miércoles, 15 de mayo de 2019

Conversaciones


Me gusta la gente que sabe conversar. Esa que no necesita que le des tirones para que hable o cuente o explique. La que, de forma natural, convierte cualquier comentario en un universo de palabras. La que, ante un acontecimiento, es capaz de tener la soltura de desmenuzarlo sin caer en la repetición; de diseccionarlo sin maldad. Me gusta la gente que sabe conversar porque suele ser gente observadora. No metidos hacia dentro, escondidos en su cueva, guardándose la vida para que nada salga al exterior. Todo lo contrario. Gente libre de prejuicios y que escucha, de ese modo especial en que la escucha revierte en el otro, con ese aire que garantiza que las palabras no caen en saco roto. La conversación es el gran acto que hace de los humanos más humanos. Es un enorme espejo que se pone delante de nosotros y nos enseña nuestra imagen y la de los demás. Es un refugio cuando hay tormenta y el cielo se oscurece. Es un bálsamo para el dolor y una alegría para la esperanza. 

En mi casa de la infancia estaban las puertas abiertas durante el día para que las amigas y las vecinas pudieran acercarse en cualquier momento. La cafetera dispuesta, las sillas alineadas, el jardín fresco, la cocina oliendo al guiso del día y las manos abiertas a cualquier pena, a cualquier disgusto que necesitase ser comentado. Las charlas eran largas y apacibles. Todo se escribía con palabras. Las palabras volaban y se convertían en palomas mensajeras de los sueños y las desdichas. Cuando tienes una infancia así sabes que la conversación es la reina y que, fuera de ella, solo está ese silencio hastiado de los que nada quieren saber, nada quieren decir y nada abrazan, nada besan, nada entregan. 

(Fotografía de Annie Leibovitz) 

miércoles, 1 de mayo de 2019

Supervivientes


No están en una isla vigiladas por mil cámaras que se mueven de un sitio a otro, intentando captar cualquier movimiento, cualquier pelea, la pesca del primer pez, la charla confiada, el sueño...No van a cobrar un sueldo vertiginoso al final de las semanas o los meses de permanencia en un escaparate donde ellos son los objetos y nosotros los observadores...No tienen una reseña en el periódico ni se les va a conceder ningún premio ni siquiera son héroes anónimos de los que, alguna vez, habla la gente...

Simplemente están solas. 

Da igual la edad, la ocupación, el tiempo que dedican a ellas mismas, las ilusiones que tuvieron o las cosas que tienen que decir. Están solas. Han llegado a la soledad por distintos caminos. Han encontrado el mismo espacio sin quererlo. Han llegado a las mismas conclusiones. Son islas en medio de un océano de diversión y risa. Están solas. Cuando las vacaciones amanecen y todos hacen planes, ellas seguirán recorriendo la ciudad en silencio o se sentarán junto a la ventana mirando a través de los cristales o escribirán en cuadernos de pastas coloreadas algo de lo que piensan, algo de lo que sienten, algo de lo que temen. 


Lo han perdido casi todo. 

Han dejado atrás muchas cosas. Han perdido el tiempo buscando otras que nunca llegarán. Han esperado un milagro sin saber que los milagros solo existen si no los deseas. Han inventado un lenguaje propio que se conjuga sin verbos y adjetivos. Han deseado que la vida cambie y les lance un reto inalcanzable pero emocionante al menos. Lo han perdido todo. Y no tienen delante de sí nada más que horizonte. Y el horizonte tiene un marcado color púrpura que asfixia. Y la esperanza no se conjuga. Y los besos no existen. Y el termómetro arrasa la distancia y hace prosperar un llanto firme. 


A veces tienen la suerte de encontrar un alma gemela. Alguien que, solo por un instante, entienden su gesto, escuchan su conversación, sienten el mismo vértigo. Es raro, desde luego, porque la soledad es ya tan honda que poco puede hacerse por cambiar su signo. Ese tiempo singular en el que se sientan frente a frente a un rostro amigo quizá convierta milagrosamente el miedo en sonrisa y la aprensión en búsqueda. Pero será únicamente un espejismo y los espejismos no tienen duración ni siquiera en el desierto. Los caballos montados por expertos jinetes que aparecen en la película cuando los créditos están a punto de saltar tienen la vida breve. Se diluyen entre la niebla, entre las sombras o entre la brisa. 

Ya no les quedan sueños.

(Imágenes de Edward Hopper)