domingo, 27 de noviembre de 2016

Cultivar la alegría


(Para Paco y Mary: ellos son Navidad)

Hay gente que ha decidido vivir la alegría. Que, como esas casas navideñas de las películas americanas, decoran cada momento con lo mejor que tienen. Existen penas, pero se guardan cuidadosamente. Existen lágrimas, pero se lloran en soledad. Existen miedos, pero se congelan en un lugar del Ártico, sin posibilidad de asomarse sin aviso. 

A cada instante, toman la decisión de elegir el momento más divertido, el abrazo más amigable, la voz más cálida, el sonido más lleno de voluntades abiertas. Son gente de luz, cuyo brillo no se oculta por la evidente efervescencia de los días de fiesta, sino que resplandece en ellos y transmiten esa sensación única de sentirse parte de la vida. 

Así las horas pasan en un vértigo de emociones que terminan alojándose en esa esquina del corazón en la que permanece lo que nunca pasa de moda, ni se pierde, ni se marchita. Hojas secas y árboles florecidos; paisajes de reminiscencias lunares y desiertos nevados, con el sol dorando los amaneceres. Huellas de momentos que cada uno guardará en el sitio reservado a lo que nunca se olvida. Así es esta gente y así se ofrecen a los demás en un rito continuo de cariño, amistad y afán generoso de compartir las gotas de agua transparente que la vida lanza en cada paso. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Atrapada en la Red


Las chicas de "Sexo en Nueva York" no solamente abren la puerta de las confesiones acerca de qué y cuáles son esos tipos que las vuelven locas, sino que escriben en retales de colores las tendencias, elevan las marcas al olimpo de los deseos y taconean con agilidad sobre el suelo duro y pegajoso de la ciudad más cool del mundo. Las vemos y tenemos la sensación de que algo nos falta y de que ese algo es imprescindible. 


El Kelly de Hermés rojo con el que sueñas cuando te remontas a esos deseos antiguos de pisar alfombras por doquier se transforma en un más clásico Prada, color hielo, absolutamente dispuesto para ser liquidado en un momento si su dueña no obtiene la satisfacción que las mujeres modernas necesitamos para seguir pisando fuerte en un mundo que, no nos engañemos, continúa siendo el paraíso de los hombres. Ellos, más viejos, más cansados, más diletantes, más absurdos, más inservibles, siguen capitaneando la búsqueda del santo grial de la emoción y nos obligan a nosotras a mostrarnos en la cúspide de la edad juvenil, como si el tiempo no pasara y el bótox fuera vitamina C. 


Alguien dejó dicho hace ya bastantes años que bastaba con recorrer a buena hora Rodeo Drive y sus tiendas exclusivas, bien provista de una tarjeta de crédito que un tipo guapo y con aires de intelectual "he estudiado todo" y "no sé hacer nada, sólo ganar dinero", entrega sin reservas para hacernos pensar que todo era posible, que los cuentos de hadas tenían visos de convertirse en realidad, simplemente esperando que su automóvil último modelo, gris metalizado, se parara por casualidad delante de ti, una de esas noches en las que lo deseas todo, sin explicarte el motivo. 


El precedente del deseo femenino de ser otra persona, de ser alguien, de no aparecer como invisible en los ojos del tiempo, de atrapar las miradas, de sentir que una es todo lo que se puede ser, es aún más antiguo y se refleja en el cristal donde, sin apenas descanso, entre un vaso de café de plástico y un croissant que acaba cayendo en el estómago como un obús, se muestran los artilugios del poder y el dinero: los diamantes, esos que son para siempre aunque no para todas. 

Hay sueños que distraen los sentidos y que te envuelven en una nube de sentimentalismo absurdo. Empiezas pensando que las alfombras rojas están a tu alcance y ahí se pierde todo. Contemplas a cualquiera de estas diosas y ya no remontas. Mejor revolver en la Red, te lo aseguro. Allí encontrarás el modo de compensar tu día malhumorado, el estallido cruel de las hormonas y, casi, el olvido sistemático de quienes deberían rendirse a tus pies. Comprar por Internet es ahora el espejo en que nos miramos las mujeres del tiempo de las hadas. No queremos ser brujas.