miércoles, 23 de enero de 2019

Soy tan ordenada como Marie Kondo


No sé si me creeréis pero, antes de conocer a Marie Kondo, antes de que se hablara de ella, antes de todo, yo ya había llegado a algunas conclusiones sobre el tema del orden en la casa. Y esas conclusiones se parecen mucho a las de esta señorita tan pizpireta que ha publicado su libro y ha dejado boquiabiertas a muchas personas que no se habían enterado de cosas elementales y que hacen la vida más confortable. ¿Qué ideas de Marie Kondo aplico yo en mi vida cotidiana desde hace mucho tiempo?

El orden de los armarios y cajones. La forma de que no andes todo el día buscando prendas y dejándolo todo desarmado es, precisamente, tener una buena visibilidad de tus pertenencias. Y para eso no vale apilar sin más. Hay que buscarse un truco para que esté a la vista aquello que constituye tu armario cotidiano. Lo primero por tanto es seleccionar aquello que vas a usar durante la temporada y desechar lo demás. El expurgo. Como si fuera una biblioteca, en la que hay que aligerar los libros porque si no, se convertiría en un almacén. Seleccionas en función de lo que te apetezca ponerte, de la experiencia del año anterior (algo que no te pusiste la temporada pasada no creo que vayas a usarlo en la actual), de la moda y de los criterios que tú consideres. 

Una vez seleccionada la ropa, tanto interior, como exterior, viene la colocación. Doblar de modo conveniente lo que no se arruga al doblarlo y colgar lo que es necesario tener colgado. En los cajones la disposición de las prendas dobladas tiene que ser cuidadosa y adecuarse al espacio. Yo coloco los pañuelos y foulards enrollados en cajones y siempre encuentro rápido lo que busco. Uso cajas de cartón duro de colores para las bufandas, también enrolladas o, si son muy gruesas, dobladas. Otras cajas contienen los guantes, ordenados por colores. Los cajones de calcetines se clasifican según su grosor y color. Las medias, enrolladas como si tuvieran un eje central, por grosor y color también. Después las camisetas, jerseys finos, quedan muy bien dobladas en horizontal en cuatro partes, de manera que abres el cajón y las ves todas, porque la fila de abajo asoma en su mitad. Los pantalones también los doblo y los coloco en forma de pirámide, siempre apareciendo una parte de cada uno para no perderlos de vista. 



¿Qué hay que colgar sin duda alguna? Las prendas de abrigo, por ejemplo, organizadas por el tipo de tejido. Los plumíferos. Los cárdigans cuando son muy gruesos. Los vestidos. En el caso de las camisas, aunque pueden doblarse perfectamente y quedan bien, yo prefiero colgarlas organizadas por colores y texturas. 

Hay algunos trucos que son útiles para la ropa interior. Una caja de sujetadores, por ejemplo, que puede cambiar por temporadas. En verano se usan más los de colores y en invierno los de tonos neutros (al menos yo lo hago así). En cuanto a las braguitas, si se doblan en cuatro partes ocupan poco sitio, se colocan luego en vertical y se disponen en los cajones según frecuencia de uso y utilidad: las de pantalones, las de vestidos, las de noche. Con respecto a colores aquí las gamas son más sencillas de distinguir. 

Desechar lo que no sirve (regalarlo, donarlo, guardarlo en trasteros para mejor ocasión), seleccionar lo que se va a usar, ordenar cada día y no esperar al fin de semana para acumular la tarea, usar cajas, recipientes que te ayuden a que ese orden sea más lógico, así como adquirir el hábito de colocar  cada día las cosas en su sitio, son detalles que te harán las cosas más fáciles y convertirán tu casa en un sitio siempre agradable. Y ese orden, si lo trasladas a la cocina, al baño, etc., todavía será más entretenido y adecuado. Al menos, así lo hago yo y estoy encantada. 

sábado, 19 de enero de 2019

Microrrelato muy invernal




Frío. Un frío de pobres. 

Los ventanales dejaban adivinar que en la calle el helor se aposentaba en los cuerpos. En la casa, en cambio, un agradable calorcillo hacía deseable estar así, cómodamente vestida, cálidamente arropada. Ha sonado el teléfono. Al otro lado de la línea se oye la voz de la única persona del mundo a quien quisiera oír siempre si pudiera elegir. Minutos después, el armario abierto de par en par, las pinturas por la encimera del cuarto de baño y las cajas de zapatos por el suelo, indican que algo va a pasar, que la tranquila comodidad de las horas lentas de la tarde se ha trastocado. 

Y así es. Sale corriendo al exterior. El frío desaparece. No existe nada más que esa voz y esa presencia intuida. En un rato, sin que su corazón haya dejado de latir con fuerza, allí está él, a lo lejos, sonriéndole y extendiendo los brazos hacia ella. 

Todo lo que siente ahora es el suave y definitivo ardor de la sangre.


(Ilustración: Enric Torres-Prat. Barcelona, 1940) 

martes, 15 de enero de 2019

Confidencias en tiempo de lluvias


Lesser Ury pintó los paisajes lluviosos de las ciudades, con un agradable batiburrillo de coches de caballos, transeúntes y vigorosas pinceladas que destacan, sobre todo, el porte imperturbable de las mujeres que pasean sin importarles el mal tiempo, los charcos del suelo o el aviso de tormentas. Al fondo, detrás de los oscuros árboles, parece asomarse la esperanza de un sol tardío, pero, en realidad, a ellas no les importa. Subidas sobre sus altos botines negros, con sus medias oscuras y sus vestidos llenos de coquetería y de elegancia, se mueven con soltura y muestras sus rostros diminutos bajo los sombreros y detrás del rouge, el maquillaje y la sombra de ojos. 


Ese tiempo glorioso del paseo con amigas, lleno de confidencias que solo ellas conocen, de esa larga letanía de novedades que salpican la calle, como los coches salpican a los viandantes que recorren la acera. Esa sonrisa abierta y hasta cómplice, una complicidad genuina y sin alertas, esa sencilla forma de mirarse entendiendo, todo lo que la amistad tiene cuando la amistad se escribe entre personas que nunca van a usar las malas artes ni la envidia, ni siquiera el disimulo arrogante o la muestra innecesaria ante los ojos de las otras. Belleza de tiempo inhóspito, con rayo de sol al fondo; brillo inusitado del suelo, expandido en oro, fuego extenso; contraste entre la mujer de rojo y la de negro, algo que aparece con frecuencia en sus cuadros. Lesser Ury repitió muchas veces algunas escenas pero nunca podríamos decir que no captó como una Polaroid, ese mínimo instante de la confidencia única. 

(Pinturas de Lesser Ury) 

domingo, 13 de enero de 2019

Moda femenina en la época de Jane Austen



Jane Austen vivió entre 1775 y 1817, el período histórico conocido como “época georgiana”. Se dio la circunstancia de que, entre 1811 y 1820, precisamente el período en el que Austen publica sus novelas, el rey George III tuvo que ceder el trono al Príncipe de Gales, luego George IV. Ese período se conoce como “la Regencia”.

Los personajes de las novelas de Jane Austen visten de acuerdo con la “moda Regencia”. Era una moda que venía, como es natural, de Francia y que, cuando se cortaron los lazos entre ambos países, quedó desprovista de las innovaciones del país vecino, en una especie de prolongación artificial de las tendencias. 

En “Emma”, por ejemplo, novela que podemos tomar como referencia para ver el arreglo femenino, solamente hay cuatro alusiones al look de una mujer. La primera de ellas es la referida a los botines de cordones que Emma rompe adrede para obligar al señor Elton a que las invite, a ella y a Harriet, a entrar en la casa vicarial. Los botines o botas de cordones eran el zapato de exterior y solían ser prácticamente planos. Para la casa se usaba un zapato de satén, más delicado. 

La segunda alusión es mucho más indirecta. Harriet está mirando telas de muselina, con su acostumbrada indecisión a la hora de elegir, cuando se encuentra con el señor Martin en una tienda de Hartfield. Lo que interesa en la narración es la reacción de ambos, así que todo lo demás resulta secundario. Sin embargo, quizá esa dificultad de Harriet para elegir una tela sea una muestra palpable de lo mal que gestiona sus elecciones en todos los aspectos de la vida y cómo se deja llevar por el carácter fuerte de Emma. 


Por otro lado, en uno de los bailes a los que acude, Emma se felicita de ser la única mujer que lleva un collar de perlas, máximo signo de distinción entre las damas de la época. 

Y la flamante señora Elton, Augusta, alude a que acudirá con sombrilla (y una cesta en el brazo) a una excursión, en los dominios del señor Knightley, hecha con la intención de recoger fresas. 

Para recrear en nuestra imaginación los vestidos y complementos de las mujeres Austen tendremos que utilizar la pintura de la época, las ilustraciones realizadas para algunas ediciones de la novela y, sobre todo, las películas, tanto de cine como de televisión. En realidad han sido estas últimas las que han fijado el tipo físico de los personajes, sus atuendos, sus imágenes. Sin embargo esto tiene un peligro cierto: la confusión entre lo que los libros cuentan y lo que cuentan las películas  no siempre coincide. Porque Jane Austen no nos pone las cosas fáciles. Su fuente de inspiración y su interés está en la acción, en las conversaciones, en los hechos y en los pensamientos y formas de ser de esos personajes. Sabemos cómo son a través de la mirada de los otros.!

Los personajes de Jane Austen pertenecen a la “gentry”, la clase social que dominaba los countys y vivía en los enclaves de la Inglaterra rural. No viven en el West End de Londres, ni practican la equitación con su elegante ropa de montar en Hyde Park, ni adquieren sus vestidos o sus telas en las tiendas exclusivas de Regent Street o Bond Street. Estas personas habitan en pequeños pueblos, incluso en pueblos inventados por la propia Austen, que quería evitar así que se reconociera a sus personajes, probablemente extraídos de la observación de caracteres y tipos que le era tan querida. Jane Austen habla de lo que conoce, de lo que ella vive. 

Las heroínas Austen llevarían una ropa interior que era de todo menos sugerente. Una camisa fina de algodón y unos pantaloncillos de ese mismo tejido sobre el cuerpo para preservar el resto del atuendo. Y esto era todo. Después, el corsé y las enaguas. El corsé no tenía la función de ajustar el diámetro de la cintura (ah, nuestra Scarlett O ́Hara haciendo mil contorsiones mientras que la fiel Hattie la rodea con la cinta métrica), sino de realzar el pecho como hacen ahora los bustier. Probablemente esta es la zona de la anatomía femenina más lucida en la época. Dado que se llevaba la cintura muy alta, el llamado “estilo Imperio”, los grandes escotes, cuadrados o redondos, ofrecían una visión completa del seno de las mujeres. Solamente un fino pañuelo de encaje lo cubría en las horas del día, pero, en la noche o en las fiestas, el encaje volaba y la piel aparecía en todo su esplendor. 

Las enaguas eran fundamentales. Algunas mujeres se ponían solamente una enagua, con lo que, al ser los vestidos de muselina, tela finísima donde las haya, estos se pegaban al cuerpo, produciendo una sensación bastante...insinuante... y demasiados resfriados. De muselina se hacían, además de los vestidos, los delantales, los pañuelos o los velos. Hasta cinco enaguas podían llevarse, dependiendo ya del recato que quisiera observar la dama. Incluso se registran casos de señoritas, algo ligeras, que...!!! no se ponían enaguas !!!. Luego estaban las medias, por encima de las rodillas o en los muslos, ajustadas con ligas. Las medias eran de seda o de algodón, blancas lisas o bordadas. No había llegado todavía el mágico momento del nylon, ni, por supuesto, de los pantys. 

En cuanto a los vestidos, los había de mañana, de tarde, de noche y de fiesta. Las señoritas de buena posición, como Emma, se cambiaban de ropa varias veces al día. No hacían lo mismo otras señoritas y señoras que aparecen en los libros de Austen porque sus medios económicos eran menores y tenían menos vida social. Los vestidos eran de manga corta o larga, con diseño farol en la zona de los hombros. A veces se colocaba una Spencer, ajustada sobre el vestido, sin mangas a modo de chalecos o con mangas cortas o largas. En otras ocasiones usaba abrigos, ajustados y largos. Otra serie de accesorios textiles aparecen para determinados momentos del día, como capas, chales, encajes, esclavinas, mantos, peregrinas...

En el momento social por excelencia, el baile, el vestido es de colores pastel (celeste, rosa, malva, champán, vainilla, lavanda) o, incluso, blanco. La elección del vestido de noche es muy importante, pues ha de lograr que se distinga a la mujer con claridad en un baile únicamente iluminado con velas. Emma, al tener una buena posición social y medios económicos, llevaba adornos de perlas, así como vestidos de crujiente seda, capas de terciopelo e, incluso, recordemos, su carruaje estaba forrado de piel, haciendo las delicias del señor Elton en uno de sus viajes a la casa de Weston. Las mujeres usaban una gran variedad de complementos: guantes de gamuza beige del modelo York Tan, amplios chales de Cachemira, pendientes, broches, adornos para el cabello, sombreros, parasoles o sombrillas, abanicos, carteras, bolsos de mano...

El tema de los sombreros resulta encantador. Podían ser de paja, seda, terciopelo, piel de castor, muselina o paño. Había sombreros decorados con flores artificiales, con cintas, con frutas. Una mujer se sentía más segura de sí misma cuando iba con un buen sombrero. Eso marcaba la diferencia. Por supuesto, el pelo siempre se llevaba recogido, con una especie de moño bajo, en ocasiones o elevado hacia arriba con diadema de flores o de joyería, en los momentos de más vestir. El pelo suelto, lo que llamamos melena, no haría su entrada en la vida de la calle hasta muchísimo tiempo después. En estos momentos, la mujer solamente desplegaba su pelo en la intimidad de la alcoba. Y el sombrero, a la par de adornar y proteger del sol, tenía la virtualidad de cubrir el cabello sin que hubiera que lavarlo a menudo. Ya sabemos que la cuestión higiénica aún resultaba dudosa, de ahí la proliferación de perfumes de fuerte olor. 

La blancura de la piel, tan cotizada y que diferenciaba a las que trabajaban al aire libre y a las mujeres de buena familia, se preservaba con los parasoles o sombrillas, que se encargaban a juego con el vestido y con los guantes, estos largos o cortos, y con los abanicos. Por último, estaban las carteras y los bolsos, hechos de tul, seda o crochet, la mayoría circulares y muy pequeños, aunque suficientes para guardar el abanico, el pañuelo y un perfume. 


Toda esta indumentaria femenina se completaba con el maquillaje de polvos de arroz, que aún hacía la piel más blanca y el rouge de los labios, pintados en forma de corazón. Si observamos el maquillaje de Lizzy Bennett en la versión de la BBC de “Orgullo y Prejuicio” (1995), probablemente la mejor adaptación de una obra de Austen al audiovisual, vemos con toda claridad el arreglo facial característico de la época en las mujeres elegantes, jóvenes y discretas. 

(Imágenes: Jennifer Ehle en el papel de Elizabeth Bennet, en "Orgullo y Prejuicio", versión de la BBC, de 1995) 

sábado, 12 de enero de 2019

Querido fantasma


Lo sé. Eres muy importante. Tan sesudo... Escribes esos libros llenos de datos, investigaciones, soluciones y ¿perversiones? No. Todo es mucho más intelectual, más serio, riguroso, selecto, ¿convencional? He intentado leer algunos y me he quedado dormida. A mí me sacas de las novelas de terror y me hundes. Eres muy importante y yo debería haberlo tenido en cuenta. Pero, claro, ¿qué se le puede pedir a una cabeza loca que prefiere beberse una coca-cola y no un champán de la región de Champagne, allá en la France, Macron mediante...?

Cuando te conocí entendí que la perfección masculina existía. Un tipo tan elegante, diverso, diletante, entendido, un gentilhombre del siglo XXI, con esas corbatas tan llamativas y caras, con ese savoir faire, y esa postal de señor de mundo. No me extraña que haya tantas mujeres que te sigan a todas horas, que suspiren por ti y que te vean en sueños como la salvación de sus soledades. Si es que eres perfecto...O casi. 


Solo algunos pequeños detalles que ensucian esa perfección aunque quizá sean cosa de mi vista, que es avispada como la de un águila real de esas que están en las reservas del Amazonas...Esa manera de no-mirarme. Esa manía de tener la última palabra. Esa conversación en la que la palabra más frecuente es yo. Yo es tú, claro está. Tú, tú, tú, que es yo, yo, yo. Y esa eclosión de méritos en tu propia boca: soy esto, soy lo otro, soy lo de más allá. Y lo de las posesiones terrenales, con lo espiritual que yo soy: tengo esto, tengo lo otro, tengo aquello. Una declinación de riqueza que a mí, ya ves tú, me emociona menos que un concierto de Obús


Por eso, querido fantasma, no puedo aspirar a ti. Soy demasiado poca cosa. Además, me gusta usar minifaldas muy minis, y que el tipo que está a mi lado alabe mis preciosas piernas. Me gusta hablar, al menos diez minutos en una cita, sin que tenga que observar a un señor enfrente que mira el reloj porque se cansa de escucharme. Me gusta que me cuenten sus cosas pero sin tener que oír el recitado de virtudes continuas que me llega a cansar. Porque el problema, querido, es que me aburres. Y eso, aunque no lo creas, es posible incluso con alguien tan perfecto como tú. O por eso precisamente. Así que prescindiré de tu letanía de virtudes y seguiré con mis contoneos, que yo soy muy Marilyn cuando quiero. 

(Fotografías de William Eggleston) 

viernes, 4 de enero de 2019

Guantes rojos para apagar el frío


A Carlos   W. F.,  el farero, dondequiera que esté

Candela me cuenta que le ha ocurrido alguna vez. Y siempre con las mismas personas. No solo hombres, también mujeres. Durante algún tiempo Candela creía en la amistad con los hombres. Pensaba que eran más nobles, sinceros, sencillos. Ahora tiene esplendorosas dudas. Desde luego se ha dado cuenta de que ella ha visto más de lo que existía, que ha compuesto un retrato que no siempre se correspondía con la realidad. Candela aprecia la amistad más que nada y eso la lleva a pensar que la gente es más amiga de lo que parece. Pero está entendiendo que se equivoca. Últimamente se fija mucho en las reacciones de quienes, de una forma o de otra, la aplastan con sus opiniones, bajo ese prurito absurdo de querer hacerle una crítica constructiva. Está harta de las críticas, dice, y no quiere que nadie le construya nada, porque lo mejor que pueden hacer para que ella aprenda sus errores y los modifique es darle más cariño y tener más fe en su persona. 

Hay gente, le digo, mientras nos sentamos en mi plaza, debajo de un radiante sol que disimulan las pérgolas de buganvillas, que no se da cuenta cuando hiere. Te deja una herida con su comentario o con su mirada y es una fina herida que tarda en sanar. Una daga que se clava lentamente. Quizá no quieren hacerlo, quizá es que son así, pero, la pregunta es...¿queremos sentir ese dolor agudo de vez en cuando? Candela, al pensar mi pregunta, responde que no, que en otros momentos se hubiera culpado ella misma de que se dieran esas circunstancias pero que ahora sabe que no quiere más daño que el que la vida, sin paliativos, le cause. Así que ha decidido pasar de estiletes. Y se ha comprado unos guantes. Monísimos, es cierto, rojos y de piel. Parece ahora mismo Brigitte Bardot (en la foto) durante sus mejores años.