jueves, 29 de noviembre de 2018

Amarillo Vogue


La modelo Joanna McCormick aparece en la portada de julio de 1957 de la revista "Vogue". Las portadas de "Vogue" son la historia de la moda, del gusto femenino, de la emocionalidad, del sentimiento de la mujer. Mucho más que cualquier otra manifestación, a veces mucho más que cualquier libro. Todas las portadas llevan un mensaje y es un mensaje que no siempre se descifra. Sobre todo, llevan una intención, un anuncio. La mujer de la portada amarilla de julio de 1957 despliega la placidez elegante del verano de la Costa Azul. No el verano de las playas atestadas, de los paseos marítimos llenos de gente sin nombre. No. Ella es esa mujer que solo se cruza en nuestra vida una vez. Es la oportunidad que puede que nunca aparezca. Nosotras mismas, quizá en alguna ocasión podríamos haber sido esa mujer, con su pulcra sortija de perlas blancas, con sus pendientes a juego, con sus labios y sus uñas rojas, con su maravilloso sombrero orlado de lazos y mariposas. Es la mujer que lanza su mirada cálida y desconcertada. Es la mujer del suave maquillaje, del beso amanecido. La mujer que cualquiera llevaría de su brazo. La mujer que no eres. Ni serás nunca. 


La mujer del abrigo amarillo, la que aparece en la portada de enero de 1956, tiene una recatada melena, unos guantes blancos a juego con el vestido y el bolso, unas gafas de sol y, sobre todo, un gesto displicente, una actitud propia, un deseo de ser ella misma, de lanzarse al mundo con su presencia, con su contenido exacto, con su forma de ser. Es una mujer valiente, que no teme a miradas ajenas, que observa sin exagerar, que cumple con su papel sin querer ser ostentosa. Es la mujer de la fuerza, de la inteligencia y de la ingenuidad convertida en certeza. Es una mujer que todas quisiéramos ser, una mujer que cualquiera miraría por la calle, una mujer entera, digna, convencida, atrapada solo en sí misma y, aún así, dispuesta a todo. Es la mujer que todas quisiéramos llevar dentro, aunque nuestro exterior sea diferente. Esa disposición, esa rectitud, esa verdadera realidad que, no nos engañemos, está ahí y no sale porque tenemos miedo. Esta mujer no tiene miedo a nada. 


martes, 27 de noviembre de 2018

¿Por qué los hombres son infieles?


 Olimpia Dukakis se preguntaba en "Hechizo de luna" por qué los hombres son infieles. Sobre todo, decía ella, llegados a una cierta edad. Esa pregunta venía al pelo, porque su marido, en la sesentena, le ponía morritos a una choni más joven que él (tampoco demasiado), con pelo cardado y jersey de angorina. El marido de Olimpia le regalaba a su "amorcito" unas pulseras muy llamativas llenas de estrellitas doradas. Ni que decir tiene que resultaba hasta patético ver a este hombre haciendo el adolescente con una señora que tenía toda la intención de esquilmarle el bolsillo. Sin embargo, él estaba convencido de que la susodicha lo quería y lo buscaba por su atractivo físico. 

En estas cábalas andaba ella cuando tropieza una noche cenando sola en un restaurante (mientras su marido afanaba estrellitas con la choni del jersey de angorina) con una escena que la deja atónita. En la mesa de la lado hay un señor de la edad de su marido que discute acaloradamente con una jovencita (esta sí, veinteañera). La discusión termina cuando la chica le lanza por encima un vaso de agua (o de vino, no recuerdo), y el hombre (a la sazón, profesor de la muchacha), se queda con dos palmos de narices, medio sonriente, medio avergonzado. Entonces, ambos, Olimpia y el señor, cenan juntos y ella, con la sorna habitual que gasta en esa película le pregunta por qué va con chicas tan jóvenes, si sabe que acaba mal siempre esa historia. Le hace ver, aunque no lo dice por prudencia, lo ridículo que resulta y lo absurdo. Sin embargo, no obtiene respuesta a su pregunta. Por qué los hombres son infieles y, normalmente, a determinada edad y con chicas muy jóvenes. 

Una noche se hace la luz. Su yerno (que luego no será), después de volver de improviso de Italia de ver a su madre que supuestamente estaba muy enferma y luego se cura milagrosamente al enterarse de que su hijo va a casarse, llega a la casa y ella, Olimpia, que ya no sabe adónde volver los ojos con su pregunta, se la formula también a él. Y entonces sucede el milagro. Porque, entre las atolondradas respuestas que el yerno le devuelve está una que ella reconoce como cierta. Sí, es esto, esto es exactamente así. Oh, es la respuesta que esperaba. Los hombres son infieles a las mujeres (y dejan a sus parejas y se marchan con otras más jóvenes y así van sumando juventudes a la rueda y acaban saliendo con amigas de sus nietas) porque tienen miedo. Miedo a la vejez y, sobre todo, a la muerte. Toda la infidelidad se basa en el miedo. Están asustados. Son seres asustados. Una mujer más joven les devuelve, aunque sea por algún tiempo, un extraño y efímero convencimiento de que la vida no se les escapa, que es posible una prórroga, que pueden seguir siendo atractivos y deseables. Que, todavía, no van a morirse. Una respuesta sencilla a un enigma eterno. 


No acaba aquí la cosa. Olimpia le dice a Cosmo, su marido: Cosmo, por mucho que me engañes con unas y otras vas a morirte igual. Eso sí es filosofía, conocimiento, sentido común y, por mucho que no lo entendáis, optimismo. 

lunes, 19 de noviembre de 2018

Consultorio sentimental



Me pasa a menudo con las amigas. Tener amigas es muy difícil para mí, es más, no estoy acostumbrada a tenerlas. Mis amigas son eso, presuntas amigas, no amigas de esas que puedes molestar a cualquier hora con una llantina sobrevenida. No.

Son amigas tan ocupadas que me tratan como si fueran un médico que reparte citas. No sé, pero me parece que eso no son amigas como las que veo en algunas películas: está la protagonista llorando, feísima, tirada en la cama, incluso borracha a base de gin tónics consumidos en la peor soledad, con la música a todo trapo ( y sin que ningún vecino proteste, que esa es otra) y entonces llama a alguien, una amiga y va la amiga y se planta en su casa. Hay ocasiones en que ni siquiera tiene que llamarla, sino que la amiga tiene un sexto sentido y se presenta en casa de la doliente sin avisar y en el momento justo.



Como las películas suelen ser americanas plantarse en la casa de alguien a cualquier hora tiene mucho mérito. Estados Unidos es un país donde las distancias son enormes, no como aquí que estamos en un radio de diez minutos en el circular. Bueno, pues en esas películas las amigas cogen un coche, incluso el metro, el bus o un funicular (hay muchas películas con funiculares, casi todos los funiculares tienen su película) y llegan a la casa, abrazan a la amiga que está sufriendo horrores y esta les cuenta cosas. Suelen ser penas de amores, para qué engañarnos, porque nadie sufre por otros motivos. Y, si sufres por otros motivos es que estás aprovechándolos para llorar por amor. Eso es así y no hay quien lo discuta.

Las amigas de las películas americanas se solidarizan unas con otras y se ponen a comer chocolate y palomitas sin venir a cuento, engordan todas a la vez y se lamentan en coro de la mala suerte que tienen con los hombres. Y ellos siempre tienen la culpa. Pero aquí, te buscas a una amiga para desahogarte porque te están tomando el pelo y ellas son capaces, lo son, de darle la razón al tío y soltarte encima una monserga. “Es que eres muy posesiva” “Debes tener paciencia, en el amor las cosas son de ritmo lento” ¿Son amigas o franquicias de Paulo Coelho?



Mis presuntas amigas tienen la fea costumbre de intercalar sus propias cuitas cada vez que yo intento colarles alguna jeremíada. “Si, claro, lo tuyo es fuerte pero ¿y yo?”. Cuando me abandonó mi último novio no conseguí hilvanar la historia completa con ninguna de ellas. A poco que iba avanzando surgían similitudes con algo que, oh sorpresa, les había pasado a las demás. Ya estoy acostumbrada, pero siempre que veo una película de amigas pienso en mis no-amigas.

Con los amigos meter la pata es más complicado. ¿Qué amigos, diréis? ¿Puede un hombre ser amigo de una mujer? Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. O, si lo son, es porque antes han sido amantes y pretenden perpetuar una relación ya acabada.

En el fondo, cuando terminas con alguien lo que te apetece es mandarlo a esparragar, pero no lo haces porque no queda elegante y porque te engañas a ti misma diciéndote que conservas una buena amistad con tu ex. Un falserío como otro cualquiera. Uno de esos engaños que existen entre los hombres y las mujeres. Yo no conservo ninguna amistad con ningún ex. Es más, no quiero verlos ni en pintura. Y eso que no he tenido finales dramáticos pero, una vez que termina el amor, qué te interesa hablar con alguien que te importa un pimiento. En esto, como en lo de las amigas, los tópicos florecen. Todos intentan parecer modernos y no pecar de fríos o de gente sin corazón.


Creo que meto tanto la pata en mis relaciones porque he visto muchas películas. El cine te deseduca terriblemente. Te convierte en una persona sometida a ejemplos poco edificantes y así nos va a las cinéfilas. Cinetontas. Las que no tienen esa rémora, ni ninguna otra, porque tampoco han perdido el tiempo leyendo, ni apenas estudiando, esas son las auténticas reinas del amor y el sexo, así todo junto. Mujeres que dominan la escena y que no se hacen mil preguntas acerca de esto o aquello. Tienen claro el objetivo. Este tío me gusta. Y se ha acabado. A por él, que mañana puede ser tarde. Saben que el escote de pico les sienta mejor si tienen una talla noventa y cinco de pecho. Saben que los tacones altos a ellos les pone cantidad. Saben casi todo lo que hay que saber y nos dan sopas con honda a las listas-insumisas-independientes, una especie que no tiene remedio y que nunca llegará a nada en las lides amorosas.

Lo del cine tiene muchas lecturas. Depende bastante de la protagonista que cojas como referente. Si es, por ejemplo, Vivian, la de Pretty Woman, entonces tienes que buscarte a un tipo rico y guapo, pero, si ves que no tienes posibilidades de encontrarlo, puedes cambiar a Erin Bronkovich, que es la misma actriz, pero en fea y mal vestida. El consuelo te puede llegar de ver en la actualidad a Richard Gere, budista, con el pelo gris y haciendo obras de caridad todo el día. Otro referente que da quehacer es Scarlett O ́Hara. Ese cinismo de viuda-bailando-vestida-de-negro todavía levanta resquemores. Tienes que tener unos maravillosos ojos violeta o, en su defecto, una depresión de caballo.


Yo soy una experta en fastidiar mis relaciones sentimentales. Todas. No he dejado ni una viva, por eso debería escribir un libro que se llamara “Cómo cargarte un amorío en diez pasos”. Digo diez porque menos no ocuparía ni veinte páginas y así no sería un libro, sino un folleto publicitario. Pero tengo la extraordinaria virtud de conseguir ese efecto en dos o tres pasos. Es como cargarte un rollo sexual en los prolegómenos. Te invita el tío a su casa, subes en el ascensor, llegas, te metes en el cuarto de baño y a punto de saltar al sofá-cama te preguntas ¿qué coño hago aquí?

Para mí que todo esto me pasa porque no tengo confianza en mí misma. Es así. No puedo evitarlo. Me bloqueo ante las responsabilidades. Cuando llego a casa del señor que me invita me empiezo a plantear miles de objeciones. Algunas son de carácter clínico. Otras, filosófico “seguro que solamente soy para él un objeto sexual”. Y otras, geográfico “si ni siquiera sé de dónde es este tío ni a qué se dedica”. En fin, todas ellas pertinentes, desde luego, pero no para ser planteadas justo en el momento en que los dos subimos en el ascensor y el tío te pone la mano en la espalda y te dice con una impostación de voz que quiere parecerse a Brando: “Cielo, vas a subir al ídem”. Justo entonces sueltas una carcajada y ya la jodiste. Porque reírse no está nada bien visto. La prueba es que las mujeres fatales nunca se ríen y siempre tienen la mirada oblicua.


(Fotos: Lauren Bacall y su mirada oblicua) 

domingo, 11 de noviembre de 2018

Con Andy García: paseo por los bajos fondos

Los bajos fondos son esos sitios por los que andan sin control unos matones muy feos y con muy mala leche, a los que persiguen policías, a veces corruptos y otras inconmovibles, y también gente de paisano que se cuela por allí sin permiso. Andy García estuvo en los bajos fondos más esplendorosos del cine, los del Padrino III y se hizo con el mando de todo porque tenía más personalidad y menos escrúpulos. No sé si antes o después, creo que después, estuvo con Eliot Ness limpiando Chicago de Capones y Nittis, unos tipos verdaderamente repelentes, que vendían alcohol en tiempos de la ley seca pero no para que la gente cogiera un puntito sino por quedarse con la pasta y hacían extorsiones y se cargaban a niñas pequeñas que iban a por leche. Un asco de gente. 

En alguna ocasión este hombre se ha puesto muy romántico y ha tenido que aguantar a Meg Ryan sin Tom Hanks que es la peor Meg que te puedas imaginar. Porque Tom Hanks y Meg Ryan son como Laurel y Hardy pero los dos delgados, de momento. Cuando los separas se sucede una verdadera masacre cinéfila, y ahí ves a Hanks pululando por una terminal de aeropuerto sin esperanza o, incluso, de náufrago, en plan Supervivientes pero sin Telecinco acechando y sin tronistas. 

Prefiero al Andy de las películas duras en las que hace de justiciero y se encuentra siempre con alguna chica que le viene al pelo, muchachas hechas a sí mismas, como le pasó, por ejemplo, con la que antes conducía los autobuses, Sandra Bullock, que era bastante rarita y se complicó la vida hasta que Andy, caballeroso, descubrió un fenomenal enredo de asesinatos en serie por parte de quien menos te lo esperas. 

Si yo viviera en Hollywood haría todo lo posible por conocer a Andy. Como es de origen cubano habla estupendamente castellano aunque pronuncia la che de esa manera, como si fuera Dinio, pero nada que ver. Le preguntaría por sus cosas de cines y películas y seguro que sería un tipo amable y lleno de buenas intenciones. Lo lleva en la cara. Por eso Al Pacino se fiaba totalmente de él y por eso le sientan tan bien los fijadores en el pelo y las camisas de rayas. Es un gentleman aunque él no lo sabe. 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Vestirse de tristeza


Nada hay tan difícil de disfrazar como la tristeza. Es una gasa suave en ocasiones, otras sin embargo es una manta dura y complicada de llevar. También aparece en forma de sombrero oscuro que tapa el rostro y solo deja al descubierto un ojo, el de las lágrimas. Puedes verla como una amapola prendida en el ojal, una cosa tan efímera que dura el tiempo que el temporal arrecie. La tristeza es, a veces, una emoción que tiene nombre y que sacudes con las manos de tu falda impoluta y que guardas en el desván en otras ocasiones. No se puede negar su existencia pero sí disimular y el disimulo es una forma de negación que aturde y que termina siendo parte de ti, tu otra naturaleza, tu otro yo, la nada. 


Te preguntas incrédula por qué te aborda en medio de la calle o en el transcurso de una tibia conversación telefónica cuando alguien te pregunta, con voz desinteresada, si es verdad que todo te va tan mal como parece. Te atrapa si piensas en el paso del tiempo y en las ausencias que la vida acarrea. Pero te desnuda ante ti misma al considerar que peor es no contemplar cómo las horas cambian la fisonomía de las calles y cómo las ciudades se transmutan en seres fantasmales al llegar el invierno. La tristeza no entiende de estaciones y su retrato fiel, las lágrimas, aparecen sin ser invitadas al party de tu vida, así como quien no quiere, así como quien baila, así como quien vive sin tenerlo tan claro como ella. 

(Fotografías de Peter Lindbergh, 1944)

jueves, 1 de noviembre de 2018

Pedir perdón


(Enric Torres-Prat, 1940)

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que terminan siempre pidiendo perdón y los que hacen sentirse culpables a los demás. Entre los segundos los hay concienzudos, gente que dice haber reflexionado lo suficiente como para llegar a esa conclusión y los hay también impulsivos, a los que lo primero que se les ocurre es decir que la culpa es de otro. La culpa es el sentimiento que levanta emociones negativas y araña el alma. Cuando aparece es muy difícil que logremos evaporarla. Es un poso que se asienta en la conducta y que te inclina, sin poderlo evitar, a sumar un fracaso tras otro. La culpa tiene mucho que ver con la inseguridad y con un sentimiento de frustración al no explicarnos por qué ocurren las cosas y por qué se nos escapan de las manos. Sentir culpa no soluciona nada, salvo que la sienta el verdadero culpable. Pero esto es como las novelas de misterio: el malo siempre intenta ganar la partida. 

No existe el equilibrio. Nadie debería ser culpable por excelencia ni al contrario. Y, quizá, la culpa tenga muchos matices y no siempre puede ser llamada así porque hay errores, equivocaciones sin mala intención y maldad a secas. No creo que los malvados tengan sentimiento de culpa. Son más fríos y equidistantes que cualquiera. La culpa es cosa más bien de gente desconcertada, confusa y llena de matices. Como la mayoría de los humanos. Como nosotros mismos. Dudamos y los malos aprovechan esas dudas. Reconocemos nuestros errores en voz alta y siempre está quien aprovecha para guardarlos en su saquito y esparcirlos sobre ti cuando menos te lo esperas. Confiesas una debilidad y ahí está esa persona que te la devolverá a la cara, con creces y mal interpretada. Te expones a que te humillen y te desprecies. Por eso hay que intentar mejorar los defectos pero no exponerlos a la luz del día sin protección. Crema antisolar contra los abusones. 


(Giuseppe Dangelico, 1939-2010)

Lo peor viene del lado de los manipuladores. Personas que son capaces de darle la vuelta a la tortilla, sentirse víctimas cuando son verdugos y de convertir en culpable al que está enfrente, sea como sea y usando técnicas ocultas, maniobras que apenas se ven. En estos casos no hay solución para el que se encuentra con alguien así. Solo la huida puede garantizarte mantener tu salud mental y física. Puedes huir sin mirar atrás y sin remordimientos. Esa clásica pena de agarrarte a pensar lo que era antes de volverse mezquino no sirve. Es una patraña, un engaño, una imagen distorsionada en el espejo. Los manipuladores son muy cuidadosos al principio, porque tienen que embaucarte, pero luego se convierten en gente burda y sin ninguna delicadeza. Son como los vendedores de pócimas de las películas del oeste. Van con sus carritos ambulantes cantando grandezas y poniendo caras amables pero si un cliente les dice que eso es un fraude sacarán su revólver del chaleco de cuadros y se lanzará sobre ellos a quemarropa. Se defienden atacando. 

Nadie que funciona manipulando a los demás es capaz de sentir amor ni amistad y no te va a echar de menos cuando desaparezcas. Se buscará otra víctima y el círculo seguirá existiendo. No puedes hacer otra cosa que evitar que vuelva a pasarte porque hay una peligrosa tendencia a dejarse utilizar en algunas personas. Si eres una de ellas tendrás que estar alerta y no volver a caer. Woody Allen decía "toma el dinero y corre". Yo te aconsejo: "tira de ti misma y lánzate fuera de su órbita como una exhalación". 


(Enric Torres-Prat, 1940)