de tanta incertidumbre y que debo, sin dudarlo, hacerme un autorregalo que levante polvaredas de alegría dentro del cubo del agua fría que ya describió Françoise Sagan, cuando mencionaba un rayo de sol que no era el rayo de luz de Marisol. No sé si me entendéis. 

Creo que les haré caso y algo caerá. No está mal la idea. De tanto recordarte que debes comprar algo por el Día de la Madre he adquirido la total certeza de que tienen toda la razón y no puedo darles con la puerta en la nariz. Si es que, ya lo he dicho otras veces, mi falta de personalidad se une a mi ayuna voluntad para negarme a él. Siempre lo escribo: Si tú me dices ven, lo dejo todo. 

martes, 19 de abril de 2016

Secretos de belleza



Puedes leer con atención todas las revistas de moda y estética que quieras. El guión apenas se desvía un milímetro. En las entrevistas que se hacen a las actrices, por ejemplo, todas afirman que sus secretos de belleza son apenas estos: Dormir mucho, tener la conciencia tranquila, hacer el amor con frecuencia y beber mucha agua. 

Salvando las distancias de nosotras, simples mortales, con ellas, podría pensarse que su agua es bendita, que colaboran con las ONGs del mundo mundial y por eso duermen satisfechas o que están acompañadas en la cama de Chris Hemsworth todas ellas. Como esto no es posible, siempre nos quedará la duda de si nos estarán engañando. 

En los interrogatorios policiales se marea al posible asesino haciéndole las mismas preguntas no sé cuántas veces. Con ello que consigue que entre en contradicciones. En las novelas de Agatha Christie, que son todas ellas de crímenes cotidianos y al calor del pudding, pasa igual. De tanto hablar terminan largando los detalles más inconfesables. Pues con las actrices bebedoras de agua y dormilonas a ultranza pasa igual: al final de las entrevistas nos suelen obsequiar, por eso de hacer publicidad pagada, con la lista de sus productos de cabecera. Y ahí se forma el lío. La lista de los "imprescindibles" suele tener, al menos, estos adminículos: hidratante de día, limpiadora y desmaquillante de rostro y cuello, ídem de ojos, nutritiva de noche, reafirmante de noche y de día, body milk, crema de manos y de uñas, lifting, antiarrugas (da igual que la receptora tenga veinte años), mascarilla facial y capilar, gel de algas, champú específico de tratamiento, regenerador capilar, acondicionador de cabello, ídem de pestañas y cejas, contorno de ojos, sérum, ampollas iluminadoras, esto como mínimo y sin contar los artilugios de belleza. 

Siempre me pregunto para qué necesitan esa legión de productos "confesados", si con agua y una almohada se sienten bellas. Por supuesto, nada se dice de los productos "no confesados". Del hialurónico, del bótox, de las ampollas de células madre (lo último, según parece) y de la cirugía, el gran pecado que aparece siempre borrado de su vocabulario. 


Expresiones como "me siento feliz con la cara lavada" o "lo natural es lo que mejor me sienta" no casa con esos armarios atestados de productos. Tampoco casa con que, pasando el tiempo, aparezcan más jóvenes que sus propias hijas o convertidas en sus nietas. Nos engañan. Claramente nos engañan. Y, aunque sepamos que esto es así, siempre nos queda la duda de que haya algo que ellas saben y que nosotras no sabemos. Algún verdadero secreto que esconden y que nos ocultan. Debería de estar prohibida esta publicidad engañosa que hace que nos sintamos culpables de no estar al tanto de los milagros. Esa sensación de que ves en la televisión a alguien que tiene diez años más que tú y que parece haber salido de "Sensación de vivir". Esa maldita necesidad de presentar una imagen llena de frescura, recién salida de la facultad, con los ojos brillantes, los labios rojos y la piel perfecta. Esa lucha absurda por convertirnos en algo que no tiene biografía, ni historia, ni apenas vida. 

sábado, 16 de abril de 2016

Un ramito de violetas


A lo lejos, sin que el tiempo las nuble, apenas sin motivo, quizá por inercia, sin amor desde luego, sin pasión, que eso sería pedirle demasiado a la vida, en forma de palabras, en forma de frases sencillas que no hablan de emociones sino solo de hechos...En la distancia, a través del aire y el teclado, en forma de voz tenue que saluda y repite la última palabra, en el recóndito espacio de un tiempo que no tiene principio y que acabará sin duda un día, tal vez no muy lejano...En un verso cualquiera, en un texto, en el fragmento de película que aparece en un cine de verano, en un artículo de prensa, en una imagen presentida, allí, en el aire, donde se oculta todo...De modo que aparezca cuando el día está más gris o ella está más cansada; de modo que recomponga apenas las piezas rotas de esa porcelana que un día cruzó su tiempo más exacto; de modo que parezca que la vida no ha terminado entera: solamente un espejismo pero cubierto de oloroso consuelo...Un pequeño haz de flores que se deshacen y que rodean el papel que no existe, la emoción inventada...


miércoles, 13 de abril de 2016

Corbatas

Con toda seguridad la mujer que mejor lleva las corbatas es ella, Diane Keaton. Las puso de moda en la mítica  película de Woody Allen "Annie Hall" y la incorporó a su vestuario desde entonces. La Keaton no es solamente elegante, sino que tiene estilo. El estilo es algo que no se compra ni se vende, que va cosido a la persona y que no puede imitarse. Lo tienes o no lo tienes. Sin más. 

Yo misma he llevado corbatas siendo muy jovencita en unos años en los que estaban de moda. Tenía varias. Eran finitas y de piel, negras, rosas, azul cobalto. También las tenía con pequeños estampados, de cashemere y con florecitas. Mi padre les hacía los nudos con precisión y acierto. Y yo las llevaba al instituto y luego a la universidad, con chaleco, con pantalones anchos y con camisas masculinas. Una gozada. 

Estos días he pensado en lo femenina que resulta una corbata bien llevada. Y también en que no sé hacerles el nudo. Si volviera a usarlas tendría que buscar uno de esos tutoriales de Internet en los que apareciera, paso a paso, la manera de hacerla. No sé qué tipo de nudo escogería pero, en todo caso, ya no sería seguramente lo mismo. 

No ha sido Diane Keaton la única actriz en vestir ropa masculina en el cine. Estaba, antes de ella, Katherine Hepburn y, en plan conquista del Oeste, la propia Doris Day como Juanita Calamidad o, más trágica, Joan Crawford, que en la lírica "Johnny Guitart" peleaba vestida de hombre contra Mercedes McCambridge, aunque su corazón latía como el de una mujer. No sé, sin embargo, por qué resulta tan femenino el hecho de llevar corbata o de vestir de hombre, pero es así y así resulta a los ojos de muchos hombres. Los caminos de la feminidad son insondables. Y la moda lo sabe.

lunes, 11 de abril de 2016

Ahora no es el momento


(Peregrine Heathcote. The nigth call)

La vida está hecha de momentos. A veces esos momentos duran una eternidad. Y otras veces, un soplo. Pero en la memoria suelen convertirse en ráfagas, en pequeñas alucinaciones que simplemente sabemos que ocurrieron por algún detalle que se quedó fijado en la retina. O por una anotación en un cuaderno, una libreta de pastas de colores y hojas lisas. Una libreta sin espirales, con cinta roja y cosida a mano. 

La impaciencia convierte los momentos en una suerte de tiempo expectante, vivido a medias. Esperar es un desafío a nuestras emociones. Ninguna de ellas está hecha para ser convertida en el paso previo de algo. No. es mejor tener claro que todo forma parte de una vida y que toda la vida ha de ser vivida como se merece. Queremos que el tiempo pase deprisa, pero cuando pasa advertimos que hemos gozado a medias, que hemos sufrido a medias. 

Una vez leí un libro. Era un libro ínfimo, con muy pocas páginas, mal impreso y con hojas ásperas y de color vainilla. Estaba traducido del idioma original y en su portada no había dibujos, solamente el título y el nombre del autor. El libro no era prosa ni era verso, sino esa forma extraña de aforismo tan propia del mundo oriental. Descubrí en ese libro una especie de guía, como una advertencia inusual sobre el peligro de anticipar, esperar y saltarse la vida como si fueran charcos que debiéramos atravesar con botas de agua y mucha prudencia. 

En ese libro se decía que todo el tiempo es tiempo. Que todas las horas forman parte del mapa de las horas. Que las emociones, los sentimientos y las ideas, los pensamientos, las acciones y las dudas, componen un mosaico indisoluble, que puede estar más o menos acabado, ser más o menos perfecto, pero que existe sin que podamos evitarlo. En ese mosaico está la facultad de vivir o de dejar pasar la vida. De experimentar o de esperar a que las flores salgan solas y se vuelvan a agostar. Esa elección es siempre nuestra, decía el libro. Una espera sin meta, una expectativa sin ansiedad, un deseo sin convulsiones. 

Así, de esa manera, tranquilamente, sin buscarte, sin nada más que rosas de perfil perfumado, así te quiero. Como el mar quiere a su agua. Sabe que volverá al cauce, aunque la riada inunde otras tierras ajenas. Sabe que tendrá sentido pese a todo. 

Es porque el tiempo pasa


(A woman reading. Ivan Olinsky) 

Amanece el día y respiras hondo. Te preguntas qué harás, si tendrás suerte, si habrá algún secreto compartido que surque el devenir del día. Te preguntas por todo y no hallas respuestas.

Llega la tarde y te detienes. Cumples con tus obligaciones, las externas y las que tú te has impuesto. Cavilas en silencio sobre ellas o simplemente pones el piloto automático y sigues adelante sin más. 

Aparece la noche y te sientas enmedio de un océano de dudas clamorosas que avanzan sin que puedas detenerlas. La mente ya no sirve. El caso es que hay momentos en que no entiendes nada. 

Si esto es así, si piensas con estupor que el mundo sigue girando sin ti y no parece echarte para nada de menos...Si te interrogas con cansancio acerca de lo que has hecho y lo que te queda por hacer...Si el trecho de la ilusión se acorta sin remedio y quieres acelerarlo pero no tienes fuerzas....Si buscas en los libros, en el arte, en la conversación, un hálito de vida que te impulse a luchar de otra manera...

Si todo esto te ocurre la mayor parte de los días...no lo dudes. Está pasando el tiempo, el tiempo pasa y tú, sin saber el motivo, tienes un vacío en ti que no llenará nada, salvo ese sentimiento que aparcaste, que no supiste dar, que no sentiste, que sientes en el fondo como algo inútil y sin correspondencia. 

Es el tiempo que pasa. Es el amor que huye. 

lunes, 4 de abril de 2016

Zapatismos...


Podría escribirse un libro de relatos con todas las aventuras que las mujeres vivimos a cuenta de los zapatos, sobre todo de unos zapatos inadecuados para el momento....Esa coquetería que nos impulsa a calzar lo bonito y no lo cómodo...Esa necesidad de que el zapato complemente adecuadamente nuestro look o que nos haga más altas o más esbeltas o más...

Los detractores del uso del zapato como una forma de presumir, los que afirman lo malo que es para la columna el uso del tacón alto, los que defienden a ultranza la comodidad sin más...no van a estar de acuerdo para nada en mi idea de que los zapatos pueden llegar a ser, sin dudarlo, un elemento de primer orden a la hora de componer el estilo. 

A mí me ha ocurrido de todo. En una ocasión, llevando un maravilloso vestido color lavanda, usé unos zapatos de tacón en color visón y me enganché uno de ellos en una alcantarilla, de manera que se rompió el tacón y todo mi contoneo se convirtió en el andar con cojera de alguien que no sabía donde meterse...Ni que decir tiene que aquello rompió el hechizo de la noche. Otra vez usaba unas sandalias de plataforma de doce centímetros y había una pista de baile algo azarosa, así que, en mis acentuadas contorsiones de chica rockera, di con las rodillas en el suelo, como si tuviera doce años y hubiera que ponerme mercromina. El chico, en esa ocasión, tampoco estuvo a la altura de las circunstancias, más bien a la altura del betún.

Un día llevaba unas botas altas de ante, negras y con una cremallera que la ajustaba mucho a la pierna. Empezó a picarme la pierna en un momento de casi intimidad en un pub, con tal intensidad que no pude por menos de descorrer un poco la cremallera para aliviar el dichoso picor. Pero, ay, la cosa fue a peor porque ya sabemos lo que ocurre en estos casos y la cremallera se sintió ofendida ante la vehemencia que yo demostraba contestando con su empecinamiento en subir o en bajar. Romanticismo a freír espárragos, ya digo. 

Sandalias de tiras finas que se rompen en un determinado momento. Zapatos de cordones que se enredan. Salones que resultan demasiado finos y te dejan la planta del pie hecha unos zorros. Hormas estrechas que te oprimen y te hacen llorar. Tiritas en los zapatos nuevos. Botas de Valverde a las que había que domesticar a fuerza de voluntad impertérrita. Todo eso y más puedo anotarlo en mis vivencias zapateriles. Aunque, claro, también hay grandiosos aciertos....que no desvelaré por no despertar la envidia de mis congéneres....

La última novedad en zapatismos es ir a andar kilómetros con un wonders de charol y tacón de siete centímetros. Qué queréis...encima lloviendo. Un contradiós que impide observar la radiante donosura con la que muevo todo al volante de mis zapatillas rosas de running. 

sábado, 2 de abril de 2016

Vestida de rosa


¿Sabes ya cuál es el color de moda esta primavera-verano? Si no lo sabes, ahí va: el rosa cuarzo. Es un rosa pálido como si un trozo de hielo se hubiera posado en la tela y le diera un aire transparente. A mí me encanta y ya me he agenciado una chaqueta, una falda y unos zapatos, eso de momento. Hay hasta vestidos de novia rosa cuarzo, ideales, como el de la foto, que se complementa con un bouquet de flores silvestres llenas de colores. 

Quizá te parezca una frivolidad seguir la moda pero, si reflexionas, no lo es. Supone una especie de aventura, un divertimento mágico que te acerca a la imaginación de aquellos que han estado buscando concienzudamente cómo sorprendernos. No se trata de seguirlo todo al pie de la letra, porque no podríamos, ni tenemos suficiente dinero, ni cuerpo, ni rostro, ni quizá, tiempo. Pero esos detalles que te hacen disfrutar de una compra acertada, de estrenar algo bonito con alguien que te gusta, esos detalles son incomparables. 

Así que no lo dudes. Búscate algo rosa estos días. La primavera está aquí por mucho que nos castiguen los hombres del tiempo (y las mujeres) con catastróficas previsiones. 

Sin que nada ni nadie


(Ilustración: Sophie Griotto)

He vivido en el centro del miedo. He lanzado preguntas y ninguna ha tenido respuesta. He sentido un volcán de lava derretida bajo mis pasos. He soñado que mi vida era otra. He querido ser alguien diferente. He llorado hasta que las lágrimas han volado. Me ha dolido el corazón sin que nada ni nadie pudiera darse cuenta de que las notas de mi melodía estaban apagadas. He sido cobarde para amar. He sido valiente para decir adiós.

Pero he aquí que, a miles de kilómetros del mundo, quizá en otra galaxia, la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo, la arena que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar, cálida y sin terrones. Los pies desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo. 

Sigiloso, un violín irrumpe en el silencio. Su doliente susurro me secuestra, me llama. Acallo su sonido con el mío. Como si me escucharas, entono desde dentro una canción muy vieja, una canción que se cose a mi piel desde que existe. Entonces sueño con mi vuelta a la vida, a esa callada, oculta, geografía de los besos. 

viernes, 1 de abril de 2016

Imagen de Abril


(Raoul Dufy. Niza)


Mi corazón abrilea cada vez que me llegan tus palabras, todas ellas fértiles, aunque tristes en ocasiones. Demasiadas salen de tu penumbra, de esa zona oscura en la que habitas sin remedio. Sin embargo, cuando vuelan y se remontan en el espacio virtual en el que somos, todas ellas parecen adquirir un hálito de vida. Esa vida es la que me recibe cuando escucho en Abril que hay violetas que mueren apenas nacidas. Abril se equivoca cuando intenta convertirse en un julio deshabitado. Cuando las lluvias se esconden y no quieren ensuciar el fino estambre de un pavimento seco.