sábado, 27 de agosto de 2016

Día de chicas


(Claire Bridge. Pintura)

Da igual como se llamen. Los nombres no significan nada. Lo que importa es ese sabor especial de las horas compartidas en las que ellas y tú entráis en el territorio aéreo de la amistad femenina. Las mujeres tienen mala prensa como amigas pero, cada vez más, llegas a entender que hay que separar el grano de la paja y que puedes desbrozar un campo plagado de amargos amarillos y hallar allí unas humildes amapolas como las de Monet. Ese campo surtido de rojo y verde prado en el que Cocó Chanel buscó la inspiración para sus tailleurs. 

Las tiendas son una excusa y recorrerlas un ejercicio acrobático, una coreografía de natación sincronizada, sin agua, sin piernas que pululan, sin horrendos uniformes chinos a base de colores duros. Bah. Es mucho mejor esto. Tiene más sabor y se escribe en letras cursivas. Las madres hablan con letras cursivas para que las hijas no descifren demasiado pronto los secretos de los desengaños amorosos. Las amigas se muestran entre sí llenas de esas cursivas irrenunciables. Todas guardan dolores de amor y todas tienen la misma sensación de que hay algo que se les escapa. 

Las mujeres de tu calle se juntaban para tomar café y para compartir la desilusión por el hombre ausente. Las amigas y tú volvéis a revivir ese rito de la complicidad en el que hay puertas cerradas y ventanas abiertas. Ni aun en los momentos más íntimos saldrán a la luz las verdaderas razones. No confesarás que lloras a veces sin motivo o con ellos. Ni que hay una especie de punzada antigua que reverdece y no se marcha. Pero hablaréis de colores. Sí. Este año de grises, mostazas, rosas empolvados, rojos prietos y ese azul, azul, azul, del cielo de Michaux. Tu t’en vas sans moi, ma vie./Tu roules./Et moi j’attends encore de faire un pas./

Hablaréis de tallas. Cada una de vosotras querrá ser diferente a cómo es. Y en el fondo, estará pensando en un "él" que en ese momento tomará displicente el vermut, con dos aceitunas y un cigarrillo en la mano. O el móvil, buscando un mensaje que no es el vuestro. O el periódico, hojeando los resultados del partido. Bah. Es mucho mejor esto. Sentarse en una esquina y beberse la risa que entre todas facturáis al por mayor cada día. 

Da igual como se llamen. Importa solo el brillo de los ojos que ningún "él" reconocerá porque no puede verlo. Importa solo el gesto de las manos, la curva graciosa de los pies al probarse ese zapato que tiene el reverso del color del granate. Importa solo el mohín de los labios, con ese rouge que los "él" que existen por el mundo no les gusta besar. Importa solo ese instante feliz, entre todas las cosas, revuelo de tejidos, inmenso escaparate, en que las horas pasan sin esperas, sin nada más que esto, una pequeña parte de un pastel hecho de la dulzura de la vida. 


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