domingo, 25 de junio de 2017

Mini, midi, maxi


(Modelito midi de Adolfo Domínguez para el verano de 2017) 

He leído por ahí que el largo de las faldas es un indicador de la economía. A más crisis, faldas más cortas. La minifalda fue una conquista femenina que ha perdurado en el tiempo y que reaparece cada año en múltiples versiones. Durante algunas temporadas los vestidos largos quedaron reducidos a las noches de fiesta o a las bodas. Y los midi, esa media largura que no a todas sienta bien, mucho más relegados incluso. Sin embargo, este verano el eclecticismo se impone. Y se lleva todo. Con una salvedad: lo que mejor te vaya. 


(Minifalda de piel de Uterqüe, colección 2017) 

La frase "esto se lleva mucho" nos ocupa a las mujeres desde la adolescencia hasta, eso espero, el final de nuestros días. Pero internamente todas hacemos una expresiva mueca de disgusto cuando nos encontramos con que la moda, esa moda precisamente, nos sienta como un tiro. Para eso están los espejos y, cuando somos pequeñas, las madres. Aunque madres que adoban la autoestima de sus hijas a base de afirmar que todo les sienta bien, hay otras especialmente críticas que no dejan títere con cabeza. Últimamente, sin embargo, deben abundar las primeras, vistos los adefesios que se ven por la calle. No obstante, he ahí la pregunta: ¿Debe uno vestir según aquello que nos sienta mejor o dejarnos llevar por nuestro gusto y salga el sol por Antequera? 


(Vestido largo con cuello halter de Purificación García en el color de moda, amarillo/mostaza)

Sufro de una dualidad sin remedio. Por un lado, percibo la elegancia de quien sabe llevar en cada momento la prenda precisa y adecuada a su cuerpo, su estilo y su quehacer. Pero, por otro, cómo no admirar a quiénes se ponen el mundo por montera y visten como quieren, lo que quieren y cuando quieren. Difícil cuestión esta la de elegir un punto de vista. Porque depende mucho de tu propia historia, de tu propia crianza. Aunque parezca mentira, lo que hemos visto y vivido en la niñez nos salpica en todos los aspectos, también en este. 

Pondré algunos ejemplos que quizá ilustren lo que quiero decir. Una señora amiga de mi madre, aunque bastante mayor que ella, vistió hasta que se murió a su saber leal y entender. Los colores pastel con los que se prodigaba hasta cerca de los noventa, sorprendían en la calle y a las amigas. Pero ella perseveró en sus celestes, rosas y amarillos, en sus florecitas silvestres y en sus cuadritos, hasta que le dio la gana. Un poco como la reina de Inglaterra, pero sin ser reina, sino una honrada comerciante de ultramarinos. 

Otro caso. Una amiga de la infancia, única hija entre varios varones que, cada vez que se compraba alguna prenda, hacía un desfile de modas por su casa, entre los aplausos de padres y hermanos. Todos jaleaban a la niña, ole, ole, qué gracia tiene, qué guapa es, qué tipo tiene, etc. A mí aquello, que solía contemplar asombrada, me parecía una exhibición absurda, sobre todo porque la niña era sosa como ella sola, normalita del todo y no iba destinada a modelo de alta costura, desde luego. Pero así fue creciendo, entre palmas y palmas, con la autoestima por las nubes. 

El vestido, la moda, el atuendo, nos representa. Es la primera imagen que se percibe de nosotros. Nuestro arreglo personal será, para mucha gente, lo único que conozca de lo que somos. Por eso es importante. Lo que pasa es que vestirse no es disfrazarse. Y el disfraz solo tiene sentido cuando queremos ser otra cosa distinta de lo que somos. Una palabra, la naturalidad, que debe ser tan difícil como la elegancia o el gusto, me ronda la cabeza. Sin embargo, eso sí, me parece que el disimulo en la ropa envuelve el disimulo interior. Aparezco así porque no quiero que me conozcáis. 

Un amigo de toda la vida y una amiga de corazón han coincidido en lo mismo al hablar de mí estos días: No eres tú. Y no hablaban precisamente de la ropa. 

domingo, 18 de junio de 2017

Los caballeros las prefieren rubias: Joyce también

Cuando Anita Loos (1889-1981) le llevó al reputado director de publicaciones H. L. Mencken (te recomiendo la lectura de su "Vete a la mierda"), el original de su libro "Los caballeros las prefieren rubias", este le dio un buen consejo: Nena, te estás riendo del sexo y eso es algo que nunca se ha hecho en Estados Unidos. Te aconsejo que lo envíes a Harper´s Bazaar, donde se perderá entre los anuncios y no molestará  a nadie". 

La disciplinada Anita así lo hizo. Y he aquí que, una vez publicado por entregas en la citada revista, ocurrió un hecho insólito: los hombres empezaron a leerlo. Entre esos hombres estaba, según se cuenta en todas las crónicas, un señor llamado James Joyce. ¿Les suena, verdad? De modo que no hubo más remedio que reconocerle el éxito y publicarlo en forma de libro. Tres años después vio la luz la segunda parte "Pero se casan con las morenas" y el asunto llegó a las cuarenta y cinco ediciones. Hablamos de 1925 y 1928. Uffff. 

La guinda del pastel la puso un tal Howard Hawks que, en 1957, decidió rodar una película basada en ambos libros, escogiendo a dos chicas de sonoro recuerdo: Jane Russell y Marilyn Monroe. Uffff. Porque, a partir de aquí, se universalizaron los personajes y ya todo el mundo conoció a las chicas que Loos había creado con la aviesa intención de reírse de todos, hombres incluidos. La sana risa que contradice la lucha de sexos. Apunte personal: si los hombres y las mujeres se rieran más entre ellos y de ellos otro gallo cantaría. 

La rubia es Lorelei Lee y la morena Dorothy Shaw. Ambas son auténticas depredadoras que están en el mundo exclusivamente empeñadas en conseguir un marido rico. Antes de eso, sus miles de intentos fracasados ocasionan la hilaridad de los lectores, pues las dos tienen un consumado olfato para dar con hombres equivocados. La aparente inocencia de Lorelei y la inteligencia práctica de Dorothy, al final conducen al mismo callejón sin salida. Ni una era tan inocente, ni la otra tan lista. 

En resumen, son las dos caras de una moneda y quizá se les pueda aplicar esa sentencia tan castiza de los pueblos de la campiña andaluza: Es muy cortita, pero, para algunas cosas, es muy larguita. No hay hombres ideales, es la conclusión, todos ocultan algo, por más que se maquillen de triunfadores, vencedores, maravillosos y geniales. Dorothy y Lorelei son las primeras mujeres modernas  capaces de darse cuenta y de reconocer que no es oro todo lo que reluce. Y, al fin y al cabo, qué más da, se dicen a ellas mismas, tampoco hace falta que hayan descubierto América...basta con que tengan una buena casa en Mayfair y un yatecito anclado en Mónaco y que asistan a la bolsa de New York con la esperanza de que sus acciones prosperen. 

El trasfondo del argumento es harto sombrío, hosco, transgresor. Los años 20 y la Ley Seca, paraíso de los delincuentes, los gángsters y los negociantes de poca monta. Acidez, ingenio, humor, son los ingredientes básicos del cóctel y, quien sabe, si no son, en realidad, los ingredientes básicos de cualquier acercamiento al mundo masculino. Si Dorothy y Lorelei acaban concluyendo que a los hombres no hay quien los entienda, no voy a ser yo quien les enmiende la plana. Ni a ellas ni a la sabiduría pionera de Anita Loos. Otra apostilla: A los hombres no hay quien los entienda. Aunque ¿es necesario entenderlos? ¿no debería bastarnos con que nos hagan reír? 

Ella, Anita, había escrito los rótulos para las películas del cine mudo, algo que parece poca cosa pero que debía ser dificilísimo pues se trataba de condensar en una frase toda una escena. Además, ejerció de articulista en revistas consideradas femeninas (y lo eran, desde luego), como la propia Harper´s ya citada y Vanity Fair. Toda su vida fue colaboradora de The New Yorker. Cuando llegó el cine sonoro, que dejó en la cuneta a multitud de artistas que, literalmente, no sabían hablar y a otro montón de oficios, como el pianista de acompañamiento o los rotulistas, Anita siguió adelante con su oficio de escribir y se lanzó al mundo de los guiones. Brilló con luz propia en películas de importancia y tuvo ocasión, por eso mismo, de frecuentar a los astros más rutilantes de la industria del cine de la época. 

El arte de Loos estuvo en crear dos tipos femeninos llenos de efervescencia en momentos en los que las mujeres oscilaban entre dos polos opuestos: el recato y la vida alegre. Las chicas Loos son decentes, como diríamos usando un vocabulario tradicional, pero tienen ganas de vivir, desean conocer a hombres interesantes y se lanzan al mundo con la alegría de quien quiere conquistarlo. No son brujas, ni malvadas reinas de corazones. Son mujeres casi independientes, que ansían el amor. Y quién no, añado. Los batacazos subsiguientes no son sino esquirlas en una navaja que tiene un cortante filo que, en cualquier momento, puede hacer daño. 

Puede que ahora nos parezca una ligereza lo que escribió Anita Loos pero yo no lo creo. Hablar de los hombres y las mujeres es siempre un atrevimiento. Y hacerlo desde una distancia irónica, sin esa carga psicológica y freudiana tan sospechosa y aburrida, es otro logro. Por supuesto, considerar que los hombres no son esos seres que nos conducen al paraíso sino personas normales que, como nosotras, sufren y viven de la mejor forma que pueden, es otra novedad, una mirada nueva, un punto de vista que, todavía, no estoy tan segura de que se haya aceptado por el común del mundo mundial. 

Si eres un hombre y te has parado en esta reseña por pura casualidad no dejes de leer a Anita Loos. Al menos te reirás y cambiarás ese gesto hosco que se te pone cuando piensas en la última chica que te dejó plantado. 

viernes, 16 de junio de 2017

Quiero ser wedding planner


(Anne Hathaway y Kate Hudson, de novias en el cine)

Toda película romántica que se precie debería acabar con una boda. Aunque la escritora no es nada romántica, los libros de Jane Austen suelen incluirlas. En Orgullo y prejuicio hay unas cuántas: la de Lydia, la de Charlotte, la de Jane, la de Elizabeth. En Emma, alguna mas: la de la señorita Taylor, la de Isabella Woodhouse, la de Harriet, la de Jane Fairfax, la del señor Elton, la de la propia Emma. Una buena boda cierra un relato. La segunda parte, lo que ocurre después, es harina de otro costal y quizá diera para un film de suspense, una historia social o una película de miedo en estado puro. 


Organizar una boda no debe ser nada fácil. En las películas americanas aparecen esas empresas en las que hay jefas muy preparadas y que lo quieren saber todo de las novias y sus familias para organizar la mejor boda. La mejor wedding planner del cine es, hasta la fecha, Jennifer López. En Planes de boda se empeña en que su trabajo salga a la perfección sin contar con que el novio es Matthew  McConaughey. 


(Jennifer López organiza bodas. Y se enamora del novio) 

La complicación de las bodas ha ido paralela a los nuevos modelos. Segundas bodas, bodas temáticas, bodas civiles. Todo eso ha generado una distorsión en la clásica forma de celebrarlas. Y esas complicaciones han requerido especialistas. Primero en Estados Unidos, porque el cine refleja su realidad, y luego se ha exportado al resto del mundo. Así que una nueva profesión ha surgido en la universo laboral de nuestro país. Al estilo americano. La wedding planner. O el wedding planner porque se trata de una ocupación que puede ser ejercida tanto por un hombre como por una mujer. Primero fue la personal shopper, el personal training, los incorporados al modo de vida hispano. Consejos sobre cómo vestir bien y cómo ponerse en forma con alguien que te prepara unos ejercicios personalizados para que mejores de estado físico. 


(Julia Roberts está sola en la boda de su mejor amigo. Pero alguien la llama)

Preparar una boda requiere tino e inteligencia. También dinero, por supuesto, pero eso lo damos por hecho. Y en los tiempos que corren requiere también hacer malabarismos. Divorcios, segundas parejas, familias políticas, búsqueda de las supuestas mejores amigas para hacer de damas de honor. En las bodas españolas no han existido nunca las damas de honor, pero desde que hemos importado el estilo americano y extendido el enlace civil, pues que las damas lucen mucho y llevan unos vestidos ostentosos que dan calor a la ceremonia, bastante aburrida si le quitas música sacra y lecturas bíblicas. Para contrarrestarlo se usan versos de poetas, canciones de Sabina y toques de violín de amigos del novio o de los hijos mayores de la boda anterior. En cuanto a las damas de honor hay un supuesto que toda wedding planner conoce al dedillo: deben ir vestidas cuanto más horrorosas mejor, para no hacer la competencia a la novia, sea esta como sea. 


Lo último en estos eventos es celebrarlos en una hacienda. Allí se sitúan los altares, las flores, las sillas forradas, el espacio para las fotos, la seguridad para que nadie se cuele, el hotel para quedarse y la zona del banquete. Las haciendas están todas muy lejos pero los invitados llegan en autobús, también fletado por la organizadora de bodas. Y hay un par de días de celebración al menos, con su paella o su barbacoa, su piscina y su flamenquito. Un flamenquito no puede faltar en ninguno de estos actos. 


En cuanto a los bailes, hay una gran variedad, dependiendo de gustos y horas. Lo clásico por excelencia es el vals, pero, a partir de ahí, se suelta la imaginación. Los más osados preparan coreografías al estilo del cuerpo de baile de Georgie Dann y ya tenemos en youtube el vídeo haciéndose viral y las referencias en Facebook. En fin, la boda se retransmite urbi et orbe. Si lo contamos todos, incluso cuando nos tomamos un helado de vainilla o cuando tropezamos con una caca de perro en la calle ¿cómo no dar cuenta de un acontecimiento tan especial?. 


(Colin Firth y Renée Zellweger se casan en Bridget Jones)

lunes, 12 de junio de 2017

Restos de cósmica ternura


Enamorarse es un gesto de cósmica ternura que a veces nos arrasa, nos abraza y abre el cerco de mudas mariposas amarillas que así revolotean buscando el centro del amor, el ansia, la nube que lo envuelve, el imposible, la causa del latido, la impronta, el sonido del viento, la palabra, el beso, todo el beso, el aura, la voz casi perdida, tú, las cosas...

No tengo que inventarme las razones porque están colocadas desde siempre en las estelas del viejo Partenón o en los hospicios de la emoción prohibida o en el tiempo que gastas en viajar o en la búsqueda muda de los lazos. Esto es un semanario de noticias que se abre con un dulce buenos días y se cierra con el grito como somos y se termina nunca, nunca es tarde...

Eso tienen las tardes que resuelven vivir en el estómago instaladas como si fueran aves que retozan, como si fueran láminas de acero, como si fueran olas que vulneran el feroz equipaje de los ojos, la trama incandescente de la noche, el fuego abrasador de los sentidos, tu boca, siempre todo, lo que vistes, las manos, el ayer, mañana, siempre. 

domingo, 11 de junio de 2017

Se llama bondad

Existe la neurociencia afectiva. Hay investigadores que estudian el papel de los buenos sentimientos en el desarrollo neurológico, en la vida de las personas y en las relaciones humanas. El cerebro puede conseguir enormes retos si se entrena. Y también en el campo de las emociones es posible que se produzcan cambios para mejor. La maldad es terrible para el que la recibe y devasta al que la sufre. En cambio, hay emociones, como la bondad, la ternura, la amabilidad, la compasión, que enaltecen a los hombres y que provocan reacciones positivas y llenas de energía en sus cerebros. 


Si quieres sentirte mejor, sé bondadoso. Eso no significa, ya lo sabes, ser un cobarde, pacato, absurdo, buenista, o simple. No. La bondad implica conocimiento e implica acción. Es un sentimiento activo y positivo, no es pasivo ni inconsciente. Y luego está la compasión. Ahora se habla mucho de empatía, pero la compasión es un grado superior porque la empatía consiste en ponerse en lugar del otro, y la compasión da un paso más: quiere mejorar ese problema que el otro ha puesto delante de ti. Ser compasivo no tiene nada que ver con la caridad. No es un sentimiento relacionado con la religión o las creencias, sino con el carácter más humano de los seres, el que lo asemeja más a la verdadera esencia de la naturaleza, que no es depredadora sino que exalta la vida. 

La amabilidad y la ternura son dos caras de la misma moneda. Son dos formas de dirigirse al otro sin pantallas y sin engaños. La verdadera ternura es la antesala del mejor sentimiento, se ofrece sin ocultaciones y sin disimulos, evita la mentira y llena de bienestar al que la ofrece y al que la recibe. Ser tierno no es debilidad, no es pobreza de espíritu ni es dejación de ideas y principios. Al contrario, la ternura implica fortaleza, juicio certero y capacidad de decidir sin presiones. No tengo que ponerte mala cara, basta con ser capaz de decir lo que pienso y de alejarme de ti si me haces daño. 

No pienses que esto es coaching ni nada parecido. Ni autoayuda. Nada de eso. Va más de volver a un sentimiento más cercano a la felicidad que hemos olvidado. Va más de limpiarse por dentro y de ofrecer una clara imagen a los otros, un espejo de la realidad que queremos ser. Por eso podemos entrenarnos en amabilidad, en vivir con bondad y en ser tiernos. Pero, por eso también, hemos de ser precavidos y luchar contra aquello que nos hace daño. 

Hay quien te convierte en el peor retrato de ti mismo, hay quien te hace mirar al espejo para descubrir lo que no eres, hay quien, en lugar de animarte a crecer, se empeña en destruirte, hay quien dice quererte pero te convierte en una caricatura. No dejes que eso ocurra. Busca la libertad de ser como eres, huye de todo lo que no te deje ser genuinamente libre de pensamiento y limpio de corazón. Si no eres tú, entonces huye. Eso es defensa propia. 



De cómo el señor Darcy rechaza a Elizabeth


(El señor Darcy y Elizabeth Bennet en la versión de 1995 de la BBC de "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen) 

El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarle ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.

El señor Bingley enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era vivo y franco, no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le presentasen a ninguna otra dama y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.

Había tan pocos caballeros que Elizabeth Bennet se había visto obligada a sentarse durante dos bailes; en ese tiempo Darcy estuvo lo bastante cerca de ella para que la muchacha pudiese oír una conversación entre él y el señor Bingley, que dejó el baile unos minutos para convencer a su amigo de que se uniese a ellos.
––Ven, Darcy ––le dijo––, tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es mejor que bailes.

––No pienso hacerlo. Sabes cómo lo detesto, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra mujer de las que hay en este salón sería como un castigo para mí.
––No deberías ser tan exigente y quisquilloso ––se quejó Bingley––. ¡Por lo que más quieras! Palabra de honor, nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas que son especialmente bonitas.
––Tú estás bailando con la única chica guapa del salón ––dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.
––¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus hermanas que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja que te la presente.
––¿Qué dices? ––y, volviéndose, miró por un momento a Elizabeth, hasta que sus miradas se cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente: ––No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.

El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Elizabeth se quedó allí con sus no muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas. 

(Orgullo y Prejuicio, Jane Austen)