martes, 29 de diciembre de 2015

Vestida para triunfar


Alguna vez he contado que mi cuento favorito es "La Cenicienta". Sobre todo eso de que los objetos, los animales y los harapos, se transformen en carroza, lacayos y ropa maravillosa. Sueño en ocasiones que me ocurre eso. Voy vestida con telas pobres, oscuras y raídas y, de pronto, entro en algún sitio, algún lugar mágico, y me transformo. Entonces me convierto en una esplendorosa mujer de rojo. En otras ocasiones, el sueño es más complicado. Resulta que tengo que asistir a una fiesta, un compromiso ineludible. Y no tengo nada que ponerme. Miro el armario y todo lo que hay es desastroso. Me preocupo, pienso, busco, indago. Pero nada, no aparece nada que esté a la altura de lo que necesito. Entonces me voy a la calle y entro en otras casas. Sí. Lo confieso, soy una cleptómana de ropa ajena con la insana intención de ser la mujer mejor vestida del evento. A veces encuentro lo que hallo, otras veces me voy de vacío, con una enorme sensación de haber fracasado. 

El sueño en el que apareció el vestido rojo es recurrente. Es un sueño repetido que surge cuando menos lo espero, siempre con ocasión de alguna novedad positiva. Si las cosas son negras, oscuras o grises, el vestido rojo no surge, no aparece. Cuando todo va bien o así me lo imagino yo, entonces el vestido rojo es el talismán. Es un vestido rojo pero no siempre es el mismo vestido. Corto, largo, de seda, de gasa, de hilo, de tul, de fiesta, de trabajo, sastre, falda, jersey, abrigo....El rojo es la unidad, aquello que lo hace diferente, único, pero la prenda varía. Es verdad que, cuando las cosas salen mejor en el sueño el vestido es impresionante. Podría ser de Carolina Herrera, o de Sybilla, o de Valentino, de Óscar de la Renta o de Stella McCartney. Un vestidazo rojo de cojones. 

No me he parado a pensar en el significado de ese sueño. Lo disfruto sin más. A qué pensar. Seguramente es un deseo irrealizado. Una meta incumplida. Una búsqueda. Lo mismo da. Cuando el vestido rojo aparece en el sueño yo soy una princesa y el príncipe no persigue a las cocineras ni a las institutrices sino que siempre tiene la palabra exacta, la mirada exacta, la sonrisa exacta. Un hombre de verdad. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

Regalos



Nunca hagas un regalo por compromiso. Se nota demasiado. Más bien, hazlo con sentido, con entrega, con emoción. Eso se observa al elegirlo y se explicita al entregarlo. Por ejemplo, nunca lo olvidarías en casa si vas al encuentro de alguien a quien has comprado un regalo. Eso sería como subir al avión sin billete o como ir al cine sin entrada. 

Cuando elijas un regalo no pienses en ti. No funciones con eso de que "esto es lo que a mí me gustaría que me regalaran". No. Eso es demasiado fácil. Lo suyo, lo de verdad, es pensar en la otra persona, en cuál es el objeto (o el acto, que no siempre los regalos con "cosas") que le haría feliz. Esto a veces es difícil, porque se hacen demasiados regalos de cumplido. Regalos porque sí, porque hay que hacerlos, para no quedar mal. Eso es muy típico en los regalos de familia. Obligaciones que uno se echa encima y que, al final, no rezuman ni un poquito de amor. 

Algunos regalos te dan claves. Por ejemplo, del tiempo que la otra persona ha dedicado en encontrarlo. Porque, en ocasiones, los regalos no se buscan, se hallan. Tienes en la cabeza a alguien, piensas en cómo es y vas por la calle mirando escaparates. Entre paréntesis, una de las mejores ocupaciones del mundo esa de ir escaparateando, si no fuera porque la espalda te puede jugar una mala pasada. Miras un escaparate y ves allí un objeto y dices, sí, esto es, esto es lo que a X le vendría de lujo, le gustaría. Y entonces lo compras, sin ni siquiera saber si tendrás ocasión de estar con X. Es algo que te ha llamado y que has hecho desde el corazón. 

Esos son los mejores regalos, los que llevan tu nombre puesto sin que lo sepas. Eso de que alguien se acuerde de ti y vea que ese objeto estaría bien en tus manos. Ahora te voy a comentar algunas cosas de los regalos, pero son comentarios muy personales, nada científicos, nada que aparezca en el ABC de autoayuda del regalismo. 

Por ejemplo, si alguien te regala un libro es que piensa que te gusta leer. Fetén. Pero si el libro que te regala no es de tu corte, entonces la cosa no encaja. Porque no tiene ni idea de qué te gusta, para empezar. Y porque no se ha molestado en pensarlo, para seguir. En mi caso, hace mucho tiempo que nadie me regala libros. Todo el mundo dice que ya los he leído todos o que, en caso de no haberlos leído, están en lista de espera. De cualquier forma, un libro puede ser un regalo personal y también muy impersonal, depende del libro que sea. La cuestión puede ser muy variable. Si el regalante es alguien que te gusta, pues quizá debas ir perdiendo la esperanza. Porque un libro indica, también, que eres alguien de quien aprecia su opinión, pero poquita pasión le veo yo a eso. 

A mí me gusta regalar cosas que la gente use, que la gente lleve consigo. Cosas que no se guarden en casa sin más. Cosas que sean bonitas pero que respondan al gusto de las personas a las que van dirigidas. Antes hacía muchos regalos, ahora hago muy pocos. Pero si, por ejemplo, te regalo un pañuelo para el cuello, una bufanda o un foulard, ten claro que quiero estar cerca de ti, justo al lado de tu corazón. Y arroparte si tienes algo de frío. Siempre hace frío, incluso cuando la primavera suena. Así de cálida me siento a veces.

Las chicas tenemos la manía de regalarnos pinturillas y cosas de maquillaje. Y muñecas y adornos para el pelo, incluso cosas para la casa. Me han matado recientemente: el último Santa Claus me ha traído unas toallas estupendas, de colores muy agradables, pero toallas al fin y al cabo. Creí que había tocado fondo con unas zapatillas de viaje que me regaló una amiga hace unos años....

Los regalos están muy bien, me encanta regalar y recibir regalos. Pero ahora tendría que escribir, y así lo hago, que, para mí, mi mejor regalo eres tú. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Una casa en Navidad


Me gustan las películas sobre Papá Noel. Las películas navideñas, las americanas, esas en las que aparece Santa bajando por la chimenea, o en la calle, cantando canciones y haciendo sus ruidos característicos. Soy una enamorada de Santa Claus, me resulta un tipo simpático, bonachón y lleno de buenas intenciones. Y las casas americanas me chiflan. Esa estruendosa decoración exterior e interior, llena de campanitas, luces, muérdago, muñecos, lazos...Hortera, hortera, pero entrañable. 

En todas esas películas y supongo que en la vida real de los americanos de Estados Unidos, la gente adorna sus casas y nadie se lleva las bolas. Nadie les quita los adornos ni los lazos. Deje usted aquí, en España, un decorado así al exterior y verá cuánto tardan en aparecer los amiguitos de lo ajeno para embolsarse lo que sea. Con decir que en esos sitios ni siquiera hay vallas, ni puertas de seguridad. Eso es algo que me escama. Tienen varias puertas y todas endebles, como las de la cocina, que les das un empujón y ceden al momento. Recuerda, si no, "Solo en casa", con esos ladrones tan torpes que quieren acceder a la vivienda y se encuentran con el maldito niño hecho un Rambo doméstico. Pues la puerta de la cocina es un asco de mala, todos nos colaríamos por ahí sin que nada ofreciera resistencia. 

Volviendo a los adornos navideños, hubo un tiempo en que yo también participaba de ese rito. Por ahí anda un nacimiento con todos sus avíos, guardado en una caja que nadie abre desde hace algunos años. Y también un par de árboles de plástico, y cajas con bolas de todos los colores, porque cada año lo montaba según la tendencia que se me iba ocurriendo. Azul y plata, rojo y dorado, violeta y amarillo, multicolor, blanco nevado, en fin, un gasto de accesorios y un trabajo horroroso para que la casa luciera como debía. Y antes de eso en la casa de mi infancia, mi madre colgaba muérdago y luces, colocaba el belén, el árbol, los regalos, los calcetines, unos centros de piñas decoradas, en fin, hacía de todo por crear hogar en los días navideños. 

Nada de esto me importa ahora. No tengo ningún adorno en esta casa. Es una casa en la que la Navidad no se nota. Ni siquiera el Niño Dios anda por aquí, aunque lo echo de menos. Nada. Ni luces, ni muérdago, ni árboles, ni sonidos, ni música, nada. Es una casa por la que la Navidad ya no cruza, ya no se aposenta, ya no se acerca. Nadie la echa de menos. Y así los días serán solo vacaciones. Días de nostalgias imposibles y de sueños perdidos. 

viernes, 4 de diciembre de 2015

El encanto

La foto de Pier Angeli, actriz, ilustra este post en el que me he dispuesto a hablar del encanto. Esa cualidad de algunas personas que es una puerta directa a la atracción. Un pasaporte al interés y al conocimiento. Un lujo. Una fuerza única para establecer lazos con las personas. Tener encanto es algo que no se puede impostar, que no se maquilla, que no se inventa, que no se finge. Se tiene o no se tiene. Y es algo innato, algo que nace con uno y que no puedes ocultar. Hay cualidades que la timidez o el miedo, o la desgana, o la tristeza, o la soledad, o la desesperanza, pueden echar atrás. Pueden hacer desaparecer, incluso. Hay otras que se van con el paso de los años, o que no aparecen hasta determinados momentos de la vida, o que son espejismos, o que se construyen con inevitable esfuerzo, o que son difíciles de captar a la primera o que se ocultan con facilidad si así lo quieres. Todo eso puede ocurrir en ese difícil trasiego que es mostrar al mundo exterior lo que eres y cómo eres. Pero el encanto es una cualidad que traspasa las personas, que brilla con fuerza aunque no quieras, que todos intuyen o adivinan o captan sin advertirlo a veces. 
El encanto es algo que tiene que ver con tu forma de ser y con tu manera de estar. Hay quien lo confunde con la manipulación que producen algunas personalidades duchas en dominar a los que están al lado, en someterlos a sus designios. Pero no es cierto. El encanto es siempre algo positivo, algo alegre, vivaz, abierto, libre y lleno de posibilidades. Es una virtud, no un defecto. Y no depende de que seas rico, pobre, listo o torpe, sino de algo más íntimo, de una especie de calidad personal, de una armonía, de una música interior que no se escucha salvo cuando entras en contacto directo con esa persona. El encanto es también bondad y, desde luego, belleza. La verdadera belleza, la belleza que no se termina con el paso del tiempo y que te enamora sin reservas. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Ligues


(Jack Vettriano)

Abro el Twitter y salta un tuit promocionado invitándome a encontrar el ligue perfecto. Y no uno solo, no, qué va, unos cuántos, a elegir, como en la sección de bolsos de unos grandes almacenes en rebajas. En Facebook, días después, me llega la amable invitación de alguien que me pide un Megusta para una página de contactos. El lema de la página es atronador: “Ninguna mujer sola en casa un sábado por la noche”. El lema se acompaña con la foto de una rubia neumática que mira a la cámara con una expresión entre zorruna y bobalicona. Me pregunto cómo es posible que esta chica necesite la página para salir de noche. Incógnitas de la publicidad. Las mismas que me surgen cuando veo los anuncios de cremas antiedad con el rostro de treintañeras de piel perfecta. 

En la edición de papel de un periódico de rancio abolengo descubro el anuncio de una acreditada firma de citas a ciegas. Con su cata de vino y todo. Y su cosa literaria: las mesas tienen nombres de poetas, todos ellos muertos, supongo que por evitar demandas. Participar en el jueguecito importa una cantidad similar a un arreglo capilar de mechas con papel de plata en una peluquería de lujo. 

Un digital de contenido político, lleno de sesudos comentarios y constantes diatribas entre esto y aquello, incluye no menos de tres referencias publicitarias a un club de singles que organiza excursiones, viajes y parafernalias similares. Los participantes, según se aclara con sumo detalle, son todos ellos gente “inquieta”, y “positiva”, dos adjetivos repetidos en el atrayente letrero que acompaña a las fotos de un autobús en ruta, que se dirige no se sabe dónde pero sí para qué. Para que los singles vuelvan convertidos en long plays. Aclara que el autobús se ofrece a personas “de todos los sexos”. 

No sé. Por unos momentos he apreciado una conjura interestelar para buscarme un novio. Todos los anuncios parecen sugerir la existencia de una legión de hombresdemissueños dispuestos a todo, en plan “caravana de mujeres”. ¿Cómo demonios se han enterado estos de que estoy libre como un taxi en días de verano y en la tórrida soledad de Sevilla? 

sábado, 28 de noviembre de 2015

Multifacéticas.....


(Ilustración: Ernesto Garcia Cabral)

Esta preciosa ilustración que hallo por ahí en mañana luminosa de sábado, me ha inspirado para escribir esta entrada. Si os fijáis, no tiene desperdicio. Una chica se balancea airosa sobre sus altos tacones, leyendo un libro, llevando un lápiz bajo el brazo, un cuaderno de dibujo, algunos útiles, un precioso sombrero...Es una mujer multifacética, de esas que tienen tantas aficiones, habilidades, intereses o ganas de hacer cosas, que se meten en mil y una peripecias y que todo lo llevan con la donosura propia de quien disfruta a tope. 

He conocido de cerca a algunas de estas mujeres. La primera, mi madre. Ella era capaz de llevar la casa, cuidar a los niños pequeños (siempre había algún rorro por ahí), cocinar de lujo, coser vestidos, hacer muñecas de trapo, escribir cartas deliciosas, leer libro tras libro, ir al cine, salir de compras, disfrutar del cálido sol de las tardes de sobremesa, charlar con las vecinas, cantar todas las canciones del mundo, conocer a todos los artistas, comprar con habilidad y dominando el arte del regateo, leer el periódico diario, hojear todas las revistas del mundo, comentar la política, discutir a modo con mi padre, sonreír con timidez cuando alguien la alababa y, además, llevar una vida interior plagada de sorpresas. Era una mujer que hacía muchas cosas bien, pero que no lo sabía. Si la vida hubiera sido más generosa con ella en tiempo para disfrutarla, hoy sería una activa tuitera, tendría su propio Facebook y habría cola para escucharla opinar sobre Iglesias, Rivera, Sánchez, Rajoy y toda la parafernalia de la politique...

El multifacetismo a veces se confunde con la hiperactividad de quienes no paran quietas. Pero no nos confundamos, no se trata de eso. No se trata de andar sin criterio, de la ceca a la meca, como un pollo sin cabeza. O un pavo. Hablando de pavos, ahora que se acercan las temibles Navidades, no estaría de más recordar la habilidad materna para asestarle al pavo un tajo en el cuello que lo dejaba paralizado. Debió aprenderla en el cortijo de mi tío Curro, allá en la Laguna Seca, comarca de La Janda, maravilloso espacio natural en el que el campo se convertía en realidad, más allá de los libros que leíamos. Si recuerdo las historias que ella y sus hermanas contaban del cortijo, tendría que referiros lo bien que montaba a caballo, lo habilidosa que era para coger tagarninas del campo, cómo ordeñaba cabras o vacas y cómo danzaba el tango apache ante la maravillosa expectación de todos los oficios que allí trabajaban: cabreros, capataces, campesinos, queseros, apicultores....

No solamente eso. Hacía de maestra con los niños de los trabajadores y les contaba raras historias inventadas que ella adornaba con frases majestuosas y con ese vocabulario cinematográfico que la acompañó siempre. Se sabía de memoria todas las escenas del cine clásico y las representaba a modo. Era una heroína cambiante, siempre enfundada en su imaginación y su gracia gaditana. 

Prometo, por usar una expresión menos drástica que "juro" que no había pensado convertir esta entrada en un homenaje a mi madre. Pero así ha surgido. Pensar en las mujeres multifacéticas me ha llevado hasta ella y todavía tendría que añadir algunas habilidades más: hacer collares, cuando ya recordaba pocas cosas. Construir collages con páginas de revistas. Posar sus manos silenciosas en las rodillas cuando esto ya era un esfuerzo supremo....

Es verdad que me dio pocos abrazos. Es verdad que no era expresiva, al menos, no en la expresión ordinaria de las frases cariñosas y los besos habituales. Pero quizá su forma de querer era esa: ofrecernos a todos un mosaico de cosas bien hechas y, en los tiempos postreros, mirarnos con fijeza, sus ojos avellana tan hermosos con una pátina húmeda y pronunciar los nombres que se agarraban con fuerza a su memoria, sin querer abandonarla.

martes, 24 de noviembre de 2015

Guantes, sombreros, foulards....



Rosalinda Fox se anuda el pañuelo en la cabeza al modo en que lo hacían las mujeres de los años cuarenta. Su piel blanca anuncia la lucha contra las manchas solares de la época, nadie querría parecer que trabaja al aire libre. Los labios rojos son intemporales, los vemos en la boca de las mujeres desde las heroínas de Austen. Y esos guantes calados tienen una distinción que anuncia a la dama de buen gusto. 

Los complementos son aquellos aditamentos del vestir que señalan con toda claridad la frontera entre el buen y el mal o regular vestir. Varían con las temporadas, con las estaciones, pero ofrecen un panorama descriptivo de las personas que los llevan. Hablamos de las mujeres en este caso, pero no hay que olvidar que son cosa general de los dos sexos. 

A veces unos guantes marcan la diferencia. O un pañuelo, un foulard o una pashmina. Por supuesto, unos zapatos. Una joya. Los sombreros, por desgracia, parecen estar casi desterrados de nuestro vestuario, excepto en la playa o en el campo, algo que no parece lógico, porque no solamente resguardan del sol, sino también del frío y de los elementos. 


En los últimos años hay un complemento que hace furor. Las gafas de sol. Son un básico prácticamente con diseños preciosos y colores y formas muy variados. En estos momentos hay un revival de modelos antiguos, pero, en general, las gafas de sol son ya un elemento indispensable en los atuendos de día. De noche no, por razones obvias, ya se sabe que todos los gatos son pardos.

En cuanto al adorno en el cuello, han vuelto las pequeñas estolas de piel, natural o no. Por supuesto, los pañuelos anudados graciosamente, las bufandas y maxibufandas, tan necesarias para el frío. El foulard es ya fondo de armario y lo mismo ocurre con la pashmina. Un defecto tienen estos accesorios y es que la mayoría circulan con estampados o cuadros y pocos de ellos se atreven con lo liso. Eso limita mucho la conjunción con el resto de la ropa, pero es verdad que alegran más la cara.

No te olvides, por ejemplo, de las medias. Las medias de nylon fueron en los cuarenta el ejemplo máximo del glamour. Ahora las medias tienen nuevas dimensiones decorativas y tejidos. La espuma, la lycra, la lana...A mí me gustan las mates, con unos 20 den de espesor y que sean flexibles. Las medias con dibujos no me parecen finas, pero hay gente que las lleva con mucho estilo. Depende de cómo las combines, si con zapatos o botas.


Si quieres ir a la moda tienes que tener un clucht, ya sabes una cartera plana y que puedas llevar con comodidad en una mano. Es un recuerdo del pasado que ha regresado con fuerza. Porque la moda son ciclos, como la vida, y se reinventa a cada momento. Fíjate en que los collares de perlas también son tendencia, sobre todo los largos, no solamente blancos o nacarados sino en otros tonos. Las perlas siempre están en el candelero y no creas eso que dicen que envejece, para nada, depende de con qué te las pongas. Y elegancia asegurada sí que tienen.

Sombreros, tocados, pañuelos, fourlards, pashminas, bufandas, collares, carteras, cluchts, zapatos, bolsos, guantes, estolas....el mundo de los complementos es delicioso, variado, lleno de detalles. Unos buenos complementos son fondo de armario y ennoblecen cualquier atuendo. A veces no les damos demasiada importancia pero piénsalo. Convierten un atuendo sencillo e, incluso, anodino, en una forma de belleza.

(Las ilustraciones corresponden a fotogramas de la serie "El tiempo entre costuras")

viernes, 20 de noviembre de 2015

Leer es sexy


Hay quien piensa que las mujeres que leen son peligrosas. Incluso hay quien lo ha dejado escrito. Leer es igual que pensar y el pensamiento es libre. Todavía existen reticencias hacia las mujeres que piensan. Y está la dicotomía belleza-intelecto. Bien, no entremos en eso. Cada cual es muy dueño (o dueña) de aplicarse el cuento como quiera. El ejemplo manido de la pareja entre Arthur Miller y Marilyn Monroe ha aventado este sistema dual que jerarquiza el físico en la mujer y el cerebro en el hombre a modo de complemento inequívoco. No conozco casos en los que sea al revés. Si lo fuera, tendría que haberme tocado ya un buen número de parejas entre los hombres más guapos del mundo. Y no se ha dado el caso, al menos, el caso de que fueran bellos sin alma. 

La lectura no es un "adorno" femenino tradicional como lo era la costura, el piano, el baile o la cocina. Entre las maravillas que las mujeres de antes podían hacer con su persona y su tiempo libre (suponiendo que lo tuvieran) no estaba leer. Leer era, más bien, una extravagancia. Un hábito burgués, además. Consumir el dorado tiempo de la juventud con la cabeza metida en papeles, viviendo una existencia ajena que nunca te estará dada a vivir, parece tontería. Cuánto mejor el andurreo, el callejeo, el barzoneo incluso (como la máxima expresión de andar sin rumbo, ad libitum) que la complacencia literaria en soledad. Esa es la cuestión, me temo. La lectura es un ejercicio solitario y a nosotras, quizá, solo quizá, eso de estar solas tanto tiempo como que nos ha dado alergia. Lo mismo que estar en silencio. La mujer no está hecha para callar. 

He conocido chicos a los que horrorizaba mi pretensión de comentar los libros. Con ellos poco ha habido que hacer, incluso aunque fueran Adonis. También están los otros, aquellos con los que compartes autores, comentas textos y recitas poemas al alimón. Ah, eso sí, eso es la vida. Ese momento inefable en el que reconoces unos versos que tú misma has pronunciado en ocasiones y que resulta, oh feliz coincidencia, que hay alguien que también ha transitado antes que tú. 

Ahora está de moda decir que leer es sexy. Bah. Es un reclamo, desde luego, pero no una condición del acto de leer. La lectura sigue siendo lo que era. Una tarea difícil, dura, solitaria y llena de momentos contradictorios. Sobre todo, algo personal, algo que solamente haces tú con el libro, que no puede traspasarse a otro contexto sino a ese único y exclusivo momento en que las palabras llegan a ti y tú las recibes. Algo que, por otra parte, no se escoge. Es como el amor. Te llega, lo sientes, lo vives, esto último si hay suerte. Existe, de todas formas. 

Puede que lo de sexy esté bien traído si consideramos que la lectura es algo íntimo. Y lo sexy es íntimo o debería serlo. A veces me he preguntado si esas horas de lectura callada y solitaria podrían cambiarse por algo más práctico, productivo o lleno de emoción. Y, os aseguro, he hallado una respuesta. Solamente hay algo que convertiría para mí en secundario el acto de leer. Pero eso no voy a contarlo aquí, por supuesto. 


martes, 17 de noviembre de 2015

Cómo vestir en un evento oficial



Imagina que eres una profesional de cualquier oficio y tienes que asistir a un acto profesional en el que vas a tener algún papel, alguna relevancia. Bien. Enhorabuena. Puede que tengas que prepararte un pequeño discurso, quizá saludar a gente importante, posar para la prensa, incluso compartir una copa con políticos o gente a la que, de ordinario, no sueles tratar. Todo eso es complicado, sobre todo si quieres hacerlo bien, sin ser una lista insoportable y sin parecer una tonta sin remedio. Pero, ante todo, la primera cuestión que vas a plantearte, y no lo niegues, es el consabido "¿Qué me pongo?" o, para usar una expresión más rotunda "¿Qué diablos me pongo?". 

Les ocurre incluso a las personas que, en su vida cotidiana, suelen tener cierto gusto a la hora de vestir. Les pasa sin poderlo evitar porque todo el mundo quiere causar buena impresión. No pasarse, pero tampoco no llegar. Y el armario, a veces, nos devuelve una imagen que no se ajusta a nada de lo que queremos. Nos pasa a todas, confiésalo. Cuanto mejor queremos aparecer, peor lo ponemos. 

En esos actos suele haber mucha gente y de muy diverso origen. Así que ten cuidado, porque verás brillos, tules, pana, terciopelos y toda clase de tejidos que se van a mezclar alegremente. Tendrás la tentación de vestirte "como para una boda". Y ya se sabe que no hay nada más hortera que una boda. Sea la que sea, se case quien se case, el horterismo salvaje está servido en bandeja, de plata o de metacrilato, qué más da. Pues no, no vas a una boda, ni a un bautizo o a una comunión. 




Tampoco vas a la Semana Santa, ni a las fiestas patronales, ni a una celebración navideña. Más difícil todavía. Deberías resultar sencilla, a la par que discreta, a la par que tener tu toque personal, ese "como tú eres" que resulta tan, tan complicado. Salvo si mides 1,80, tienes las piernas de Naomi Campbell, la cara de Cindy Crawford y el cuerpo de Malena Costa. Como estas circunstancias no van a coincidir en ti, porque si así fuera no necesitarías leer este blog (en realidad no necesitarías nada, maldita sea), pues tienes que adaptarte a tu materia prima, que es la que es, chica, no nos engañemos. 

Y, para no meter la pata, la única opción que se me ocurre es la sencillez. Si pensabas ponerte ese vestido con lazada en el hombre, deséchalo. Ese abrigo con el cuello de piel, olvídalo. Ese collar dorado tipo egipcio, al cajón de los trastos inservibles. Ese peinado con ondas al agua, imposible. Esos zapatos negros mezcla de ante y charol, para nada. Opta por aparecer limpia, sencilla, con colores que no apabullen, con accesorios mínimos y añádele al look dos cositas que quizá sean las únicas que no se compran con dinero: échale tu mejor sonrisa y sé humilde: no vas a conquistar el corazón del hombre al que amas. Por mucho que te esfuerces, la vida es como es. Así que no sufras, disfruta del evento y piensa que quizá existan Darcys por el mundo que aún no conoces. 

domingo, 1 de noviembre de 2015

Aspiro a inspirar


(Foto: Nadia Lee Cohen) 

He tomado el título de una amiga escritora, ella sí, con todos sus avíos, libros, guiones, cosas publicadas en papel, como Dios manda en suma. Ella es Lea Vélez. Su nombre es esperanza. Y la foto, de una artista de la imagen, Nadia Lee Cohen. Genialísima. Dotada de una mirada única. Mirad, si no, esta escena. Esa preciosa chica detrás de la nube de humo, escote sin pudor y mirada interrogante. Las revistas de moda que acaba de hojear y el teléfono descolgado. Ese teléfono dice tantas cosas. Dice que alguien estaba detrás, al otro lado de la línea. Dice que aquí hay sentimientos, de odio, de amor, de desamor, de abandono. Dice que la preciosa chica no tiene nada claro. Habla de dudas. La duda es siempre un arma arrojadiza. 

He tomado el título de una amiga escritora y uso la foto de una fotógrafa acreditada y lo hago para reconocer que no soy sino alguien que está sentada en un ordenador una mañana fría y que, en medio del sigilo con que cubre su vida de ordinario, abre un cajón lleno de palabras y las esparce aquí, en Internet, queriendo decir algo que, de otra manera, no se quedaría dicho. Es la esencia de las cosas la que surge del hielo de las horas que pasan inclementes. Es, también, una forma de rebeldía total. Escribo porque quiero y nadie va a decirme que no escriba. Nadie me va a expulsar del territorio que elegí argumentando que soy una aficionada que ni siquiera escribe con oficio. Nadie me va a explicar qué es lo que siento, ni qué es lo que atribuyo a mis palabras, ni nadie va a venirme contando lo que pienso, ni lo que busco, ni lo que hallé y perdí. 

Aspiro a inspirar como las rosas conservan su olor sin darse cuenta. Aspiro que haya alguien, en algún lugar, en algún sitio, en ese momento indeciso de la tarde entreabierta, que lea algunas palabras y, tras ello, sonría cómplice o se busque un buen libro o comente una cosa a un ser querido, o lo sienta en sí misma, o lo descubra, o, en todo caso, llore con lágrimas que tengan más sentido. 

Aspiro a inspirar, en mí misma, la dulce aceptación del paso de las horas. La tibieza de saber que, limpiamente, sin artificios y sin fuegos fatuos, he entendido el mensaje de la vida. Y vivo. Y por eso lo escribo a cada instante.

sábado, 31 de octubre de 2015

¿Para quién se viste una mujer? o Mi gozo en un pozo

Las mujeres solemos decir que nos vestimos para nosotros mismas. Bueno, en realidad eso lo dicen algunas mujeres entre las que no me cuento. Si eso fuera así estrictamente mi camiseta rosa súper usada sería la reina de mi armario. Tampoco significa que andemos todo el día pensando en el qué dirán. Eso es tan absurdo como inútil. Y, cuando más quieres agradar, peor lo tienes. Por eso siempre aconsejo a las amigas que se dejan aconsejar que piensen en ellas y no en los contrarios. Porque los contrarios, incluso los más entregados, andan fritos de ideas a la hora de saber qué es lo que a una le sienta bien.

Una amiga me cuenta algo así: 

"Había quedado para tomar una copa en un local de moda con un compañero de trabajo muy agradable. Ya sabes, inteligente, culto, de buen ver. Justo el tipo de persona al que preferirías agradar que desagradar. La verdad es que yo me veía mona. Bueno, sin exagerar. Pero mi compañero me desmontó el tinglado a la primera. No le gustó mi pantalón negro, ni mi blusa color orquídea. Ni mi abrigo de entretiempo. Porque, sobre gustos no hay nada escrito. No tiene demasiada importancia, pero me sirvió para pensar que hay muchos puntos de vista sobre las cosas. 

Fíjate, no me sentí decepcionada. No. Porque yo estaba a gusto, me sentía bien conmigo misma y no me afectó que este tipo tan inteligente, culto y agradable, pensara que yo no sabía vestir y que tenía mal gusto, que la ropa era de mercadillo, de los gitanos de Alcosa o de Tejidos Loly. Qué se le va a hacer, pensé. Nadie es perfecto. Y mucho menos, perfecta."

Hasta aquí el relato de mi sufrida amiga tras su experiencia. Dado que nunca sabes qué le va a gustar al público que te rodea, a tus amistades o congéneres, lo mejor es usar el sencillo sistema de "estar bien con una misma". Porque de otra forma tendríamos que consultar con todo el mundo antes de comprarnos algo y, sobre todo, dejaríamos de ser lo que en realidad somos. Nos convertiríamos en lo que los demás quieren que seamos. Y eso, amigas mías, es un error tan grande como pensar que puedes gustarle a la generalidad. Aparecer como otros quieren que aparezcamos es una forma de mentir. Y mentir está muy, pero que muy feo. 

Corolario: Mi amiga lleva bien el asunto. Se lo ha tomado a risa. Es una persona muy risueña.


domingo, 11 de octubre de 2015

Mujeres, hombres y cintas de Pilates


En la película “Hechizo de luna” hay dos escenas que vienen al pelo para este post. En la primera de ellas, Rose Castorini, la madre de la protagonista, observa una disputa entre un profesor de edad madura y una de sus alumnas, que evidentemente mantiene una relación sentimental con él.  La discusión es pública. Acontece en un restaurante italiano que Rose frecuenta sola muchas noches. Todo acaba cuando la chica, harta, le tira un vaso de agua en la cabeza al profesor. Romance fallido, hartura, quién sabe. El caso es que esta escena cómica encierra, para Rose, muchos significados. 

Ella y el profesor terminan sentados en la misma mesa. Y, en un momento dado, Rose le hace la pregunta que la tiene intrigada desde que sabe que su marido le es infiel: ¿Por qué los hombres engañan a las mujeres? El profesor no sabe qué decirle, está desconcertado e hilvana unas respuestas sin mucha convicción: Para sentirse más jóvenes. Porque están aburridos. Porque sufren. Porque son inmaduros. Porque tienen miedo a la muerte. 

Sí, responde entonces Rose, eso es. Y esta frase rotunda detiene la enumeración del asustado profesor. Sí. Es por eso. Tienen miedo a la muerte. Los hombres engañan a sus mujeres porque tienen miedo a la muerte. 

Rose respira profundamente. Ha llegado a una conclusión que la convence. Que la absuelve del pecado de haber envejecido. No es suya la culpa de que, después de treinta años, su marido entrado en años y en kilos, se haya encaprichado de una señorita que usa ropa de angorina en tonos pastel y lleva rabillo azul en el ojo y sonrisa de falsa mimosidad. La señorita en cuestión alaba sin pudor la apostura del marido de Rose, al que ya no le cierran los botones de la chaqueta, hace mohines con la boca pintada de rojo intenso, abate sus pestañas al mirarlo y observa gozosa y un pelín hambrienta la pulsera de dijes en forma de estrellitas que él le ha regalado. 

La segunda escena tiene lugar en la cocina familiar. Una familia italiana, aun trasplantada a América, tiene que convivir en una casa grande en la que la cocina sea el centro de la vida. El núcleo de chismes, discusiones, cotilleos y confesiones. Un recinto sagrado. Resuelto al parecer el extraño caso del enamoramiento de su hija Loretta con Ronny Camareri (cuyos detalles no vienen aquí a cuento) Rose le lanza directamente a su marido una frase que a él lo deja mudo, más aún que en los diez últimos años de su matrimonio: 

-Voy a decirte una cosa, Cosmo. Hagas lo que hagas, vas a morirte igual. 

Rose es una mujer sabia. Como tantas otras, ha desmenuzado con sigilo y en silencio todas y cada una de las claves que ha empujado a su marido a buscar carne joven cuando la suya propia está diciendo “tápame”. Las claves que explican la ecuación de la infidelidad. Rose sabe que Cosmo le es infiel y, en lugar de mirar hacia otro lado, de avergonzarse de ello, de negarlo o de formar un lío de no te menees, indaga y observa, pregunta y reflexiona. Rose es una mujer que no se oculta, por eso termina concluyendo que todo tiene razones y que las razones no siempre están en uno mismo. 


Hay quien afirma que la infidelidad es un concepto prefabricado y absurdo. Innecesario. Pero, si lo fuera, no existiría su contrario, la fidelidad y no hablaríamos de ella como un bien. Vale que Cosmo y todos los Cosmos del mundo hagan de su capa un sayo. Pero no estaría de más que lo hicieran sin engañarse a sí mismos. Van a morirse igual. 

sábado, 19 de septiembre de 2015

No todas podemos ser Lauren Bacall


Me llama una amiga muy preocupada. Triste, incluso. Es una amiga de hace años a la que recientemente estoy volviendo a tratar. Hemos cambiado mucho las dos. Correteábamos por la Universidad y hacíamos perrerías de todas clases. Bueno, de casi todas. Éramos divertidas, traviesas y nos gustaba reírnos a tope. Nos saltábamos algunas clases. Íbamos a las inauguraciones de las galerías de arte cuando había canapés. Flirteábamos con unos chicos que estudiaban Derecho y que compartían edificio con Historia. No nos perdíamos un estreno de cine ni tampoco una party de estudiantes. El patio de Arte era nuestro reino. Allí nos sentíamos como peces en el agua. Cruzábamos el puente de los Remedios (yo, desde la calle Turia y ella, desde Virgen de la Cinta) con porte de princesas, enfundadas en nuestra ropa de moda y con un bolso de bandolera en el que había, entre otros adminículos, unas interesantes barras de labios con brillo que era lo más entonces y que usábamos entre clase y clase, porque eran sugerentes a tope. 

Mi amiga se ha divorciado y ahora tiene un nuevo "amigo". Es un decir. Más bien, bebe los vientos por un tipo que es catorce años menor y que tiene pinta de chulo a mi entender. Pero ella no lo ve. Lo percibe con ojos de Julieta así que le resulta atractivo y, dice, hasta bondadoso. La hostia, pienso. Tal nivel de ceguera hacía tiempo que no me estaba dado conocer tan de cerca. Ella se ha medio enamorado y él se deja querer. Pero existe un problema. Casi insoluble. La diferencia de edad hace que ella se sienta insegura de su físico. Y es una tía atractiva, no penséis que es un callo. Atractiva y hasta guapa, diría. Sabe arreglarse y enseña escote y piernas sin dudarlo siquiera. Más de lo que a mí me resultaría posible enseñar sin rubor, me parece. Pero a ella le funciona la cosa, cada una es como es. 

Pero el tipo, que gasta cazadora de cuero y pantalones ajustados, es catorce años menor y ella quiere ser una Lolita. Y, por mucho que yo le hablo de Susan Sarandon, el paradigma de la señora inteligente que sabe envejecer y sigue gustando, pues no hay forma. Ha investigado ya qué es eso del colágeno, el bótox, las inyecciones de vitaminas y otra ristra de novedades. Dice que las cremas no sirven para nada, ni la del Lidl que es tan milagrosa según nos cuentan en las encuestas. Sufre. Porque quiere tener treinta años.  La cronología, como sabéis, no tiene puto arreglo. Es la que es. Y, si no envejeces, todavía la cosa es peor. Puedes morirte joven, pero no veo claro que esto sea la solución. Así que mi amiga lo tiene negro. 

En lugar de disfrutar a modo de un tipo joven, con todo en su sitio, pues se dedica a recordar otros tiempos y a querer ser lo que nunca será. Lo que nunca seremos. Lo que nunca fuimos. Porque no todas podemos ser Lauren Bacall. 

Claro que, tampoco ellos son Humphrey Bogart. En el caso de mi amiga, dejémoslo en James Dean en sus peores momentos. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

Confidencias


Los seres humanos somos complicados. O sencillos, según se mire. Al final, lo que necesitamos casi todos es sentir que los demás nos quieren, nos respetan, nos consideran. Lo contrario de ese sentimiento es el desarraigo. No es necesario ser un paria para notarlo. El desarraigo emocional es algo muy frecuente. En los malos momentos de la vida todos podemos sentir que, emocionalmente, no formamos parte de nada ni de nadie. Hace algún tiempo, no demasiado, entendí que de mí dependía que algunas personas fueran más felices y tuvieran una vida más agradable. Por desgracia, cuando lo descubrí ya era tarde para otras, que habían desaparecido sin que yo fuera consciente de esa situación. Perdonarse a uno mismo es tarea difícil pero, si no lo haces, no puedes seguir avanzando y, si no avanzas, tu corazón, tu mente, se detienen en un punto indeterminado en el que no hay ilusión ni alegría. 

La alegría es una emoción menospreciada. Parece de escaso valor, propia de gente sin criterio. Pero yo defiendo que la alegría es una íntima muestra de vida intensa, de disfrute esencial, de aprehensión de lo que somos y sentimos. Defender el valor de la alegría en un universo de escépticos es harto complicado pero hace dos años que todas las tragedias humanas me llegan hasta el fondo y todas las superficialidades se quedan en la epidermis. 

Hay un momento en el que el contagio de la alegría puede resultar medicina para el alma. Precisamente cuando alguien, una amiga o amigo, te hace una confidencia, te expresa su temor, su miedo, su dolor, su problema. En esos momentos sentimos que, la mayoría de las veces, somos incapaces de entender el verdadero alcance de eso que se nos ofrece como un regalo, pero también que hay una contribución única, exacta, que vale tanto como un buen consejo. Los consejos no se suelen seguir y acaban en el cajón de las cosas perdidas, pero ese abrazo confiado y esa risa natural, sincera, que te sale del alma, son ofrendas impagables. 

Hay veces que todo eso termina cayendo al suelo estrepitosamente. Ofreces lo mejor que tienes y se derrumba como una montaña de naipes, como una gota de agua sobre un charco. Puede ocurrir y te pasará muchas veces. Pero no pienses que la culpa es tuya. No te conviertas por eso en alguien lleno de resentimiento o acritud. No. Porque sucede que hay personas que no van a entenderte. Buena gente, sin duda. Buenas personas que no van a entenderte nunca y nunca te darán salvo asombro y desconcierto.

Tampoco es necesario que todos nos comprendan. En ocasiones basta con entenderse uno mismo. Sin embargo, si tienes la suerte de tener a alguien, amigo o amiga, que es capaz de oírte y de hacer suyo lo que cuentas; que es capaz de contarte en la confianza de que ese camino de ida y vuelta ha de andarse sin dificultades, entonces cuídalo. Es un regalo que te da la vida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Las fashion victim también leen

Aunque te parezca raro existe un prejuicio social según el cual se te gustan la moda, los trapitos y los cotilleos, no puedes ser una aceptable lectora ni, mucho menos, tener la cabeza medianamente amueblada. Podéis creerme. Es una discusión que, de tanto en tanto, acometo. Mis discutidores me echan en cara que me guste comprar cosas bonitas, que ame la ropa, los perfumes o las joyas, incluso que sea una absoluta forofa de algunas marcas. Cuando conocen esa faceta de mí me tachan inmediatamente de frívola y así ya no tengo remedio, no hay solución ni perdón. Me condenan ipso facto. Si a esto le añades que veo cierto programa cotilla de la tele y que me apasiona el flamenco (considerado todavía por algunos como el lumpen musical), pues la hemos jodido del todo. 

Soy un bicho raro, una friki, alguien en quien no se puede confiar. No tengo sensibilidad, ni sentido, ni orgullo, ni prejuicio. Soy una especie de híbrido incomprensible, nada claro y, por lo tanto, muy especial. Dicho en el mal sentido. 

Cuando alguien se forma una mala opinión de ti la cosa tiene poco arreglo. Estás hablando de los libros que te gustan y sueltas un título, al parecer, intrascendente, y vas directamente a arder en el infierno. La cosa se pone peor cuando no pueden clasificarte. Porque nuestra manía clasificatoria hace que estabulemos a todo el personal sin reparo alguno. Por aquí, los listos. Por allá, los torpes. Guapos y feos. Buenos y malos. Intelectuales y ceporros. Y así un larguísimo etcétera que no tengo tiempo ni ganas de resumir. Un asco, vamos. 

Cuando se es muy joven puede uno correr el peligro de querer asimilarse al grupo porque esa es una forma de que te incluyan, de que no te sientas fuera, una extraña en tierra de nadie. Pero confieso que, ni aún entonces, en esos años pandilleros, tuve la suficiente capacidad para disimular lo que me gustaba. Ya defendía mis afectos con pasión y mis aficiones con devoción y por eso me he acostumbrado a no cuadrar con ningún estereotipo. Los que me quieren dicen que soy especial. Y los que no me quieren....pufff, esos no me importan lo más mínimo. 

Este libro, pues, viene al pelo de lo que os cuento y de lo que cuento en este blog. Porque habla de la pasión por la moda. Habla de una ciudad que me encanta, Nueva York y habla de dos mujeres que, viviendo cada una de ellas en la punta del siglo, distantes y distintas, tienen en común eso, los trapos, las telas, el diseño, el gusto por el vestir. Olive y Amanda luchan por lo que desean. Y eso les envidio, claro está. Luchar por lo que uno quiere, con los objetivos claros, con la mirada puesta en conseguirlos. Dentro de la historia está, también, un diario personal, esa clase de objeto o de dedicación que conozco también, porque lo he llevado durante toda mi vida. El diario, tu amigo, ese que recoge lo que eres, sin disimulos, sin tener que ocultarte, sin tener que mentirte. 

Si lees este libro y te pareces a mí en los afectos y los gustos, conciliarás dos pasiones, la moda y la lectura. No es poca cosa, desde luego. Una bonita idea. Un lindo resultado. Ea. ¿Quién dijo que las fashion victim no son lectoras? 

lunes, 14 de septiembre de 2015

Vintagísimo

Creo que fue el modista Lorenzo Caprile quien, en la presentación de su último libro "De qué hablamos cuando hablamos de estilo" en la Fundación Cruzcampo de Sevilla, a preguntas de la conductora del acto, la periodista y bloguera Clara Guzmán, explicó que el  de"vintage" era un término que estaba casi siempre mal utilizado. Esa utilización errónea tenía que ver, a su juicio, con que se aplicaba a cualquier prenda de ropa "antigua", sin tener en cuenta que constituyera un artículo valioso.

Antiguo, viejo y vintage, son, pues, palabras absolutamente disonantes y discordantes. 

Para empezar, la RAE no reconoce el término. Esto no debería extrañarnos. La RAE, que se guía por el uso de las palabras nuevas, no las reconoce hasta que pasan dos mil años. Va siempre a la zaga y quizá no le falte razón. El uso tiene que contrastarse con el paso del tiempo. En eso los señores académicos, que de tiempo saben un rato, son prudentes. Ay, hablando de todo, a veces he pensado que será estar sentado en esas sillas con nombre de letras, mayúsculas y minúsculas, asistiendo a una discusión de esas: Señor M, estoy en desacuerdo con usted. Pues mire, señor J, a mí me pasa igual. Etcétera. Como las mujeres se cuentan con los dedos quizá haya una deferencia elegante y se les dé la razón en todo. Aunque me extrañaría. 

Volviendo a lo vintage, o al vintage. Se trata de una palabra inglesa cuyo significado es "vendimia" y en nuestro idioma designa los objetos antiguos de diseño artístico y buena calidad. Con lo cual, querida amiga, ten en cuenta de momento que toda la morralla que guardas en tu armario no tiene nada que ver con el vintage. Es otra cosa. Puedes donarla o regalarla que no te pierdes nada. 

Si continúas indagando en la etimología del término (ah, la etimología, esa ciencia tan extraordinaria y que nos hace pasar tan buenos ratos averiguando de donde vienen las palabras) parece provenir del francés antiguo, de "vendage", que viene del latín "vindemina". Parece que el nombrar a los mejores vinos añejos con esta definición se ha trasladado a otros productos y, sobre todo, a los relacionados con la moda y el diseño. Por lo tanto, podemos decir que "vintage" tiene un origen enológico. Pues qué bien. 

El vintage es una forma de favorecer el reciclaje de ropa de calidad, pero que debe tener al menos unas décadas para ser considerada como tal. Y, por supuesto, responder a diseños prácticamente exclusivos, originales y valiosos. Sin embargo, en la actualidad se está imponiendo una forma de actualizar tendencias pasadas, que se denomina "diseño vintage". Este otoño, por ejemplo, vamos a ver las nuevas versiones de moda ochentera, como los vestidos de flores y diseños geométricos, las cazadoras y chaquetas de flecos realizadas en ante, las botas con inspiración lejano Oeste, los chalecos, los jerseys oversize de estilo francés, tan mullidos y confortables, las camisas de estilo romántico...

Una ropa vintage de calidad o una recreación con gracia y arte resultan sumamente atractivas. Da la impresión de que el tiempo no ha pasado o que lo ha hecho con tino. También que el túnel de las modas da tantas vueltas que llega incluso a confundirnos. Puedes aprovechar vestidos de tu madre, incluso de tu abuela, si es que tienes la suerte de tenerlos guardados y poseer una talla aproximada. 

El vintage aparece asimismo en joyas, accesorios, bolsos, adornos en general. Por supuesto, también en la decoración del hogar. Pero ese es otro tema. Desde luego, conservar un objeto, sea el que sea, pasados los años, por herencia o porque lo adquiriste en una tienda especializada en ello, además de ser un tesoro te proporciona una sensación muy especial. Piensas y piensas, imaginas y recreas, la historia de la persona que lo usó, sus sentimientos, su vida entera. Es como traer del pasado la esencia de una vida que dejó huella, no cabe duda. 


martes, 8 de septiembre de 2015

Flecos


Juanita Calamidad era la novia de Búfalo Bill Cody. Estaban los dos en el lejano Oeste y cantaban a voz en grito canciones que animaban hasta a los enormes rebaños de ganado bravo que cruzaban el desierto de Arizona. Aunque no lo creáis, la ropa de los pioneros ha traspasado la moda y no sabéis cómo. Los pantalones vaqueros, sin ir más lejos, esa creación extraordinaria que todos los grandes de la alta costura quisieran haber inventado. Los vaqueros, los jeans, como quieras llamarlos, son el gran invento del siglo XX. En todas sus versiones, anchos, colores, texturas, formas, altos, bajos, rectos, pitillos, de campana, son un clásico que se reinventa y que sienta bien a casi todo el mundo. Salvo si te los compras demasiado anchos o los llevas como si fuera un pantalón chino. 

Además del vaquero están las camisas de cuadros. Otro clásico que vuelve este año con fuerza y que no deja de estar de moda, en diferentes versiones eso sí. Los cuadros rojos, blancos y azules, han dado paso a una enorme variedad de colores. Las formas camiseras se han diversificado, desde luego. Pero el encanto de una camisa de cuadros sigue incólume con el paso del tiempo. 

Y, sin olvidar las botas o los chalecos, vamos a detenernos en las cazadoras de flecos. Los flecos, como los que lleva Doris Day en su papel de Juanita, son tendencia desde este verano. Chalecos, jerseys, camisetas, ponchos, capas, todas ellas adornadas con flecos. Este invierno, además, cazadoras y chaquetas de ante marrón con flecos, lo más de lo más. 

Yo tengo la mía. ¿ Y tú ? 


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cuando los hombres hablan en plural


Ella pensaba que en una conversación entre un hombre y una mujer intervenían dos personas. Dos individuos. Uno y otra. Otro y una. Dos. Solamente dos. 

Error. Para algunos hombres en una conversación entre un hombre y una mujer intervienen un hombre y todas las mujeres. No os imaginéis un griterío atroz con el pobre ejemplar masculino en inferioridad de condiciones y todas las mujeres interviniendo al unísono para destrozar los tímpanos del gentil caballero. No. Tampoco penséis en una batalla dialéctica en la que Él defiende una opinión y todas las mujeres otra bien distinta. Nada de eso. Eso es, al cabo, filosofía barata comparada con la realidad. 

El hecho es que están él y ella discutiendo o hablando sin más de algún tema relativo a las relaciones humanas entre ambos sexos y entonces el tipo se descuelga con frases de este tenor:

Las mujeres siempre termináis reaccionando de esa forma

Todas creéis que la razón está de vuestra parte en este tema

Vuestras opiniones siempre son las mismas al hablar de hombres

Las mujeres sois unas románticas sin remedio

Pedís demasiado a los hombres, sois muy exigentes

El corolario es, por supuesto, todas las mujeres sois iguales, actuáis igual, pensáis igual. 

Etcétera, etcétera, etcétera...

Cuando el señor que habla contigo te espeta algo de esto (no logro recordar ahora mismo más oraciones pero las hay a montones, una por cada cuestión candente e insignificante), tú miras alrededor buscando a las demás. Joder, te preguntas ¿con quién está hablando? ¿a quiénes se dirige? Si estoy yo sola aquí, si solamente soy yo la que discute con él. Miras, miras, pero no ves a nadie. No hay ni una sola persona en todo el mundo mundial que esté compartiendo contigo esa conversación. Nadie. Entonces ¿ a qué viene tanto plural? 

Un ejemplo: 

-Te veo distraído...¿Te ocurre algo? -pregunta la incauta mujer

-Todas las mujeres hacéis la misma pregunta, no os dais cuenta de que tenemos preocupaciones. Esta es la gloriosa y estandarizada respuesta del caballero. 

Confieso que no logro entender esto. Cuando una mujer habla con un hombre no le ocurre echarle la culpa de todos los males del universo, no se le ocurre decirle que mató a Kennedy, que es responsable de lograr la paz mundial o que tiene que ceder su 0,7 para el Tercer Mundo. Entonces ¿cómo es posible que no seamos tratadas como individualidades, como personas diferenciadas, distintas, únicas, que somos?

Lo diré claro. No me siento identificada con el resto de mujeres del mundo por el hecho de tener el mismo sexo. Hay mujeres buenas y malas, listas y torpes, feas y guapas, amables y desagradables. Toda clase de mujeres. Y no soy responsable de las acciones de todas ellas. En realidad, solamente me hago responsable de una mujer en todo el mundo: Yo misma. Una mujer única, con sus defectos (muchos) y sus virtudes (seguramente pocas), pero excepcional porque solamente hay alguien como ella, es decir, como yo. 

Si un hombre me habla en plural me está diciendo algunas cosas: que es tan simple que resulta incapaz de diferenciar a las mujeres entre sí, que no se molesta en conocerme cómo soy  en realidad y que, lejos de ser natural y espontáneo, utiliza clichés de conducta que aplica a todo el mundo. Un aburrimiento total, vamos.

Yo nunca haría eso. Más bien intentaría conocer cómo piensa y cómo actúa en las distintas circunstancias de la vida y ese conocimiento sería, no un arma arrojadiza, sino una prueba de complicidad y de entendimiento. Conocer para querer.

Fíjate. Soy yo. Me gustan las rosas amarillas. La literatura inglesa. Jane Austen. Los cuadernos de hojas lisas. La poesía de Cernuda. La música flamenca. La ropa con estilo. Los sillones cómodos. La secta Apple. Charlar con amigas. Viajar a ciudades pequeñas y románticas. Los hoteles con encanto. La historia. Comer poco y en buena compañía. Pasear en el otoño, en días soleados y sin viento. Las cazadoras de cuero. El cine clásico. La gente que tiene buen corazón. Me gustas tú.

No me gusta que me comparen con otras mujeres. Que me atribuyan la forma de ser de las demás. Que generalicen conmigo. Que despachen mis cabreos con lugares comunes y tópicos. Que me traten como a una niña caprichosa. Que me hablen en plural. Que me ignoren. Que me engañen. Que se rían de mí. Que me mientan. Que me escuchen como el que oye llover.

Soy distinta a todas y tengo mi propia denominación de origen. Puede que te guste o puede que no. Puede que sea tu tipo o puede que me ignores. Pero no me mezcles en una salsa en la que es imposible distinguir los ingredientes. 

Todo esto de la pluralización es una pesadez. Y un coñazo, para qué negarlo. Háblame de tú, forastero. Deja los plurales para los discursos y las arengas a las tropas.


lunes, 31 de agosto de 2015

Volvemos al cole


La vuelta al cole es un acontecimiento mundial. Manolito Gafotas, que vive en Carabanchel Alto y acude a un colegio de la zona, cuyo nombre no recuerdo ahora, siempre se encuentra inquieto ante esta circunstancia. Es verdad que va a proporcionarle la alegría de volver a ver a sus mejores amigos, el Yihad, el Orejones o Susanita Bragas Sucias. Pero todo tiene su cruz y tendrá que lidiar, asimismo, con la seño Espe y los deberes. Cosas de la vida, diría Manolito, mi espejo en cuanto a cuestiones escolares se refiere. 

Las mamás también tenemos vuelta al cole. Y los profes, ni te cuento. Los políticos, vuelven al curso político. Todo el mundo parece imbuido de la necesidad de renovación. Si escribes, libretas nuevas. Si bailas, tutús. Si este verano te has enamorado, ay, sentimientos esplendorosos. Hay para todos. 

Con respecto al gasto económico que ello supone quizá convendría recordar que hay mucha mitología en esto. Los periódicos se dedican a publicar noticias que nos espeluznan, según las cuales la vuelta al cole solo está al alcance de la clase alta. No hagáis caso. Hay muchas vueltas al cole. Tantas como familias, tantas como colegios. 

En mi caso la vuelta al cole era motivo de alegría. Mi madre decidió que no acudiría a un colegio público, porque ninguno le gustaba, ni tampoco a uno de monjas y curas, de los que no quería saber nada de nada. Así que optó por una Academia. Este tipo de instituciones educativas eran la pera. Aprendías mucho y tenías profes y maestros superinteresantes. Mi experiencia y la de algunos de mis hermanos, no pudo ser mejor. Como iba a una Academia, no había uniforme, lo cual que era estupendo para mí, aunque un quebradero de cabeza materno. Mi madre lo resolvió creando ella misma un uniforme, es decir, un atuendo que, con ligeras variaciones, era el de "ir al colegio". Falditas tableadas, pichis con blusas blancas o con polos azules, vestidos con manguita corta de cuadritos, calcetines y buenos zapatos de batalla. Combinaciones fáciles y seguras. 

La vuelta al cole, para los mayores, significa ahora coger un tarro de cristal (vale cualquiera) e introducir en él garbanzos o botones, uno por cada cosa buena que nos ha ocurrido en el verano. Veréis cómo hay más garbanzos o botones de los que pensáis. Si acaso la cosecha fuera corta, podemos siempre confiar en que el otoño sea más proclive. 

En cuanto a nuestro aspecto físico, septiembre es un momento idóneo para lucir ese ligero bronceado (cuidado con el sol, entre otras cosas porque el aspecto de pollo achicharrado ya no se lleva) y pasear por la ciudad con las blusas, camisas y vestidos que en verano no nos hemos puesto, porque hemos andado todo el día en pareo y medio descalzas o descalzas enteras. La ciudad en otoño se vuelve esplendorosa y un día ya puedes empezar a ponerte algún aditamento más que no sea solo tirantes y camisetas. Si, encima, vas a la peluquería y sales renovada....no me digas que no merece la pena empezar el curso con ganas....

viernes, 28 de agosto de 2015

Pistas para descubrir cuando no le gustas a él

Si le gustas a un hombre, hay cosas que nunca hará. Y, si las hace, es que no le gustas. Así, sencillamente son las cosas. Más vale saberlas que hacerte ilusiones inútiles. El ridículo es lo último que una debe hacer en relación con el sexo ¿fuerte?. Con el otro sexo, en todo caso. 

1. Anda por la calle y no camina a tu lado, sino delante de ti. Esto indica que está más preocupado por él que por ti. No solamente es un egocéntrico sino que no le importas en absoluto. Podrías caerte en una zanja o doblarte un tobillo y no se daría ni cuenta. 

2. Te cuesta arrancarle alguna invitación a salir. El trabajo, las obligaciones, el cansancio, los viajes, mil excusas pueden formar parte de su repertorio. Pero la verdad de la buena es que, si no hace por verte, es que no quiere verte. Así de clarita es la cosa. 

3. Te habla en plural. Usa la expresión "todas las mujeres sois..." con demasiada frecuencia. Parece que se dirija a un auditorio, emulando a Jesulín de Ubrique en una de sus corridas solo para féminas. No distingue entre todas las demás y tú misma. Eso indica que no le interesas, que no se molesta en conocerte de verdad. 

4. Jamás te dice que estás guapa o atractiva o alaba tu forma de vestir, de peinarte o de ser. En todo caso, alguna vez te comentará que "otras veces has estado mejor". Lo cual indica que tu aspecto físico no le atrae, o ni siquiera se ha fijado en ti. A fin de cuentas, es exactamente igual. 

5. Te habla con todo desparpajo de sus ligues y de sus amoríos. No tiene el más mínimo escrúpulo en ser cuidadoso ni en evitar herir tu sensibilidad. Esta última pista es definitiva. 

Si, querida amiga, estás en esta situación, lo mejor es enseñarle a tu corazón que tirar el cariño es gasto absurdo. Que si no le gustas a él, la cosa es irreversible. Y que sufrir por amor se puede, pero no se debe. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Arréglate el pelo


Las peluqueras son seres excepcionales. Son, a la vez, psicólogas, filósofas e historiadoras. Además de peluqueras, claro. Si tienes un problema y vas a que te aclaren el pelo, ellas lograrán que les cuentes todos los pormenores de tus aflicciones y te darán sabios consejos. Es más, puede plantearse una interesante mesa redonda sobre la cuestión entre clientas y estilistas. El no va más del sofá del psiquiatra y mucho más guay y entretenido. 

La filosofía de la vida de las peluqueras es fundamental para seguir en este mundo tan complicado. Porque están acostumbradas a oírlo todo y así han logrado obtener un buen saquito de principios, normas e ideas, que repiten según vaya siendo conveniente, siempre con amor y dedicación. Es una filosofía participativa, democrática, que se nutre del día a día y que se va engrosando con nuevas adquisiciones de gran interés al albur de los acontecimientos. Una peluquera filósofa es lo más entre el gremio. 

Por último, la historia es su fuerte. Conocen el devenir de todas sus clientes y lo ponen en relación con lo que ocurre en el mundo mundial. Son periodistas de guerra, cronistas de sucesos y tertulianas del corazón. La historia que manejan está de plena actualidad y te ayudan a pasar el rato mientras ellas manipulan tu cabeza con la excusa de que te dan un masaje. 

Además de estas cualidades inherentes a toda buen peluquera, luego están las diferencias. Las hay que se ponen a la cabeza de la manifestación y ensayan contigo las nuevas modas, incluso ese peinado tipo palmera que dejó la cabeza de mi amiga Soledad hecha un cristo. Las hay más conservadoras, que respetan al máximo la idiosincrasia de la clienta y hasta se ponen en su lugar. Saben que no saldrían a la calle con un esperpento semejante. A todas las une, sin embargo, el amor por la tijera. Cortar es lo que mejor se les da y lo que más les gusta. Ante cualquier eventualidad ellas aplican la máxima de "cortar por lo sano". 

En estas fechas de agosto hay que pasar sí o sí por la peluquería. El verano es muy bonito, sí, precioso, pero te deja el pelo hecho unos zorros. La playa, la sal, el sol, el son y la piscina, incluso las de cloración salina, logran que tus puntas se abran, que tu color se desdibuje y que el brillo se vaya a la mierda. Bien. No te preocupes. Es en estos casos cuando el comando peluquera tiene su mayor importancia. Vas a la peluquería y consiguen convertirte, de pronto, después de unas horitas de atención, productos y deliciosa charla, en alguien diferente, con ganas de salir a comerte el mundo. Y puede que te lo comas. El mundo, digo. 

domingo, 23 de agosto de 2015

Tendencias para el otoño que viene

No os parecerá prematuro si os digo que El Roperito ya se ha dado una vuelta por las tiendas de Sevilla y, desde luego, por el gran ágora de Internet, para ver las nuevas tendencias que este otoño arrasarán en escaparates, fiestas y calle. Ay, la moda, qué estimulante resulta ver cómo viene y va, vuelve y se transforma, como si fuera una energía que siempre tiene sentido en sí misma.

He visto un poco de todo, pero aquí os contaré aquello que me ha llamado más la atención o que me ha gustado más. Por ejemplo, el reinado de las camisas blancas. Soy mucho de camisas y blusas blancas. Y, al igual que ha ocurrido este verano, las hay en todas las formas y estilos. Muchas de ellas con detalles étnicos, que es una tendencia que continúa. Y junto a las camisas blancas, las faldas rectas o ligeramente acampanadas, hechas de lana jaspeada o de cuadros ochenteros. Unas faldas monísimas, hay que decirlo. Pantalones anchos que siguen de actualidad y jeans. El mundo del vaquero siempre se reinventa, es un universo en sí mismo. Los hay de todas las formas y colores, desde el celeste clarísimo, al negro. Vaqueros y camisas blancas, triunfo seguro. Añadimos flecos. Chalecos, cazadoras, camisas, con flecos. Los flecos siguen vigentes. También las capas, ponchos y abrigos envolventes, algunos de ellos también enflecados. 

Luego hay unos vestidos monísimos, estilo ochentero, con estampados pequeñitos, escotes cuadrados o redondos, manguitas amplias por un lado y, por otro, vuelven los pichis. Sí, pichis de cuadros, de rayas o lisos, para ponerte debajo una camisita, mejor blanca, con un aire adolescente y muy rompedor. 

Los jerseys son lisos y muy finos, con escote de pico y puedes ponérteles en otoño sin nada debajo. Así quedan muy sexys. Colores de bruma otoñal, como el gris, el corinto o el azul plomizo. No olvides las cazadoras de piel. Siguen siendo vigentes como desde hace años. Las hay fluidas, otras tipo perfecto y las clásicas bomber. Pero siempre piel, este año mejor negras, aunque coexisten otros colores, como el rojo, el verde inglés o el rosa palo. 

En los pies, zapatos abotinados, charol, mezcla de texturas, por ejemplo, ante y piel, ante y charol y, desde luego, los botines, mejor con plataformas y mejor de ante. Lindísimos. Negros, grises, verdes, azul marino o marrones. Botines por todas partes, para faldas, pantalones y vestiditos de aspecto hippie. 

viernes, 7 de agosto de 2015

Parejas de cine


"Hacéis una pareja de cine"....Si alguien te dedica esa frase está diciendo que luces de gloria con tu chico, que sois tal para cual y que dais envidia a las comadres que se dedican al cotilleo. Es una frase al uso pero que indica muchas cosas. 

Parejas de cine eran, sin embargo, Doris Day y Rock Hudson. Ella lucía espectaculares conjuntos y magníficas cocinas americanas, que todos hemos copiados en Europa, excepto los franceses, que son muy suyos y que continúan con ese estilo de cocina a trozos, oliendo a quesos fuertes y llenas de recipientes de cristal y estantes de madera, imposibles de mantener limpios de polvo. Esto último preocupa poco a los franceses, lo sé por experiencia. 

Otra pareja de cine era Clark Gable y Vivien Leigh. Después de mil peripecias, incluyendo tener que hacerse un vestido y un tocado con las telas de una horrorosa cocina verde, llena de pompones y de madroños, al final salen tarifando y diciéndose frases que, aunque han pasado a la historia, romperían el corazón de cualquiera de nosotras. "Francamente, querida, me importa un bledo". Aunque ella intentó resarcirse con eso de "Mañana será otro día", la diferencia entre una frase y otra es abismal. No hay color, vamos. 

Pareja de cine fueron Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en la famosísima "Casablanca", no confundir con "Una noche en Casablanca" en la que los dúos eran de cuatro, al igual que los cuartetos en el Carnaval de Cádiz, pueden ser de cuatro, de tres o de uno, llegado el caso. Ya sabéis lo que pienso de Bogart, ese galán sobrevalorado que te mira por encima del hombro, que silba a las mujeres y que va de chulito. Con la Bergman tuvo poquísimo que hacer, nada más que hay que observar la cara de aburrimiento que pone ella cada vez que él le suelta uno de sus discursos penosos y llenos de lugares comunes, en los que va de víctima. Al final lo planta: anda y quédate con el policía...

Otra pareja de cine muy aclamada fue la formada por Richard Gere y Julia Roberts. Bien es verdad que, antes de eso, el Gere había iniciado su carrera amatoria dándole la vara a Debra Wingers, vestido de guardiamarina, pero sin estar navegando en el Juan Sebastián Elcano, sino a las órdenes de uno de esos sargentos negros con mala leche que están todo el tiempo pidiendo que repitas la misma cantinela: Señor, si señor. Y así, etcéteramente hablando. 

Por supuesto, no podemos olvidar la parejísima que formaron Paul Newman y Elizabeth Taylor, cuando ella era una gata y él un latente homosexual, enamorado de su amigo y haciendo el paripé con la pobre muchacha porque, claro, quién se atreve a salir del armario en ese sur profundísimo. Por mucha combinación de encaje subversivo que ella gastara, la cosa era inútil. Todo para nada, que diría el sabio. Gasto de energía lujuriosa, gasto de caída de hombros y de pestañas. Rímel a la basura. 

Una pareja que me encanta es la de Tom Hanks y Meg Ryan. Todo ello antes del diluvio. Antes de que Tom Hanks, después del naufragio se hartara de comer hamburguesas dobles acompañadas de mostaza picante y pepinillos y, sobre todo, antes de que la buena de Meg se lanzara al proceloso mundo de las acometidas estéticas, convirtiéndose primero en su hija, luego en su nieta, y más tarde, en el embrión de su bisnieta. 

Terminaría citando una pareja con clase. La que forman Nicholas Cage y Bridget Fonda en "Te puede pasar a ti". El chico Cage, dejando de lado sus inclinaciones asesinas, se convierte en un probo agente de la ley que se enamora de camarera, olvidando que tiene ya esposa y, para más inri, que es latina, chillona y peluquera. Las camareras de Hollywood tienen un tirón que para ellas lo quisieran las damas de la nobleza europea. Si yo tuviera que elegir profesión ahora, no lo dudaría, camarera de Hollywood para servirle mojitos a cualquiera de estos genios de la interpretación o nanny de los hijos de Gerard Butler. Esta última es mi vocación secreta. No lo contéis. 


Un hombre de verdad


¿Quién no ha oído alguna vez esta frase? ¿O la ha pronunciado? Quiero tener a mi lado a un "hombre de verdad". Paso de niñatos, no me gusta tener que darle el biberón al tipo que comparte mi vida. No soy su madre, ni su hermana, ni su amiguita del alma. Soy su compañera, su amante, su mujer. 

Frases recurrentes, confiésalo. Lo has pensado, lo has dicho, lo has escuchado, lo has vivido. Las mujeres siempre andamos un paso por delante de los hombres. Incluso en la insatisfacción de sentir que merecemos más. Somos más intensas en casi todo. También en los odios, las venganzas, el despecho. Ellos son diferentes. Y hay que aceptarlo, porque, en caso contrario, la decepción está a la vuelta de la esquina. 

Pero ¿qué entendemos por un hombre de verdad? ¿Qué significa esta expresión? En eso, como en todo, cada una de nosotras tiene una respuesta. Y no siempre esa respuesta coincide con la de otras mujeres. Cada una de nosotras, recuérdalo, tiene su "hombre de verdad" propio y específico. 

Por eso, la pregunta pertinente es: ¿Cómo es "mi hombre de verdad"? 

A ello voy:

Mi HDV ("hombre de verdad") es atractivo. No necesariamente guapo, ni musculoso, ni deportista, ni alto, ni fuerte. Simplemente atractivo, es decir, que atrae, que tiene "algo" que te impulsa a mirarlo, a desearlo, a decirte a ti misma "ay, qué mordisco le daba, si pudiera". 

Mi HDV es sencillo. No ampuloso, ni egocéntrico, ni lleno de presunción, ni vanidoso, ni poseído por la manía de ser el mejor en todos los casos, ni de querer llevárselo todo por delante. Sencillez real, la que nace del convencimiento de que todos tenemos algo que ofrecer. 

Mi HDV es leal. La lealtad significa que nunca engaña, que no anda con subterfugios, que no está lleno de dobles intenciones, que no esconde a sabiendas, que no traza líneas divisorias entre la realidad y su vida. Lealtad es, a la vez, sinceridad y respeto por los demás. 

Mi HDV es imaginativo. Tiene ganas de hacer cosas, de crear, de inventar, de investigar, de andar, de proseguir, de estudiar, de expresar, de buscar, de disentir, de comenzar, de culminar. Está en permanente ebullición, como una sopa al fuego. 

Mi HDV es cariñoso. No quiere decir que sea pegajoso, ni que vaya soltando frasecitas amables por doquier, ni que a todas las llame "encanto", "cielo" o "cherie", más que nada para no equivocarse de nombre. No. Cariñoso significa afectuoso, significa que te abraza, que te siente cerca de él, que no huye de tus caricias. Que te besa cada vez que puede. 

Mi HDV es trabajador. No me gustan los vagos, los que suspiran siempre por tener vacaciones, los que no valoran su trabajo. Prefiero que pongan interés en lo que hacen, que se entreguen a su tarea, que le den importancia a su aportación a la sociedad, que exploten al máximo su talento. Y que apoyen el tuyo, claro. 

MI HDV es culto. No esa cultura que se basa en lo que uno oye y no procesa. En leer titulares o comentar lo obvio. No, me gusta la cultura de verdad, la que se consigue después de mucho leer, mucho pensar, mucho reflexionar, mucho escuchar a quien tiene algo que decir. 

Mi HDV es divertido. La alegría es una parte de su vida. Le gusta reír y, cuando ríe, su risa es un estallido que lo inunda todo. Si ríe a mi lado me siento la única mujer del mundo y si ríe cuando me besa, siento que ese beso está lleno de música y de letra y de acordes que nunca terminan de salir a la luz. Su alegría es contagiosa y es libre y es sana. 

MI HDV es bondadoso. Siente compasión por los que sufren y no desprecia a los que son menos que él, ni presume ante nadie. Su bondad es natural y sencilla, no necesita expresarla públicamente, es íntima y llena de secretos, es una bondad que va hacia el interior de su espíritu y que lo hace todo más fácil y más limpio. 

MI HDV es generoso. Generoso con sus sentimientos, con las cosas que posee, con su talento, con él mismo. Es capaz de entregarse a su trabajo y es capaz de entregarse a los demás si es necesario. Es generoso con los demás y por eso mismo recibe lo que otros le ofrecen con naturalidad y sin mezquindades. 

MI HDV me ama absolutamente. Este, que escribo al final, es el requisito primero, el más importante. Porque, si no me ama hasta el fondo, hasta el final, si no me ama tal y como soy, si no me ama de verdad, entonces todo sobra. Porque no hay nada que me una más a la otra persona que el sentimiento correspondido, el sentimiento mutuo, la pasión que nos enlaza y ya sabemos, porque lo dijo Lawrence, que "los lazos del amor son difíciles de desatar". 

Sé que me diréis que todo esto es muy difícil. Claro que sí. Pero ¿por qué conformarse con menos? Si bajas el listón puedes encontrarte a ras del suelo y darte un buen tropezón. Y, si te fijas, existe. Pero hay que saber mirar.