sábado, 19 de mayo de 2018

Crónica de la boda de Harry y Meghan


 Me disponía a hacer una crónica entusiasta de la boda del año, la del príncipe Harry y la actriz estadounidense Meghan Markle (la doble de Begoña Villacís), pero mi íntima amiga, la aristócrata inglesa de toda la vida Lady Fiona Louise Evans-Pritchard, para los amigos Filo, ha venido en mi ayuda y me ha contado, con pelos y señales, todo lo que ella ha vivido como invitada al evento. Ay Filo, no sabes cómo te lo agradezco y no sabes lo reconfortante que es leer tu misiva en esta tarde trianera en la que la tormenta ha vuelto a hacer su aparición.


"Querida, ha sido muy emocionante. Se nota que están muy enamorados. La mañana empezó con algún contratiempo para mí, porque mi vestido amarillo paja de Christopher Kane se me ha quedado un poquito holgado debido a que, como sabes, llevo un mes a dieta de brócoli y ensalada de berros. Luego me he consolado al ver a la novia porque su traje también le quedaba ancho. Te hubiera encantado mi clucht anaranjado de Fuster Lewis y mis zapatos súper altos en tono violeta de Hubert Ross. Lo más guay ha sido mi sombrero, un canotier de paja con flores amarillas,  homenaje al origen francés de mi querido François.


 Llegamos a la hora fijada y nos dedicamos a cotillear los atuendos de los demás, para eso teníamos algún tiempo por delante. El traje de George Clooney no nos gustó nada, parecía un directivo de un banco en el palco del Bernabéu y tampoco el vestido azul oscuro de Victoria exSpice. Esta mujer siempre se empeña en ir vestida como a una comida de negocios. Sí estaba preciosa, y digna de ver, Kitty Spencer (en la foto superior) una de las primas del novio por parte de su madre. La duquesa de Richmond se empeñaba en destacar sobre las demás con un modelazo Ascott que no pegaba ni con cola. Y no te digo nada de Cherry Dormand, la sobrina de Peggy Labour, siempre tan sofisticada y tan cateta a la vez. Aunque para cateta la baronesa de Saint Medars que se ha dedicado a enseñar la suela del zapato para que todos viéramos que era unos Laboutin auténticos. 


 Debí haber advertido a protocolo de mis alergias a las plantas de polen distraído, porque me he pasado toda la ceremonia estornudando. Esto ha generado alguna queja a mi alrededor, a mi juicio exagerada, porque no es culpa mía que algunos estornudos hayan coincidido con los si, quiero y con los cantos de los gospell esos. El problema está en la capilla de Saint George y tanto gótico vertical, que da la sensación de que estamos asistiendo a una boda en un bloque de pisos. Nada que ver con la catedral de Sevilla, tan horizontal y cómoda, que conocí cuando la boda de vuestra infanta Elena. 


 La ceremonia ha sido un poco pesada. Hablaban muchos y también había cánticos, chelos, sopranos, en fin, larguísima. Yo había salido de casa sin tomar nada, como es mi costumbre, y cuando llevaba una hora en el acto ya estaba pensando en un delicioso pudín o una tarta de almendras. Pero estaba segura de que pasaría hambre todo el día. Estos Windsor comen poquísimo y lo peor es que se sienten molestos cuando los demás comen. En el ágape costaba horrores pillar un canapé y no te digo nada de lo liquiducha que era la sopa y lo frío que estaba el pato. Un pato en esta época es un desaguisado, ya te lo digo. Los tuvieron que cazar en otoño y los han tenido congelados en palacio a la espera de un evento. Entre eso y que la masa del pastel requiere no sé cuántos meses para que cuaje, el menú ha sido prehistórico. 

 Un cura episcopaliano de Nueva York nos ha insistido mucho en esto del amor. Amor, amor, amor, que creo era una canción de Lolita. No sé a qué viene tanto repetirlo en una boda. Ya sabemos que se casan enamorados pero también sabemos lo que dura el amor. Y es mejor así. Estar enamorada es agotador y no le deseo ni a Meghan ni a nadie que beba continuamente los vientos por Harry. Mejor una cosa tranquila y duradera. La madre de Meghan llevaba un piercing en la nariz que brillaba a lo lejos. Pensé al verla que era una lágrima y luego que era sudor, pero no, era un brillante y algunas de mis amigas lo calificaron de una cosa friki. 

 Lo mejor de todo, querida, como siempre, la reina, el duque de Edimburgo y nuestro querido Charles. Su chaqué gris es intergaláctico. Por eso todas las mujeres del reino lo adoran. Lucir bien siendo guapo es fácil, hacerlo siendo un hombre como él, es genial..."

domingo, 13 de mayo de 2018

Cosas por hacer en los próximos días


(Fotografía de Paul Horst)

1. Renovar el DNI (la foto de carnet está guardada en la cajita de tapas rojas, he salido regular)

2. Pintarme las uñas de los pies (ya es momento de sandalias y sin uñas rojas la sandalia no luce)

3. Recoger la chaqueta de la casa de los arreglos (no sé cómo me compro siempre una talla más grande)

4. Llevar los relojes a que les cambien la pila (los he metido todos en una caja rosa bastante grande que está junto al mueble blanco de los calcetines)

5. Hacerme el tratamiento hidratante en la peluquería (y estar pendiente de no olvidarme, como la última vez, que luego me riñe la peluquera)

6. Comprar leche de soja y cereales integrales. 

7. Olvidarme de ti (como llevo diciéndome hace ya varios meses sin resultado) 

martes, 1 de mayo de 2018

La boda de Meghan y Harry


Me pirran las royal wedding. Son lo más de las bodas y eso que las bodas ahora tienen miga. Todas contienen elementos tan "tradicionales" como damas de honor con vestidos horrorosos, tocados imposibles en las damas, carpas adornadas con flores, latas que suenan en el coche nupcial, despedidas de solteras y solteros (por separado, con boys y otros aditamentos) y exóticos viajes. Si te casas y vas a París ya sabes que eres un paria social. Lo suyo son las islas Fidji, Ceilán, el archipiélago de las Bahamas o Namibia, como van a hacer Meghan Markle y el príncipe Harry del Reino Unido, tras su boda el 19 de mayo

A la boda de Meghan y Harry le va a faltar la madre del novio, la mediática Lady Di, pero tendrá el morbo de ver si Kate Middleton ha recuperado la figura, al mes y pico de dar a luz su tercer hijo, Luis Arturo Carlos. O de comprobar el estado de forma de la Queen Elizabeth, un milagro de longevidad como su propia madre. También habrá algún invitado molesto, como el tío Spencer. Pero, sobre todo, abundará lo que últimamente en todos los enlaces reales: mucho plebeyo, actores, actrices, cantantes y gente de sangre roja, roja, que, mezclada con la azul, debe dar ese precioso color violeta que este año es el tono Pantone. 


Los seiscientos invitados acudirán a la capilla de San Jorge, en el castillo de Windsor, para contemplar el Sí, quiero. La novia llevará un vestido aún no desvelado y, seguramente, algo viejo, algo nuevo, algo azul, algo prestado. El azul es un color grandioso...A la salida de la ceremonia Harry y Meghan serán saludados con confeti y con pétalos de flores. Aquí siempre soltamos arroz, a veces con una puntería bastante mala, incluso con ganas de dar por parte de alguna "amiga" envidiosa, aunque los pétalos son la moda importada que asemeja las salidas de los novios con las petaladas a los pasos de palio. 

Todo estará lleno de hojas de haya, abedul, además de rosas, peonías y dedaleras. De mis lecturas de Agatha Christie siempre pensé que las hojas de dedalera eran venenosas pero lo mismo era una licencia que se tomaba la escritora. Philippa Craddock, que es la florista elegida, se va a cuidar muy bien de que no haya alergias ni intoxicaciones. En las invitaciones ya se ha especificado el vestuario. Barnard and Westwood, que es la imprenta encargada del tarjetón (muy simple, sencillo, blanco con letras doradas), lo aclara: "Uniforme, abrigo de mañana o americana para los hombres; vestido de día con sombrero para las mujeres". Una vez vi una pamela en una verbena de pedanía, a las tantas de la noche. Y, en otra ocasión, me llegó una tarjeta de boda que se abría y contenía una musiquita con unas rosas rojas de las que se derramaba purpurina...


Tras la ceremonia, habrá una recepción en St. George´s Hall, servida por mil camareros y para la que ya están previstos veintiocho mil canapés y dieciséis mil copas de champán. Si algún invitado lee este post no debería, sin embargo, hacerse ilusiones. La cocina inglesa es poco imaginativa y, aparte del pudding y la lengua de vaca fría, poco más puede esperarse. Si la boda fuera en Francia habría un menú largo y estrecho en homenaje a Paul Bocuse, el chef recientemente desaparecido que inventó en su restaurante de Lyon la nouvelle cuisine, pero en estos lares se pasa hambre casi siempre y mucho más en una boda pagada enteramente por la reina. El protocolo ha calculado, no obstante, que cada invitado beberá unas cuatro copas de champán, con lo que doscientos millones de burbujas andarán flotando por el aire como esas que lanzan los niños al aire con una cañita y agua jabonosa. 

Meghan Markle no es Grace Kelly. Pero es que ninguna consorte principesca de los últimos años lo es. Cuando Grace se casó con el príncipe Rainiero de Mónaco (a quien conoció en el rodaje de Atrapa un ladrón, con el bello Cary Grant) aquello fue una extravagancia, pero con clase, glamour y expectativas de que las monarquías europeas se reciclaran. Y tanto que lo han hecho. Los hijos de Grace animaron el mapa aristocrático durante muchas temporadas, sobre todo Carolina, a quien un amigo divisó pedaleando por las calles de un pueblecito francés, cuando era ya una viuda desconsolada y pasaba las horas recorriendo el sur de Francia en su bicicleta azul con cestita y vestida de bambula floreada. 

Meghan no es solo actriz, no es solo americana, sino también divorciada e hija de divorciados, mayor que Harry unos cuatro años y famosa por haber hecho una serie de televisión, Suits, en la que interpretaba el papel de Rachel Zane. Las series de televisión son ahora el equivalente a La ventana indiscreta. Y ser divorciada es lo justo, lo contrario sería muy sospechoso. Así es que la novia es el prototipo de la novia de príncipe del siglo XXI. Además de su vestido nupcial llevará otro por la noche (el signo de los tiempos, cambiarse de vestido dos o tres veces) para la recepción que ofrecerá el príncipe Carlos en Frogmore House, un acto privado al que "solo" acudirán unas doscientas personas. La asesora de imagen y estilista Jessica Mulroney ha empezado a enseñar a Meghan qué abrigos de tweed usar para las inauguraciones, como deben colocarse los sombreros para que el aire de Ascott no los derribe y otras sutilezas de protocolo.