lunes, 24 de abril de 2017

Sombrerísimos

Clara ha sido hecha para soñar. Y sueña cada noche con aviones que no hagan escalas sino en el aire, mezclados con las nubes y lanzando en paracaídas ejércitos de rosas.

Así lleva sombrero cada vez que se asoma a la ventana, por si ocurriera, no lo quiera Dios, que un hilo de aire sin permiso cruzara su cabeza y alborotara el pelo que antes, en forma primorosa, ha posado sobre ella con manos delicadas.

Esther entró una tarde en una confitería y halló un trozo de pastel debajo de un cristal. Y el pastel tenía encima un poco de chocolate, del que Esther se prohibe cada día. Y pensó que aquello era una señal y que podía, desde entonces, chocolatear a gusto.

Así se levantó con precaución el ala del sombrero y se asomó a la tarta, posando su lengua sobre la fina masa oscura y casi líquida y llegando a pensar que eso era el milagro que esperaba mientras paseaba en la tarde de abril.

Elvira es una mujer presurosa. Atraviesa la ciudad apenas sin verla. No tiene ojos para contemplar las acacias japonesas que jalonan su plaza. Las acacias lanzan bolitas blancas cuando el viento las mueve. Y ante ellas, enfrente de esa masa vegetal que la cerca, Elvira suela pasar con los ojos bajos, protegida por el ala de su sombrero rojo, grande, recto, tieso y sin concesiones.

Así Elvira se protege del vacío igual que lo hace Miriam, que sonríe pero no niega nada, que mira pero no tiene ganas de ver lo que hay delante y prefiere conservar lo que hay dentro y mirar las cosas que antes estaban con ella y que desaparecieron porque la vida crea pasajes ardientes sobre los cuales hay que transitar sin remedio.

Coral a veces se pregunta si alguna tarde, cuando se sienta enfrente del edificio enorme de la iglesia, verá salir de ella a alguien que le recuerde a sus padres. Se coloca justo en la mesa que dobla la esquina, así todas las perspectivas están cubiertas, porque ella, Coral, ahora se siente sola desde que ellos se fueron. Y no encuentra palabras para pedir ayuda, no tiene tiempo, ni acento, ni palabras. Si supiera cantar, dice Coral, con este acento tan cerrado, podría ser una artista famosa, sonreír y convertirme en otra cosa. Reviviría y dejaría de ser un paraíso del pasado anclado en el presente y sin futuro.

Vamos a usar sombreros, dice Adela, tenemos que ponerlos de moda. Yo soy muy frívola y soy capaz de hacerlo. Sombreros en la tarde, cuando anuncia la noche que vendrá nuestro miedo a visitarnos. Sombreros en los amaneceres, si esa luna sigue ahí vigilando. Sombreros en el día mediado con el sol en la frente. Sombreros en las bodas y los atardeceres. Sombreros en el sueño y en los brazos del otro. Sombreros que recojan trajes de raso y fieltro.

Sin otra preocupación que ser espía de la vida, que abalanzarse sobre ella y convertirse en aire, que soñar en todo lo que nunca ha conseguido pero que sus manos quieren asir, desde luego, así Ana-Luz tiene la seguridad de que no está sola en un universo en el que haya hombres que sepan abrazar cuando conviene y en el que haya mujeres que puedan sonreírse el día que ella resbala subida enormemente sobre unos zapatos que tienen diminutos botones de cristal en ambos lazos y medias de brillo transparente y una enorme luz blanca en los guantes, que reposan sobre los codos y se apoyan en la barra del bar en donde espera sin que pierda nunca la esperanza, porque sabe que esperar es el secreto y creer es esperanza aunque la vida te dé la espalda a veces.

Sombreros para cubrir los rostros de las mujeres bellas que quieren avisar de lo que son. Sombreros para escapar del sol y las mareas. Sombreros para sonreír sin ser vistas. Sombreros para engañar a los visitantes inoportunos. Sombreros para buscar lo que no se halla por mucho que lo intentes. Sombreros para calmar la vida y que no sea tan dura ni tan firme. Sombreros para amparar la ternura y hacer que se convierta en dulce de algodón, en azúcar morena. Sombreros para decir adiós si es menester. Para mentir, susurrar, despreciar, odiar y ser indiferente a lo que hay al otro lado del andén.

jueves, 20 de abril de 2017

Labios pintados


A veces te sientes fea. Tienes un mal día, de esos en los que has dormido poco, estás preocupada o no aciertas con el vestuario. Puede ocurrir también que estés cansada y no hayas dedicado tiempo suficiente a arreglarte. Los ojos tristes afean a las personas. La mirada triste, la convierte en alguien sin brillo y sin luz. Puede ser también que alguien te haga sentirte fea. Si es alguien a quien quieres o aprecias eso te dolerá, te hará preguntarte si tiene razón y, en todo caso, tendrá siempre razón porque es a esa persona a quien quieres parecerle guapa. Todas estas casuísticas se suceden en el día a día y es complicado encontrarles salida. La cara es el espejo del alma y un alma desolada, desesperanzada, refleja una oscuridad inevitable. 

Y, aunque es difícil, por los tiempos en ocasiones no te dan permiso para alegrarte, siempre puedes tener a mano un lápiz de labios para mejorar tu ánimo. Si. Aunque parezca superfluo, extraño, raro o frívolo. La frivolidad es una buena solución para la tristeza. Si te ríes de ti misma y te ríes de esa situación que te disgusta y que no puedes a veces evitar, vas a ver como eso tira de ti, te hace remontar aunque no quieras. Y, en esa remontada, los labios rojos, rosas, dorados, anaranjados, son un espejo en el que mirarse. Píntate los labios y piensa que hay idiotas en todas partes. Y muchos llevan smoking. 

sábado, 15 de abril de 2017

La culpa es del chocolate


A Nora le gusta el chocolate a rabiar. Es de esas personas que tienen que culminar la comida del día con un trocito de algo dulce, si es chocolate mejor. Pero desde que se enamoró de Alberto ha suprimido esa deliciosa costumbre. Dice que engorda y que estropea los dientes y que tal y cual. Se priva de ese pequeño detalle y, si acaso, se permite el lujo de tomar una pequeña porción o un bomboncito una vez al mes. 


Aunque eso era antes. Nora ha descubierto que no le gusta nada a Alberto. Vamos, que él se lo ha confesado abiertamente. Le ha dicho que ella es simpática y mola y eso, pero que no le gusta como pareja, que no quiere tener nada amoroso con ella, salvo una amistad. Eso ha destrozado a Nora, porque estaba convencida de que llegarían a algo más. Pero si él dice que no, será que no. 

Lo de la amistad ella no lo ve nada claro, sobre todo al principio. Augura que sufrirá y a Nora no le gusta sufrir. Le parece que Alberto es tela de egoísta. Y que ella no está para pamemas de amistades imposibles. Está desorientada. No sabe qué hacer. Por eso escribe al Roperito en busca de consejo. 


Veamos: 

Querida Nora, haces bien en suponer que la situación para ti es muy desventajosa. Él podrá continuar hablando contigo cuando le apetece, contándote sus historias y demás, porque no sufre lo más mínimo. Incluso te preguntará, tan fresco, si sales con alguien y si te has enamorado. Eso es el colmo de la hijoputez pero no lo descartes en absoluto. Ocurrirá. Dará la impresión de que se preocupa por tu bienestar pero, en realidad, lo pregunta porque no tiene el mínimo sentimiento y porque no se pone en tu lugar. Es un egoísta. De esa clase generalizada de egoístas masculinos que pululan por ahí. 


Por eso, cuídate tú misma, ya que él no te cuida en absoluto. Deja de hablar con él, corta todo el contacto y no lo retomes (si te apetece hacerlo) hasta que no estés totalmente segura de que te importa un rábano su persona. Ante la duda, abstente. Borra sus fotos, bloquea su teléfono, sal de sus redes sociales, aléjate en una palabra. Pero de verdad, no te engañes a ti misma. No pienses tampoco que podrás tirar del carro hablando con él a diario. No. Eso será imposible. Te enredarás y caerás una y otra vez. Y él será indiferente a ese cansancio que te va a causar la situación. Créeme, lárgate cuanto antes. 

Y, querida Nora, permíteme un lujo. Durante una temporadita toma todo el chocolate que te apetezca. A freír espárragos la báscula. Y más lejos aún, Alberto. 

miércoles, 12 de abril de 2017

Si lo tienes claro... ¿por qué no lo haces?


(Joven dibujando. Pintura. 1801. Marie-Denise Villers)

Este blog, habitualmente tan frívolo (la frivolidad es una cosa seria), se reviste de trascendencia para tratar un tema que me preocupa. Y esa preocupación creo que es compartida por otras personas, hombres y mujeres. Quisiera separarla de la moda de hablar de los asuntos emocionales desde el prisma de la autoayuda, el coaching y toda esa sarta de idioteces que únicamente sirve para adormecer los sentidos. Pero hay una realidad que existe y que aparece en nuestras vidas y que forma parte de nuestra evolución como personas. 

¿A qué me refiero? ¿A qué se refiere el título de esta entrada? Pues a todas esas relaciones que no te convienen, que no te aportan nada, o que te aportan sinsabores, disgustos, tristezas e, incluso, somatizaciones. No se trata de creer que en la vida nuestra socialización está siempre presidida por el placer, la bondad o la empatía. No. Pero tampoco es de recibo pasarlo mal a sabiendas. A ver. Hay tontos con carnet, gente mala, imbéciles de tomo y lomo, cursis de tres al cuarto, y, en definitiva, personas de las que es mejor pasar. Incluso aunque no lleven mala intención. Te fastidian y punto. Ese fastidio es mayor si tú tienes sentimientos positivos que, continuamente, se ven contrariados.

Esto no se puede confundir con el desamor. No. Eso es otra cosa. Si quieres a alguien y ese alguien no te corresponde, se puede gestionar bien por ambas partes. Con honradez y con generosidad. Con comprensión y respeto. Sin mochilas, pero sin juegos malabares. Limpiamente. No. Hablo de otro tipo de relaciones, que ahora llaman tóxicas y que toda la vida han sido inconvenientes. Gente con la que no merece la pena tener complicidad porque se volverá contra ti. 

¿Por qué no somos capaces de dejar atrás aquello que no nos está proporcionando nada más que desventuras? ¿O molestias, para no ser tan exagerados? Esa es una pregunta difícil. La psicología tiene mucho que decir. Y el sentido común. Para no sentirnos solos o más solos. Porque no sabemos hacerlo. Porque tenemos miedo. Porque no nos terminados de convencer de lo mal que nos sienta. Porque no queremos herir a nadie, aun a costa de que nos hieran a nosotros. Porque se establecen dependencias emocionales difíciles de evitar. Hay muchos motivos. Y una verdad sobre todas: nuestra educación sentimental es muy deficiente, yo diría, inexistente. Así no hay modo. 

Deberíamos aprender a entendernos mejor, a distinguir nuestros sentimientos, a hacer buen uso de ellos, a no malgastarlos, a no fingir, disimular o actuar. Deberíamos aprender a defendernos cuando nos intentan convertir en culpables, cuando nos lastiman y cuando nos tratan de una forma no adecuada. No es fácil, ya lo sabemos, pero es una educación tan precisa como la cultural, la científica o la humanística. Y mucho más necesaria y útil. Tanto, que resulta increíble como podemos pasarnos sin ella. La única que tenemos proviene de nuestra experiencia, de la de los amigos o familiares cercanos que pueden transmitirla, pero nunca de un conocimiento sereno y seguro de uno mismo. De una mirada firme y verdadera a la realidad. Ah, la mirada. El secreto de todo lo que se percibe. Cuánto depende de que sea la correcta y de que nos fiemos de ella. 

Algunas palabras son fundamentales: autoconcepto, autocontrol, autoestima. Saber cómo somos, sin falsas expectativas y sin condenas a priori; sin exigirnos más de lo que podemos y sin criticarnos continuamente. Saber gestionar nuestra emoción, nuestros sentimientos, pensamientos y conductas. Saber que tenemos capacidades y talentos para aportar a la sociedad y a nosotros mismos. No dejarnos hundir porque alguien no nos quiera o no nos proteja. Reconocer la manipulación, huir de las dependencias hacia otros o de otros a nosotros mismos. Cuidarnos. Cuidarnos. Somos nuestro más preciado tesoro. Es difícil. Pero deberíamos poder hacerlo. Deberíamos. 

Quizá al escapar advirtamos un enorme dolor. Quizá echemos de menos muchas cosas, porque no seremos capaces nada más que de notar el vacío. Pero el tiempo irá pasando y entonces la serenidad y la paz sustituirán a la zozobra. Y el vacío se llenará de cosas positivas. Y no tendremos miedo. Ni nos sentiremos miserables ni inseguros. Y nos perdonaremos a nosotros mismos. Y dejaremos de sentir el alma atenazada. Y avanzaremos. Y entonces será el momento de ser libres. Ser libres es hacer lo que hay que hacer cuando se tiene claro. ¿Por qué no lo haces?