jueves, 21 de diciembre de 2017

La belleza


(Almudena R. 2017)

Un clásico de estos días es hablar de la forma en la que las mujeres pueden lucir esplendorosas en las fiestas que trae consigo la Navidad. Otro día hablaremos de la cantidad de gente que abomina de ellas, que no se siente cómoda entre tanto bullicio o que, simplemente, anhela una celebración muy distinta de la que tiene. Hay quien sueña con viajar a lugares exóticos, a países antiguos, a ciudades míticas. Los hay que imaginan una fiesta soñada en un lugar maravilloso, ataviada con las mejores galas y en la mejor compañía. Abundan también quiénes prefieren olvidar que estas fiestas generan la obligación de ser feliz y prefieren aislarse en la melancolía o en el simple y cómodo dejar pasar los días. 

Las revistas especializadas, no obstante, algunos portales de internet y también los programas de TV, insisten en contarnos cómo debemos vestirnos y arreglarnos para estar bellas. Ah, la belleza. Alguien escribió recientemente que "la belleza es un estado del corazón". Y quizá sea cierto porque nunca nos sentimos más favorecidas que cuando somos felices. La felicidad pone alas a nuestros pies, hace desaparecer el frío y el calor y todo lo convierte en una bruma dorada que esconde la fealdad. 

¿Es la belleza sinónimo de hermosura? A mi juicio, no. La belleza encierra, para mí, algo que va más allá de la hermosura física, algo que trasciende al interior y que es una especie de luz que se desparrama y que se muestra al exterior como un misterio que el que la contempla no puede descifrar. La belleza es mucho más que aparecer bien maquillada, llevar la ropa de moda o ser original a la hora de vestir. La belleza fluye de dentro hacia fuera y hay gente que la lleva consigo en todo lugar y circunstancia. 

Como Almudena. Pocas veces he contemplado un rostro en el que irradien de una forma tan potente la belleza y la esperanza unidas de la mano. Es así como concibo la verdadera belleza, la que no se acaba, ni se marchita, sino que se eterniza y se regala a los demás en forma de la visión más agradable. La belleza así entendida es como un dardo jubiloso que llega directamente al corazón, al modo en que un Robin Hood cualquiera acertaría en la diana de las emociones con su flecha. 

Los que son capaces de entender la belleza en este sentido demuestran tener un corazón generoso y una mente limpia. Así que quizá las revistas no anden tan desencaminadas. Hay quien necesita consejo para estar bella. Hay quienes, como Almudena, no lo precisan porque no están bellas, son bellas. Y el ser es una cualidad esencial que nada ni nadie perturba nunca. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

El rojo nunca miente


En las reuniones semanales de mis amigas fashion siempre sale a relucir el color de moda. El color de moda de los vestidos, de las uñas o de los labios. Ahora estamos con el ultravioleta, el futuro color de moda según Pantene. Pero, a pesar de que los diagnósticos varían, todas estamos de acuerdo con el rojo. El rojo de labios. El rouge eterno. Los labios rojos. Todas, todas, somos de labios rojos y pisar fuerte. 


Así nos va, dice una de mis amigas del club del glamour. Vanessa. Vanessa, que no quiere ser llamada Vane, ni siquiera querría ser Vanessa sino Anastasia o Edelmira, es firme partidaria de aparecer al exterior con toda clase de simulaciones. Opina que las mujeres nos exponemos demasiado al exterior, que vamos con los sentimientos en bandeja y que eso es la principal causa de nuestros fracasos. Vanessa opina que las mujeres fracasamos continuamente porque esperamos no fracasar nunca. Ella dice que el rojo es señal de valentía y que eso hay que guardárselo en la manga. Su teoría: las mosquitas muertas son las que viven bien, son brujas disfrazadas, las demás hacemos el tonto. 


Esa pretendida simulación permanente de la que Vanessa hace encendida defensa está en contra total de los principios que defiende Dora, mi otra amiga. Dora tiene un carácter muy fuerte, mucho más fuerte que nosotras y nos apabulla siempre con la última idea que se le acaba de ocurrir momentos antes. Sus convicciones profundas nos tambalean. No sé si en su vida fuera de este círculo reducido ella hace lo mismo pero me extrañaría que lo hiciera porque ni duraría en su trabajo ni duraría con su pareja. Claro que, como ella misma afirma con actitud dura y sin paliativos, vivir con Carlos es como hacerlo con una estatua clásica. Muy guapo pero muy frío. Dora está totalmente de parte de los rojos. Sin rojos ya es difícil hacerse respetar, afirma, así que vengan rojos a mí, por todas partes, es su lema. 


Yo que no soy tan ecologista como Dora ni tan políticamente correcta como Vanessa no sé a qué carta quedarme. Hay días de rojos y días de rosas. Los días de rojo quiero brillar, que mi luz resuene como si fuera una zapato de tacón de Manolo Blanik. Otros días, los rosas, quiero pasar desapercibida, meterme en mi concha y no asomar la cabeza. Hundirme en el anonimato y que nadie me pregunte nada. No soy el equilibrio entre dos caracteres opuestos, más bien el miedo a sacar mi propio carácter. Si pongo en la balanza estar con Dora y Vanessa un día en semana hablando de trapos, looks y colores, a ser como yo soy, prefiero lo primero. Incluso es que no tengo ni idea de cómo soy ni qué quiero. No tengo color. 

martes, 5 de diciembre de 2017

¿Belleza o inteligencia?


Jane Austen prefería las personas agradables y distinguidas a las simplemente guapas. Una chica podía ser guapa y, al mismo tiempo, no saber sentarse, carecer de ingenio o tener en la cabeza más pájaros de la cuenta. En Orgullo y prejuicio Lydia Bennet es el ejemplo de la belleza hueca. Creo que Austen entendía que ser guapa era un atributo natural y, en cambio, ser agradable o distinguida tenía más que ver con una actitud, con la voluntad. De ser así, eso sería un gran activo para todos. 

En sus novelas no suele hacer descripciones físicas de los personajes, más allá de algunas pinceladas. Sabemos que Elizabeth Bennet tenía la expresión ingeniosa y unos ojos interesantes. O que Marianne Dashwood poseía una bonita voz cuando recitaba a Shakespeare. Y que Jane Fairfax tenía una figura elegante y una piel sedosa. Solamente con Emma hace una excepción, pues comienza definiéndola: “Emma Woodhouse, guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica, parecía reunir algunas de las mayores bendiciones de la existencia; y llevaba vividos en este mundo casi veintiún años sin que casi nada la afligiera o fastidiara”

La belleza es únicamente un pequeño aditamento a la hora de considerar a la “mujer completa”. Hay una conversación en Orgullo y prejuicio, concretamente en Netherfield, entre los hermanos Bingley y el señor Darcy, durante la cual se dilucida qué tiene que tener una mujer para ser considerada así. Habla Caroline Bingley: “Una mujer ha de tener un conocimiento completo de la música, del canto, del dibujo, del baile y de los idiomas modernos…y junto a todo eso ha de poseer un algo indefinible en el semblante y en la manera de andar; así como en el tono de la voz, la elocución y la manera de expresarse, porque, de lo contrario, sólo merecerá a medias este elogio”. A lo que añade el señor Darcy: “Ha de poseer todo esto y aún algo más sustancial, mediante el perfeccionamiento de su inteligencia gracias a unas lecturas muy extensas”. 

Por supuesto que Elizabeth Bennet afirma de inmediato que no conoce a nadie así, es más, que le extrañaría que hubiera alguien en todo el mundo. Eso le traerá la crítica a sus espaldas de Caroline y la admiración de Darcy, acostumbrado a que todo el mundo le siga la corriente. Pero ella siempre se deja guiar por su propio criterio y no muestra ningún signo de seguidismo hacia él, por mucho que tenga diez mil libras de renta al año. 


Parece que Jane Austen no cree en esa dicotomía belleza-inteligencia. Y que la cuestión la resuelve con su famoso sentido común. El que le dicta que existen conceptos superiores, como el ser agradable en lo que se refiere a la componenda física y el que abomina de los loros parlantes sin sentido (como el señor Collins o la señorita Mary Bennet), prefiriendo sin duda una inteligencia reposada, sin ostentación y, sobre todo, lo que ella define repetidamente como “ingenio”. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Y yo no sé qué he hecho mal


(Las mujeres pop también lloran)

La chica del anuncio de pizza se lo dice a su padre anegada en lágrimas: “Le quería, papá. Llevábamos tres semanas. Me ha dejado por móvil. Y yo no sé qué he hecho mal” 

El anuncio es un tratado de comportamientos. El padre, desconocedor absoluto de la vida sentimental de su hija, desbordado y práctico. Una pizza será el mejor remedio. El padre, metiendo la pata cuando alude a lo bonita que es la camiseta que ella lleva. Por desgracia, ese fue uno de los regalos del novio que la ha dejado por móvil. Sin dar la cara. 

La chica que siente haber perdido al “amor de su vida”. Que nunca más quiere salir de su habitación porque su vida se ha terminado. Y, lo que es peor y más sintomático, que se siente culpable y se pregunta qué ha hecho mal no solamente para que el amor de su vida la abandone, sino también  para que lo haga a través de un simple, frío y escueto mensaje de móvil. 

El anuncio de pizza no lo ha pretendido, es un anuncio más, pero su lectura nos habla de un atavismo que las mujeres no hemos sabido superar. El complejo de culpa cuando alguien nos trata mal. El tipo abandona a la chica, el tipo es un cobarde que ni siquiera da la cara, el tipo le ha hecho, en tres semanas, algún regalo importante como para afianzar la relación…el tipo solo es capaz de enviarle un mensaje de móvil para decirle adiós. 

Lo peor de todo es que la chica no aprenderá la lección. Que es capaz de volver a salir con el “amor de su vida” aunque que ha huido de forma tan desagradable. Que es capaz de dar con otros “amores de su vida”, que también actúen con tan poca valentía y tanto desprecio a los sentimientos del otro. 

La chica no sabe qué ha hecho mal. Yo tampoco lo he sabido nunca. Aunque quizá el peor pecado esté en no ser fiel a nosotras mismas. En pensar tanto en los otros que olvidamos lo que somos, lo que queremos, lo que sentimos. Eso sí que es traición.