domingo, 25 de junio de 2017

Mini, midi, maxi


(Modelito midi de Adolfo Domínguez para el verano de 2017) 

He leído por ahí que el largo de las faldas es un indicador de la economía. A más crisis, faldas más cortas. La minifalda fue una conquista femenina que ha perdurado en el tiempo y que reaparece cada año en múltiples versiones. Durante algunas temporadas los vestidos largos quedaron reducidos a las noches de fiesta o a las bodas. Y los midi, esa media largura que no a todas sienta bien, mucho más relegados incluso. Sin embargo, este verano el eclecticismo se impone. Y se lleva todo. Con una salvedad: lo que mejor te vaya. 


(Minifalda de piel de Uterqüe, colección 2017) 

La frase "esto se lleva mucho" nos ocupa a las mujeres desde la adolescencia hasta, eso espero, el final de nuestros días. Pero internamente todas hacemos una expresiva mueca de disgusto cuando nos encontramos con que la moda, esa moda precisamente, nos sienta como un tiro. Para eso están los espejos y, cuando somos pequeñas, las madres. Aunque madres que adoban la autoestima de sus hijas a base de afirmar que todo les sienta bien, hay otras especialmente críticas que no dejan títere con cabeza. Últimamente, sin embargo, deben abundar las primeras, vistos los adefesios que se ven por la calle. No obstante, he ahí la pregunta: ¿Debe uno vestir según aquello que nos sienta mejor o dejarnos llevar por nuestro gusto y salga el sol por Antequera? 


(Vestido largo con cuello halter de Purificación García en el color de moda, amarillo/mostaza)

Sufro de una dualidad sin remedio. Por un lado, percibo la elegancia de quien sabe llevar en cada momento la prenda precisa y adecuada a su cuerpo, su estilo y su quehacer. Pero, por otro, cómo no admirar a quiénes se ponen el mundo por montera y visten como quieren, lo que quieren y cuando quieren. Difícil cuestión esta la de elegir un punto de vista. Porque depende mucho de tu propia historia, de tu propia crianza. Aunque parezca mentira, lo que hemos visto y vivido en la niñez nos salpica en todos los aspectos, también en este. 

Pondré algunos ejemplos que quizá ilustren lo que quiero decir. Una señora amiga de mi madre, aunque bastante mayor que ella, vistió hasta que se murió a su saber leal y entender. Los colores pastel con los que se prodigaba hasta cerca de los noventa, sorprendían en la calle y a las amigas. Pero ella perseveró en sus celestes, rosas y amarillos, en sus florecitas silvestres y en sus cuadritos, hasta que le dio la gana. Un poco como la reina de Inglaterra, pero sin ser reina, sino una honrada comerciante de ultramarinos. 

Otro caso. Una amiga de la infancia, única hija entre varios varones que, cada vez que se compraba alguna prenda, hacía un desfile de modas por su casa, entre los aplausos de padres y hermanos. Todos jaleaban a la niña, ole, ole, qué gracia tiene, qué guapa es, qué tipo tiene, etc. A mí aquello, que solía contemplar asombrada, me parecía una exhibición absurda, sobre todo porque la niña era sosa como ella sola, normalita del todo y no iba destinada a modelo de alta costura, desde luego. Pero así fue creciendo, entre palmas y palmas, con la autoestima por las nubes. 

El vestido, la moda, el atuendo, nos representa. Es la primera imagen que se percibe de nosotros. Nuestro arreglo personal será, para mucha gente, lo único que conozca de lo que somos. Por eso es importante. Lo que pasa es que vestirse no es disfrazarse. Y el disfraz solo tiene sentido cuando queremos ser otra cosa distinta de lo que somos. Una palabra, la naturalidad, que debe ser tan difícil como la elegancia o el gusto, me ronda la cabeza. Sin embargo, eso sí, me parece que el disimulo en la ropa envuelve el disimulo interior. Aparezco así porque no quiero que me conozcáis. 

Un amigo de toda la vida y una amiga de corazón han coincidido en lo mismo al hablar de mí estos días: No eres tú. Y no hablaban precisamente de la ropa. 

domingo, 18 de junio de 2017

Los caballeros las prefieren rubias: Joyce también

Cuando Anita Loos (1889-1981) le llevó al reputado director de publicaciones H. L. Mencken (te recomiendo la lectura de su "Vete a la mierda"), el original de su libro "Los caballeros las prefieren rubias", este le dio un buen consejo: Nena, te estás riendo del sexo y eso es algo que nunca se ha hecho en Estados Unidos. Te aconsejo que lo envíes a Harper´s Bazaar, donde se perderá entre los anuncios y no molestará  a nadie". 

La disciplinada Anita así lo hizo. Y he aquí que, una vez publicado por entregas en la citada revista, ocurrió un hecho insólito: los hombres empezaron a leerlo. Entre esos hombres estaba, según se cuenta en todas las crónicas, un señor llamado James Joyce. ¿Les suena, verdad? De modo que no hubo más remedio que reconocerle el éxito y publicarlo en forma de libro. Tres años después vio la luz la segunda parte "Pero se casan con las morenas" y el asunto llegó a las cuarenta y cinco ediciones. Hablamos de 1925 y 1928. Uffff. 

La guinda del pastel la puso un tal Howard Hawks que, en 1957, decidió rodar una película basada en ambos libros, escogiendo a dos chicas de sonoro recuerdo: Jane Russell y Marilyn Monroe. Uffff. Porque, a partir de aquí, se universalizaron los personajes y ya todo el mundo conoció a las chicas que Loos había creado con la aviesa intención de reírse de todos, hombres incluidos. La sana risa que contradice la lucha de sexos. Apunte personal: si los hombres y las mujeres se rieran más entre ellos y de ellos otro gallo cantaría. 

La rubia es Lorelei Lee y la morena Dorothy Shaw. Ambas son auténticas depredadoras que están en el mundo exclusivamente empeñadas en conseguir un marido rico. Antes de eso, sus miles de intentos fracasados ocasionan la hilaridad de los lectores, pues las dos tienen un consumado olfato para dar con hombres equivocados. La aparente inocencia de Lorelei y la inteligencia práctica de Dorothy, al final conducen al mismo callejón sin salida. Ni una era tan inocente, ni la otra tan lista. 

En resumen, son las dos caras de una moneda y quizá se les pueda aplicar esa sentencia tan castiza de los pueblos de la campiña andaluza: Es muy cortita, pero, para algunas cosas, es muy larguita. No hay hombres ideales, es la conclusión, todos ocultan algo, por más que se maquillen de triunfadores, vencedores, maravillosos y geniales. Dorothy y Lorelei son las primeras mujeres modernas  capaces de darse cuenta y de reconocer que no es oro todo lo que reluce. Y, al fin y al cabo, qué más da, se dicen a ellas mismas, tampoco hace falta que hayan descubierto América...basta con que tengan una buena casa en Mayfair y un yatecito anclado en Mónaco y que asistan a la bolsa de New York con la esperanza de que sus acciones prosperen. 

El trasfondo del argumento es harto sombrío, hosco, transgresor. Los años 20 y la Ley Seca, paraíso de los delincuentes, los gángsters y los negociantes de poca monta. Acidez, ingenio, humor, son los ingredientes básicos del cóctel y, quien sabe, si no son, en realidad, los ingredientes básicos de cualquier acercamiento al mundo masculino. Si Dorothy y Lorelei acaban concluyendo que a los hombres no hay quien los entienda, no voy a ser yo quien les enmiende la plana. Ni a ellas ni a la sabiduría pionera de Anita Loos. Otra apostilla: A los hombres no hay quien los entienda. Aunque ¿es necesario entenderlos? ¿no debería bastarnos con que nos hagan reír? 

Ella, Anita, había escrito los rótulos para las películas del cine mudo, algo que parece poca cosa pero que debía ser dificilísimo pues se trataba de condensar en una frase toda una escena. Además, ejerció de articulista en revistas consideradas femeninas (y lo eran, desde luego), como la propia Harper´s ya citada y Vanity Fair. Toda su vida fue colaboradora de The New Yorker. Cuando llegó el cine sonoro, que dejó en la cuneta a multitud de artistas que, literalmente, no sabían hablar y a otro montón de oficios, como el pianista de acompañamiento o los rotulistas, Anita siguió adelante con su oficio de escribir y se lanzó al mundo de los guiones. Brilló con luz propia en películas de importancia y tuvo ocasión, por eso mismo, de frecuentar a los astros más rutilantes de la industria del cine de la época. 

El arte de Loos estuvo en crear dos tipos femeninos llenos de efervescencia en momentos en los que las mujeres oscilaban entre dos polos opuestos: el recato y la vida alegre. Las chicas Loos son decentes, como diríamos usando un vocabulario tradicional, pero tienen ganas de vivir, desean conocer a hombres interesantes y se lanzan al mundo con la alegría de quien quiere conquistarlo. No son brujas, ni malvadas reinas de corazones. Son mujeres casi independientes, que ansían el amor. Y quién no, añado. Los batacazos subsiguientes no son sino esquirlas en una navaja que tiene un cortante filo que, en cualquier momento, puede hacer daño. 

Puede que ahora nos parezca una ligereza lo que escribió Anita Loos pero yo no lo creo. Hablar de los hombres y las mujeres es siempre un atrevimiento. Y hacerlo desde una distancia irónica, sin esa carga psicológica y freudiana tan sospechosa y aburrida, es otro logro. Por supuesto, considerar que los hombres no son esos seres que nos conducen al paraíso sino personas normales que, como nosotras, sufren y viven de la mejor forma que pueden, es otra novedad, una mirada nueva, un punto de vista que, todavía, no estoy tan segura de que se haya aceptado por el común del mundo mundial. 

Si eres un hombre y te has parado en esta reseña por pura casualidad no dejes de leer a Anita Loos. Al menos te reirás y cambiarás ese gesto hosco que se te pone cuando piensas en la última chica que te dejó plantado. 

viernes, 16 de junio de 2017

Quiero ser wedding planner


(Anne Hathaway y Kate Hudson, de novias en el cine)

Toda película romántica que se precie debería acabar con una boda. Aunque la escritora no es nada romántica, los libros de Jane Austen suelen incluirlas. En Orgullo y prejuicio hay unas cuántas: la de Lydia, la de Charlotte, la de Jane, la de Elizabeth. En Emma, alguna mas: la de la señorita Taylor, la de Isabella Woodhouse, la de Harriet, la de Jane Fairfax, la del señor Elton, la de la propia Emma. Una buena boda cierra un relato. La segunda parte, lo que ocurre después, es harina de otro costal y quizá diera para un film de suspense, una historia social o una película de miedo en estado puro. 


Organizar una boda no debe ser nada fácil. En las películas americanas aparecen esas empresas en las que hay jefas muy preparadas y que lo quieren saber todo de las novias y sus familias para organizar la mejor boda. La mejor wedding planner del cine es, hasta la fecha, Jennifer López. En Planes de boda se empeña en que su trabajo salga a la perfección sin contar con que el novio es Matthew  McConaughey. 


(Jennifer López organiza bodas. Y se enamora del novio) 

La complicación de las bodas ha ido paralela a los nuevos modelos. Segundas bodas, bodas temáticas, bodas civiles. Todo eso ha generado una distorsión en la clásica forma de celebrarlas. Y esas complicaciones han requerido especialistas. Primero en Estados Unidos, porque el cine refleja su realidad, y luego se ha exportado al resto del mundo. Así que una nueva profesión ha surgido en la universo laboral de nuestro país. Al estilo americano. La wedding planner. O el wedding planner porque se trata de una ocupación que puede ser ejercida tanto por un hombre como por una mujer. Primero fue la personal shopper, el personal training, los incorporados al modo de vida hispano. Consejos sobre cómo vestir bien y cómo ponerse en forma con alguien que te prepara unos ejercicios personalizados para que mejores de estado físico. 


(Julia Roberts está sola en la boda de su mejor amigo. Pero alguien la llama)

Preparar una boda requiere tino e inteligencia. También dinero, por supuesto, pero eso lo damos por hecho. Y en los tiempos que corren requiere también hacer malabarismos. Divorcios, segundas parejas, familias políticas, búsqueda de las supuestas mejores amigas para hacer de damas de honor. En las bodas españolas no han existido nunca las damas de honor, pero desde que hemos importado el estilo americano y extendido el enlace civil, pues que las damas lucen mucho y llevan unos vestidos ostentosos que dan calor a la ceremonia, bastante aburrida si le quitas música sacra y lecturas bíblicas. Para contrarrestarlo se usan versos de poetas, canciones de Sabina y toques de violín de amigos del novio o de los hijos mayores de la boda anterior. En cuanto a las damas de honor hay un supuesto que toda wedding planner conoce al dedillo: deben ir vestidas cuanto más horrorosas mejor, para no hacer la competencia a la novia, sea esta como sea. 


Lo último en estos eventos es celebrarlos en una hacienda. Allí se sitúan los altares, las flores, las sillas forradas, el espacio para las fotos, la seguridad para que nadie se cuele, el hotel para quedarse y la zona del banquete. Las haciendas están todas muy lejos pero los invitados llegan en autobús, también fletado por la organizadora de bodas. Y hay un par de días de celebración al menos, con su paella o su barbacoa, su piscina y su flamenquito. Un flamenquito no puede faltar en ninguno de estos actos. 


En cuanto a los bailes, hay una gran variedad, dependiendo de gustos y horas. Lo clásico por excelencia es el vals, pero, a partir de ahí, se suelta la imaginación. Los más osados preparan coreografías al estilo del cuerpo de baile de Georgie Dann y ya tenemos en youtube el vídeo haciéndose viral y las referencias en Facebook. En fin, la boda se retransmite urbi et orbe. Si lo contamos todos, incluso cuando nos tomamos un helado de vainilla o cuando tropezamos con una caca de perro en la calle ¿cómo no dar cuenta de un acontecimiento tan especial?. 


(Colin Firth y Renée Zellweger se casan en Bridget Jones)

lunes, 12 de junio de 2017

Restos de cósmica ternura


Enamorarse es un gesto de cósmica ternura que a veces nos arrasa, nos abraza y abre el cerco de mudas mariposas amarillas que así revolotean buscando el centro del amor, el ansia, la nube que lo envuelve, el imposible, la causa del latido, la impronta, el sonido del viento, la palabra, el beso, todo el beso, el aura, la voz casi perdida, tú, las cosas...

No tengo que inventarme las razones porque están colocadas desde siempre en las estelas del viejo Partenón o en los hospicios de la emoción prohibida o en el tiempo que gastas en viajar o en la búsqueda muda de los lazos. Esto es un semanario de noticias que se abre con un dulce buenos días y se cierra con el grito como somos y se termina nunca, nunca es tarde...

Eso tienen las tardes que resuelven vivir en el estómago instaladas como si fueran aves que retozan, como si fueran láminas de acero, como si fueran olas que vulneran el feroz equipaje de los ojos, la trama incandescente de la noche, el fuego abrasador de los sentidos, tu boca, siempre todo, lo que vistes, las manos, el ayer, mañana, siempre. 

domingo, 11 de junio de 2017

Se llama bondad

Existe la neurociencia afectiva. Hay investigadores que estudian el papel de los buenos sentimientos en el desarrollo neurológico, en la vida de las personas y en las relaciones humanas. El cerebro puede conseguir enormes retos si se entrena. Y también en el campo de las emociones es posible que se produzcan cambios para mejor. La maldad es terrible para el que la recibe y devasta al que la sufre. En cambio, hay emociones, como la bondad, la ternura, la amabilidad, la compasión, que enaltecen a los hombres y que provocan reacciones positivas y llenas de energía en sus cerebros. 


Si quieres sentirte mejor, sé bondadoso. Eso no significa, ya lo sabes, ser un cobarde, pacato, absurdo, buenista, o simple. No. La bondad implica conocimiento e implica acción. Es un sentimiento activo y positivo, no es pasivo ni inconsciente. Y luego está la compasión. Ahora se habla mucho de empatía, pero la compasión es un grado superior porque la empatía consiste en ponerse en lugar del otro, y la compasión da un paso más: quiere mejorar ese problema que el otro ha puesto delante de ti. Ser compasivo no tiene nada que ver con la caridad. No es un sentimiento relacionado con la religión o las creencias, sino con el carácter más humano de los seres, el que lo asemeja más a la verdadera esencia de la naturaleza, que no es depredadora sino que exalta la vida. 

La amabilidad y la ternura son dos caras de la misma moneda. Son dos formas de dirigirse al otro sin pantallas y sin engaños. La verdadera ternura es la antesala del mejor sentimiento, se ofrece sin ocultaciones y sin disimulos, evita la mentira y llena de bienestar al que la ofrece y al que la recibe. Ser tierno no es debilidad, no es pobreza de espíritu ni es dejación de ideas y principios. Al contrario, la ternura implica fortaleza, juicio certero y capacidad de decidir sin presiones. No tengo que ponerte mala cara, basta con ser capaz de decir lo que pienso y de alejarme de ti si me haces daño. 

No pienses que esto es coaching ni nada parecido. Ni autoayuda. Nada de eso. Va más de volver a un sentimiento más cercano a la felicidad que hemos olvidado. Va más de limpiarse por dentro y de ofrecer una clara imagen a los otros, un espejo de la realidad que queremos ser. Por eso podemos entrenarnos en amabilidad, en vivir con bondad y en ser tiernos. Pero, por eso también, hemos de ser precavidos y luchar contra aquello que nos hace daño. 

Hay quien te convierte en el peor retrato de ti mismo, hay quien te hace mirar al espejo para descubrir lo que no eres, hay quien, en lugar de animarte a crecer, se empeña en destruirte, hay quien dice quererte pero te convierte en una caricatura. No dejes que eso ocurra. Busca la libertad de ser como eres, huye de todo lo que no te deje ser genuinamente libre de pensamiento y limpio de corazón. Si no eres tú, entonces huye. Eso es defensa propia. 



De cómo el señor Darcy rechaza a Elizabeth


(El señor Darcy y Elizabeth Bennet en la versión de 1995 de la BBC de "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen) 

El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad, era un hombre alto, de bonitas facciones y de porte aristocrático. Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que le rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarle ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.

El señor Bingley enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era vivo y franco, no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le presentasen a ninguna otra dama y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.

Había tan pocos caballeros que Elizabeth Bennet se había visto obligada a sentarse durante dos bailes; en ese tiempo Darcy estuvo lo bastante cerca de ella para que la muchacha pudiese oír una conversación entre él y el señor Bingley, que dejó el baile unos minutos para convencer a su amigo de que se uniese a ellos.
––Ven, Darcy ––le dijo––, tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es mejor que bailes.

––No pienso hacerlo. Sabes cómo lo detesto, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra mujer de las que hay en este salón sería como un castigo para mí.
––No deberías ser tan exigente y quisquilloso ––se quejó Bingley––. ¡Por lo que más quieras! Palabra de honor, nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas que son especialmente bonitas.
––Tú estás bailando con la única chica guapa del salón ––dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.
––¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus hermanas que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja que te la presente.
––¿Qué dices? ––y, volviéndose, miró por un momento a Elizabeth, hasta que sus miradas se cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente: ––No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.

El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Elizabeth se quedó allí con sus no muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas. 

(Orgullo y Prejuicio, Jane Austen) 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Se lleva reír


(Jason Brooks)

Tecleas en Internet "Mujeres que ríen" y no te sale nada. Apenas dos o tres imágenes. Tecleas "Mujeres que leen", "Mujeres que lloran", "Mujeres que escriben" y aparecen un montón. La risa no parece ser una actitud que concite la admiración de los artistas. Reírse le quita misterio a la cosa, convierte a la mujer en un ser normal, que desea disfrutar, vivir y, sobre todo, sacudirse la modorra y la tristeza. Pero no embellece o eso parece. La risa femenina está tan mal vista como la locuacidad. Ninguna de las dos acciones son susceptibles de convertir a una mujer en la diosa adorada que se pretende. Así que faltan risas. La sonrisa por excelencia, la de Monna Lisa, ni siquiera tenemos claro que sea alegre y hay serias dudas de que se trate de un rictus doloroso. Pero ahí está y no hay forma de hallar otra más explícita. 


(Leonardo Da Vinci. Detalle de La Gioconda)

Yo creo que la risa es el acto más generoso con una misma que podemos realizar. La risa es una forma excepcional de limpiar la suciedad del ambiente. Genera buenas vibraciones y nos embellece. Lo mismo da que, de tanto reír, la cara se arrugue. Se va a arrugar de todas formas (peor para ti si no se arruga) y la belleza de la risa no es comparable a nada. Aunque te convierta en una persona de carne y hueso y no en una temible o extraordinaria devoradora. 


(Connie Freid)

Hay algo todavía más poderoso que reírse. Reírse en compañía de otros. La corriente de comunicación que establece la risa llega a contagiarnos de manera que los puntos en común se amplían y las diferencias se desvanecen. La risa compartida es un antídoto para los sentimientos negativos y una manera de expresarnos con la mayor de las riquezas que poseemos: la pura emoción, la necesidad de acercarnos y de hacernos entender. Se lleva reír. Y siempre hay algún motivo para ello, incluso en los momentos en los que crees que es imposible arrancar una risa al desconsuelo. 

miércoles, 3 de mayo de 2017

Chef, sí chef


Al hilo de la polémica sobre los becarios de Jordi Cruz me da por pensar en la cocina. Mi madre era una gran cocinera y también lo fue mi abuela y una de mis tías por parte de madre. Creo que esas son nuestras únicas glorias familiares en los fogones. Tuve una amiga, Araceli, que convertía en manjares dos tomates y medio pepino. Tenia la rara habilidad de hacer comestible cualquier cosa. Por mi parte, soy una extraña en la cocina. Y asisto con alguna perplejidad y cierto interés al espectáculo de la entronización de los chefs (antes cocineros) tanto en la pequeña pantalla como en la vida real. Me causa respeto ver el vocabulario tan elaborado que utilizan y los procedimientos tan endiablados que se inventan. En la causa de los becarios estoy porque cobren. En caso contrario, solo podría aspirar al becariato el rico con posibles y se perderían verdaderos talentos. Y, además, si todos los becarios cobran (al menos eso creo y así debería ser) ¿por qué aquí no? 


Lo que me molesta en este tema de la nueva cocina (como en el arte contemporáneo) es que me tomen el pelo. En ocasiones veo a los chefs sonrientes, dando cuenta de una sustancia que han inventado, teñida con no sé qué condimento, cocinada a tal temperatura y emplatada (Dios, qué vocablo) de una forma equidistante y absurda, y me da por pensar "este tío se está quedando conmigo". No creo que sea así porque se trata de personas rigurosas que dan mucha importancia a lo que hacen y a sí mismos, pero...Luego, vas a algún gastrobar y te ponen esos trocitos de cosas que se mueven en el fondo del plato, y esas tiras pegajosas de algas, sojas y otras zarandajas y me acuerdo, sin poderlo evitar, de las croquetas de jamón. Es un pensamiento recurrente. 


No obstante, hay algo de ritual mágico en acudir a cenar o a almorzar a un buen restaurante. Un acto de voluntad y de deseo de disfrutar. Si alguien te invita a un restaurante de esos de gran lujo está invirtiendo contigo no solo su tiempo (que a lo mejor le sobra) sino su dinero (y esto ya son palabras mayores). Imagínate que te llevan (sí, ya sé que esta expresión es muy antigua y quizá machista, pero no se me ocurre otra) a Kitcho, el japonés que dirige Kunio Tokvoka; o a Le Meurice, allá en París, con el gran Alain Ducasse; o a Masa, en Nueva York, con su chef oriental Masa Takayama; o a la Maison Pic, en Valence, con una mujer de arraigo familiar Anne-Sophie Pic; O a Ithaa, en las islas Maldivas; o al Hotel de Ville, en Suiza; o al Dorchester, en Londres, con Henry Brosi de chef; o al Schloss Schauenstein de Suiza, comandado por Andreas Caminada...A cualquiera de ellos. Imagínatelo. Yo, lo reconozco, no tengo imaginación para tanto. 


A mí me parece una acción verdaderamente interesante esa de invitar a alguien a un restaurante de lujo. Una inversión, por así decirlo. Conozco a personas que nunca se gastarían el dinero en alguien de quien no pudieran obtener algún provecho. Y no solo hablo de negocios, sino de toda clase de intereses, incluso los cocinados al fuego lento del romanticismo o de la atracción sexual. Hay gente que trabaja con una lista de personas y a cada una le asigna un papel en el concierto del ocio. Y solo a los privilegiados les toca ser invitados a restaurantes de lujo. Volviendo a mí misma, he tenido ese privilegio alguna vez pero hace ya tiempo que no debo ser rentable. 


Así que, salvo si crees en Pretty Woman (y ya te digo yo que es solo una película y no demasiado buena) o si vives en Sexo en Nueva York o si formas parte de una súper corporación económica de las que se desplazan of course en business, no creo que vayas a tener ocasión de ir a ninguno de estos súper restaurantes de lujo que te he citado, los más caros del mundo dicen. Pero no debería importante. En realidad, se trata más de un signo de distinción que de un gusto culinario. O de poder, mejor dicho. Porque hablando de verdadera distinción no habrá otra que compartir un helado de vainilla en una terraza junto al río, vestida de fucsia y en una noche trianera de San Joaquín y Santa Ana.

lunes, 24 de abril de 2017

Sombrerísimos

Clara ha sido hecha para soñar. Y sueña cada noche con aviones que no hagan escalas sino en el aire, mezclados con las nubes y lanzando en paracaídas ejércitos de rosas.

Así lleva sombrero cada vez que se asoma a la ventana, por si ocurriera, no lo quiera Dios, que un hilo de aire sin permiso cruzara su cabeza y alborotara el pelo que antes, en forma primorosa, ha posado sobre ella con manos delicadas.

Esther entró una tarde en una confitería y halló un trozo de pastel debajo de un cristal. Y el pastel tenía encima un poco de chocolate, del que Esther se prohibe cada día. Y pensó que aquello era una señal y que podía, desde entonces, chocolatear a gusto.

Así se levantó con precaución el ala del sombrero y se asomó a la tarta, posando su lengua sobre la fina masa oscura y casi líquida y llegando a pensar que eso era el milagro que esperaba mientras paseaba en la tarde de abril.

Elvira es una mujer presurosa. Atraviesa la ciudad apenas sin verla. No tiene ojos para contemplar las acacias japonesas que jalonan su plaza. Las acacias lanzan bolitas blancas cuando el viento las mueve. Y ante ellas, enfrente de esa masa vegetal que la cerca, Elvira suela pasar con los ojos bajos, protegida por el ala de su sombrero rojo, grande, recto, tieso y sin concesiones.

Así Elvira se protege del vacío igual que lo hace Miriam, que sonríe pero no niega nada, que mira pero no tiene ganas de ver lo que hay delante y prefiere conservar lo que hay dentro y mirar las cosas que antes estaban con ella y que desaparecieron porque la vida crea pasajes ardientes sobre los cuales hay que transitar sin remedio.

Coral a veces se pregunta si alguna tarde, cuando se sienta enfrente del edificio enorme de la iglesia, verá salir de ella a alguien que le recuerde a sus padres. Se coloca justo en la mesa que dobla la esquina, así todas las perspectivas están cubiertas, porque ella, Coral, ahora se siente sola desde que ellos se fueron. Y no encuentra palabras para pedir ayuda, no tiene tiempo, ni acento, ni palabras. Si supiera cantar, dice Coral, con este acento tan cerrado, podría ser una artista famosa, sonreír y convertirme en otra cosa. Reviviría y dejaría de ser un paraíso del pasado anclado en el presente y sin futuro.

Vamos a usar sombreros, dice Adela, tenemos que ponerlos de moda. Yo soy muy frívola y soy capaz de hacerlo. Sombreros en la tarde, cuando anuncia la noche que vendrá nuestro miedo a visitarnos. Sombreros en los amaneceres, si esa luna sigue ahí vigilando. Sombreros en el día mediado con el sol en la frente. Sombreros en las bodas y los atardeceres. Sombreros en el sueño y en los brazos del otro. Sombreros que recojan trajes de raso y fieltro.

Sin otra preocupación que ser espía de la vida, que abalanzarse sobre ella y convertirse en aire, que soñar en todo lo que nunca ha conseguido pero que sus manos quieren asir, desde luego, así Ana-Luz tiene la seguridad de que no está sola en un universo en el que haya hombres que sepan abrazar cuando conviene y en el que haya mujeres que puedan sonreírse el día que ella resbala subida enormemente sobre unos zapatos que tienen diminutos botones de cristal en ambos lazos y medias de brillo transparente y una enorme luz blanca en los guantes, que reposan sobre los codos y se apoyan en la barra del bar en donde espera sin que pierda nunca la esperanza, porque sabe que esperar es el secreto y creer es esperanza aunque la vida te dé la espalda a veces.

Sombreros para cubrir los rostros de las mujeres bellas que quieren avisar de lo que son. Sombreros para escapar del sol y las mareas. Sombreros para sonreír sin ser vistas. Sombreros para engañar a los visitantes inoportunos. Sombreros para buscar lo que no se halla por mucho que lo intentes. Sombreros para calmar la vida y que no sea tan dura ni tan firme. Sombreros para amparar la ternura y hacer que se convierta en dulce de algodón, en azúcar morena. Sombreros para decir adiós si es menester. Para mentir, susurrar, despreciar, odiar y ser indiferente a lo que hay al otro lado del andén.

jueves, 20 de abril de 2017

Labios pintados


A veces te sientes fea. Tienes un mal día, de esos en los que has dormido poco, estás preocupada o no aciertas con el vestuario. Puede ocurrir también que estés cansada y no hayas dedicado tiempo suficiente a arreglarte. Los ojos tristes afean a las personas. La mirada triste, la convierte en alguien sin brillo y sin luz. Puede ser también que alguien te haga sentirte fea. Si es alguien a quien quieres o aprecias eso te dolerá, te hará preguntarte si tiene razón y, en todo caso, tendrá siempre razón porque es a esa persona a quien quieres parecerle guapa. Todas estas casuísticas se suceden en el día a día y es complicado encontrarles salida. La cara es el espejo del alma y un alma desolada, desesperanzada, refleja una oscuridad inevitable. 

Y, aunque es difícil, por los tiempos en ocasiones no te dan permiso para alegrarte, siempre puedes tener a mano un lápiz de labios para mejorar tu ánimo. Si. Aunque parezca superfluo, extraño, raro o frívolo. La frivolidad es una buena solución para la tristeza. Si te ríes de ti misma y te ríes de esa situación que te disgusta y que no puedes a veces evitar, vas a ver como eso tira de ti, te hace remontar aunque no quieras. Y, en esa remontada, los labios rojos, rosas, dorados, anaranjados, son un espejo en el que mirarse. Píntate los labios y piensa que hay idiotas en todas partes. Y muchos llevan smoking. 

sábado, 15 de abril de 2017

La culpa es del chocolate


A Nora le gusta el chocolate a rabiar. Es de esas personas que tienen que culminar la comida del día con un trocito de algo dulce, si es chocolate mejor. Pero desde que se enamoró de Alberto ha suprimido esa deliciosa costumbre. Dice que engorda y que estropea los dientes y que tal y cual. Se priva de ese pequeño detalle y, si acaso, se permite el lujo de tomar una pequeña porción o un bomboncito una vez al mes. 


Aunque eso era antes. Nora ha descubierto que no le gusta nada a Alberto. Vamos, que él se lo ha confesado abiertamente. Le ha dicho que ella es simpática y mola y eso, pero que no le gusta como pareja, que no quiere tener nada amoroso con ella, salvo una amistad. Eso ha destrozado a Nora, porque estaba convencida de que llegarían a algo más. Pero si él dice que no, será que no. 

Lo de la amistad ella no lo ve nada claro, sobre todo al principio. Augura que sufrirá y a Nora no le gusta sufrir. Le parece que Alberto es tela de egoísta. Y que ella no está para pamemas de amistades imposibles. Está desorientada. No sabe qué hacer. Por eso escribe al Roperito en busca de consejo. 


Veamos: 

Querida Nora, haces bien en suponer que la situación para ti es muy desventajosa. Él podrá continuar hablando contigo cuando le apetece, contándote sus historias y demás, porque no sufre lo más mínimo. Incluso te preguntará, tan fresco, si sales con alguien y si te has enamorado. Eso es el colmo de la hijoputez pero no lo descartes en absoluto. Ocurrirá. Dará la impresión de que se preocupa por tu bienestar pero, en realidad, lo pregunta porque no tiene el mínimo sentimiento y porque no se pone en tu lugar. Es un egoísta. De esa clase generalizada de egoístas masculinos que pululan por ahí. 


Por eso, cuídate tú misma, ya que él no te cuida en absoluto. Deja de hablar con él, corta todo el contacto y no lo retomes (si te apetece hacerlo) hasta que no estés totalmente segura de que te importa un rábano su persona. Ante la duda, abstente. Borra sus fotos, bloquea su teléfono, sal de sus redes sociales, aléjate en una palabra. Pero de verdad, no te engañes a ti misma. No pienses tampoco que podrás tirar del carro hablando con él a diario. No. Eso será imposible. Te enredarás y caerás una y otra vez. Y él será indiferente a ese cansancio que te va a causar la situación. Créeme, lárgate cuanto antes. 

Y, querida Nora, permíteme un lujo. Durante una temporadita toma todo el chocolate que te apetezca. A freír espárragos la báscula. Y más lejos aún, Alberto. 

miércoles, 12 de abril de 2017

Si lo tienes claro... ¿por qué no lo haces?


(Joven dibujando. Pintura. 1801. Marie-Denise Villers)

Este blog, habitualmente tan frívolo (la frivolidad es una cosa seria), se reviste de trascendencia para tratar un tema que me preocupa. Y esa preocupación creo que es compartida por otras personas, hombres y mujeres. Quisiera separarla de la moda de hablar de los asuntos emocionales desde el prisma de la autoayuda, el coaching y toda esa sarta de idioteces que únicamente sirve para adormecer los sentidos. Pero hay una realidad que existe y que aparece en nuestras vidas y que forma parte de nuestra evolución como personas. 

¿A qué me refiero? ¿A qué se refiere el título de esta entrada? Pues a todas esas relaciones que no te convienen, que no te aportan nada, o que te aportan sinsabores, disgustos, tristezas e, incluso, somatizaciones. No se trata de creer que en la vida nuestra socialización está siempre presidida por el placer, la bondad o la empatía. No. Pero tampoco es de recibo pasarlo mal a sabiendas. A ver. Hay tontos con carnet, gente mala, imbéciles de tomo y lomo, cursis de tres al cuarto, y, en definitiva, personas de las que es mejor pasar. Incluso aunque no lleven mala intención. Te fastidian y punto. Ese fastidio es mayor si tú tienes sentimientos positivos que, continuamente, se ven contrariados.

Esto no se puede confundir con el desamor. No. Eso es otra cosa. Si quieres a alguien y ese alguien no te corresponde, se puede gestionar bien por ambas partes. Con honradez y con generosidad. Con comprensión y respeto. Sin mochilas, pero sin juegos malabares. Limpiamente. No. Hablo de otro tipo de relaciones, que ahora llaman tóxicas y que toda la vida han sido inconvenientes. Gente con la que no merece la pena tener complicidad porque se volverá contra ti. 

¿Por qué no somos capaces de dejar atrás aquello que no nos está proporcionando nada más que desventuras? ¿O molestias, para no ser tan exagerados? Esa es una pregunta difícil. La psicología tiene mucho que decir. Y el sentido común. Para no sentirnos solos o más solos. Porque no sabemos hacerlo. Porque tenemos miedo. Porque no nos terminados de convencer de lo mal que nos sienta. Porque no queremos herir a nadie, aun a costa de que nos hieran a nosotros. Porque se establecen dependencias emocionales difíciles de evitar. Hay muchos motivos. Y una verdad sobre todas: nuestra educación sentimental es muy deficiente, yo diría, inexistente. Así no hay modo. 

Deberíamos aprender a entendernos mejor, a distinguir nuestros sentimientos, a hacer buen uso de ellos, a no malgastarlos, a no fingir, disimular o actuar. Deberíamos aprender a defendernos cuando nos intentan convertir en culpables, cuando nos lastiman y cuando nos tratan de una forma no adecuada. No es fácil, ya lo sabemos, pero es una educación tan precisa como la cultural, la científica o la humanística. Y mucho más necesaria y útil. Tanto, que resulta increíble como podemos pasarnos sin ella. La única que tenemos proviene de nuestra experiencia, de la de los amigos o familiares cercanos que pueden transmitirla, pero nunca de un conocimiento sereno y seguro de uno mismo. De una mirada firme y verdadera a la realidad. Ah, la mirada. El secreto de todo lo que se percibe. Cuánto depende de que sea la correcta y de que nos fiemos de ella. 

Algunas palabras son fundamentales: autoconcepto, autocontrol, autoestima. Saber cómo somos, sin falsas expectativas y sin condenas a priori; sin exigirnos más de lo que podemos y sin criticarnos continuamente. Saber gestionar nuestra emoción, nuestros sentimientos, pensamientos y conductas. Saber que tenemos capacidades y talentos para aportar a la sociedad y a nosotros mismos. No dejarnos hundir porque alguien no nos quiera o no nos proteja. Reconocer la manipulación, huir de las dependencias hacia otros o de otros a nosotros mismos. Cuidarnos. Cuidarnos. Somos nuestro más preciado tesoro. Es difícil. Pero deberíamos poder hacerlo. Deberíamos. 

Quizá al escapar advirtamos un enorme dolor. Quizá echemos de menos muchas cosas, porque no seremos capaces nada más que de notar el vacío. Pero el tiempo irá pasando y entonces la serenidad y la paz sustituirán a la zozobra. Y el vacío se llenará de cosas positivas. Y no tendremos miedo. Ni nos sentiremos miserables ni inseguros. Y nos perdonaremos a nosotros mismos. Y dejaremos de sentir el alma atenazada. Y avanzaremos. Y entonces será el momento de ser libres. Ser libres es hacer lo que hay que hacer cuando se tiene claro. ¿Por qué no lo haces?