miércoles, 26 de junio de 2019

La boda de Belén Esteban y el cambio de paradigma


Los quiosqueros se frotan las manos. La revista "Hola" ha vendido en las primeras horas de este miércoles más ejemplares que en un mes seguido. Y todo porque en ella aparecía, no sabíamos en qué lugar ni sitio ni con cuántas páginas, Belén Esteban vestida de novia. Es verdad que había otras bodas de relumbrón el mismo fin de semana, pero ninguna de ellas hubiera revolucionado los quioscos por sí mismas. Las gentes de "Hola" que se empeñan en mantener una línea de finura que la separa de otras revistas más "populares", han tenido que agachar la cabeza o, quizá, que mirar la realidad de frente, para reconocer que hay personajes que venden y otros que, siendo quizá más glamourosos, no venden tanto, o no venden nada. 

El común del pueblo no sabe quién es María Pombo. Por la sencilla razón de que María Pombo es una influencer y las influencer solo tienen influencia sobre sus seguidores de Instagram. Y los seguidores de Instagram siguen a Instagram, que es gratis, pero no se gastan el dinero en la revista de papel. Ellos son digitales y están reñidos con lo analógico. Así que "Hola" ha cumplido con María Pombo colocándola en una "ventanita" y, eso sí, retransmitiendo por Internet su boda. ¿Quién ha seguido este fin de semana la boda de María Pombo por Internet? Pues los que no estaban viendo "Viva la vida" para conocer de cerca las peripecias de Diego Arrabal y su grúa, o el paseo imposible por los caminos de tierra de la finca "La Vega del Henares" de la gente del universo Sálvame. Y es que el universo Sálvame es, ahora mismo, el coto más fructífero de amoríos, encuentros, peleas, cuernos, hijos de papá, y otras fruslerías del corazón más eminente. 

Por su parte, también Ainhoa Arteta ha decidido volver a casarse. Ya no llevo la cuenta de las bodas de la soprano, pero creo que son cuatro con esta. El marco incomparable (vayamos del lado de los tópicos por esta vez) del Castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María y la apostura del novio (el más guapo de los tres novios del fin de semana) no han bastado para que ocupara toda la portada sino que ahí anda, en la otra ventanita, más pequeña aún que la de Pombo. Ya se sabe que la ópera es cosa de iniciados y de gente muy selecta. 

Los editores de las revistas tiquismiquis deberían aprender la lección: vende la gente de carne y hueso, con su punto friki y su punto sentimental. Vende el misterio de no saber cómo es el vestido hasta última hora. Y vende, sobre todo, la brigada televisiva a la que algunos apodan "telebasura" y otros "quitapenas". Todos aquellos agoreros que predijeron que Belén Esteban no ocuparía nunca, sola, la portada de "Hola", deberían estar ya iniciando el camino de Santiago, con la ola de calor y todo. Porque se equivocaron de medio a medio. Ahí está Belén, y sin marido, ni hija, ni madre, ni Las Campos. "La prensa se vende cuando los contenidos no se regalan", dice un experto quiosquero. Y tiene razón. Internet es una revolución pero si puedes ver una imagen gratis ¿para qué vas a comprarla? Así que, a lo mejor, deberíamos todos recordar un concepto que mi madre nos enseñaba a todas las hijas casaderas (que somos muchas, más todavía que las hermanas Bennet): "Hay que darse a valer". Lo que no cuesta trabajo de conseguir, no importa. Lo que no vale dinero, no vale nada. Tanta gratuidad para tirar por tierra los contenidos, como si no supusiera un esfuerzo lograrlo. 

La otra enseñanza es el cambio de paradigma del gusto popular (dicho en el mejor sentido, sin nada de elitismo) que está cansado ya de marquesas, señoras que todo lo hacen bien, gente de clase alta, o gente de medio pelo con ínfulas (ojo, no ínsulas) de clase alta. Belén Esteban es una mujer normal que no se ha casado con un premio Nobel, ni tiene lazos con los Franco ni con Nati Abascal. Pero, por un curioso y extraordinario fenómeno de adaptación al medio y de supervivencia (ríete tú de los Supervivientes de los Cayos Cochinos) ha logrado superar no solo sus orígenes, sino sus carencias y la mala influencia de gente que pretendió explotar la gallina de los huevos de oro. En un acto de justicia poética aparece en "Hola", superponiendo su figura a la de otras que, quizá, la desprecian. Pues, qué queréis que os diga, me parece muy bien. Adoro la telebasura. 

jueves, 20 de junio de 2019

Relaciones tóxicas: narcisistas versus altas capacidades


(Marilyn Monroe y Eli Wallach fotografiados por Inge Morath en 1960, set de rodaje de The Misfits) 

Parece mentira pero la psicología reconoce la mutua atracción que se produce entre un perverso narcisista y una persona de altas capacidades intelectuales. Sea en relaciones de amistad, amorosas o familiares, esa cuestión suscita no poco dolor y no pocos interrogantes. Todos, por supuesto, del lado del inteligente, porque los narcisistas tienen una permisividad consigo mismos que les libra del análisis de conciencia. 

Desde hace algún tiempo se está escribiendo mucho acerca de la personalidad de los perversos narcisistas, un grado de narcisismo sumo que hace mucho daño o puede hacerlo. Para lograrlo necesita una víctima adecuada y, aunque te parezca raro, las mejores víctimas para este tipo de personas (hombres o mujeres, da igual) son las más brillantes, las personas más lúcidas, luminosas y llenas de cualidades intelectuales. El motivo de esta extraña asociación tiene que ver con la forma de ser y de percibir el mundo de ambos tipos de individuos. 

Las altas capacidades llevan consigo un alto nivel de empatía y una hipersensibilidad, además de habilidades y destrezas creativas y cognitivas que están muy por encima de la media. Todo ello genera personas muy especiales, que, desde pequeños, sin ser siquiera conscientes del motivo, se sienten extraños en el mundo en que viven. Algunos recurren a la simulación, a un grado de adaptación elevado para poder sobrevivir sin ser considerados "raros", pero la mayoría sucumbe ante el medio. Ven las cosas de otra manera y son distintos. Así los percibe la gente y ellos mismos llegan a sentirse culpables de esa diferencia. No suelen saber el motivo de ese desasosiego pero desarrollan una alta permisividad hacia otras conductas "extrañas". Y es ahí donde entra en juego el perverso narcisista. 

Los narcisistas son personas vacías, incompletas, que requieren de alguien que los alimente y estimule, que les dé sentido en su existencia. Chupan la energía vital, atrapan la luz y se nutren del sufrimiento ajeno. Mientras que los brillantes piensan más en los demás que en sí mismos, los narcisistas solo tienen un eje: su propia vida. Mientras que los muy inteligentes se ponen en lugar del otro y empatizan con sus problemáticas, los narcisistas dan vueltas en torno a su pensamiento, al que entronizan como el único cierto e importante. 

El problema del narcisista no está solo en que se adora a sí mismo sino en que es incapaz de querer a nadie más. El problema de la persona sobredotada es que su excesiva autocrítica, su complejo de culpa ante todas las cosas y su hipersensibilidad ante los otros, lo convierten en una presa fácil para este tipo de individuos manipuladores y sin alma. Porque los narcisistas no tienen alma. Por eso juegan con la víctima y lo condenan a una existencia llena de preguntas sin respuestas, a un vacío como el que ellos sienten, robándoles lo que tienen en su interior y haciendo que duden de sí mismos hasta la extenuación. Son depredadores emocionales. 

En muchas relaciones abusivas existe esta dicotomía de individuos. Son relaciones desequilibradas en las que un narcisista ha buscado a alguien que lo llene de aquello que carece. Es un cazador nato y necesita tener en su vida a una de esas personas emocionalmente atractivas, intensas, que buscan, a su vez, emociones grandes, para superar su inseguridad y para ser aprobados por alguien que los entienda. Porque la gente muy brillante se siente poco entendida y poco integrada en el mundo desde la infancia, ya que se encuentra fuera de lo que son los intereses normales y las actividades normales en las diferentes edades de crecimiento. Muchos de ellos recurrirán a los entretenimientos solitarios que proporcionan la lectura y la escritura, por ejemplo, pero siempre necesitarán que alguien les escuche y comprenda. La falsa ilusión de que un narcisista, en su juego de conquista, es capaz de ello, les conducirá directamente al desastre. A la dependencia emocional. 

La cosa suele comenzar con un período de seducción en el que el manipulador lleva la voz cantante. Una vez la otra persona ha caído en esa tela de araña, comenzarán a ocurrir cosas raras. Engaños, mentiras, ocultaciones, luz de gas...pero entonces el proceso mental del inteligente no le llevará a escapar raudo de allí sino a intentar integrar en su mente y entender qué es lo que está ocurriendo y por qué. Cuando comienzan las preguntas entonces la segunda fase se pone en marcha. Es la fase del sufrimiento intenso. Por qué hace esto, por qué dice aquello, por qué...En ese proceso de indagación que se llena de interrogantes, la persona inteligente quiere dar sentido a ese sufrimiento, quiere explicarse, pero, sencillamente, no puede y tendrá que concluir que el otro es un ser vacío para el que nada tiene sentido y que falsea la realidad. A cualquiera se le enciende la alarma cuando está enfrente de esas falsedades pero el brillante tiene mucho más aguante que cualquiera, precisamente porque su mirada es más amplia, más diferente, porque su brillantez le hace entender casi todo. Y esa es la gran trampa. Normalizar lo que no lo es. No poner líneas rojas. Dejarse caer en la pendiente de la duda continua y de la culpabilidad. En el fondo, no hay nada. 

Si tienes algún amigo o amiga que está en uno de estos procesos de dependencia dile que corra, que huya, que no mire atrás, que no se pregunte nada, que se marche sin preguntar y sin responder, que escape cuanto antes. No existe otro remedio. Nunca hay solución. Nunca existe respuesta. 

martes, 4 de junio de 2019

Mujer insegura, hombre equivocado


LO ha contado en una entrevista la modelo Irina Shayk: "Cuando salía con Cristiano Ronaldo me sentía fea e insegura. Hasta que entendí que no era culpa mía, sino que él era el hombre equivocado". 

Mis amigas más versadas en el cotilleo, Candela, Susana y Vera, me dirán que esto es algo demencial. Si Irina se considera fea ¿qué podemos hacer nosotras, pobres mortales corrientes y dolientes? Pues así lo explica ella y yo la creo a pies juntillas. 

La fealdad es subjetiva. Y lo mismo la inseguridad. Si eres una diosa y las personas que están a tu alrededor te tratan como a una oveja de lanas, entonces terminarás sintiéndote una oveja de lanas. Irina se dio cuenta a tiempo pero hay mucha gente que soporta la situación sin entender lo que sucede y que termina trasmutándose en lo que no es ni nunca ha sido. 

Irina está ahora de actualidad porque se tambalea su relación con Bradley Cooper. Dicen que la madre de él es una pesada, pesadísima, que no los deja en paz y que se mete en todo. Una suegra inaguantable. Y Bradley, un niño grande que, según parece, sigue los consejos de mamita antes que los de su pareja. Los consejos o lo que sea. También hay quien afirma que Lady Gaga y él se quedaron enamorados a raíz de "Ha nacido una estrella". Esto sería también algo curioso. No me extraña que la inseguridad de Irina vuelva. Lady Gaga no es una belleza pero tiene algo. Fuerza, talento, encanto, arte. Auguro para Irina malos tiempos. Para que vean mis amigas más filósofas, Candela, Susana y Vera, que no es todo el físico, que no es todo la apariencia, que, al final, nuestro mágico atractivo superará las mil barreras que la naturaleza impone. 

miércoles, 15 de mayo de 2019

Conversaciones


Me gusta la gente que sabe conversar. Esa que no necesita que le des tirones para que hable o cuente o explique. La que, de forma natural, convierte cualquier comentario en un universo de palabras. La que, ante un acontecimiento, es capaz de tener la soltura de desmenuzarlo sin caer en la repetición; de diseccionarlo sin maldad. Me gusta la gente que sabe conversar porque suele ser gente observadora. No metidos hacia dentro, escondidos en su cueva, guardándose la vida para que nada salga al exterior. Todo lo contrario. Gente libre de prejuicios y que escucha, de ese modo especial en que la escucha revierte en el otro, con ese aire que garantiza que las palabras no caen en saco roto. La conversación es el gran acto que hace de los humanos más humanos. Es un enorme espejo que se pone delante de nosotros y nos enseña nuestra imagen y la de los demás. Es un refugio cuando hay tormenta y el cielo se oscurece. Es un bálsamo para el dolor y una alegría para la esperanza. 

En mi casa de la infancia estaban las puertas abiertas durante el día para que las amigas y las vecinas pudieran acercarse en cualquier momento. La cafetera dispuesta, las sillas alineadas, el jardín fresco, la cocina oliendo al guiso del día y las manos abiertas a cualquier pena, a cualquier disgusto que necesitase ser comentado. Las charlas eran largas y apacibles. Todo se escribía con palabras. Las palabras volaban y se convertían en palomas mensajeras de los sueños y las desdichas. Cuando tienes una infancia así sabes que la conversación es la reina y que, fuera de ella, solo está ese silencio hastiado de los que nada quieren saber, nada quieren decir y nada abrazan, nada besan, nada entregan. 

(Fotografía de Annie Leibovitz) 

miércoles, 1 de mayo de 2019

Supervivientes


No están en una isla vigiladas por mil cámaras que se mueven de un sitio a otro, intentando captar cualquier movimiento, cualquier pelea, la pesca del primer pez, la charla confiada, el sueño...No van a cobrar un sueldo vertiginoso al final de las semanas o los meses de permanencia en un escaparate donde ellos son los objetos y nosotros los observadores...No tienen una reseña en el periódico ni se les va a conceder ningún premio ni siquiera son héroes anónimos de los que, alguna vez, habla la gente...

Simplemente están solas. 

Da igual la edad, la ocupación, el tiempo que dedican a ellas mismas, las ilusiones que tuvieron o las cosas que tienen que decir. Están solas. Han llegado a la soledad por distintos caminos. Han encontrado el mismo espacio sin quererlo. Han llegado a las mismas conclusiones. Son islas en medio de un océano de diversión y risa. Están solas. Cuando las vacaciones amanecen y todos hacen planes, ellas seguirán recorriendo la ciudad en silencio o se sentarán junto a la ventana mirando a través de los cristales o escribirán en cuadernos de pastas coloreadas algo de lo que piensan, algo de lo que sienten, algo de lo que temen. 


Lo han perdido casi todo. 

Han dejado atrás muchas cosas. Han perdido el tiempo buscando otras que nunca llegarán. Han esperado un milagro sin saber que los milagros solo existen si no los deseas. Han inventado un lenguaje propio que se conjuga sin verbos y adjetivos. Han deseado que la vida cambie y les lance un reto inalcanzable pero emocionante al menos. Lo han perdido todo. Y no tienen delante de sí nada más que horizonte. Y el horizonte tiene un marcado color púrpura que asfixia. Y la esperanza no se conjuga. Y los besos no existen. Y el termómetro arrasa la distancia y hace prosperar un llanto firme. 


A veces tienen la suerte de encontrar un alma gemela. Alguien que, solo por un instante, entienden su gesto, escuchan su conversación, sienten el mismo vértigo. Es raro, desde luego, porque la soledad es ya tan honda que poco puede hacerse por cambiar su signo. Ese tiempo singular en el que se sientan frente a frente a un rostro amigo quizá convierta milagrosamente el miedo en sonrisa y la aprensión en búsqueda. Pero será únicamente un espejismo y los espejismos no tienen duración ni siquiera en el desierto. Los caballos montados por expertos jinetes que aparecen en la película cuando los créditos están a punto de saltar tienen la vida breve. Se diluyen entre la niebla, entre las sombras o entre la brisa. 

Ya no les quedan sueños.

(Imágenes de Edward Hopper)

jueves, 14 de febrero de 2019

Esa cosa que llaman amor

La chica de la foto es de la Agencia de Modelos Ford y la fotografía, en 1948, la gran Nina Leen. Las mujeres de Nina Leen son fantásticas. Parecen seguras de sí mismas, convencidas de que deben vivir su vida a tope, llenas de energía, luminosas, prácticas, íntegras. Cualquiera de nosotras querría ser una mujer de las que retrata Nina Leen, una mujer que no parece sufrir por amor, aunque quién sabe...No siempre las perlas ocultan pasiones verdaderas ni auténticas. No siempre los relojes diminutos a modo de pequeñas joyas son el símbolo de un regalo por alguien muy querido. No siempre los pendientes costosos tienen que ver con la entrega ni con el cuidado que ponen los amantes en el objeto de su amor. La chica de la foto nos mira con una media sonrisa que no sabemos descifrar. Con una mirada que pregunta algo. Lo malo es que no tenemos respuestas, no entendemos muy bien qué puede querer de nosotros alguien como ella que parece tenerlo todo: belleza, simpatía, elegancia...La chica escribe con la mano izquierda y nos intriga saber a quién dirige esa misiva, si es una carta de amor o de rechazo, si es una simple nota, si es una lista de cosas por hacer de esas que las mujeres siempre tenemos a mano, para no volver a mirarla después de confeccionada. 

Daría cualquier cosa (quizá no cualquier cosa, pero mucho) por entender de nuevo el significado de la palabra "amor" y, sobre todo, por sentir las emociones que contiene. Cuando se ha dejado de querer o cuando el ser amado ha desaparecido, se van también las sensaciones, las voces, el tacto de la piel, el olor, el aire entero que se respiraba. Y entonces las perlas amarillean para siempre, sin remedio. 

miércoles, 23 de enero de 2019

Soy tan ordenada como Marie Kondo


No sé si me creeréis pero, antes de conocer a Marie Kondo, antes de que se hablara de ella, antes de todo, yo ya había llegado a algunas conclusiones sobre el tema del orden en la casa. Y esas conclusiones se parecen mucho a las de esta señorita tan pizpireta que ha publicado su libro y ha dejado boquiabiertas a muchas personas que no se habían enterado de cosas elementales y que hacen la vida más confortable. ¿Qué ideas de Marie Kondo aplico yo en mi vida cotidiana desde hace mucho tiempo?

El orden de los armarios y cajones. La forma de que no andes todo el día buscando prendas y dejándolo todo desarmado es, precisamente, tener una buena visibilidad de tus pertenencias. Y para eso no vale apilar sin más. Hay que buscarse un truco para que esté a la vista aquello que constituye tu armario cotidiano. Lo primero por tanto es seleccionar aquello que vas a usar durante la temporada y desechar lo demás. El expurgo. Como si fuera una biblioteca, en la que hay que aligerar los libros porque si no, se convertiría en un almacén. Seleccionas en función de lo que te apetezca ponerte, de la experiencia del año anterior (algo que no te pusiste la temporada pasada no creo que vayas a usarlo en la actual), de la moda y de los criterios que tú consideres. 

Una vez seleccionada la ropa, tanto interior, como exterior, viene la colocación. Doblar de modo conveniente lo que no se arruga al doblarlo y colgar lo que es necesario tener colgado. En los cajones la disposición de las prendas dobladas tiene que ser cuidadosa y adecuarse al espacio. Yo coloco los pañuelos y foulards enrollados en cajones y siempre encuentro rápido lo que busco. Uso cajas de cartón duro de colores para las bufandas, también enrolladas o, si son muy gruesas, dobladas. Otras cajas contienen los guantes, ordenados por colores. Los cajones de calcetines se clasifican según su grosor y color. Las medias, enrolladas como si tuvieran un eje central, por grosor y color también. Después las camisetas, jerseys finos, quedan muy bien dobladas en horizontal en cuatro partes, de manera que abres el cajón y las ves todas, porque la fila de abajo asoma en su mitad. Los pantalones también los doblo y los coloco en forma de pirámide, siempre apareciendo una parte de cada uno para no perderlos de vista. 



¿Qué hay que colgar sin duda alguna? Las prendas de abrigo, por ejemplo, organizadas por el tipo de tejido. Los plumíferos. Los cárdigans cuando son muy gruesos. Los vestidos. En el caso de las camisas, aunque pueden doblarse perfectamente y quedan bien, yo prefiero colgarlas organizadas por colores y texturas. 

Hay algunos trucos que son útiles para la ropa interior. Una caja de sujetadores, por ejemplo, que puede cambiar por temporadas. En verano se usan más los de colores y en invierno los de tonos neutros (al menos yo lo hago así). En cuanto a las braguitas, si se doblan en cuatro partes ocupan poco sitio, se colocan luego en vertical y se disponen en los cajones según frecuencia de uso y utilidad: las de pantalones, las de vestidos, las de noche. Con respecto a colores aquí las gamas son más sencillas de distinguir. 

Desechar lo que no sirve (regalarlo, donarlo, guardarlo en trasteros para mejor ocasión), seleccionar lo que se va a usar, ordenar cada día y no esperar al fin de semana para acumular la tarea, usar cajas, recipientes que te ayuden a que ese orden sea más lógico, así como adquirir el hábito de colocar  cada día las cosas en su sitio, son detalles que te harán las cosas más fáciles y convertirán tu casa en un sitio siempre agradable. Y ese orden, si lo trasladas a la cocina, al baño, etc., todavía será más entretenido y adecuado. Al menos, así lo hago yo y estoy encantada. 

sábado, 19 de enero de 2019

Microrrelato muy invernal




Frío. Un frío de pobres. 

Los ventanales dejaban adivinar que en la calle el helor se aposentaba en los cuerpos. En la casa, en cambio, un agradable calorcillo hacía deseable estar así, cómodamente vestida, cálidamente arropada. Ha sonado el teléfono. Al otro lado de la línea se oye la voz de la única persona del mundo a quien quisiera oír siempre si pudiera elegir. Minutos después, el armario abierto de par en par, las pinturas por la encimera del cuarto de baño y las cajas de zapatos por el suelo, indican que algo va a pasar, que la tranquila comodidad de las horas lentas de la tarde se ha trastocado. 

Y así es. Sale corriendo al exterior. El frío desaparece. No existe nada más que esa voz y esa presencia intuida. En un rato, sin que su corazón haya dejado de latir con fuerza, allí está él, a lo lejos, sonriéndole y extendiendo los brazos hacia ella. 

Todo lo que siente ahora es el suave y definitivo ardor de la sangre.


(Ilustración: Enric Torres-Prat. Barcelona, 1940) 

martes, 15 de enero de 2019

Confidencias en tiempo de lluvias


Lesser Ury pintó los paisajes lluviosos de las ciudades, con un agradable batiburrillo de coches de caballos, transeúntes y vigorosas pinceladas que destacan, sobre todo, el porte imperturbable de las mujeres que pasean sin importarles el mal tiempo, los charcos del suelo o el aviso de tormentas. Al fondo, detrás de los oscuros árboles, parece asomarse la esperanza de un sol tardío, pero, en realidad, a ellas no les importa. Subidas sobre sus altos botines negros, con sus medias oscuras y sus vestidos llenos de coquetería y de elegancia, se mueven con soltura y muestras sus rostros diminutos bajo los sombreros y detrás del rouge, el maquillaje y la sombra de ojos. 


Ese tiempo glorioso del paseo con amigas, lleno de confidencias que solo ellas conocen, de esa larga letanía de novedades que salpican la calle, como los coches salpican a los viandantes que recorren la acera. Esa sonrisa abierta y hasta cómplice, una complicidad genuina y sin alertas, esa sencilla forma de mirarse entendiendo, todo lo que la amistad tiene cuando la amistad se escribe entre personas que nunca van a usar las malas artes ni la envidia, ni siquiera el disimulo arrogante o la muestra innecesaria ante los ojos de las otras. Belleza de tiempo inhóspito, con rayo de sol al fondo; brillo inusitado del suelo, expandido en oro, fuego extenso; contraste entre la mujer de rojo y la de negro, algo que aparece con frecuencia en sus cuadros. Lesser Ury repitió muchas veces algunas escenas pero nunca podríamos decir que no captó como una Polaroid, ese mínimo instante de la confidencia única. 

(Pinturas de Lesser Ury) 

domingo, 13 de enero de 2019

Moda femenina en la época de Jane Austen



Jane Austen vivió entre 1775 y 1817, el período histórico conocido como “época georgiana”. Se dio la circunstancia de que, entre 1811 y 1820, precisamente el período en el que Austen publica sus novelas, el rey George III tuvo que ceder el trono al Príncipe de Gales, luego George IV. Ese período se conoce como “la Regencia”.

Los personajes de las novelas de Jane Austen visten de acuerdo con la “moda Regencia”. Era una moda que venía, como es natural, de Francia y que, cuando se cortaron los lazos entre ambos países, quedó desprovista de las innovaciones del país vecino, en una especie de prolongación artificial de las tendencias. 

En “Emma”, por ejemplo, novela que podemos tomar como referencia para ver el arreglo femenino, solamente hay cuatro alusiones al look de una mujer. La primera de ellas es la referida a los botines de cordones que Emma rompe adrede para obligar al señor Elton a que las invite, a ella y a Harriet, a entrar en la casa vicarial. Los botines o botas de cordones eran el zapato de exterior y solían ser prácticamente planos. Para la casa se usaba un zapato de satén, más delicado. 

La segunda alusión es mucho más indirecta. Harriet está mirando telas de muselina, con su acostumbrada indecisión a la hora de elegir, cuando se encuentra con el señor Martin en una tienda de Hartfield. Lo que interesa en la narración es la reacción de ambos, así que todo lo demás resulta secundario. Sin embargo, quizá esa dificultad de Harriet para elegir una tela sea una muestra palpable de lo mal que gestiona sus elecciones en todos los aspectos de la vida y cómo se deja llevar por el carácter fuerte de Emma. 


Por otro lado, en uno de los bailes a los que acude, Emma se felicita de ser la única mujer que lleva un collar de perlas, máximo signo de distinción entre las damas de la época. 

Y la flamante señora Elton, Augusta, alude a que acudirá con sombrilla (y una cesta en el brazo) a una excursión, en los dominios del señor Knightley, hecha con la intención de recoger fresas. 

Para recrear en nuestra imaginación los vestidos y complementos de las mujeres Austen tendremos que utilizar la pintura de la época, las ilustraciones realizadas para algunas ediciones de la novela y, sobre todo, las películas, tanto de cine como de televisión. En realidad han sido estas últimas las que han fijado el tipo físico de los personajes, sus atuendos, sus imágenes. Sin embargo esto tiene un peligro cierto: la confusión entre lo que los libros cuentan y lo que cuentan las películas  no siempre coincide. Porque Jane Austen no nos pone las cosas fáciles. Su fuente de inspiración y su interés está en la acción, en las conversaciones, en los hechos y en los pensamientos y formas de ser de esos personajes. Sabemos cómo son a través de la mirada de los otros.!

Los personajes de Jane Austen pertenecen a la “gentry”, la clase social que dominaba los countys y vivía en los enclaves de la Inglaterra rural. No viven en el West End de Londres, ni practican la equitación con su elegante ropa de montar en Hyde Park, ni adquieren sus vestidos o sus telas en las tiendas exclusivas de Regent Street o Bond Street. Estas personas habitan en pequeños pueblos, incluso en pueblos inventados por la propia Austen, que quería evitar así que se reconociera a sus personajes, probablemente extraídos de la observación de caracteres y tipos que le era tan querida. Jane Austen habla de lo que conoce, de lo que ella vive. 

Las heroínas Austen llevarían una ropa interior que era de todo menos sugerente. Una camisa fina de algodón y unos pantaloncillos de ese mismo tejido sobre el cuerpo para preservar el resto del atuendo. Y esto era todo. Después, el corsé y las enaguas. El corsé no tenía la función de ajustar el diámetro de la cintura (ah, nuestra Scarlett O ́Hara haciendo mil contorsiones mientras que la fiel Hattie la rodea con la cinta métrica), sino de realzar el pecho como hacen ahora los bustier. Probablemente esta es la zona de la anatomía femenina más lucida en la época. Dado que se llevaba la cintura muy alta, el llamado “estilo Imperio”, los grandes escotes, cuadrados o redondos, ofrecían una visión completa del seno de las mujeres. Solamente un fino pañuelo de encaje lo cubría en las horas del día, pero, en la noche o en las fiestas, el encaje volaba y la piel aparecía en todo su esplendor. 

Las enaguas eran fundamentales. Algunas mujeres se ponían solamente una enagua, con lo que, al ser los vestidos de muselina, tela finísima donde las haya, estos se pegaban al cuerpo, produciendo una sensación bastante...insinuante... y demasiados resfriados. De muselina se hacían, además de los vestidos, los delantales, los pañuelos o los velos. Hasta cinco enaguas podían llevarse, dependiendo ya del recato que quisiera observar la dama. Incluso se registran casos de señoritas, algo ligeras, que...!!! no se ponían enaguas !!!. Luego estaban las medias, por encima de las rodillas o en los muslos, ajustadas con ligas. Las medias eran de seda o de algodón, blancas lisas o bordadas. No había llegado todavía el mágico momento del nylon, ni, por supuesto, de los pantys. 

En cuanto a los vestidos, los había de mañana, de tarde, de noche y de fiesta. Las señoritas de buena posición, como Emma, se cambiaban de ropa varias veces al día. No hacían lo mismo otras señoritas y señoras que aparecen en los libros de Austen porque sus medios económicos eran menores y tenían menos vida social. Los vestidos eran de manga corta o larga, con diseño farol en la zona de los hombros. A veces se colocaba una Spencer, ajustada sobre el vestido, sin mangas a modo de chalecos o con mangas cortas o largas. En otras ocasiones usaba abrigos, ajustados y largos. Otra serie de accesorios textiles aparecen para determinados momentos del día, como capas, chales, encajes, esclavinas, mantos, peregrinas...

En el momento social por excelencia, el baile, el vestido es de colores pastel (celeste, rosa, malva, champán, vainilla, lavanda) o, incluso, blanco. La elección del vestido de noche es muy importante, pues ha de lograr que se distinga a la mujer con claridad en un baile únicamente iluminado con velas. Emma, al tener una buena posición social y medios económicos, llevaba adornos de perlas, así como vestidos de crujiente seda, capas de terciopelo e, incluso, recordemos, su carruaje estaba forrado de piel, haciendo las delicias del señor Elton en uno de sus viajes a la casa de Weston. Las mujeres usaban una gran variedad de complementos: guantes de gamuza beige del modelo York Tan, amplios chales de Cachemira, pendientes, broches, adornos para el cabello, sombreros, parasoles o sombrillas, abanicos, carteras, bolsos de mano...

El tema de los sombreros resulta encantador. Podían ser de paja, seda, terciopelo, piel de castor, muselina o paño. Había sombreros decorados con flores artificiales, con cintas, con frutas. Una mujer se sentía más segura de sí misma cuando iba con un buen sombrero. Eso marcaba la diferencia. Por supuesto, el pelo siempre se llevaba recogido, con una especie de moño bajo, en ocasiones o elevado hacia arriba con diadema de flores o de joyería, en los momentos de más vestir. El pelo suelto, lo que llamamos melena, no haría su entrada en la vida de la calle hasta muchísimo tiempo después. En estos momentos, la mujer solamente desplegaba su pelo en la intimidad de la alcoba. Y el sombrero, a la par de adornar y proteger del sol, tenía la virtualidad de cubrir el cabello sin que hubiera que lavarlo a menudo. Ya sabemos que la cuestión higiénica aún resultaba dudosa, de ahí la proliferación de perfumes de fuerte olor. 

La blancura de la piel, tan cotizada y que diferenciaba a las que trabajaban al aire libre y a las mujeres de buena familia, se preservaba con los parasoles o sombrillas, que se encargaban a juego con el vestido y con los guantes, estos largos o cortos, y con los abanicos. Por último, estaban las carteras y los bolsos, hechos de tul, seda o crochet, la mayoría circulares y muy pequeños, aunque suficientes para guardar el abanico, el pañuelo y un perfume. 


Toda esta indumentaria femenina se completaba con el maquillaje de polvos de arroz, que aún hacía la piel más blanca y el rouge de los labios, pintados en forma de corazón. Si observamos el maquillaje de Lizzy Bennett en la versión de la BBC de “Orgullo y Prejuicio” (1995), probablemente la mejor adaptación de una obra de Austen al audiovisual, vemos con toda claridad el arreglo facial característico de la época en las mujeres elegantes, jóvenes y discretas. 

(Imágenes: Jennifer Ehle en el papel de Elizabeth Bennet, en "Orgullo y Prejuicio", versión de la BBC, de 1995) 

sábado, 12 de enero de 2019

Querido fantasma


Lo sé. Eres muy importante. Tan sesudo... Escribes esos libros llenos de datos, investigaciones, soluciones y ¿perversiones? No. Todo es mucho más intelectual, más serio, riguroso, selecto, ¿convencional? He intentado leer algunos y me he quedado dormida. A mí me sacas de las novelas de terror y me hundes. Eres muy importante y yo debería haberlo tenido en cuenta. Pero, claro, ¿qué se le puede pedir a una cabeza loca que prefiere beberse una coca-cola y no un champán de la región de Champagne, allá en la France, Macron mediante...?

Cuando te conocí entendí que la perfección masculina existía. Un tipo tan elegante, diverso, diletante, entendido, un gentilhombre del siglo XXI, con esas corbatas tan llamativas y caras, con ese savoir faire, y esa postal de señor de mundo. No me extraña que haya tantas mujeres que te sigan a todas horas, que suspiren por ti y que te vean en sueños como la salvación de sus soledades. Si es que eres perfecto...O casi. 


Solo algunos pequeños detalles que ensucian esa perfección aunque quizá sean cosa de mi vista, que es avispada como la de un águila real de esas que están en las reservas del Amazonas...Esa manera de no-mirarme. Esa manía de tener la última palabra. Esa conversación en la que la palabra más frecuente es yo. Yo es tú, claro está. Tú, tú, tú, que es yo, yo, yo. Y esa eclosión de méritos en tu propia boca: soy esto, soy lo otro, soy lo de más allá. Y lo de las posesiones terrenales, con lo espiritual que yo soy: tengo esto, tengo lo otro, tengo aquello. Una declinación de riqueza que a mí, ya ves tú, me emociona menos que un concierto de Obús


Por eso, querido fantasma, no puedo aspirar a ti. Soy demasiado poca cosa. Además, me gusta usar minifaldas muy minis, y que el tipo que está a mi lado alabe mis preciosas piernas. Me gusta hablar, al menos diez minutos en una cita, sin que tenga que observar a un señor enfrente que mira el reloj porque se cansa de escucharme. Me gusta que me cuenten sus cosas pero sin tener que oír el recitado de virtudes continuas que me llega a cansar. Porque el problema, querido, es que me aburres. Y eso, aunque no lo creas, es posible incluso con alguien tan perfecto como tú. O por eso precisamente. Así que prescindiré de tu letanía de virtudes y seguiré con mis contoneos, que yo soy muy Marilyn cuando quiero. 

(Fotografías de William Eggleston) 

viernes, 4 de enero de 2019

Guantes rojos para apagar el frío


A Carlos   W. F.,  el farero, dondequiera que esté

Candela me cuenta que le ha ocurrido alguna vez. Y siempre con las mismas personas. No solo hombres, también mujeres. Durante algún tiempo Candela creía en la amistad con los hombres. Pensaba que eran más nobles, sinceros, sencillos. Ahora tiene esplendorosas dudas. Desde luego se ha dado cuenta de que ella ha visto más de lo que existía, que ha compuesto un retrato que no siempre se correspondía con la realidad. Candela aprecia la amistad más que nada y eso la lleva a pensar que la gente es más amiga de lo que parece. Pero está entendiendo que se equivoca. Últimamente se fija mucho en las reacciones de quienes, de una forma o de otra, la aplastan con sus opiniones, bajo ese prurito absurdo de querer hacerle una crítica constructiva. Está harta de las críticas, dice, y no quiere que nadie le construya nada, porque lo mejor que pueden hacer para que ella aprenda sus errores y los modifique es darle más cariño y tener más fe en su persona. 

Hay gente, le digo, mientras nos sentamos en mi plaza, debajo de un radiante sol que disimulan las pérgolas de buganvillas, que no se da cuenta cuando hiere. Te deja una herida con su comentario o con su mirada y es una fina herida que tarda en sanar. Una daga que se clava lentamente. Quizá no quieren hacerlo, quizá es que son así, pero, la pregunta es...¿queremos sentir ese dolor agudo de vez en cuando? Candela, al pensar mi pregunta, responde que no, que en otros momentos se hubiera culpado ella misma de que se dieran esas circunstancias pero que ahora sabe que no quiere más daño que el que la vida, sin paliativos, le cause. Así que ha decidido pasar de estiletes. Y se ha comprado unos guantes. Monísimos, es cierto, rojos y de piel. Parece ahora mismo Brigitte Bardot (en la foto) durante sus mejores años.