martes, 4 de septiembre de 2018

Imperdonable




Aquel hombre tenía cierto atractivo. Al menos, al principio.

Era un atractivo aparente, desde luego. Si se escarbaba en el interior aparecían las cenizas. Pero la gente normal se deja engañar con mucha facilidad. Basta con que alguien se crea importante para que los demás también lo creamos. Basta con que un hombre se considere a sí mismo una persona de interés, para que todos acudamos en tropel a interesarnos. No sé qué dice la psicología de esto, ni siquiera sé si dice algo, pero debería. Hay personas que están tan equivocadas consigo misma como con los demás. Y no tiene remedio. No hay terapias ni curas. Es, sencillamente, un sector de la población que, si te lo encuentras de lejos, puede hacerte gracia. Pero, ay, como se entrometa en tu destino…

De modo que ese hombre parecía agradable, incluso en ocasiones, generoso. También podía resultar entretenido, podía reírse y contar cosas acerca de los demás que te divirtieran. Aunque solía reírse de sí mismo nunca lo hacía en aquello que, de verdad, resultaba grotesco. Más bien parecía que buscaba la forma de convertir sus defectos en virtudes. Lo contrario de lo que sugería acerca de los otros. No sé si era inteligente, me parece que no demasiado. La pobreza de espíritu no denota inteligencia. Ni tampoco esa búsqueda de la notoriedad en la que no debía notarse que buscaba la notoriedad. 

A mí siempre me pareció que algo fallaba, que había una cosa que no salía a la luz y que estaba demasiado oculta. Un defecto que no podía apreciarse aunque uno aplicara una férrea observación. Tampoco merecía la pena gastar tanto tiempo. Y bastaba con los defectos evidentes. Esos brotes de furia cuando se consideraba ofendido, ese uso de las mismas frases hirientes para repartir a mansalva y el creerse por encima del bien y del mal. El señor está reunido. El señor se está retirando a descansar. El señor está llamando con el batintín para que traigan el desayuno. Pobre señor. Pobre desayuno. 

Lo peor de todo, desde luego, no era nada de esto, con ser molesto y desagradable a la hora de relacionarse con los otros. Lo peor era que consideraba a Jane Austen una señora antigua, con poquísima pesquis y nada de ingenio. Lo peor es que no había leído nunca “Emma” y eso que alguien se lo regaló una vez. Lo peor es que la frescura de la vida que ella representa no la había conocido nunca. Lo peor es que envidiaba al señor Darcy y creía que era como él. Lo peor es que nunca lloraba con “Sentido y sensibilidad”. 


¿Quién podría soportar eso sin desmayarse? 

Lo peor es que era, en realidad, el señor Elton. Ahí va, camino de Bath, a ver qué tal florecen las estimables ramas de cinco mil libras al año. 

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