sábado, 24 de febrero de 2018

Primavera Ultravioleta


El color de la próxima primavera es el ultravioleta. Así lo estableció Pantone y así todas las marcas de moda a lo grande, de modistas al por menor, de pret-a-porter y de costureras buscando la fama, han adoptado el tono y aparece en monocolor o mezclado en estampados florales, en rayas o en cuadritos. El ultravioleta es un color muy concienciado. Las mujeres lo han tomado como su color feminista y en ese sentido todas contentas. Quizá el feminismo oficial decidirá, ante el auge de su fetiche, que no es momento de lucirlo para no parecer todas iguales. La inmensa mayoría desfilará en violeta y las ultras quizá lo hagan en amarillo. 


Este se ha colado sin avisar y, como buen complemento del violeta que es, lo tenemos en todos los desfiles. También aparece mezclado con rojo y eso que en España no somos amantes de que los colores de la bandera se junten, por eso de que algunos lo ven patriótico, otros lo ven facha y la mayoría no sabe dónde mirar. El amarillo es el otro color de moda de la primavera y del verano, un color muy fresco, muy atemporal, muy marcado por connotaciones en el mundo del espectáculo y muy difícil de llevar. No a todo el mundo le sienta bien el amarillo, tenedlo en cuenta. 


En cualquier caso, lleves el color que lleves, una de las tendencias más fuertes es que lo cubra todo. Un solo color, incluidos zapatos si puede ser, con el escaso complemento de un bolso a juego, eso es lo más en las próximas fechas. El naranja, el rosa empolvado, el amarillo otra vez, el eterno blanco, el luminoso coral y el siempre elegante azul en cualquiera de sus manifestaciones, pero sin añadirle nada, puros, en sí mismos. Los pantalones pueden ser cortos, por el tobillo, pitillos, anchos, anchísimos, hay una enorme variedad. Se llevan los tops lenceros, las camisas con encajes o similares, las mangas anchas, la manga larga y la corta, así como las lazadas en el cuello o en la cintura, muy románticas, aunque a veces incómodas. 

lunes, 19 de febrero de 2018

Nueva York en el foco


(Fotografía de Matt Weber)

Paso de outlets, de falsificaciones (para eso, nada mejor que Chinatown, pero no pienso ir sin Jack Nicholson) y de ropa barata de Macy´s o de Kmart. Lo mío son las tiendas de la Quinta Avenida, más o menos a la altura de Central Park, en esa esquina en la que podemos quedar y, mientras espero (porque yo soy muy puntual y tú siempre llegas tarde), puedo darme una vuelta rápida por el Apple Store Grand Central, a buscar algún fetiche de la manzana o, incluso, si el retraso es más del normal, aprovisionarme de colorete, lápiz de labios, perfilador de ojos y maquillajes en MAC, Sephora o L´Occitane.

Por supuesto que el plato fuerte de las compras será la entrada triunfal en Prada, Tiffany, Salvatore Ferragamo, Hugo Bosso, DKNY, Guess, la joyería de Van Cleef and Asperls y, para imaginar que anda por allí Tom Hanks, la Juguetería FAO Schwarz. En un hueco quizá incluso pueda pasar por Saks y hacerme la manicura, con ese color rojo, rojo, que tienen ya los anuncios de primavera en los tarros de cristal del esmalte de uñas.

Aunque dormir en el Hotel Plaza ya es una experiencia, no se queda atrás tomar un auténtico desayuno americano en el Ellen´s Stardust Diner, de Broadway con la calle 51. Huevos fritos, pan, patatas, bacon, café y zumo. Todo por 19 dólares más propina. No está nada mal tampoco darse, entre tienda y tienda, un descanso acompañado de un típico Bagel en The Grey Dog, en el Soho, por donde anda también el romántico Balthazar, para la hora del brunch.

Volverse de Nueva York sin probar una genuina hamburguesa es pecado de lesa gastronomía, así que elijo la original de Five Napkin Burger, con queso especial y salsa, en Midtown, cerca de Times Square, en el oeste de Manhattan. Si la cosa se pone italiana, que no falte una pizza, por ejemplo, en John´s Pizza, en el 278 de Bleecker Street. Redondearemos la cosa acudiendo a un restaurante de verdadera cocina americana moderna, el Mercer Kitchen, cuyo chef Jean-Georges Vongeritchen, consigue unos platos deliciosos y, además, un sitio elegante y romántico.

Todas las discusiones que tenemos porque tú llegas tarde, no te gusta ir de compras y te quejas continuamente del calor o del frío, podemos solventarlas allí, en Stone Street, en Lower Manhattan, tomando un cóctel en Undergof, de esos especiales, que en ningún sitio más se pueden probar.

sábado, 17 de febrero de 2018

De Londres a la Ronda de Triana


(Retrato de Mary. Fotografía C. L. B. 2018)

Crees que eres una chica a la moda y entonces vas a Londres. Allí te sacude la realidad y compruebas que llevan un siglo de adelanto en todo aquello que te resulta atrayente: el color del pelo, el corte, las mechas, las ondas, los flequillos. Y das vueltas por algunos sitios que te han recomendado y piensas que los ingleses son muy raros para comer pero muy creativos para decir "aquí estoy yo y eso es lo que hay".

Llevas bien aprendida la lección de los sitios cool y sumas tradición y vanguardia. A saber, una vuelta por Abbey Road y un cruce de semáforos. Las trescientas tiendas de Oxford Street, ni una más ni una menos. El mercadillo de Portobello Road, un paraíso del descuento y la ganga. El museo de Sherlock Holmes en Baker Street, misterio a raudales. La casa de la primera ministra en Downing Street, aburrimiento total. El teatro Whitehall y, por fin, el barrio que buscabas, el barrio en el que te gustaría vivir, el encanto, la Triana de Londres: Marylebone.

La gente de toda la vida, su vecindario de siempre, ha hecho de Marylebone un lugar delicioso. Vamos a tomarnos un buen almuerzo francés en The Wallace Restaurant, porque la comida francesa sabe mejor allende el mar. Quizá nos compremos unas gafas en Prism y también un bikini a la moda, de cuadritos vichy, azules y blancos. Luego, pasaremos por Trunk, a buscar algo para nuestros chicos, que también tienen derecho. Y quizá renovemos el armario cosmético en Being Content para rematar, cómo no y desde luego, en una librería llena de promesas: Daunt Books.

Todo este cansancio tendrá su sueño reparador entre las sábanas de una habitación con vistas en The Marylebone Hotel. Allí reflexionaremos sobre lo difícil que es estar a la moda, lo conveniente que resulta alejarse de la tierra propia y ver la vida con otros ojos, y lo poco que echo de menos la rutina. Pasados cinco días volveremos con un nuevo corte de pelo, un color chulísimo y los ojos más abiertos. 

sábado, 3 de febrero de 2018

Devuélveme mi cara


En toda esa ola que parece arrastrarnos y que mezcla feminismo, machismo, acoso sexual, abusos, piropos, manifiestos y lucha por la igualdad, hay un aspecto que parece frívolo pero que no lo es. Algo que está ocurriendo desde hace algún tiempo sin que ningún colectivo levante la voz, sin que ninguna voz individual se eleve. Quizá porque hay mucho en juego y cuando digo mucho, me refiero, cómo no a pasta, a dinero, a negocio. 

Hablo de las cirugías estéticas, de los tratamientos rejuvenecedores, de los bótox, hialurónicos, detox, y toda esa parafernalia tan complejísima que tiene un único objetivo: evitar que se note que el tiempo pasa. No podemos detener el paso del tiempo, no existe el elixir de la eterna juventud, pero sí podemos ( o eso creen algunos) conseguir que no se perciba su huella. Es un empeño que puede parecer elevado pero que tiene una connotación tan profunda de cosificación, de renuncia a la propia identidad, que no llego a entender por qué nunca se habla de esto. 

Tratar de mantener un aspecto agradable nos gusta a nosotras mismas. Obsesionarse por ello con el fin de estar en un mercado persa con relación a las demás mujeres, es insano y nadie debería caer en ello. Ni las actrices, que aseguran que lo hacen por mantener el trabajo. Ni las personas que están de cara al público. Porque se empieza por un pequeño retoque y se termina sin identidad. 

Las mujeres (sobre todo ellas, pero no solamente) se lanzan cada vez más jóvenes a un combate contra la edad que conlleva muchos pasos, desde las cremas y tratamientos faciales menos agresivos hasta la temible cirugía. Esta ya no tiene vuelta atrás. Cuando el bisturí cambia tu expresión, cuando te convierte en un clon, hermana gemela de otras miles de mujeres que antes que tú hicieron lo mismo, entonces ya todo está perdido. Ese hoyuelo, ese gesto, esa sonrisa, esa forma de mirar, ese mohín, todos estos elementos consustanciales a ti misma van a desaparecer y, en su lugar, aparecerá una superficie lisa, brillante e impersonal, que lo mismo puede ser tuya que de la vecina del quinto. Han desaparecido las huellas del tiempo y, con ellas, tu ser, lo que  has ido creando sin darte cuenta a veces. 

Los salones de belleza no son solamente ese lugar en el que te hacen una limpieza a fondo, te tratan las manchas del sol o te realizan la manicura francesa. Ahora la batalla contra los radicales libres, los ultravioleta o el calendario, tienen una feroz manera de expresarse a través de miles de cremas, geles, espumas, jabones, inyecciones, ácidos, como paso previo a la gran decisión, la jeringuilla, las agujas o el bisturí. Y ahí están los grandes gurús de la época junto con los coaching de crecimiento personal: los cirujanos plásticos. 

Y yo digo: si queremos conseguir que las mujeres no sean dependientes, no sean consideradas cosas, no se sientan obligadas a gustar a los hombres porque sí…si queremos lograr que se reconozcan el talento, el ingenio, la inteligencia, el trabajo…¿por qué hay que someterse al estrés de mantener una ficción que nos convierte en otras personas? ¿por qué tenemos que ser siempre jóvenes? ¿por qué tenemos que sufrir cuando vamos envejeciendo? ¿por qué hay que seguirle el juego a esos hombres que quieren tener siempre a su lado a una veinteañera?


No somos Campanilla. Nunca vamos a serlo. Y ellos, desde luego, no deberían ser Peter Pan. Si lo son, es su problema. Cuidarse está bien. Obsesionarse y dejar de ser lo que somos, es una lucha perdida. Un absurdo. Una forma de perder la identidad que no debería interesar a ninguna mujer. Una renuncia a la libertad.

Pero resulta que las más vociferantes son, en ocasiones, las que tienen como amigo más íntimo a un cirujano plástico.