martes, 31 de mayo de 2016

Me quiero tanto...

Los expertos están hartos de decirlo y nosotras aún no lo creemos. Es imposible que nadie te quiera si tú no te quieres antes. Lo dice también el cristianismo: ama al prójimo como a ti mismo. Pero todas esas sentencias nos las pasamos por el forro y seguimos empeñadas en lograr que nos quieran. Mientras, las frustraciones se acumulan. 

Quererse a una misma debería ser muy fácil. Porque nos conocemos bien (o eso pienso) y de esta forma hallaremos mil razones para apreciarnos en lo que somos y sentimos. Pero el peso cultural de una tradición que dice algo así como "no soy nada sin que otra persona lo valore", es terrible, mucho más de lo que podría parecer a simple vista. 

De no quererse se derivan grandes males. La autoestima, ese cóctel formado por el autoconcepto, el autocontrol, el autoamor, el autodesarrollo...y otros cuántos autos más, se forja a base de cariño exterior y de cariño interior. Y el respeto, esa necesidad humana de ser considerados en nuestra magnitud esencial de seres pensantes, no se consigue sin el conocimiento y el amor subsiguientes. Las mujeres, muchas de ellas, florecemos en la dependencia, en esa necesidad de ser aprobadas, valoradas, estimadas. Primero, en nuestras familias, siguiendo los modelos que han establecido nuestras propias madres. Luego, en los centros de estudio y más tarde en el trabajo y en nuestro núcleo de amigos y en nuestra propia familia, la que creamos con el paso del tiempo. 

Una de las cuestiones principales es que queremos ser perfectas. Pensamos que es esa perfección la que hace que nos quieran. No soportamos cometer errores, somos profundamente autocríticas y nos flagelamos con demasiada frecuencia. En lo que respecta al aspecto físico ocurre otro tanto: necesitamos que nos vean guapas, atractivas y deseables. Es verdad que la sociedad prima la belleza exterior de una manera implacable, pero no es menos cierto que si una persona lo fía todo a eso, no debe andar muy bien de la azotea. 

Propongo fomentar el autoamor. Autoelogiarse cuando sea conveniente. Tener detalles con una misma. No sacrificarse sin más por los otros continuamente. Tener criterios, saber decidir, pensar qué queremos y deseamos en cada situación y momento. Comprender cómo somos y aceptarnos. No hay que hablar de perdón, no somos curas. Aceptar lo que somos, potenciar nuestras fortalezas, mostrarlas al exterior y ser indulgente con los defectos. El límite está claro: no hacer daño a nadie con nuestra forma de ser. Si no hacemos daño a los demás ¿por qué a nosotros mismos?

Quiérete. No para que te quieran los otros. Simplemente porque lo mereces y porque quererte te hará más feliz. 

domingo, 8 de mayo de 2016

Carolina


Todos la querían. Los chicos, sin excepción, estaban enamorados de ella. Las muchachas la adoraban, se fijaban en sus peinados, sus vestidos, sus collares y sombreros. Era la referencia, el icono, la imagen, la idea incluso. Para todos era, simplemente, Carolina. No necesitaba más apellidos ni más títulos. Era una diosa que los alumbraba con un resplandor único, que no cesaba. 

En las pandillas había varias generaciones que convivían sin problemas. Diferencias de edad, hermanos que se iban sumando, escalones que se saltaban y que heredaban los mismos gustos y aficiones. Los más pequeños imitaban a los mayores. También ocurría esto en el universo esencial de los primos, esos familiares que llegan a convertirse en el sonido de tu canción del verano. Te enamoras de un primo o de varios y tus primas son, por antonomasia, tus mejores amigas. 

En ese mundo abigarrado de chavales, Carolina era lo más. Las revistas del corazón o de moda la traían continuamente en su portada y el comentario sobre su vida era constante. Era imposible no envidiar cariñosamente su belleza, su estilo, su mirada azul, su vaivén social. Pero era una envidia sin aristas, porque Carolina no era una bruja que hacía daño ni tampoco una esfinge inalcanzable. Tenía, tiene, una belleza cotidiana, sencilla, limpia, plagada de luz. Era la luz el elemento que la definía y todos entendían esa luz como algo natural, sin tacha. 


Cuando su vida sentimental se convirtió en un rompecabezas trágico pareció que una vestal se hundía en el barro para siempre. Nadie podía comprender cómo podía casarse con un cantamañanas y, menos aún, por qué el destino la eligió para arrebatarle, en la flor de la edad y de los sueños, al hombre que, por fin, parecía poner paz en su agitado cóctel. Fue el destino, esa circunstancia que habíamos estudiado en la lejana Grecia y que aquí se burlaba de todos, haciendo a Carolina, la diosa, representar el papel de la viuda triste, cubierta de un velo de luto que inundaba sus ojos de ese celaje imposible de limpiar con el paso del tiempo. 

No bastaron luego los actores famosos, los millonarios, los deportistas, menos aún los aristócratas, para hacernos olvidar que nos habían timado, que las cartas estaban marcadas y que ella, esa luz, se apagaba sin que ninguno pudiera hacer otra cosa que lamentarse en silencio. Al fin, todos iguales. Al fin, todos llamados a descubrir lo mismo. El dolor que es el único y es común para todos. 


El paso del tiempo no ha disipado, sin embargo, esa gentil adoración de entonces. Carolina transita por la vida despacio, como todos, y conserva algunas cosas inmarchitables, su estilo inconfundible, sus ojos azulados, su mirada serena, su porte cálido, una sonrisa dulce como de quinceañera. El dolor y los años han respetado su brillo hasta tal punto que aún todos la quieren, que sigue estando presente en los sueños, que buscan en cualquier evento anodino esa luz que la alumbra sin remedio a pesar de la vida. 

viernes, 6 de mayo de 2016

Calcetines


Los calcetines son esa cosa fea, horrorosa, que nos ponemos en los pies. Quizá alguna de vosotros piensa que son divertidos o, incluso, sexys. Pero no es verdad. Un trozo de lana o de algodón o de lycra instalado al final de las piernas, de forma inopinada, sin venir a cuento. Eso es lo que son los calcetines, aditamentos absurdos que se inventaron para que no pasáramos frío. 

Cuando era una niña llevaba siempre calcetines cortos y las piernas al aire. Los leotardos, esa cosa horrible y de lana que pica tantísimo, eran aborrecibles, indeseables, imposibles, detestables. Todos los ables del mundo aplicados a esa prenda. Los calcetines cortos eran pasables (otro able) y con ellos correteaba, saltaba y andaba al revés. 

Pero, cuando te haces mayor, no sabes que hacer con los pies básicamente. Disimulas con esos calcetines invisibles que son tan poco atractivos o te decides a lanzarte al abismo con cosas atrevidas y llenas de colores. En cualquier caso, no sacaremos partido a nuestros pies con calcetines. Y esperaremos, sí, el momento de la liberación, el tiempo en que, con el sol en las piernas y en el aire, lancemos al aire el calcetinismo para abrazar la libertad de andar descalzos.