martes, 25 de diciembre de 2018

Candela me escribe


A Candela la veo muy pocas veces pero tengo noticias de ella a través del correo electrónico. No le gustan ni el WhatsApp ni las redes, así que se mantiene fiel al email, quizá desde que vio la película de Tom Hanks y Meg Ryan porque Candela es muy romántica. En realidad, es un romántica de libro y tan buena persona que te dan ganas de abrazarla y comprarle un regalo cada vez que nos vemos. Ella es, básicamente, de esa gente que se entrega a casi todo y que pone lo mejor de sí en cada acción. Por eso le pasan algunas cosas que a los demás no nos ocurren, porque tenemos una desconfianza atroz en el género humano debido a las novelas de Agatha Christie y a su chorreón de crímenes domésticos. Si no puedes fiarte del vecino, del pariente, de la criada o del mayordomo, mucho menos del mundo mundial. Pero Candela tiene la teoría de que es igual confiar que desconfiar porque lo importante es la conciencia de uno. 

La última historia que me cuenta Candela es que sale con un tipo bastante raro que, durante los días entre semanas y fechas normales (esa es la expresión que ha usado al relatarlo) parece que la quiere y, de pronto, sin que medie pelea o trifulca, desaparece en los findes y en las vacaciones. No desaparece sin avisar, no, tiene métodos muy diversos para esas espantadas. Diversos, variados y que dan muestra de una enorme imaginación y muy poquísima vergüenza. Por ejemplo, alguien de su familia cae malo y él tiene que ir urgentemente, a pesar de que haya quedado con Candela para ir al cine o al teatro. O afirma que hay una amiga con depresión a la que tiene que sacar de paseo algunos días del verano. O se inventa una enfermedad ficticia (ahora ella supone que lo son casi todas) tipo lumbalgia que no puedo moverme, ciática que me está matando, estómago destrozado que me causa vómitos o, incluso, jaquecas y migrañas femeninas. Todo vale para que, en las fechas señaladas, Candela se quede sola y el individuo se marche hasta más ver. 

Nunca le doy consejos porque son inútiles pero a veces me dan ganas de presentarme en la puerta de la oficina del tipo y decirle cuatro cosas. A saber: no te das cuenta del daño que haces...no ves que esta mujer merece que la trates de otro modo...por qué mientes continuamente, so pedazo de estúpido...En fin, cosas así, lindezas que, dado mi carácter, no son demasiado intensas, más bien me controlo todo lo que puedo. Creo que Candela terminará dándose cuenta de que la estampida la tiene que dar ella, rápido, rápido, correr, correr, hasta las pirámides de Egipto y sin darse siquiera la vuelta para ver quién queda atrás. 


(Las ilustraciones son diseños del portugués António Soares)

domingo, 16 de diciembre de 2018

Una cita muy desastrosa


No sé tú, pero a mí me gusta que los amigos me quieran. Porque yo los quiero a ellos y, cuando los veo, me producen felicidad y alegría. Sin embargo, hay que saber que puedes toparte con personas que te tienen en su lista sin saber por qué. No te aprecian realmente como eres y nunca te dejan un poso de felicidad, sino una sensación de agravio y amargura que no merece la pena. Si algo de esto te pasa, querida amiga, ten claro que esas personas nunca van a añadirte, sino a quitarte. 

Imagínate una cita con un "amigo" al que no ves hace meses y que actúa así:

*Te hace esperar bajo la lluvia porque llega tarde y, encima, te echa en cara que no has guardado los minutos de cortesía para esperar

*Llega y ni siquiera te saluda adecuadamente, no te dice como estás, cómo te va, no, ni siquiera te da un beso en la mejilla. Luego, cuando le recuerdas que se ha olvidado de algo, dice que sí, que te ha dado el beso. Es decir, ni siquiera repara en ello. 

*En un momento dado, interpreta que estás preguntándole por un regalo. Y te dice que no, que no piensa hacerte un regalo, que no hay nada para ti, que será después de las fiestas. No has pretendido que te regale nada pero ¿es esta una forma de contestar?

*Si la camarera es joven y guapa, ten por seguro que mira a la camarera con más interés que a ti y con más frecuencia. 

*Le preguntas, con cierta broma, si va a recordarte en los próximos días, ya que estaréis sin veros una buena temporada. Inmediatamente te dice que no, que no piensa recordarte. Te contesta en serio, sin paliativos. No es no. 

*Critica tu ropa. Llevas unos pantalones de cuadritos ingleses y te dice que no le gustan nada. 

*En ningún momento ha habido ningún gesto de calor, cariño o interés por ti. Es más, le dices que te duele horriblemente una muela y como el que oye llover. 

*Tienes todo el tiempo la sensación de que eso es un mero trámite. Te preguntas por qué te hace salir a la calle, lloviendo y con frío, si no repara en tu persona. Una especie de obligación autoimpuesta.

*De vez en cuando suelta la expresión "porque tú siempre, bla,bla,bla" o "tú nunca, etc.

*Hablas y te mira como si estuviera contemplando el paso un pájaro sobre un árbol. Ni frío ni calor. Que haga el puñetero pájaro lo que le parezca. 

*Se despide inmediatamente después de almorzar, te llama un taxi y te tarifa a tu casa. Lo más rápido posible. 

*Pagas tú. Ni siquiera hace intención de pagar. Ni por cortesía. 

*Como eres educada le envías un mensaje agradeciéndole su invitación. Y le envías un abrazo. Adiós. 

*En un primer momento sientes tristeza. Luego piensas que no merece la pena invertir en pena con alguien que no es capaz de apreciar tu compañía. Y escribes una historia de broma como esta.

(No sabes por qué tienes en tu mente todo el tiempo una partida de cartas con tu grupo de amigas favoritas) 

(Cualquier parecido con la vida real es pura coincidencia) 

jueves, 29 de noviembre de 2018

Amarillo Vogue


La modelo Joanna McCormick aparece en la portada de julio de 1957 de la revista "Vogue". Las portadas de "Vogue" son la historia de la moda, del gusto femenino, de la emocionalidad, del sentimiento de la mujer. Mucho más que cualquier otra manifestación, a veces mucho más que cualquier libro. Todas las portadas llevan un mensaje y es un mensaje que no siempre se descifra. Sobre todo, llevan una intención, un anuncio. La mujer de la portada amarilla de julio de 1957 despliega la placidez elegante del verano de la Costa Azul. No el verano de las playas atestadas, de los paseos marítimos llenos de gente sin nombre. No. Ella es esa mujer que solo se cruza en nuestra vida una vez. Es la oportunidad que puede que nunca aparezca. Nosotras mismas, quizá en alguna ocasión podríamos haber sido esa mujer, con su pulcra sortija de perlas blancas, con sus pendientes a juego, con sus labios y sus uñas rojas, con su maravilloso sombrero orlado de lazos y mariposas. Es la mujer que lanza su mirada cálida y desconcertada. Es la mujer del suave maquillaje, del beso amanecido. La mujer que cualquiera llevaría de su brazo. La mujer que no eres. Ni serás nunca. 


La mujer del abrigo amarillo, la que aparece en la portada de enero de 1956, tiene una recatada melena, unos guantes blancos a juego con el vestido y el bolso, unas gafas de sol y, sobre todo, un gesto displicente, una actitud propia, un deseo de ser ella misma, de lanzarse al mundo con su presencia, con su contenido exacto, con su forma de ser. Es una mujer valiente, que no teme a miradas ajenas, que observa sin exagerar, que cumple con su papel sin querer ser ostentosa. Es la mujer de la fuerza, de la inteligencia y de la ingenuidad convertida en certeza. Es una mujer que todas quisiéramos ser, una mujer que cualquiera miraría por la calle, una mujer entera, digna, convencida, atrapada solo en sí misma y, aún así, dispuesta a todo. Es la mujer que todas quisiéramos llevar dentro, aunque nuestro exterior sea diferente. Esa disposición, esa rectitud, esa verdadera realidad que, no nos engañemos, está ahí y no sale porque tenemos miedo. Esta mujer no tiene miedo a nada. 


martes, 27 de noviembre de 2018

¿Por qué los hombres son infieles?


 Olimpia Dukakis se preguntaba en "Hechizo de luna" por qué los hombres son infieles. Sobre todo, decía ella, llegados a una cierta edad. Esa pregunta venía al pelo, porque su marido, en la sesentena, le ponía morritos a una choni más joven que él (tampoco demasiado), con pelo cardado y jersey de angorina. El marido de Olimpia le regalaba a su "amorcito" unas pulseras muy llamativas llenas de estrellitas doradas. Ni que decir tiene que resultaba hasta patético ver a este hombre haciendo el adolescente con una señora que tenía toda la intención de esquilmarle el bolsillo. Sin embargo, él estaba convencido de que la susodicha lo quería y lo buscaba por su atractivo físico. 

En estas cábalas andaba ella cuando tropieza una noche cenando sola en un restaurante (mientras su marido afanaba estrellitas con la choni del jersey de angorina) con una escena que la deja atónita. En la mesa de la lado hay un señor de la edad de su marido que discute acaloradamente con una jovencita (esta sí, veinteañera). La discusión termina cuando la chica le lanza por encima un vaso de agua (o de vino, no recuerdo), y el hombre (a la sazón, profesor de la muchacha), se queda con dos palmos de narices, medio sonriente, medio avergonzado. Entonces, ambos, Olimpia y el señor, cenan juntos y ella, con la sorna habitual que gasta en esa película le pregunta por qué va con chicas tan jóvenes, si sabe que acaba mal siempre esa historia. Le hace ver, aunque no lo dice por prudencia, lo ridículo que resulta y lo absurdo. Sin embargo, no obtiene respuesta a su pregunta. Por qué los hombres son infieles y, normalmente, a determinada edad y con chicas muy jóvenes. 

Una noche se hace la luz. Su yerno (que luego no será), después de volver de improviso de Italia de ver a su madre que supuestamente estaba muy enferma y luego se cura milagrosamente al enterarse de que su hijo va a casarse, llega a la casa y ella, Olimpia, que ya no sabe adónde volver los ojos con su pregunta, se la formula también a él. Y entonces sucede el milagro. Porque, entre las atolondradas respuestas que el yerno le devuelve está una que ella reconoce como cierta. Sí, es esto, esto es exactamente así. Oh, es la respuesta que esperaba. Los hombres son infieles a las mujeres (y dejan a sus parejas y se marchan con otras más jóvenes y así van sumando juventudes a la rueda y acaban saliendo con amigas de sus nietas) porque tienen miedo. Miedo a la vejez y, sobre todo, a la muerte. Toda la infidelidad se basa en el miedo. Están asustados. Son seres asustados. Una mujer más joven les devuelve, aunque sea por algún tiempo, un extraño y efímero convencimiento de que la vida no se les escapa, que es posible una prórroga, que pueden seguir siendo atractivos y deseables. Que, todavía, no van a morirse. Una respuesta sencilla a un enigma eterno. 


No acaba aquí la cosa. Olimpia le dice a Cosmo, su marido: Cosmo, por mucho que me engañes con unas y otras vas a morirte igual. Eso sí es filosofía, conocimiento, sentido común y, por mucho que no lo entendáis, optimismo. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

Consultorio sentimental



Me pasa a menudo con las amigas. Tener amigas es muy difícil para mí, es más, no estoy acostumbrada a tenerlas. Mis amigas son eso, presuntas amigas, no amigas de esas que puedes molestar a cualquier hora con una llantina sobrevenida. No.

Son amigas tan ocupadas que me tratan como si fueran un médico que reparte citas. No sé, pero me parece que eso no son amigas como las que veo en algunas películas: está la protagonista llorando, feísima, tirada en la cama, incluso borracha a base de gin tónics consumidos en la peor soledad, con la música a todo trapo ( y sin que ningún vecino proteste, que esa es otra) y entonces llama a alguien, una amiga y va la amiga y se planta en su casa. Hay ocasiones en que ni siquiera tiene que llamarla, sino que la amiga tiene un sexto sentido y se presenta en casa de la doliente sin avisar y en el momento justo.



Como las películas suelen ser americanas plantarse en la casa de alguien a cualquier hora tiene mucho mérito. Estados Unidos es un país donde las distancias son enormes, no como aquí que estamos en un radio de diez minutos en el circular. Bueno, pues en esas películas las amigas cogen un coche, incluso el metro, el bus o un funicular (hay muchas películas con funiculares, casi todos los funiculares tienen su película) y llegan a la casa, abrazan a la amiga que está sufriendo horrores y esta les cuenta cosas. Suelen ser penas de amores, para qué engañarnos, porque nadie sufre por otros motivos. Y, si sufres por otros motivos es que estás aprovechándolos para llorar por amor. Eso es así y no hay quien lo discuta.

Las amigas de las películas americanas se solidarizan unas con otras y se ponen a comer chocolate y palomitas sin venir a cuento, engordan todas a la vez y se lamentan en coro de la mala suerte que tienen con los hombres. Y ellos siempre tienen la culpa. Pero aquí, te buscas a una amiga para desahogarte porque te están tomando el pelo y ellas son capaces, lo son, de darle la razón al tío y soltarte encima una monserga. “Es que eres muy posesiva” “Debes tener paciencia, en el amor las cosas son de ritmo lento” ¿Son amigas o franquicias de Paulo Coelho?



Mis presuntas amigas tienen la fea costumbre de intercalar sus propias cuitas cada vez que yo intento colarles alguna jeremíada. “Si, claro, lo tuyo es fuerte pero ¿y yo?”. Cuando me abandonó mi último novio no conseguí hilvanar la historia completa con ninguna de ellas. A poco que iba avanzando surgían similitudes con algo que, oh sorpresa, les había pasado a las demás. Ya estoy acostumbrada, pero siempre que veo una película de amigas pienso en mis no-amigas.

Con los amigos meter la pata es más complicado. ¿Qué amigos, diréis? ¿Puede un hombre ser amigo de una mujer? Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. O, si lo son, es porque antes han sido amantes y pretenden perpetuar una relación ya acabada.

En el fondo, cuando terminas con alguien lo que te apetece es mandarlo a esparragar, pero no lo haces porque no queda elegante y porque te engañas a ti misma diciéndote que conservas una buena amistad con tu ex. Un falserío como otro cualquiera. Uno de esos engaños que existen entre los hombres y las mujeres. Yo no conservo ninguna amistad con ningún ex. Es más, no quiero verlos ni en pintura. Y eso que no he tenido finales dramáticos pero, una vez que termina el amor, qué te interesa hablar con alguien que te importa un pimiento. En esto, como en lo de las amigas, los tópicos florecen. Todos intentan parecer modernos y no pecar de fríos o de gente sin corazón.


Creo que meto tanto la pata en mis relaciones porque he visto muchas películas. El cine te deseduca terriblemente. Te convierte en una persona sometida a ejemplos poco edificantes y así nos va a las cinéfilas. Cinetontas. Las que no tienen esa rémora, ni ninguna otra, porque tampoco han perdido el tiempo leyendo, ni apenas estudiando, esas son las auténticas reinas del amor y el sexo, así todo junto. Mujeres que dominan la escena y que no se hacen mil preguntas acerca de esto o aquello. Tienen claro el objetivo. Este tío me gusta. Y se ha acabado. A por él, que mañana puede ser tarde. Saben que el escote de pico les sienta mejor si tienen una talla noventa y cinco de pecho. Saben que los tacones altos a ellos les pone cantidad. Saben casi todo lo que hay que saber y nos dan sopas con honda a las listas-insumisas-independientes, una especie que no tiene remedio y que nunca llegará a nada en las lides amorosas.

Lo del cine tiene muchas lecturas. Depende bastante de la protagonista que cojas como referente. Si es, por ejemplo, Vivian, la de Pretty Woman, entonces tienes que buscarte a un tipo rico y guapo, pero, si ves que no tienes posibilidades de encontrarlo, puedes cambiar a Erin Bronkovich, que es la misma actriz, pero en fea y mal vestida. El consuelo te puede llegar de ver en la actualidad a Richard Gere, budista, con el pelo gris y haciendo obras de caridad todo el día. Otro referente que da quehacer es Scarlett O ́Hara. Ese cinismo de viuda-bailando-vestida-de-negro todavía levanta resquemores. Tienes que tener unos maravillosos ojos violeta o, en su defecto, una depresión de caballo.


Yo soy una experta en fastidiar mis relaciones sentimentales. Todas. No he dejado ni una viva, por eso debería escribir un libro que se llamara “Cómo cargarte un amorío en diez pasos”. Digo diez porque menos no ocuparía ni veinte páginas y así no sería un libro, sino un folleto publicitario. Pero tengo la extraordinaria virtud de conseguir ese efecto en dos o tres pasos. Es como cargarte un rollo sexual en los prolegómenos. Te invita el tío a su casa, subes en el ascensor, llegas, te metes en el cuarto de baño y a punto de saltar al sofá-cama te preguntas ¿qué coño hago aquí?

Para mí que todo esto me pasa porque no tengo confianza en mí misma. Es así. No puedo evitarlo. Me bloqueo ante las responsabilidades. Cuando llego a casa del señor que me invita me empiezo a plantear miles de objeciones. Algunas son de carácter clínico. Otras, filosófico “seguro que solamente soy para él un objeto sexual”. Y otras, geográfico “si ni siquiera sé de dónde es este tío ni a qué se dedica”. En fin, todas ellas pertinentes, desde luego, pero no para ser planteadas justo en el momento en que los dos subimos en el ascensor y el tío te pone la mano en la espalda y te dice con una impostación de voz que quiere parecerse a Brando: “Cielo, vas a subir al ídem”. Justo entonces sueltas una carcajada y ya la jodiste. Porque reírse no está nada bien visto. La prueba es que las mujeres fatales nunca se ríen y siempre tienen la mirada oblicua.


(Fotos: Lauren Bacall y su mirada oblicua) 

domingo, 11 de noviembre de 2018

Con Andy García: paseo por los bajos fondos

Los bajos fondos son esos sitios por los que andan sin control unos matones muy feos y con muy mala leche, a los que persiguen policías, a veces corruptos y otras inconmovibles, y también gente de paisano que se cuela por allí sin permiso. Andy García estuvo en los bajos fondos más esplendorosos del cine, los del Padrino III y se hizo con el mando de todo porque tenía más personalidad y menos escrúpulos. No sé si antes o después, creo que después, estuvo con Eliot Ness limpiando Chicago de Capones y Nittis, unos tipos verdaderamente repelentes, que vendían alcohol en tiempos de la ley seca pero no para que la gente cogiera un puntito sino por quedarse con la pasta y hacían extorsiones y se cargaban a niñas pequeñas que iban a por leche. Un asco de gente. 

En alguna ocasión este hombre se ha puesto muy romántico y ha tenido que aguantar a Meg Ryan sin Tom Hanks que es la peor Meg que te puedas imaginar. Porque Tom Hanks y Meg Ryan son como Laurel y Hardy pero los dos delgados, de momento. Cuando los separas se sucede una verdadera masacre cinéfila, y ahí ves a Hanks pululando por una terminal de aeropuerto sin esperanza o, incluso, de náufrago, en plan Supervivientes pero sin Telecinco acechando y sin tronistas. 

Prefiero al Andy de las películas duras en las que hace de justiciero y se encuentra siempre con alguna chica que le viene al pelo, muchachas hechas a sí mismas, como le pasó, por ejemplo, con la que antes conducía los autobuses, Sandra Bullock, que era bastante rarita y se complicó la vida hasta que Andy, caballeroso, descubrió un fenomenal enredo de asesinatos en serie por parte de quien menos te lo esperas. 

Si yo viviera en Hollywood haría todo lo posible por conocer a Andy. Como es de origen cubano habla estupendamente castellano aunque pronuncia la che de esa manera, como si fuera Dinio, pero nada que ver. Le preguntaría por sus cosas de cines y películas y seguro que sería un tipo amable y lleno de buenas intenciones. Lo lleva en la cara. Por eso Al Pacino se fiaba totalmente de él y por eso le sientan tan bien los fijadores en el pelo y las camisas de rayas. Es un gentleman aunque él no lo sabe. 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vestirse de tristeza


Nada hay tan difícil de disfrazar como la tristeza. Es una gasa suave en ocasiones, otras sin embargo es una manta dura y complicada de llevar. También aparece en forma de sombrero oscuro que tapa el rostro y solo deja al descubierto un ojo, el de las lágrimas. Puedes verla como una amapola prendida en el ojal, una cosa tan efímera que dura el tiempo que el temporal arrecie. La tristeza es, a veces, una emoción que tiene nombre y que sacudes con las manos de tu falda impoluta y que guardas en el desván en otras ocasiones. No se puede negar su existencia pero sí disimular y el disimulo es una forma de negación que aturde y que termina siendo parte de ti, tu otra naturaleza, tu otro yo, la nada. 


Te preguntas incrédula por qué te aborda en medio de la calle o en el transcurso de una tibia conversación telefónica cuando alguien te pregunta, con voz desinteresada, si es verdad que todo te va tan mal como parece. Te atrapa si piensas en el paso del tiempo y en las ausencias que la vida acarrea. Pero te desnuda ante ti misma al considerar que peor es no contemplar cómo las horas cambian la fisonomía de las calles y cómo las ciudades se transmutan en seres fantasmales al llegar el invierno. La tristeza no entiende de estaciones y su retrato fiel, las lágrimas, aparecen sin ser invitadas al party de tu vida, así como quien no quiere, así como quien baila, así como quien vive sin tenerlo tan claro como ella. 

(Fotografías de Peter Lindbergh, 1944)

jueves, 1 de noviembre de 2018

Pedir perdón


(Enric Torres-Prat, 1940)

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que terminan siempre pidiendo perdón y los que hacen sentirse culpables a los demás. Entre los segundos los hay concienzudos, gente que dice haber reflexionado lo suficiente como para llegar a esa conclusión y los hay también impulsivos, a los que lo primero que se les ocurre es decir que la culpa es de otro. La culpa es el sentimiento que levanta emociones negativas y araña el alma. Cuando aparece es muy difícil que logremos evaporarla. Es un poso que se asienta en la conducta y que te inclina, sin poderlo evitar, a sumar un fracaso tras otro. La culpa tiene mucho que ver con la inseguridad y con un sentimiento de frustración al no explicarnos por qué ocurren las cosas y por qué se nos escapan de las manos. Sentir culpa no soluciona nada, salvo que la sienta el verdadero culpable. Pero esto es como las novelas de misterio: el malo siempre intenta ganar la partida. 

No existe el equilibrio. Nadie debería ser culpable por excelencia ni al contrario. Y, quizá, la culpa tenga muchos matices y no siempre puede ser llamada así porque hay errores, equivocaciones sin mala intención y maldad a secas. No creo que los malvados tengan sentimiento de culpa. Son más fríos y equidistantes que cualquiera. La culpa es cosa más bien de gente desconcertada, confusa y llena de matices. Como la mayoría de los humanos. Como nosotros mismos. Dudamos y los malos aprovechan esas dudas. Reconocemos nuestros errores en voz alta y siempre está quien aprovecha para guardarlos en su saquito y esparcirlos sobre ti cuando menos te lo esperas. Confiesas una debilidad y ahí está esa persona que te la devolverá a la cara, con creces y mal interpretada. Te expones a que te humillen y te desprecies. Por eso hay que intentar mejorar los defectos pero no exponerlos a la luz del día sin protección. Crema antisolar contra los abusones. 


(Giuseppe Dangelico, 1939-2010)

Lo peor viene del lado de los manipuladores. Personas que son capaces de darle la vuelta a la tortilla, sentirse víctimas cuando son verdugos y de convertir en culpable al que está enfrente, sea como sea y usando técnicas ocultas, maniobras que apenas se ven. En estos casos no hay solución para el que se encuentra con alguien así. Solo la huida puede garantizarte mantener tu salud mental y física. Puedes huir sin mirar atrás y sin remordimientos. Esa clásica pena de agarrarte a pensar lo que era antes de volverse mezquino no sirve. Es una patraña, un engaño, una imagen distorsionada en el espejo. Los manipuladores son muy cuidadosos al principio, porque tienen que embaucarte, pero luego se convierten en gente burda y sin ninguna delicadeza. Son como los vendedores de pócimas de las películas del oeste. Van con sus carritos ambulantes cantando grandezas y poniendo caras amables pero si un cliente les dice que eso es un fraude sacarán su revólver del chaleco de cuadros y se lanzará sobre ellos a quemarropa. Se defienden atacando. 

Nadie que funciona manipulando a los demás es capaz de sentir amor ni amistad y no te va a echar de menos cuando desaparezcas. Se buscará otra víctima y el círculo seguirá existiendo. No puedes hacer otra cosa que evitar que vuelva a pasarte porque hay una peligrosa tendencia a dejarse utilizar en algunas personas. Si eres una de ellas tendrás que estar alerta y no volver a caer. Woody Allen decía "toma el dinero y corre". Yo te aconsejo: "tira de ti misma y lánzate fuera de su órbita como una exhalación". 


(Enric Torres-Prat, 1940)


miércoles, 26 de septiembre de 2018

Un mal gusto exquisito


Aunque podría, no voy a dedicar esta entrada a hablar de algunas celebrities que se dedican a gastarse el dinero en modelos imposibles de supuestos genios de la moda. Esto de la moda es como la cocina. Según se mire, tienen muchos puntos en común. Se trata de hacer lo más difícil posible algo que es muy sencillo. Un vestido, por ejemplo. Con sus botones o sus cremalleras, su largo y su dobladillo. Puede uno hacer piruetas, hacer el intento de dejar su sello personal y entonces convertirlo en un magnífico adefesio. Un mamarracho. Lo mismo pasa con la cocina. La alta cocina corre el peligro de convertirse en una cocina hecha para snobs a los que no les gusta comer. 

Podría hablar de cocina o de moda, incluso de política, porque todo eso aparece mezclado en un guiso imperturbable. Podría hablar de cualquier cosa pero quiero hablar de sentimientos, de elecciones y de amor. Qué es el amor si no el motivo principal por el cual los seres humanos nos dedicamos a sufrir en lugar de gozar de la vida????? Qué, sino una excusa perfecta para poner a parir a los hombres que no nos quieren, si somos mujeres o a las mujeres que nos asedian, si somos hombres???? Al revés no sería posible, ahí entraría ya el código penal. 


A pesar de que nuestra intuición es poderosa y no equivoca las señales, la mayoría de las veces no le hacemos caso alguno y entramos en barrena, directamente al sótano de las emociones, al lugar en el que todo se guisa a la tremenda. Entonces, nuestro ego se acorta y nuestra pasión se convierte en el leit motiv de la vida y así no hay manera. No podemos hacer negocio con nosotros mismos, no podemos conservar la vertical y el buen tino si nos dejamos llevar por ciertas exuberancias que engañan a cualquiera. O por cualquiera que es capaz de engañar a cualquiera incluida cualquiera de nosotros. Hay gente experta en eso, tenlo en cuenta. 


Si pudiéramos vernos con perspectiva, si la cabeza funcionara a tope y nos pusiera delante unos carteles bien escritos, unas señales de tráfico emocional, entonces sabríamos dónde acudir y dónde no asomarse ni en peligro de extinción de las especies. Hay una especie que no se extingue. La del adulador, mentiroso, engañabobas, que, una vez completada su tarea, te deja en la cuneta y ahí te las den todas. El radar nos engaña y caemos en la trampa de un cortejo absurdo, que, en realidad, no existe y que solo puede creerse si eres inocente al máximo. Una mujer bien poco avispada y que está dispuesta a dejarse arrastrar por un espejismo. Solo así puedes tener el mal gusto exquisito de querer a un horroroso desastre que solo te trae problemas. No debe ser cosa de pocas porque las veo a menudo contando sus pesares.


Si esto fuera un consultorio sentimental, que no lo es, te diría: Querida amiga, eres una mujer lista, guapa, trabajadora e inteligente. No tienes ninguna necesidad de crearte más problemas que los que la vida te trae. Piensa con claridad. Qué te aporta ese tipo, pagado de sí mismo, espléndidamente reconcentrado en su persona, misógino de tres al cuarto, narcisista de libro???? Cierto. Nada. Si la respuesta es nada, la nada es la solución. Qué solución podemos darle a ese estado tuyo de efervescente rabia, trastocada en tristeza indisoluble en agua y en fiera convicción de hacer el tonto???? La solución es nada. La nada. El silencio. Lo dijo mejor que nadie Carmen Laforet y no hay otra receta. Nada. Apréndelo. Y abrázate a ti misma cuando llueva. 

(Ilustraciones de Al Parker) 

martes, 4 de septiembre de 2018

Imperdonable




Aquel hombre tenía cierto atractivo. Al menos, al principio.

Era un atractivo aparente, desde luego. Si se escarbaba en el interior aparecían las cenizas. Pero la gente normal se deja engañar con mucha facilidad. Basta con que alguien se crea importante para que los demás también lo creamos. Basta con que un hombre se considere a sí mismo una persona de interés, para que todos acudamos en tropel a interesarnos. No sé qué dice la psicología de esto, ni siquiera sé si dice algo, pero debería. Hay personas que están tan equivocadas consigo misma como con los demás. Y no tiene remedio. No hay terapias ni curas. Es, sencillamente, un sector de la población que, si te lo encuentras de lejos, puede hacerte gracia. Pero, ay, como se entrometa en tu destino…

De modo que ese hombre parecía agradable, incluso en ocasiones, generoso. También podía resultar entretenido, podía reírse y contar cosas acerca de los demás que te divirtieran. Aunque solía reírse de sí mismo nunca lo hacía en aquello que, de verdad, resultaba grotesco. Más bien parecía que buscaba la forma de convertir sus defectos en virtudes. Lo contrario de lo que sugería acerca de los otros. No sé si era inteligente, me parece que no demasiado. La pobreza de espíritu no denota inteligencia. Ni tampoco esa búsqueda de la notoriedad en la que no debía notarse que buscaba la notoriedad. 

A mí siempre me pareció que algo fallaba, que había una cosa que no salía a la luz y que estaba demasiado oculta. Un defecto que no podía apreciarse aunque uno aplicara una férrea observación. Tampoco merecía la pena gastar tanto tiempo. Y bastaba con los defectos evidentes. Esos brotes de furia cuando se consideraba ofendido, ese uso de las mismas frases hirientes para repartir a mansalva y el creerse por encima del bien y del mal. El señor está reunido. El señor se está retirando a descansar. El señor está llamando con el batintín para que traigan el desayuno. Pobre señor. Pobre desayuno. 

Lo peor de todo, desde luego, no era nada de esto, con ser molesto y desagradable a la hora de relacionarse con los otros. Lo peor era que consideraba a Jane Austen una señora antigua, con poquísima pesquis y nada de ingenio. Lo peor es que no había leído nunca “Emma” y eso que alguien se lo regaló una vez. Lo peor es que la frescura de la vida que ella representa no la había conocido nunca. Lo peor es que envidiaba al señor Darcy y creía que era como él. Lo peor es que nunca lloraba con “Sentido y sensibilidad”. 


¿Quién podría soportar eso sin desmayarse? 

Lo peor es que era, en realidad, el señor Elton. Ahí va, camino de Bath, a ver qué tal florecen las estimables ramas de cinco mil libras al año. 

domingo, 26 de agosto de 2018

Tóxicos



He aprendido algo últimamente. Hay personas que ejercemos un imán que atrae a los tóxicos. Me ha ocurrido varias veces en mi vida y ya sería demasiada casualidad. Sin embargo, hasta hace poco no he logrado hallar la relación entre unos hechos y otros. Hay que pensar, amiga, me digo muchas veces. Pensar sin miedo a ahondar en esos pensamientos, por oscuros y tristes que parezcan. O por duros que sean contigo misma. 

Pues bien, en cuatro ocasiones mínimo he topado con gente así. Soy, por tanto, una víctima potencial de la toxicidad. De esa gente que son diferentes entre sí pero que tienen algo en común: te hacen pasarlo mal. Los tóxicos de los que hablo no son productos de droguería, ni alimentos en mal estado. Son personas. Cualquiera de nosotros puede tener cerca a alguien así y no darse cuenta. Porque lo difícil es descubrirlo y luego llega otro reto, solucionar el problema. Como ellos no pueden dejar de ser tóxico esa solución solo te incumbe a ti. Solucionar tu problema. 

Entre esas cuatro personas de las que os hablo hay dos hombres y dos mujeres, es decir, que no está relacionado siempre con las relaciones amorosas, también en la amistad hay tóxicos. Y en el amor, aunque yo nunca calificaría de amor lo que se siente en esas condiciones lamentables de pérdida de la estabilidad emocional. El amor es otra cosa y, como dice el poeta, quién lo vivió lo sabe. Es dependencia, adicción, droga dura, pero nunca amor. Nunca hay nada bueno si te relaciones con alguien tóxico. Apréndelo ya. 

Las personas son distintas entre sí, pero los tóxicos tienen rasgos comunes. Hago una relación de ellos por si te pueden servir. Y esto no va de coaching ni tonterías semejantes, sino de experiencia de la vida que comparto contigo porque me caes bien. Y porque es esencial la detección del problema. Solo sabes que alguien te hace sentirte mal. Y el resto lo adivinas a base de sangre, sudor y lágrimas. Fíjate. 

¿Qué hace la gente tóxica contigo?

Te mienten. No tienen por qué ser grandes mentiras, aunque también, pero mienten continuamente. Tienen una gran facilidad para mentir y ningún remordimiento por hacerlo. Siempre hallan alguna justificación a esas mentiras y la justificación eres tú. Lo hacen por ti. Son mentiras piadosas que intentan ayudarte, no hacerte daño. También pueden ser mentiras para protegerte, para salvarte de algo. Los tóxicos son salvadores por naturaleza. Así lo creen ellos. 

Tergiversan tus palabras y tus actos. Confunden los acontecimientos, los cambian de lugar, de orden, inventan una motivación, crean una situación que no ha existido. Interpretan la realidad a su manera, todo es un problema, un lío y tú eres el centro de ese lío. Te dirán que nadie actúa así con ellos, que eres la persona más rara y problemática que conoces. Terminas dudando de ti misma. Ese es el objetivo. 

Te manipulan y utilizan. Quieren llevar siempre la razón. Te adjudican sus propias maniobras. Tejen una red de araña que te envuelve. Convierten algo sin importancia en un problema. Tienen su esquema de vida intocable y tú debes adaptarte a él. Si no lo haces, te castigan de alguna manera. Están contigo solo si les interesas. Pero a veces te llegan a odiar si sientes que les ayudas o que detectas su debilidad. 

Te envidian. Los tóxicos son grandes envidiosos. Por eso intentan menoscabar tu autoestima, rebajarte del modo que sea. Convertir tus defectos en virtudes. Lo repetirán una y otra vez hasta que lo logren y caigas. Un sistema muy usado son comentarios dejados caer al aire, que parece que no tienen importancia. Detalles que van soltando y que tú vas guardando en la mochila de los agravios. 

Te ocultan información. Un tóxico no vive una sola vida. Amplias capas de su existencia permanecen ocultas, se superponen, no se tocan, no se relacionan. Los tóxicos no quieren ser descubiertos y guardan su intimidad de una forma exagerada, tanto es así que pueden engañarte a gusto. Suelen presumir de ser discretos pero en esto también mienten. Se protegen a sí mismos para que nadie ate cabos de lo que en realidad pretenden. 

No empatizan contigo. No tienen ninguna capacidad de ponerse en el lugar del otro. Si sufres por algo, te ridiculizarán. Si estás triste, tratará de que te sientas mal por eso. Si necesitas apoyo, se escabullirán lo más pronto posible. Su objetivo es siempre salvarse ellos. Dejar claro que tus problemas son tuyos y que ellos (o ellas, no lo olvides) no tienen la culpa de nada. 

Van de víctimas. Los tóxicos te hacen sentir culpables. Ellos son las víctimas de los demás. Se consideran generosos, bondadosos y buenas personas, tanto que los demás abusamos de ellos. Alardean de tener una gran paciencia, de atender a todo el que se le acerca, de llevar detrás de sí una serie de mochilas de personas a las que ayudan sin que nadie se lo demande. Sus defectos te los atribuyen a ti, ellos son los que los sufren. Por eso te adjetivan constantemente. 

Te convierten en otra persona. Lo primero que desaparece al tratar con ellos es la alegría. Luego llegarán otras emociones, como la inseguridad, la culpa, el miedo, la decepción, la rabia, el desconcierto, todo mezclado en un cóctel que no podrás controlar. Te ves a ti misma como alguien que no sabe actuar, que hace mal las cosas. Recurres a contarlo a algunos amigos y te verás sola, porque nadie entiende esto si no lo ha vivido. Empezarás a tomar pastillas para poder tranquilizarte, puedes llegar a no dormir. Llorarás continuamente. Serás un alguien triste. 

Te hacen sufrir. Usan el método de palo y zanahoria. Tendrán atenciones durante un tiempo y luego decaerán. Te preguntarás por qué y no tendrás respuesta. Si pides explicaciones, te tacharán de egoísta. Te echarán en cara su falta de agradecimiento. Te compararán con otras personas, supuestamente más agradables y menos problemáticas que tú. Te harán dudar de tí misma. Te sumirán en contradicciones, te alterarán, te pondrán en una situación límite. Serás infeliz. 

¿Por qué a mí?

Por razones varias: un mal momento, un complejo sin tratar, una infancia difícil, una familia con problemas, un tema de acoso escolar, la falta de afecto, la insatisfacción, pero también ser muy brillante, superdotada, muy inteligente, demasiado empática, hipersensible. Tener miedo, ser cobarde, no estar apoyada por nadie, parecer muy fuerte y no serlo. No saber pedir ayuda. 

¿Qué hacer?

Huye. Cuanto antes. No te preguntes cómo ni por qué. Vete. Corriendo. Sin mirar atrás. 

Y una advertencia: Los tóxicos suelen ser gente encantadora, que te atrapan precisamente porque dan la impresión contraria de lo que son. Ese es el verdadero problema. 

sábado, 19 de mayo de 2018

Crónica de la boda de Harry y Meghan


 Me disponía a hacer una crónica entusiasta de la boda del año, la del príncipe Harry y la actriz estadounidense Meghan Markle (la doble de Begoña Villacís), pero mi íntima amiga, la aristócrata inglesa de toda la vida Lady Fiona Louise Evans-Pritchard, para los amigos Filo, ha venido en mi ayuda y me ha contado, con pelos y señales, todo lo que ella ha vivido como invitada al evento. Ay Filo, no sabes cómo te lo agradezco y no sabes lo reconfortante que es leer tu misiva en esta tarde trianera en la que la tormenta ha vuelto a hacer su aparición.


"Querida, ha sido muy emocionante. Se nota que están muy enamorados. La mañana empezó con algún contratiempo para mí, porque mi vestido amarillo paja de Christopher Kane se me ha quedado un poquito holgado debido a que, como sabes, llevo un mes a dieta de brócoli y ensalada de berros. Luego me he consolado al ver a la novia porque su traje también le quedaba ancho. Te hubiera encantado mi clucht anaranjado de Fuster Lewis y mis zapatos súper altos en tono violeta de Hubert Ross. Lo más guay ha sido mi sombrero, un canotier de paja con flores amarillas,  homenaje al origen francés de mi querido François.


 Llegamos a la hora fijada y nos dedicamos a cotillear los atuendos de los demás, para eso teníamos algún tiempo por delante. El traje de George Clooney no nos gustó nada, parecía un directivo de un banco en el palco del Bernabéu y tampoco el vestido azul oscuro de Victoria exSpice. Esta mujer siempre se empeña en ir vestida como a una comida de negocios. Sí estaba preciosa, y digna de ver, Kitty Spencer (en la foto superior) una de las primas del novio por parte de su madre. La duquesa de Richmond se empeñaba en destacar sobre las demás con un modelazo Ascott que no pegaba ni con cola. Y no te digo nada de Cherry Dormand, la sobrina de Peggy Labour, siempre tan sofisticada y tan cateta a la vez. Aunque para cateta la baronesa de Saint Medars que se ha dedicado a enseñar la suela del zapato para que todos viéramos que era unos Laboutin auténticos. 


 Debí haber advertido a protocolo de mis alergias a las plantas de polen distraído, porque me he pasado toda la ceremonia estornudando. Esto ha generado alguna queja a mi alrededor, a mi juicio exagerada, porque no es culpa mía que algunos estornudos hayan coincidido con los si, quiero y con los cantos de los gospell esos. El problema está en la capilla de Saint George y tanto gótico vertical, que da la sensación de que estamos asistiendo a una boda en un bloque de pisos. Nada que ver con la catedral de Sevilla, tan horizontal y cómoda, que conocí cuando la boda de vuestra infanta Elena. 


 La ceremonia ha sido un poco pesada. Hablaban muchos y también había cánticos, chelos, sopranos, en fin, larguísima. Yo había salido de casa sin tomar nada, como es mi costumbre, y cuando llevaba una hora en el acto ya estaba pensando en un delicioso pudín o una tarta de almendras. Pero estaba segura de que pasaría hambre todo el día. Estos Windsor comen poquísimo y lo peor es que se sienten molestos cuando los demás comen. En el ágape costaba horrores pillar un canapé y no te digo nada de lo liquiducha que era la sopa y lo frío que estaba el pato. Un pato en esta época es un desaguisado, ya te lo digo. Los tuvieron que cazar en otoño y los han tenido congelados en palacio a la espera de un evento. Entre eso y que la masa del pastel requiere no sé cuántos meses para que cuaje, el menú ha sido prehistórico. 

 Un cura episcopaliano de Nueva York nos ha insistido mucho en esto del amor. Amor, amor, amor, que creo era una canción de Lolita. No sé a qué viene tanto repetirlo en una boda. Ya sabemos que se casan enamorados pero también sabemos lo que dura el amor. Y es mejor así. Estar enamorada es agotador y no le deseo ni a Meghan ni a nadie que beba continuamente los vientos por Harry. Mejor una cosa tranquila y duradera. La madre de Meghan llevaba un piercing en la nariz que brillaba a lo lejos. Pensé al verla que era una lágrima y luego que era sudor, pero no, era un brillante y algunas de mis amigas lo calificaron de una cosa friki. 

 Lo mejor de todo, querida, como siempre, la reina, el duque de Edimburgo y nuestro querido Charles. Su chaqué gris es intergaláctico. Por eso todas las mujeres del reino lo adoran. Lucir bien siendo guapo es fácil, hacerlo siendo un hombre como él, es genial..."

domingo, 13 de mayo de 2018

Cosas por hacer en los próximos días


(Fotografía de Paul Horst)

1. Renovar el DNI (la foto de carnet está guardada en la cajita de tapas rojas, he salido regular)

2. Pintarme las uñas de los pies (ya es momento de sandalias y sin uñas rojas la sandalia no luce)

3. Recoger la chaqueta de la casa de los arreglos (no sé cómo me compro siempre una talla más grande)

4. Llevar los relojes a que les cambien la pila (los he metido todos en una caja rosa bastante grande que está junto al mueble blanco de los calcetines)

5. Hacerme el tratamiento hidratante en la peluquería (y estar pendiente de no olvidarme, como la última vez, que luego me riñe la peluquera)

6. Comprar leche de soja y cereales integrales. 

7. Olvidarme de ti (como llevo diciéndome hace ya varios meses sin resultado) 

martes, 1 de mayo de 2018

La boda de Meghan y Harry


Me pirran las royal wedding. Son lo más de las bodas y eso que las bodas ahora tienen miga. Todas contienen elementos tan "tradicionales" como damas de honor con vestidos horrorosos, tocados imposibles en las damas, carpas adornadas con flores, latas que suenan en el coche nupcial, despedidas de solteras y solteros (por separado, con boys y otros aditamentos) y exóticos viajes. Si te casas y vas a París ya sabes que eres un paria social. Lo suyo son las islas Fidji, Ceilán, el archipiélago de las Bahamas o Namibia, como van a hacer Meghan Markle y el príncipe Harry del Reino Unido, tras su boda el 19 de mayo

A la boda de Meghan y Harry le va a faltar la madre del novio, la mediática Lady Di, pero tendrá el morbo de ver si Kate Middleton ha recuperado la figura, al mes y pico de dar a luz su tercer hijo, Luis Arturo Carlos. O de comprobar el estado de forma de la Queen Elizabeth, un milagro de longevidad como su propia madre. También habrá algún invitado molesto, como el tío Spencer. Pero, sobre todo, abundará lo que últimamente en todos los enlaces reales: mucho plebeyo, actores, actrices, cantantes y gente de sangre roja, roja, que, mezclada con la azul, debe dar ese precioso color violeta que este año es el tono Pantone. 


Los seiscientos invitados acudirán a la capilla de San Jorge, en el castillo de Windsor, para contemplar el Sí, quiero. La novia llevará un vestido aún no desvelado y, seguramente, algo viejo, algo nuevo, algo azul, algo prestado. El azul es un color grandioso...A la salida de la ceremonia Harry y Meghan serán saludados con confeti y con pétalos de flores. Aquí siempre soltamos arroz, a veces con una puntería bastante mala, incluso con ganas de dar por parte de alguna "amiga" envidiosa, aunque los pétalos son la moda importada que asemeja las salidas de los novios con las petaladas a los pasos de palio. 

Todo estará lleno de hojas de haya, abedul, además de rosas, peonías y dedaleras. De mis lecturas de Agatha Christie siempre pensé que las hojas de dedalera eran venenosas pero lo mismo era una licencia que se tomaba la escritora. Philippa Craddock, que es la florista elegida, se va a cuidar muy bien de que no haya alergias ni intoxicaciones. En las invitaciones ya se ha especificado el vestuario. Barnard and Westwood, que es la imprenta encargada del tarjetón (muy simple, sencillo, blanco con letras doradas), lo aclara: "Uniforme, abrigo de mañana o americana para los hombres; vestido de día con sombrero para las mujeres". Una vez vi una pamela en una verbena de pedanía, a las tantas de la noche. Y, en otra ocasión, me llegó una tarjeta de boda que se abría y contenía una musiquita con unas rosas rojas de las que se derramaba purpurina...


Tras la ceremonia, habrá una recepción en St. George´s Hall, servida por mil camareros y para la que ya están previstos veintiocho mil canapés y dieciséis mil copas de champán. Si algún invitado lee este post no debería, sin embargo, hacerse ilusiones. La cocina inglesa es poco imaginativa y, aparte del pudding y la lengua de vaca fría, poco más puede esperarse. Si la boda fuera en Francia habría un menú largo y estrecho en homenaje a Paul Bocuse, el chef recientemente desaparecido que inventó en su restaurante de Lyon la nouvelle cuisine, pero en estos lares se pasa hambre casi siempre y mucho más en una boda pagada enteramente por la reina. El protocolo ha calculado, no obstante, que cada invitado beberá unas cuatro copas de champán, con lo que doscientos millones de burbujas andarán flotando por el aire como esas que lanzan los niños al aire con una cañita y agua jabonosa. 

Meghan Markle no es Grace Kelly. Pero es que ninguna consorte principesca de los últimos años lo es. Cuando Grace se casó con el príncipe Rainiero de Mónaco (a quien conoció en el rodaje de Atrapa un ladrón, con el bello Cary Grant) aquello fue una extravagancia, pero con clase, glamour y expectativas de que las monarquías europeas se reciclaran. Y tanto que lo han hecho. Los hijos de Grace animaron el mapa aristocrático durante muchas temporadas, sobre todo Carolina, a quien un amigo divisó pedaleando por las calles de un pueblecito francés, cuando era ya una viuda desconsolada y pasaba las horas recorriendo el sur de Francia en su bicicleta azul con cestita y vestida de bambula floreada. 

Meghan no es solo actriz, no es solo americana, sino también divorciada e hija de divorciados, mayor que Harry unos cuatro años y famosa por haber hecho una serie de televisión, Suits, en la que interpretaba el papel de Rachel Zane. Las series de televisión son ahora el equivalente a La ventana indiscreta. Y ser divorciada es lo justo, lo contrario sería muy sospechoso. Así es que la novia es el prototipo de la novia de príncipe del siglo XXI. Además de su vestido nupcial llevará otro por la noche (el signo de los tiempos, cambiarse de vestido dos o tres veces) para la recepción que ofrecerá el príncipe Carlos en Frogmore House, un acto privado al que "solo" acudirán unas doscientas personas. La asesora de imagen y estilista Jessica Mulroney ha empezado a enseñar a Meghan qué abrigos de tweed usar para las inauguraciones, como deben colocarse los sombreros para que el aire de Ascott no los derribe y otras sutilezas de protocolo. 

lunes, 30 de abril de 2018

"Harris and Harris"

  "Flores para la señora Harris" es un precioso libro de Paul Gallico, que publicó la editorial Alba, en su colección Rara Avis y cuya reseña anda por aquí.

 La señora Harris trabaja en el servicio de limpieza en Londres. Es una de las miles de mujeres que ponen en funcionamiento diario las casas de Inglaterra y cuyo celo y entrega hacen posible la vida cotidiana. Las señoras de la limpieza son una institución en este país. Y mucho más lo eran en los años cincuenta del siglo pasado, época en la que se ambienta esta novela.

  Harris es viuda y su trabajo en las casas de gente adinerada le sirve para subsistir y para estar ocupada. Un día, arreglando unos armarios en la casa de una mujer muy rica, atisba unos vestidos de Dior que están allí colgados. Se queda tan deslumbrada que arde en deseos de tener uno de esos trajes.

   Así que ahorra y ahorra, hasta que consigue ir a París y allí le suceden cosas maravillosas. El poder de la ilusión es infinito. Es capaz de elevar a las personas sobre sí mismas y de lograr metas impensables.

   Pues bien, vuelve la señora Harris y esta vez se va a Nueva York. Como siempre, se trata de hacer algo bueno para alguien, de ayudar y de luchar contra las cosas que están mal hechas. Hay un niño al que echar una mano y la señora Harris no dudará en hacerlo.

   Las aventuras de la señora Harris tuvieron mucho éxito cuando se publicaron y por eso el autor hizo tres entregas más, una de las cuales es esta excursión a Nueva York. "La señora Harris en Nueva York" saldrá próximamente en Rara Avis, una de las colecciones más bonitas, delicadas e interesantes del mundo editorial español. Sus títulos están bien escogidos, sus autores son variados y llenos de un aire especial que me encanta. E, incluso, tienen un diseño delicioso, que da gusto manosear.

     Cuando el libro salga haré cumplida reseña del mismo en mi blog Una isla de papel, pero, de momento, quede aquí constancia de esta curiosa espera, de este hormigueo tan simpático que se siente cuando se tiene ganas ya de leer un libro y todavía no se ha asomado a las librerías. Porque, como he comentado otras veces, los libros que reseño me los pago yo, me los compro yo, los elijo yo y nadie me impone ni lo que tengo que decir ni los libros que tengo que reseñar. Ventajas de ser una anónima bloguera, sin mayor relevancia y con la mayor libertad de expresión.

   (Las fotos de esta entrada son del grandísimo fotógrafo Serge Balkin, marido de la no menos grande Nina Leen. Ambos me tienen cautivada con sus fotografías tan llenas de vida, tan especiales y plagadas de imaginación).

miércoles, 25 de abril de 2018

Misóginos, narcisos y cardos borriqueros


(Foto: Loomis Dean)

He aquí unas cuántas frases prototípicas que te pueden servir, querida amiga, para descubrir si ese señor al que tú, en tu inocencia, consideras maravilloso, es, al fin y al cabo, un misógino de tomo y lomo, bastante enmascarado. 

Frase 1: "Lees demasiado" 

Frase 2: "Las otras no me crean tantos problemas como tú"

Frase 3: "¿Es que tienes la regla?"

Frase 4: "No puedo con tus vaivenes emocionales"

Frase 5: "A mí no me ha reñido ni me madre, me vas a reñir tú"

La frase 1 es muy, muy, especial. Significa que, para ese tipo arcangélico, supuestamente intelectual, leer es cosa de hombres o, en todo caso, las mujeres han de ser mesuradas en la lectura, igual que en la bebida. Leer mucho les pone en un aprieto y leer demasiado es inaguantable. Esta es una frase que debería significar abrir la puerta y coger el primer taxi que pase por allí. 

Frase 2: Está basada en establecer comparaciones. Tú (seas quien seas tú, todas somos tú en cualquier momento) eres peor que las demás. Más molesta, más preguntona, más exigente, más dura, más pesada, más trasto. Sigo. Más fea, más gorda, más insolente, más mayor. Todos los "más" valen para la "tú". Y si la tú no anda espabilada, se convertirá en la tú más tonta del mundo mundial. Una víctima en modo tú. Tú víctima, yo víctima, etc. 

Frase 3: La regla es el mantra universal de todo hombre sin recursos, que, en realidad, teme a las mujeres como a una bala verde, aborrece el compromiso, quiere dominar y verse reflejado en un espejo que le devuelva una imagen feliz y aquí paz y después gloria. Cuando no es la regla, es la ovulación, cuando no la menopausia y, en general, las hormonas, esas pobres e inocentes cosas que no sabemos por qué se granjean la animosidad de todos los misóginos y otras faunas narcisistas al loro. 

Frase 4: Por supuesto que esto está relacionado con lo anterior. Pero también con una premisa: las mujeres somos seres sufrientes. No he conocido nunca a ninguna mujer que no sufriera más de lo debido. Nuestra vida tiene en el sufrimiento un motivo de preocupación constante. Y, enfrente, para contrarrestar, están ellos. He conocido solo a un par de sufridores masculinos. Sufrimos por los mayores, los niños, los kilos, la compra, el dinero, el físico, el amor y todo lo que nos echen. El misógino considera a las mujeres sufridoras unas tristes absurdas sin remedio. Y las machacan para que sufran un poquito más. 

Frase 5: Hay un truco estupendo que usan estos tipos. Cuando les recriminas algo que te ha sentado mal, que han hecho mal o que dejan de hacer, ellos usan alguna de estas lastimosas quejas: siempre me estás riñendo, nadie me riñe como tú, ya estás con los reproches, etc. La palabra reproche nunca se oye salvo que el tipo sea un misógino declarado y convencido. Quieren ser espíritus puros a los que nadie les tosa. Se creen perfectos y les molesta cuando insinuación que los convierta en vulgares mediocres deseosos de que les rían las gracias. 

No creas que esto agota el vivero de los lugares comunes, de los tópicos. Estas personitas (los misóginos, vividores, narcisistas y demás fauna similar) siempre procurará que no te muevas del ladrillo que te han asignado. La que se mueva no sale en la foto. Si te mueves eres la rebelde y las rebeldes no tienen derecho a mimos ni carantoñas. Aunque debería darte lo mismo. Esos mimos y carantoñas son más falsas que las monedas de latón. Un hombre de verdad nunca usaría tu nombre en vano. Ni derramaría cariños, cheries, encantos, corazones, guapas, princesas, y demás apelativos, como el que se mea en un cántaro. 

martes, 17 de abril de 2018

Alicia en el país de los maestros de la costura


Todos los que hemos sufrido la acometida de los mediocres entendemos a Alicia, la ganadora de Maestros de la costura. Semana tras semana, durante las diez que ha durado el concurso de TVE, hemos oído y visto las zancadillas, comentarios y prácticas de bullying que han llevado a cabo contra ella algunos concursantes. Y el silencio del resto, como suele corresponder a esta situación lamentable que sucede cuando se juntan unos cuántos envidiosos y otros cuántos cobardes, todos ellos perfectamente aliados en contra de alguien que les supera en brillantez, capacidad, trabajo y talento. 

Resulta sorprendente cómo Alicia ha logrado mantener su equilibrio y realizar su trabajo en estas condiciones. Y cómo no ha respondido con la misma moneda ni ha alterado su sonrisa ni devuelto las insidias. Salvo una noche en la que flaqueó al observar que una de sus supuestas "amigas" del programa la acusaba de ser dictatorial y fría, salvo ese momento en que ninguno de los compañeros dio un paso adelante cuando se afirmó que estaba sola y que no se trataba con nadie. Qué vergüenza sentí. 

Puede ser que alguien piense que, si hay tantos en su contra, es que el problema es de ella. Pero no. Una conjuración de gente sin talento, de pobre gente, llenos de envidia, eso es lo que producen estas acciones. Alicia tendrá que lidiar toda la vida con ello. Y fortalecerse para soportarlo. De las declaraciones que he leído hoy en la prensa creo que lo sabe de sobra. Y que por eso su objetivo lo mantiene en la mente más allá de componendas y amiguísimos. Lo entiendo tan bien como debe hacerlo alguien que ha pasado (y aún pasa) por lo mismo. 

Lo que no logro entender es que esto haya pasado y nadie de la organización haya movido un dedo. Aunque suele ser así. Esta es la secuencia de hechos que se repiten y en este caso, retransmitido. 

miércoles, 11 de abril de 2018

Libros para endulzar la vida


En los días más oscuros del invierno, cuando la luz se marcha pronto y la oscuridad anuncia que el día expira silencioso. 

En las tardes largas del verano, cuando el calor teje una túnica de seda sobre la ciudad y las nubes desaparecen hasta nuevo aviso. 

En los amaneceres suaves junto al mar, a punto de que los pies se incrusten en la arena y que las manos se desperecen con el compás de las olas. 

En la antesala del amor, cuando el corazón te señala que todo está a punto, que él cruzará la ciudad para verte y pronto todo estallará de gozo. 

En los postres de las despedidas, en ese momento indeciso en el que no sabes qué pensar, ni qué ocurrirá más tarde, ni por qué te has marchado.

Allí donde un dolor aprieta el estómago y se queda, dejándote convulsa. 

Allí cuando la tristeza te persigue y el aburrimiento te acosa. 

Allí si las cosas se han torcido y necesitas aire fresco para respirar.

En los andenes de las estaciones de tren o de autobús. En la playa. En el parque del invierno. En la terraza. En la azotea de tu niñez. En un hueco de las horas. En el balcón semiabierto. En el sofá acogedor. En tu silla de trabajo. En el suelo. En los sitios más inverosímiles. 

Un libro es el mejor sistema para apagar el fuego, caldear el ambiente, distender tu nerviosismo y animar tu risa. Eso es el libro: la pócima mágica que todo cuerpo necesita para seguir caminando sin que tropezar te distraiga de tu meta. 

lunes, 2 de abril de 2018

Prohibido ser tan guapo


(Michael Fassbender. Heidelberg, Alemania, 2 de abril de 1977) 

Yo soy de esas mujeres que critican a los hombres a los que solo les gustan las chicas guapas. Para qué negarlo, algo de envidia debe haber en eso. Preferiría que se decantaran por las inteligentes con cierto encanto pero, una y otra vez, me doy de bruces con la triste realidad. Cuando más listos ellos, más atraídos se sienten por las bellezas, con neuronas o sin ellas; con silicona o sin ellas; con bótox o sin él. El caso es resultar. 

Claro que en esta postura hay algo, o mucho, de fariseismo porque ¿a qué viene entonces que a mí me molen los macizos? O, mejor que los macizos, los guapos con pinta de superdotados intelectuales. Es así y no debería serlo. Siguiendo mi teoría solo debería fijarme en afables conversadores llenos de citas de filósofos griegos (o no), pero como la vida está hecha de contradicciones hete aquí que hoy me fijo en este muchacho de la foto y se me cae el alma a los pies. 

Fassbender no solamente es guapo, sino que tiene buen gusto escogiendo pareja (la genial Alicia Vikander a quien le perdono su suerte) y, además, da la impresión de que tiene un cerebro que rige y una formación nada despreciable. Eso es lo peor. Los guapos que tienen de todo. No sé cómo me atrevo a protestar de la tendencia humana (que ya Hutchison advirtió) de buscar la belleza en todas partes.