jueves, 1 de noviembre de 2018

Pedir perdón


(Enric Torres-Prat, 1940)

El mundo se divide en dos tipos de personas: los que terminan siempre pidiendo perdón y los que hacen sentirse culpables a los demás. Entre los segundos los hay concienzudos, gente que dice haber reflexionado lo suficiente como para llegar a esa conclusión y los hay también impulsivos, a los que lo primero que se les ocurre es decir que la culpa es de otro. La culpa es el sentimiento que levanta emociones negativas y araña el alma. Cuando aparece es muy difícil que logremos evaporarla. Es un poso que se asienta en la conducta y que te inclina, sin poderlo evitar, a sumar un fracaso tras otro. La culpa tiene mucho que ver con la inseguridad y con un sentimiento de frustración al no explicarnos por qué ocurren las cosas y por qué se nos escapan de las manos. Sentir culpa no soluciona nada, salvo que la sienta el verdadero culpable. Pero esto es como las novelas de misterio: el malo siempre intenta ganar la partida. 

No existe el equilibrio. Nadie debería ser culpable por excelencia ni al contrario. Y, quizá, la culpa tenga muchos matices y no siempre puede ser llamada así porque hay errores, equivocaciones sin mala intención y maldad a secas. No creo que los malvados tengan sentimiento de culpa. Son más fríos y equidistantes que cualquiera. La culpa es cosa más bien de gente desconcertada, confusa y llena de matices. Como la mayoría de los humanos. Como nosotros mismos. Dudamos y los malos aprovechan esas dudas. Reconocemos nuestros errores en voz alta y siempre está quien aprovecha para guardarlos en su saquito y esparcirlos sobre ti cuando menos te lo esperas. Confiesas una debilidad y ahí está esa persona que te la devolverá a la cara, con creces y mal interpretada. Te expones a que te humillen y te desprecies. Por eso hay que intentar mejorar los defectos pero no exponerlos a la luz del día sin protección. Crema antisolar contra los abusones. 


(Giuseppe Dangelico, 1939-2010)

Lo peor viene del lado de los manipuladores. Personas que son capaces de darle la vuelta a la tortilla, sentirse víctimas cuando son verdugos y de convertir en culpable al que está enfrente, sea como sea y usando técnicas ocultas, maniobras que apenas se ven. En estos casos no hay solución para el que se encuentra con alguien así. Solo la huida puede garantizarte mantener tu salud mental y física. Puedes huir sin mirar atrás y sin remordimientos. Esa clásica pena de agarrarte a pensar lo que era antes de volverse mezquino no sirve. Es una patraña, un engaño, una imagen distorsionada en el espejo. Los manipuladores son muy cuidadosos al principio, porque tienen que embaucarte, pero luego se convierten en gente burda y sin ninguna delicadeza. Son como los vendedores de pócimas de las películas del oeste. Van con sus carritos ambulantes cantando grandezas y poniendo caras amables pero si un cliente les dice que eso es un fraude sacarán su revólver del chaleco de cuadros y se lanzará sobre ellos a quemarropa. Se defienden atacando. 

Nadie que funciona manipulando a los demás es capaz de sentir amor ni amistad y no te va a echar de menos cuando desaparezcas. Se buscará otra víctima y el círculo seguirá existiendo. No puedes hacer otra cosa que evitar que vuelva a pasarte porque hay una peligrosa tendencia a dejarse utilizar en algunas personas. Si eres una de ellas tendrás que estar alerta y no volver a caer. Woody Allen decía "toma el dinero y corre". Yo te aconsejo: "tira de ti misma y lánzate fuera de su órbita como una exhalación". 


(Enric Torres-Prat, 1940)


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