domingo, 27 de agosto de 2017

Mira hacia el otro lado


(Gerda Wegener. "L'Aperitif " 1928 )

Te empeñas con enorme contumacia en mirar siempre allí, en una dirección equivocada y que tiene delante un muro de cristal, un obstáculo insalvable, una flecha que indica que no pases. Quizá no eres culpable de esta manía insumisa que te absorbe, porque en un tiempo no fuiste tú la que fundó una costumbre que se ha tornado peligrosa. Pero debería darte igual. Si un aparato se queda viejo y no funciona, si su mecanismo está averiado, si su utilidad es nula, cualquier persona razonable lo tiraría a la basura, a uno de esos modernos contenedores de colores, no sé de qué color. 

Pero te has obcecado en creer que una luz divina que salga de ese cielo que miras con asombro va a reverdecer sus gastados goznes, va a limpiar de suciedad su interior, va a arrasar con los tornillos cansados. Y, de este modo, todo se volverá a unir y a saltar de gozo, en un movimiento sincopado y feliz, como el de los tiovivos, como el de las depuradoras de la piscina que, sin cloro, solo con la humilde sal, son capaces de ser útiles y de devolver el azul a todas las aguas. Te equivocas. 

Te equivocas dos veces. Al mirar hacia allí y al no mirar hacia el otro lado. Allí está la penumbra, la tristeza, el miedo y la angustia. Ah, esa vieja amiga que te oprime al respirar y que te hace sentarte y no querer moverte de un solo ladrillo que te protege. Allí está y se mantendrá mientras no te des cuenta de que tu cabeza está orientada en una vía errónea, en un desasosiego calculado, en una fuente de absoluta desdicha. Miras allí y no hay nada. El emperador iba desnudo. La fuente está desnuda. El hombre que chapoteaba algunas veces, en unas corrientes turbias y opacas, se ha marchado sin avisar y vuelve de vez en cuando para perpetuar la pereza de un dolor cansino y acabado. 

Mira hacia el otro lado. Está la gente. La verdadera gente. La buena gente. Gente que no traspasa el corazón con un puñal. Que no miente, que no absorbe energía, que no reparte incertidumbres. La buena gente del color dorado y la que abre la puerta, no la cierra, no la atranca, no la bloquea. 

martes, 22 de agosto de 2017

10 básicos para que te respeten


(Portada del libro Mujeres que compran flores de Vanessa Monfort)

Vamos a autoayudarnos sin que entremos en los terrenos vedados de Paulo Coelho para recordarnos a nosotras mismas que el respeto hay veces en que tenemos que ganarlo, bien porque se ha perdido de antemano, bien porque topemos con personas que no saben lo que es. 

Así que ¿cómo podemos conseguir que nos respeten nuestros semejantes, aquellos que se relacionan con nosotros de algún modo? 

Lo primero, mejorando nuestra autoestima. Esto parece un lugar común pero es una verdad como una casa. La autoestima, esa visión que tenemos de nosotros en función de lo que creemos que ven los demás, es tan necesaria como el comer. Se va gestando de pequeños y, cuando eres adulta, o la tienes en tu sitio o necesitas un wonderbra. De autoestima, claro. 

La segunda condición del respeto es nuestra propia actitud al tratar con los demás, es decir, aprender a ser asertivo. Se puede decir todo, o casi todo, sin mala uva, sin intentar hacer daño, sin ira o venganza. Sencillamente. Desde el aprecio, el cariño o, si de esto no queda, desde la indiferencia. Pero si lo haces desde el odio, se volverá contra ti aquello que digas, te hará daño, más daño que al otro. 

Lo tercero es ser auténtica. Mira, no eres perfecta, pero si intentas serlo la cosa acabará en catástrofe. Eres como eres y así debes presentarte al mundo. Puedes disimular algún defectillo pero no cambiar tus principios, convertirte en lo que no eres, engañarte a ti misma. Al final, eso lo pagas, porque no te reconoces y dices ¿qué clase de persona es esta en la que me he convertido?

Lo cuarto es tener seguridad en ti misma y mostrarla a los demás. No te van a aceptar mejor ni a querer más porque seas timorata, insegura o quejica. Al contrario, te darán palos hasta en el carnet de identidad. 

Lo quinto está en relación directa con la tres y la cuatro: No trates de caerle bien a todo el mundo. Es imposible, salvo que seas muda, tonta, no des un paso y estés hibernada toda tu vida. Habrá gente que te adore, otros que no, y otra mucha a la que le serás indiferente. Pero esto es así y pensar lo contrario te volverá loca. 

Lo sexto: trata a las personas que están a tu alrededor como tú quieres que te traten a ti. No pidas más de lo que das. Hay palabras que parecen antiguas o absurdas, pero existen y son fundamentales: cariño, agrado, amabilidad, respeto, decencia, honradez, lealtad. Por ejemplo. 

Lo séptimo: en relación con la sinceridad hay que tener cuidado. No vayas por ahí lanzando sinceridades por doquier. Es más, a veces hay que guardarse cosas que no van a suponer nada más que daño. Pero no te avergüences de tus ideas, tus principios o tus sentimientos. Estos son sagrados y deben ser respetados. Y, por otro lado, piensa antes de hablar. A veces te dejas ir y ya la cosa se lía. 

Lo octavo consiste en no perder los papeles con los demás, ni, por supuesto, consentir que los demás los pierdan contigo. Insultos, gritos, amenazas, agresiones, NO NO NO. De ningún tipo, por ningún motivo, por ninguna causa. No hay perdón, no hay razones, NO. 

Lo noveno: si a pesar de todo esto encuentras a personas que no te respetan, porque las hay y quizá tienes que seguir tratándolas, aprende a ponerles límites. Los límites son rayas rojas que nadie debe traspasar contigo. Déjalas muy claras, explícalas y luego, si se pasan, corta por lo sano. Aunque te duela. Alguien que no te respeta no te quiere. 

Lo décimo: reconoce cuando te equivocas, reconoce tus errores, aprende a pedir perdón, a decir gracias, a entender una actitud aunque no la compartas. Hazlo con naturalidad, sin arrastrarte, sin esperar nada a cambio. Hazlo por ti misma, no por los demás. 

A ver si nos aplicamos el cuento. Todas. La primera yo.