martes, 1 de noviembre de 2016

Atrapada en la Red


Las chicas de "Sexo en Nueva York" no solamente abren la puerta de las confesiones acerca de qué y cuáles son esos tipos que las vuelven locas, sino que escriben en retales de colores las tendencias, elevan las marcas al olimpo de los deseos y taconean con agilidad sobre el suelo duro y pegajoso de la ciudad más cool del mundo. Las vemos y tenemos la sensación de que algo nos falta y de que ese algo es imprescindible. 


El Kelly de Hermés rojo con el que sueñas cuando te remontas a esos deseos antiguos de pisar alfombras por doquier se transforma en un más clásico Prada, color hielo, absolutamente dispuesto para ser liquidado en un momento si su dueña no obtiene la satisfacción que las mujeres modernas necesitamos para seguir pisando fuerte en un mundo que, no nos engañemos, continúa siendo el paraíso de los hombres. Ellos, más viejos, más cansados, más diletantes, más absurdos, más inservibles, siguen capitaneando la búsqueda del santo grial de la emoción y nos obligan a nosotras a mostrarnos en la cúspide de la edad juvenil, como si el tiempo no pasara y el bótox fuera vitamina C. 


Alguien dejó dicho hace ya bastantes años que bastaba con recorrer a buena hora Rodeo Drive y sus tiendas exclusivas, bien provista de una tarjeta de crédito que un tipo guapo y con aires de intelectual "he estudiado todo" y "no sé hacer nada, sólo ganar dinero", entrega sin reservas para hacernos pensar que todo era posible, que los cuentos de hadas tenían visos de convertirse en realidad, simplemente esperando que su automóvil último modelo, gris metalizado, se parara por casualidad delante de ti, una de esas noches en las que lo deseas todo, sin explicarte el motivo. 


El precedente del deseo femenino de ser otra persona, de ser alguien, de no aparecer como invisible en los ojos del tiempo, de atrapar las miradas, de sentir que una es todo lo que se puede ser, es aún más antiguo y se refleja en el cristal donde, sin apenas descanso, entre un vaso de café de plástico y un croissant que acaba cayendo en el estómago como un obús, se muestran los artilugios del poder y el dinero: los diamantes, esos que son para siempre aunque no para todas. 

Hay sueños que distraen los sentidos y que te envuelven en una nube de sentimentalismo absurdo. Empiezas pensando que las alfombras rojas están a tu alcance y ahí se pierde todo. Contemplas a cualquiera de estas diosas y ya no remontas. Mejor revolver en la Red, te lo aseguro. Allí encontrarás el modo de compensar tu día malhumorado, el estallido cruel de las hormonas y, casi, el olvido sistemático de quienes deberían rendirse a tus pies. Comprar por Internet es ahora el espejo en que nos miramos las mujeres del tiempo de las hadas. No queremos ser brujas.



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