viernes, 26 de enero de 2018

Azul, verde, rosa


(Mujer vestida de azul. Pierre Auguste Renoir)

Hay una canción antigua, de Cecilia, que dice algo así : “Sé que me quieres azul, sé que me quieres verde, sé que me quieres rosa….” Pues algo así se me ha venido a la cabeza mientras repasaba el armario para decidir qué ropa ponerme hoy, en este día que  ha amanecido gris, lluvioso y manso. Esa lluvia que cae como si esto fuera el norte, ya sabéis, el chirimiri, aquello de lo que hablaba mi profe de Geografía del instituto, de quien yo estaba enamorada. 


(El vestido azul. Camille Corot. 1874)

El armario aparece invernal, pero ahí están esos colores que siempre, en todo momento, sirven para lo que las abuelas nos apremiaban: “Alegrar la cara”. A veces basta con usar un determinado toque de color para que parezcamos otras personas. Eso lo hablaba yo estos días con un par de amigas que han decidido que hay que poner al mal tiempo buena cara y que, por esa misma razón, van a añadir al gris, negro, tabaco, corinto del invierno, un toque singular para que sus vestimentas les aporten calidez y algo de esperanza. 


(Retrato de una dama con vestido rosa. Raimundo de Madrazo)

El azul es el color de las noches de verano junto al río. Promesas incumplidas que hoy te hacen reír. Hombres elegantes, con camisas de lino. Menús largos y estrechos, como decía el pobre Paul Bocuse. Sonidos de música de fondo que apenas se perciben. Platos alargados, platos cuadrados, platos grandes y blancos. Pequeñas delicatessen y unas manos cuidadas que alargan el tenedor como si volaran. De pronto, abrir los ojos con vehemencia y apreciar que la elegancia no es tal, sino decrepitud; que las manos se comen todo lo que pillan sin reparar en ti; que el menú es una auténtica bobada y una cursilería y que la música no amansa a las fieras. 


(Mujer con guantes. Tamara de Lempicka)

El verde, en cambio, es el color del atrevimiento. Quien de verde se viste, bonita se cree. De esas veces que te da lo mismo todo. Hago esto porque quiero, soy libre, nadie va a imponerme lo que no quiero sentir, hacer, decir, comprar, vivir. Es el color de la libertad. Porque no sienta bien a todos, precisamente. Porque una hace con él lo que quiere. Yo, últimamente, me pinto los ojos de verde. Después de muchos años he descubierto que me sientan bien los ojos pintados y que me gustan pintados de verde. Antes no había reparado en esto pero ahora que lo he entendido los verdes pululan y se acrecientan y convierten la mirada en un reto. Sí, te miro si quiero. Si no, no te miro. 


(José Pinazo. Mujer sentada) 

El rosa ha sido mi color durante mucho tiempo. De niña, porque se empeñaban en vestirme de rosa, a pesar de que no es el color de las rubias ni de las castañas claras. Pero ahí estaba yo, con el jersey rosa que tiene el cuello hecho a base de encaje. Luego cambié al azul por decisión propia. Después, de nuevo el rosa. Y en el armario se nota todavía esa preferencia, hay blusas rosas claras, rosas fucsias, botas rosas, zapatos rosas, zapatillas rosas, calcetines rosas, pijamas rosas, camisetas rosas. Mucho rosa. Mucho rosa. La vie en rose. Rosa, rosae. 

miércoles, 24 de enero de 2018

La disciplina de las pequeñas cosas


(William Mcgregor Paxton-1869-1941)

En la oscuridad surge un rayo de luz. No es el rayo de luz de Marisol, esa niña rubia, perfecta, que iluminó los sueños de los muchachos del pasado. No es el rayo que no cesa que escribió Miguel, nuestro Miguel, el poeta del chico que te quiso y te regaló sus libros. No es el rayo que derribó al caballito que portaba al jinete del hombre de tu infancia. No. Es un atisbo, apenas una esperanza límite, un solo instante, algo etéreo, una llamada suficiente, un reclamo, un aviso.

Qué haríamos sin esa gente que lanza un haz sobre ti y te construye, con una frase, un camino, un ideario, una meta. Que te levanta en día nublado y despeja las nubes de un manotazo. Que vuelca sobre la mesa el cofre de las desdichas y las aparta hasta convertirlas en zumo de sueños realizables. Qué haríamos sin los que se llaman amigos y de verdad lo son.

Traza en tu cabeza un sencillo itinerario. Coloca pequeñas cruces rojas junto a las frases de lo que has logrado. Camina sin dejarte entretener por los ruidos. Acércate a los ecos, esos sí te sacuden el alma y te levantan. Deja atrás el perverso sonido de los amantes del revuelo inútil. Ponte un sombrero. Golpea el suelo con tus pisadas, que se note que andas, que se note que estás cumpliendo el rito cotidiano, único, difícil pero cierto, de la disciplina de las pequeñas cosas.


domingo, 21 de enero de 2018

Tipos gordos, mujeres ansiosas

No os hablaré de la lógica preocupación por la salud que nos lleva a valorar como trending topic el ejercicio físico. Tampoco de la legión de mujeres de todas las edades que recorren en grupo las carreteras, los caminos, las avenidas, en pueblos y ciudades, a determinadas horas, charlando entre ellas y, sobre todo, sudando la gota gorda. Vamos a andar, dicen. Y se reúnen unas cuántas y se dedican a hacer kilómetros, porque eso es lo saludable y porque quieren estar en forma, sea el momento de su vida que sea, tengan la edad que tengan. Esto es un modo de relacionarse y de llevarse bien con una misma. 

Tampoco me refiero a aquellas que van al gimnasio con asombrosa fuerza de voluntad. Las que persisten en la piscina cubierta, el pilates o el yoga. Mujeres que quieren verse lo mejor posible, llevar la ropa que les gusta y les queda bien, mantener a raya los dolores, la fibromialgia, las contracturas de espalda o los problemas cervicales. Todas esas mujeres abordan su objetivo desde ellas mismas: sentirse mejor, disfrutar de la vida con menos molestias y más intensidad. 

Hablo de esa extraña situación por la cual ellos pueden estar gordos, fofos, calvos, barrigones, patosos, sin mayor problema ni preocupación porque suponen y suponemos que, a pesar de todo eso, su maravillosa inteligencia, su sentido del humor, su genialidad inherente, su puesto en la sociedad, su poder en el mundo, les va a garantizar tener a su lado, no ya a una señora de su edad y circunstancia, sino a una mujercita encantadora, joven, atractiva, deportista, sin un átomo de grasa en su cuerpo. 

No me quejaría si las señoras mayores, gordas, fofas, barrigonas y llenas de michelines, tuvieran a su disposición y fuera lo natural, a todo aquel tipo atractivo que se les antojara. Pero esto sería visto como una rara avis, una cosa sin sentido y lo criticaríamos ardorosamente, incluso nosotras, que somos unas arpías y que andamos todo el tiempo buscándonos defectos. 

¿Qué se piensan esos tipos, creyentes en la fe de que lo merecen todo, estén como estén y sean como sean? Y, sobre todo ¿cuántas ansiedades tiene que vivir la mujer para estar a la altura? No ya a la altura del que resulta apetecible sino a la altura de cualquier mindundi que se cree con derecho a exigirnos la perfección que ellos no tienen. 

Eso de ser la mujercita perfecta cuesta muchos dolores de cabeza y no conseguirlo te hunde en la depre más salvaje. A nosotras, claro. Ellos, a su bola. Encima, exigentes. 


domingo, 14 de enero de 2018

Mujeres, hombres y trending topic

Nadie mejor que Tamara de Lempicka con esta mujer de rojo que resulta ser Mrs. Bush y que se pintó en 1929, el año del Crack, para ilustrar este post en el que quiero hablar de mi estado de estupor ante algunas cositas que, dicho en roman paladino, claman al cielo. 

De manera que se extiende sobre la faz de la Tierra una cruzada feminista según la cual hay que andarse con cuatro ojos para no convertirse una misma en objeto. Al revés que los perros (no sé si también otros animales) que han dejado de ser cosas (y bien está, porque, pobrecitos, merecen que se les trate con todo el cariño), ahora las mujeres podemos ser cosas en cuanto nos descuidemos. Y tiene sentido porque hay barbaridades que siguen ocurriendo avanzando ya el siglo XXI y mucho por hacer y por cambiar, aunque nos creamos que lo hemos conseguido. 

En dirección contraria está la cruzada antifeminista que dice que los hombres pueden molestarnos e insistirnos, que eso está bonito, que todo lo del feminismo es una cuchufleta, una exageración y que hay que dejarse de correcciones, mucho mejor la creatividad, dónde va a parar. 

No sé si somos conscientes, pero desde que los mensajes de la lucha de sexos dejaron de tener sentido común para trocarse en eslóganes con intención de ser trending topic, la cosa marcha muy mal. Posturas irreconciliables, disputas que no parecen terminar, mujeres en pie de guerra unas contra otras y hombres que miran hacia otro lado. Algunos porque no saben donde mirar, otros porque lo tienen demasiado claro. Las peleas dialécticas amenazan con oscurecer los objetivos y con hacer que todo esto se convierta en caldo de cultivo para las abrazafarolas, amantes de los escándalos y otras tribus urbanas y rurales que sacan negocio de cualquier cosa. 

Mientras, la vida real continúa su ciclo. Las adolescentes, preguntando a los novios qué ropa han de ponerse. Los novios, vigilando los móviles de las adolescentes. Ellas, a la recíproca con el añadido del "estoy gorda, estoy gorda, muy gorda". La publicidad, machacando autoestimas. Los adultos, queriendo seguir pareciendo niños. Los niños, sin modelos a los que imitar. Todos, comunicándonos con mensajes cada vez más cortos y fotos cada vez más retocadas. Trendin topic a tutiplén, faltaría más, qué barbaridad, mire usté.

Y coronando el despropósito, a la chita callando, impertérritos y sacando pecho (dicho sea si segundas), en la tele, gloriosamente en décimo aniversario, ahí sigue, sin que nadie le tosa ni le mande una carta al defensor de no sé qué, exponiendo cual carne de cañón vitrina de piernas y cráneos rapados, ahí está Mujeres, Hombres y Viceversa, en actitud de enseñarle a nuestros hijos que hay que ir de pretendienta o de tronista, o de pretendiente y tronisto, y que todos los jóvenes tienen que vestirse igual, ir al mismo peluquero, decir las mismas gilipolleces, no dedicarse a nada más que a pisar plató y a vender carne, carne fresca. Yo no sé si lo que estamos haciendo es cosa de feministas o de antifeministas. Lo que sí sé es que no está sirviendo para nada.

miércoles, 10 de enero de 2018

Vamos de rebajas


Después de los rituales navideños, una vez que la vida vuelve a discurrir entre la rutina del trabajo, de las obligaciones y de los deseos no satisfechos, quizá puedas encontrar un entretenimiento creativo en ir de rebajas. Las chicas de Sexo en Nueva York lo sabían y por eso aprovechaban las compras para efectuar ese sano ejercicio del intercambio de opiniones entre mujeres. Cada vez más, las mujeres comparten entre sí lo que de verdad importa, quizá porque nos hemos dado cuenta de que nos entendemos mejor entre nosotras mismas. Y porque supone menos esfuerzo que tratar a convencer a un insumiso. 

Las rebajas tienen tantos partidarios como detractores. Hay quien las considera un paraíso de frivolidad, hecho para gente que compra compulsivamente y sin criterio. Hay quien dice que es cosa de aburridas. Otros opinan que la sociedad de consumo capitalista nos empuja a consumir sin hacernos falta. Y tenemos otras opiniones que afirman que las rebajas y todo lo que llevan consigo es una manera de compensar la soledad y las carencias que tenemos. Puestos a que todo el mundo tenga algo de razón podíamos añadir ¿y qué más da? 


No podemos ser trascendentes las veinticuatro horas del día. No podemos dejarnos llevar por nuestras apetencias intelectuales y ser ratones de biblioteca todo el tiempo. No podemos gastar nuestro presupuesto únicamente en libros y en compras culturales. Porque hay algunas cosas sagradas que no se pueden dejar de lado. El disfrute de sentirte bien contigo misma, el de reírte con las amigas por esos zapatos extraños que has adquirido. Ese momento en el que estrenas algo y dices, pues sí, pues parece que esto me queda bien. Y muchos más detalles que surgen de este ejercicio tan entretenido y vital para la buena salud mental de todas. 


Las asociaciones de consumidores ya nos están advirtiendo de que no hay que gastar de más, de que hay que mirar las etiquetas, de que nos pueden engañar. Y eso ya lo sabemos. Pero todavía queda mucho cosquilleo en la mayoría de nosotras en eso de rebuscar a ver si hallamos la ganga del siglo. Incluso hacerlo desde tu propio ordenador, dando vueltas virtuales por las tiendas on line, tiene su morbo y su encanto. Es verdad que muchas veces esas compras no sirven para hacernos olvidar lo malo pero si es motivo de conversación y de una tarde de risas, algo es algo. ¿No crees?. 

Gente en sombras


(Foto Archivo C. L. B. )

No eres la única persona que, en ocasiones, sientes como un globo de luz se instala en tu garganta y te pide salir al exterior. Ese globo son las palabras, las quejas, los duelos, los sueños, las penas, las esperanzas. Todo lo que forma parte de lo que sentimos. Si eres una adolescente, ocultarás a tus padres esas sensaciones y te callarás casi todo. Entrarás en la era del silencio que terminará pasados unos años. Mientras tanto serán los amigos los que recojan esas emociones, los que hagan de contenedor de tus miles de problemas, reales o ficticios. Si eres una persona adulta, tendrás suerte si has logrado crear en torno a ti una red de afectos que escuchen siempre que lo necesites. Es verdad que existen personas que no tienen ninguna necesidad de contar su interior. Pero también puede ocurrir es que estas personas tengan poco que contar. O que procesen sus historias de una manera difícil de entender para aquellos que, como yo, creemos que la comunicación es la base del afecto. 

Joven o viejo, qué más da. Ese tropel de sensaciones que los seres humanos van atesorando, como la muestra palpable de que viven, puede retenerse inútilmente o puede convertirse en algo vivificador, en algo que allane los caminos. Hay creadores que utilizan esa energía precisamente para eso, para ofrecer a los demás obras que generen esperanza. Y hay quien lo plasma en su día a día, en esa vitalidad constante y necesaria que sale a la luz sin más remedio. Escojas la opción que quieras no deberías avergonzarte de formar parte de los ejércitos de la palabra, del apretón de manos, del abrazo o los besos. Mucho mejor esto que sentir la frialdad de quien no tiene nada que ofrecer, aunque nada pida.