martes, 25 de diciembre de 2018

Candela me escribe


A Candela la veo muy pocas veces pero tengo noticias de ella a través del correo electrónico. No le gustan ni el WhatsApp ni las redes, así que se mantiene fiel al email, quizá desde que vio la película de Tom Hanks y Meg Ryan porque Candela es muy romántica. En realidad, es un romántica de libro y tan buena persona que te dan ganas de abrazarla y comprarle un regalo cada vez que nos vemos. Ella es, básicamente, de esa gente que se entrega a casi todo y que pone lo mejor de sí en cada acción. Por eso le pasan algunas cosas que a los demás no nos ocurren, porque tenemos una desconfianza atroz en el género humano debido a las novelas de Agatha Christie y a su chorreón de crímenes domésticos. Si no puedes fiarte del vecino, del pariente, de la criada o del mayordomo, mucho menos del mundo mundial. Pero Candela tiene la teoría de que es igual confiar que desconfiar porque lo importante es la conciencia de uno. 

La última historia que me cuenta Candela es que sale con un tipo bastante raro que, durante los días entre semanas y fechas normales (esa es la expresión que ha usado al relatarlo) parece que la quiere y, de pronto, sin que medie pelea o trifulca, desaparece en los findes y en las vacaciones. No desaparece sin avisar, no, tiene métodos muy diversos para esas espantadas. Diversos, variados y que dan muestra de una enorme imaginación y muy poquísima vergüenza. Por ejemplo, alguien de su familia cae malo y él tiene que ir urgentemente, a pesar de que haya quedado con Candela para ir al cine o al teatro. O afirma que hay una amiga con depresión a la que tiene que sacar de paseo algunos días del verano. O se inventa una enfermedad ficticia (ahora ella supone que lo son casi todas) tipo lumbalgia que no puedo moverme, ciática que me está matando, estómago destrozado que me causa vómitos o, incluso, jaquecas y migrañas femeninas. Todo vale para que, en las fechas señaladas, Candela se quede sola y el individuo se marche hasta más ver. 

Nunca le doy consejos porque son inútiles pero a veces me dan ganas de presentarme en la puerta de la oficina del tipo y decirle cuatro cosas. A saber: no te das cuenta del daño que haces...no ves que esta mujer merece que la trates de otro modo...por qué mientes continuamente, so pedazo de estúpido...En fin, cosas así, lindezas que, dado mi carácter, no son demasiado intensas, más bien me controlo todo lo que puedo. Creo que Candela terminará dándose cuenta de que la estampida la tiene que dar ella, rápido, rápido, correr, correr, hasta las pirámides de Egipto y sin darse siquiera la vuelta para ver quién queda atrás. 


(Las ilustraciones son diseños del portugués António Soares)

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