miércoles, 3 de mayo de 2017

Chef, sí chef


Al hilo de la polémica sobre los becarios de Jordi Cruz me da por pensar en la cocina. Mi madre era una gran cocinera y también lo fue mi abuela y una de mis tías por parte de madre. Creo que esas son nuestras únicas glorias familiares en los fogones. Tuve una amiga, Araceli, que convertía en manjares dos tomates y medio pepino. Tenia la rara habilidad de hacer comestible cualquier cosa. Por mi parte, soy una extraña en la cocina. Y asisto con alguna perplejidad y cierto interés al espectáculo de la entronización de los chefs (antes cocineros) tanto en la pequeña pantalla como en la vida real. Me causa respeto ver el vocabulario tan elaborado que utilizan y los procedimientos tan endiablados que se inventan. En la causa de los becarios estoy porque cobren. En caso contrario, solo podría aspirar al becariato el rico con posibles y se perderían verdaderos talentos. Y, además, si todos los becarios cobran (al menos eso creo y así debería ser) ¿por qué aquí no? 


Lo que me molesta en este tema de la nueva cocina (como en el arte contemporáneo) es que me tomen el pelo. En ocasiones veo a los chefs sonrientes, dando cuenta de una sustancia que han inventado, teñida con no sé qué condimento, cocinada a tal temperatura y emplatada (Dios, qué vocablo) de una forma equidistante y absurda, y me da por pensar "este tío se está quedando conmigo". No creo que sea así porque se trata de personas rigurosas que dan mucha importancia a lo que hacen y a sí mismos, pero...Luego, vas a algún gastrobar y te ponen esos trocitos de cosas que se mueven en el fondo del plato, y esas tiras pegajosas de algas, sojas y otras zarandajas y me acuerdo, sin poderlo evitar, de las croquetas de jamón. Es un pensamiento recurrente. 


No obstante, hay algo de ritual mágico en acudir a cenar o a almorzar a un buen restaurante. Un acto de voluntad y de deseo de disfrutar. Si alguien te invita a un restaurante de esos de gran lujo está invirtiendo contigo no solo su tiempo (que a lo mejor le sobra) sino su dinero (y esto ya son palabras mayores). Imagínate que te llevan (sí, ya sé que esta expresión es muy antigua y quizá machista, pero no se me ocurre otra) a Kitcho, el japonés que dirige Kunio Tokvoka; o a Le Meurice, allá en París, con el gran Alain Ducasse; o a Masa, en Nueva York, con su chef oriental Masa Takayama; o a la Maison Pic, en Valence, con una mujer de arraigo familiar Anne-Sophie Pic; O a Ithaa, en las islas Maldivas; o al Hotel de Ville, en Suiza; o al Dorchester, en Londres, con Henry Brosi de chef; o al Schloss Schauenstein de Suiza, comandado por Andreas Caminada...A cualquiera de ellos. Imagínatelo. Yo, lo reconozco, no tengo imaginación para tanto. 


A mí me parece una acción verdaderamente interesante esa de invitar a alguien a un restaurante de lujo. Una inversión, por así decirlo. Conozco a personas que nunca se gastarían el dinero en alguien de quien no pudieran obtener algún provecho. Y no solo hablo de negocios, sino de toda clase de intereses, incluso los cocinados al fuego lento del romanticismo o de la atracción sexual. Hay gente que trabaja con una lista de personas y a cada una le asigna un papel en el concierto del ocio. Y solo a los privilegiados les toca ser invitados a restaurantes de lujo. Volviendo a mí misma, he tenido ese privilegio alguna vez pero hace ya tiempo que no debo ser rentable. 


Así que, salvo si crees en Pretty Woman (y ya te digo yo que es solo una película y no demasiado buena) o si vives en Sexo en Nueva York o si formas parte de una súper corporación económica de las que se desplazan of course en business, no creo que vayas a tener ocasión de ir a ninguno de estos súper restaurantes de lujo que te he citado, los más caros del mundo dicen. Pero no debería importante. En realidad, se trata más de un signo de distinción que de un gusto culinario. O de poder, mejor dicho. Porque hablando de verdadera distinción no habrá otra que compartir un helado de vainilla en una terraza junto al río, vestida de fucsia y en una noche trianera de San Joaquín y Santa Ana.

lunes, 24 de abril de 2017

Sombrerísimos

Clara ha sido hecha para soñar. Y sueña cada noche con aviones que no hagan escalas sino en el aire, mezclados con las nubes y lanzando en paracaídas ejércitos de rosas.

Así lleva sombrero cada vez que se asoma a la ventana, por si ocurriera, no lo quiera Dios, que un hilo de aire sin permiso cruzara su cabeza y alborotara el pelo que antes, en forma primorosa, ha posado sobre ella con manos delicadas.

Esther entró una tarde en una confitería y halló un trozo de pastel debajo de un cristal. Y el pastel tenía encima un poco de chocolate, del que Esther se prohibe cada día. Y pensó que aquello era una señal y que podía, desde entonces, chocolatear a gusto.

Así se levantó con precaución el ala del sombrero y se asomó a la tarta, posando su lengua sobre la fina masa oscura y casi líquida y llegando a pensar que eso era el milagro que esperaba mientras paseaba en la tarde de abril.

Elvira es una mujer presurosa. Atraviesa la ciudad apenas sin verla. No tiene ojos para contemplar las acacias japonesas que jalonan su plaza. Las acacias lanzan bolitas blancas cuando el viento las mueve. Y ante ellas, enfrente de esa masa vegetal que la cerca, Elvira suela pasar con los ojos bajos, protegida por el ala de su sombrero rojo, grande, recto, tieso y sin concesiones.

Así Elvira se protege del vacío igual que lo hace Miriam, que sonríe pero no niega nada, que mira pero no tiene ganas de ver lo que hay delante y prefiere conservar lo que hay dentro y mirar las cosas que antes estaban con ella y que desaparecieron porque la vida crea pasajes ardientes sobre los cuales hay que transitar sin remedio.

Coral a veces se pregunta si alguna tarde, cuando se sienta enfrente del edificio enorme de la iglesia, verá salir de ella a alguien que le recuerde a sus padres. Se coloca justo en la mesa que dobla la esquina, así todas las perspectivas están cubiertas, porque ella, Coral, ahora se siente sola desde que ellos se fueron. Y no encuentra palabras para pedir ayuda, no tiene tiempo, ni acento, ni palabras. Si supiera cantar, dice Coral, con este acento tan cerrado, podría ser una artista famosa, sonreír y convertirme en otra cosa. Reviviría y dejaría de ser un paraíso del pasado anclado en el presente y sin futuro.

Vamos a usar sombreros, dice Adela, tenemos que ponerlos de moda. Yo soy muy frívola y soy capaz de hacerlo. Sombreros en la tarde, cuando anuncia la noche que vendrá nuestro miedo a visitarnos. Sombreros en los amaneceres, si esa luna sigue ahí vigilando. Sombreros en el día mediado con el sol en la frente. Sombreros en las bodas y los atardeceres. Sombreros en el sueño y en los brazos del otro. Sombreros que recojan trajes de raso y fieltro.

Sin otra preocupación que ser espía de la vida, que abalanzarse sobre ella y convertirse en aire, que soñar en todo lo que nunca ha conseguido pero que sus manos quieren asir, desde luego, así Ana-Luz tiene la seguridad de que no está sola en un universo en el que haya hombres que sepan abrazar cuando conviene y en el que haya mujeres que puedan sonreírse el día que ella resbala subida enormemente sobre unos zapatos que tienen diminutos botones de cristal en ambos lazos y medias de brillo transparente y una enorme luz blanca en los guantes, que reposan sobre los codos y se apoyan en la barra del bar en donde espera sin que pierda nunca la esperanza, porque sabe que esperar es el secreto y creer es esperanza aunque la vida te dé la espalda a veces.

Sombreros para cubrir los rostros de las mujeres bellas que quieren avisar de lo que son. Sombreros para escapar del sol y las mareas. Sombreros para sonreír sin ser vistas. Sombreros para engañar a los visitantes inoportunos. Sombreros para buscar lo que no se halla por mucho que lo intentes. Sombreros para calmar la vida y que no sea tan dura ni tan firme. Sombreros para amparar la ternura y hacer que se convierta en dulce de algodón, en azúcar morena. Sombreros para decir adiós si es menester. Para mentir, susurrar, despreciar, odiar y ser indiferente a lo que hay al otro lado del andén.

jueves, 20 de abril de 2017

Labios pintados


A veces te sientes fea. Tienes un mal día, de esos en los que has dormido poco, estás preocupada o no aciertas con el vestuario. Puede ocurrir también que estés cansada y no hayas dedicado tiempo suficiente a arreglarte. Los ojos tristes afean a las personas. La mirada triste, la convierte en alguien sin brillo y sin luz. Puede ser también que alguien te haga sentirte fea. Si es alguien a quien quieres o aprecias eso te dolerá, te hará preguntarte si tiene razón y, en todo caso, tendrá siempre razón porque es a esa persona a quien quieres parecerle guapa. Todas estas casuísticas se suceden en el día a día y es complicado encontrarles salida. La cara es el espejo del alma y un alma desolada, desesperanzada, refleja una oscuridad inevitable. 

Y, aunque es difícil, por los tiempos en ocasiones no te dan permiso para alegrarte, siempre puedes tener a mano un lápiz de labios para mejorar tu ánimo. Si. Aunque parezca superfluo, extraño, raro o frívolo. La frivolidad es una buena solución para la tristeza. Si te ríes de ti misma y te ríes de esa situación que te disgusta y que no puedes a veces evitar, vas a ver como eso tira de ti, te hace remontar aunque no quieras. Y, en esa remontada, los labios rojos, rosas, dorados, anaranjados, son un espejo en el que mirarse. Píntate los labios y piensa que hay idiotas en todas partes. Y muchos llevan smoking. 

sábado, 15 de abril de 2017

La culpa es del chocolate


A Nora le gusta el chocolate a rabiar. Es de esas personas que tienen que culminar la comida del día con un trocito de algo dulce, si es chocolate mejor. Pero desde que se enamoró de Alberto ha suprimido esa deliciosa costumbre. Dice que engorda y que estropea los dientes y que tal y cual. Se priva de ese pequeño detalle y, si acaso, se permite el lujo de tomar una pequeña porción o un bomboncito una vez al mes. 


Aunque eso era antes. Nora ha descubierto que no le gusta nada a Alberto. Vamos, que él se lo ha confesado abiertamente. Le ha dicho que ella es simpática y mola y eso, pero que no le gusta como pareja, que no quiere tener nada amoroso con ella, salvo una amistad. Eso ha destrozado a Nora, porque estaba convencida de que llegarían a algo más. Pero si él dice que no, será que no. 

Lo de la amistad ella no lo ve nada claro, sobre todo al principio. Augura que sufrirá y a Nora no le gusta sufrir. Le parece que Alberto es tela de egoísta. Y que ella no está para pamemas de amistades imposibles. Está desorientada. No sabe qué hacer. Por eso escribe al Roperito en busca de consejo. 


Veamos: 

Querida Nora, haces bien en suponer que la situación para ti es muy desventajosa. Él podrá continuar hablando contigo cuando le apetece, contándote sus historias y demás, porque no sufre lo más mínimo. Incluso te preguntará, tan fresco, si sales con alguien y si te has enamorado. Eso es el colmo de la hijoputez pero no lo descartes en absoluto. Ocurrirá. Dará la impresión de que se preocupa por tu bienestar pero, en realidad, lo pregunta porque no tiene el mínimo sentimiento y porque no se pone en tu lugar. Es un egoísta. De esa clase generalizada de egoístas masculinos que pululan por ahí. 


Por eso, cuídate tú misma, ya que él no te cuida en absoluto. Deja de hablar con él, corta todo el contacto y no lo retomes (si te apetece hacerlo) hasta que no estés totalmente segura de que te importa un rábano su persona. Ante la duda, abstente. Borra sus fotos, bloquea su teléfono, sal de sus redes sociales, aléjate en una palabra. Pero de verdad, no te engañes a ti misma. No pienses tampoco que podrás tirar del carro hablando con él a diario. No. Eso será imposible. Te enredarás y caerás una y otra vez. Y él será indiferente a ese cansancio que te va a causar la situación. Créeme, lárgate cuanto antes. 

Y, querida Nora, permíteme un lujo. Durante una temporadita toma todo el chocolate que te apetezca. A freír espárragos la báscula. Y más lejos aún, Alberto. 

miércoles, 12 de abril de 2017

Si lo tienes claro... ¿por qué no lo haces?


(Joven dibujando. Pintura. 1801. Marie-Denise Villers)

Este blog, habitualmente tan frívolo (la frivolidad es una cosa seria), se reviste de trascendencia para tratar un tema que me preocupa. Y esa preocupación creo que es compartida por otras personas, hombres y mujeres. Quisiera separarla de la moda de hablar de los asuntos emocionales desde el prisma de la autoayuda, el coaching y toda esa sarta de idioteces que únicamente sirve para adormecer los sentidos. Pero hay una realidad que existe y que aparece en nuestras vidas y que forma parte de nuestra evolución como personas. 

¿A qué me refiero? ¿A qué se refiere el título de esta entrada? Pues a todas esas relaciones que no te convienen, que no te aportan nada, o que te aportan sinsabores, disgustos, tristezas e, incluso, somatizaciones. No se trata de creer que en la vida nuestra socialización está siempre presidida por el placer, la bondad o la empatía. No. Pero tampoco es de recibo pasarlo mal a sabiendas. A ver. Hay tontos con carnet, gente mala, imbéciles de tomo y lomo, cursis de tres al cuarto, y, en definitiva, personas de las que es mejor pasar. Incluso aunque no lleven mala intención. Te fastidian y punto. Ese fastidio es mayor si tú tienes sentimientos positivos que, continuamente, se ven contrariados.

Esto no se puede confundir con el desamor. No. Eso es otra cosa. Si quieres a alguien y ese alguien no te corresponde, se puede gestionar bien por ambas partes. Con honradez y con generosidad. Con comprensión y respeto. Sin mochilas, pero sin juegos malabares. Limpiamente. No. Hablo de otro tipo de relaciones, que ahora llaman tóxicas y que toda la vida han sido inconvenientes. Gente con la que no merece la pena tener complicidad porque se volverá contra ti. 

¿Por qué no somos capaces de dejar atrás aquello que no nos está proporcionando nada más que desventuras? ¿O molestias, para no ser tan exagerados? Esa es una pregunta difícil. La psicología tiene mucho que decir. Y el sentido común. Para no sentirnos solos o más solos. Porque no sabemos hacerlo. Porque tenemos miedo. Porque no nos terminados de convencer de lo mal que nos sienta. Porque no queremos herir a nadie, aun a costa de que nos hieran a nosotros. Porque se establecen dependencias emocionales difíciles de evitar. Hay muchos motivos. Y una verdad sobre todas: nuestra educación sentimental es muy deficiente, yo diría, inexistente. Así no hay modo. 

Deberíamos aprender a entendernos mejor, a distinguir nuestros sentimientos, a hacer buen uso de ellos, a no malgastarlos, a no fingir, disimular o actuar. Deberíamos aprender a defendernos cuando nos intentan convertir en culpables, cuando nos lastiman y cuando nos tratan de una forma no adecuada. No es fácil, ya lo sabemos, pero es una educación tan precisa como la cultural, la científica o la humanística. Y mucho más necesaria y útil. Tanto, que resulta increíble como podemos pasarnos sin ella. La única que tenemos proviene de nuestra experiencia, de la de los amigos o familiares cercanos que pueden transmitirla, pero nunca de un conocimiento sereno y seguro de uno mismo. De una mirada firme y verdadera a la realidad. Ah, la mirada. El secreto de todo lo que se percibe. Cuánto depende de que sea la correcta y de que nos fiemos de ella. 

Algunas palabras son fundamentales: autoconcepto, autocontrol, autoestima. Saber cómo somos, sin falsas expectativas y sin condenas a priori; sin exigirnos más de lo que podemos y sin criticarnos continuamente. Saber gestionar nuestra emoción, nuestros sentimientos, pensamientos y conductas. Saber que tenemos capacidades y talentos para aportar a la sociedad y a nosotros mismos. No dejarnos hundir porque alguien no nos quiera o no nos proteja. Reconocer la manipulación, huir de las dependencias hacia otros o de otros a nosotros mismos. Cuidarnos. Cuidarnos. Somos nuestro más preciado tesoro. Es difícil. Pero deberíamos poder hacerlo. Deberíamos. 

Quizá al escapar advirtamos un enorme dolor. Quizá echemos de menos muchas cosas, porque no seremos capaces nada más que de notar el vacío. Pero el tiempo irá pasando y entonces la serenidad y la paz sustituirán a la zozobra. Y el vacío se llenará de cosas positivas. Y no tendremos miedo. Ni nos sentiremos miserables ni inseguros. Y nos perdonaremos a nosotros mismos. Y dejaremos de sentir el alma atenazada. Y avanzaremos. Y entonces será el momento de ser libres. Ser libres es hacer lo que hay que hacer cuando se tiene claro. ¿Por qué no lo haces? 

jueves, 30 de marzo de 2017

Quiero mis sandalias, ya !!!!!!!!!


Ese momento exacto en que el tiempo climático te autoriza a dejar atrás los calcetines, las medias y a usar sandalias es uno de los más deseados por la mayoría de las mujeres. Llevar los pies casi descalzos, olvidarte de apreturas, lucir ese tono de uñas que te sienta tan bien, ser libre, libre, es un sentimiento colectivo que llevamos dentro y que, a poco que nos dejen, expresamos de mil formas posibles. La sandalia, un tipo de calzado muy antiguo, sencillo y que admite mil combinaciones, es, a la vez, cómoda, sexy, limpia, confortable, bonita y llena de posibilidades. Esta es una de las razones, una más, por las que el verano me gusta. Incluso cuando el calor azota con fuerza y la playa está lejos. Las noches de la ciudad, por ejemplo, se pueblan de pies sandaliados que ejercen una fascinación única sobre los hombres. Nada tan romántico como unas sandalias adornadas por mil piedras de colores. 


Hay sandalias que te dejan una huella imborrable. Por ejemplo, esas que compraste en Mallorca, en un viaje de estudios, y que acompañaban admirablemente al vestido malva de tirantes finitos que llevaba un chal de seda a juego. En las terrazas del Paseo Marítimo de Cádiz daba gloria ver el color moreno de las piernas y los pies, daba gusto contemplar cómo esas sandalias violeta lucían en medio de la noche, en esos instantes previos al baile en la discoteca, al abrazo ansiado. También las hay que tienen nombre propio. Por ejemplo, unas de color rojo vivo, con cintas al estilo romano, que compraste en el centro de Madrid y que llevaste con un vestido también rojo, a esa feria en la que el chico que te acompañaba tenía los ojos verdes y era el más guapo de cien mil kilómetros a la redonda. 


O aquellas otras negras, con motivos hippies, que hallaste en un mercadillo de la Costa del Sol y que usaste en una velada muy, muy romántica, con un vestido largo casi transparente y una trenza en el pelo que brillaba. Un pelo lavado y secado al sol, sin artificios, simplemente con esa suavidad que da la juventud, con ese aire de esperanza plena que tiene la vida cuando empieza y descubre que hay piel al otro lado de la piel. Esas sandalias que lo vieron todo. 


O aquellas otras que llevaste en Sanlúcar, en un concierto a la luz de la luna, con la música atronando en los oídos, las manos alzadas y el mechero encendido para darle calor al artista, que cantaba tus canciones favoritas y, más tarde, en la playa, allí cerca, contemplando un eclipse de luna que duró toda la noche. Los ojos del muchacho tenían aire de fiesta, su voz era un susurro y reía con la vivacidad de un pájaro que hubiera descubierto el mejor sitio para abrazar las flores. 

Por muy apagado y silencioso que esté el teléfono, por poco que suene, por muy lejos que esté el chico de ojos verdes, por muy triste que tu corazón se sienta a veces, por muy difícil que te resulte todo, por muy cruel que sea a veces la vida, por muy perdido que esté tu corazón sin gobierno ni anhelo, por muy todo que ocurra, unas sandalias, unos pies en contacto con los sueños, una llamada que no tiene respuesta, salvo que así es la vida. Una forma de andar, en suma, no importa con qué tiempo o qué equipaje. 



sábado, 25 de febrero de 2017

En ti, la primavera



(Anita L. B. ) 

En ti, la primavera, la promesa de un aire que entrará en tu jardín. Allí serán las flores. Amapolas, jacintos, nomeolvides, geranios. Las plantas aromáticas, el olor de los sueños alcanzados, la espera. Allí será la dicha y allí vivirá todo. Y la esperanza crece cuando miras y la mirada crece ante los otros y somos lo que queda, lo que vive a la par que otros ojos que nunca reaparecen. 

Vivirás otros sueños. Soplarán tempestades. Habrá silencios nuevos que tú tendrás que oír. Pero no importarán si ese tránsito a la vida desde una adolescencia que se escapa tú sigues como ahora, sonriendo a los momentos, transida la mirada de una llama que nosotros perdimos y que en ti resplandece. 

Sueña con las razones que ahora tienes y degusta el sabor de lo que encuentras y no dejes de lado nada que pueda darte compasión o emociones. Que el corazón te vibre en las distancias, que en lo cercano todo te conmueva. Que escribas con palabras de luz y nunca sobre ti la oscuridad se cierna. Así, tu sonrisa de ahora, tu mirada de niña que se acerca a mujer, será tan limpia como los deseos que atraviesan el alma de quien quiere que su corazón brille sin cristales, sin aristas, sin miedos. Construyendo la vida. 

martes, 3 de enero de 2017

Por qué ellas hablan de amor y ellos de sexo


("Encadenados". Cary Grant e Ingrid Bergman)

Lo leí hace poco en una de esas gacetillas de prensa de las que nunca recuerdo su origen ni su autor. Los hombres no están acostumbrados a verbalizar sus emociones más íntimas así que el amor es un tema fuera de su target. Puestos a confraternizar con los iguales, prefieren hablar de sexo, algo en lo que hay verdaderos expertos, no en hacerlo sino en contarlo. Hay un tipo de hombre muy ostentoso que refiere sus aventuras como si fueran muescas del revólver. Otros son más discretos. Pero, sin entrar en detalles o dar cuenta de nombres concretos, es verdad que el tema del sexo aparece con frecuencia en sus conversaciones. Saben lo que les gusta, cómo les gusta, de qué van las señoras en este aspecto y otras miles de quisquillosas y detallistas confidencias. Ellos hablan de sexo con naturalidad con otros hombres, incluso a veces con amigas del alma. Entre paréntesis, nada más molesto que el rol de amiga del alma. Acabas sintiéndote la hermana San Sulpicio. O San Suplicio. Pero ese es otro tema. 


(Ryan O`Neal y Ali McGraw se besan en "Love Story") 

Por el contrario, las mujeres, que tenemos fama sobrada de hablar mucho de todo lo nuestro, apenas lo hacemos de sexo. Ese es un tema que no comentamos ni con nosotras mismas. Sí. Es la realidad. Sublimamos todo aquello que conduce al placer físico y lo contaminamos con estrellitas de colores, sinfonías de pasión y otras hierbas aromáticas que lo convierten, al final, en la expresión del sentimiento y no en la explosión del deseo. La palabra "deseo" es para nosotros sinónimo de fragancia que se vende en tarro muy pequeño y que no está al alcance de todas. Sin embargo, contarnos, comentar, nuestras emociones, amoríos contrariados, ímpetus amorosos, enamoramientos varios y desamores, eso sí es lo nuestro. Lo que nos mola. 


(En la escena final de "Desayuno con diamantes" Audrey Hepburn y George Peppard se empapan de besos) 

Cualquier cuita de amor se desmenuza con todo detalle en las reuniones de amigas o en esos encuentros una a una que tanto nos gustan a las mujeres. Quizá se deslice alguna pequeña cuestión relacionada con nuestra vida sexual, pero será a modo de broma o chascarrillo. Desde luego, sin entrar a fondo y sin que eso ocupe la conversación. Lo otro sí. No nos hace caso, no nos llama, nos engaña, nos manipula, toda esa parafernalia que tiene que ver con las relaciones con los hombres son un elemento de primera mano en nuestras charlas. Verbalizar los problemas nos ayuda a pensar porque siempre hay alguna amiga lúcida que arroja un chorro de luz. En cambio, los hombres se guardan sus sinsabores y dudas, si es que los tienen. Porque, la mayoría de las veces, no les dan demasiado importancia y cargan con ellos con un analfabetismo emocional que da pena ver. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Chicas brillantes

Es lo que tienen las luces de navidad. En cuanto pones el árbol ya te ves inmersa en cualquiera de sus fiestas. El caso es brillar. Brillan las bolas de navidad y los adornos. Brillan los ojos de las chicas. Brillan los vestidos y las blusas. Brillan los pendientes. Brillan los sonidos. Brillan los abrazos. Brillan los recuerdos. Brilla el paso de las horas. 


La primera chica brillante (shining girl) de esta noche lleva una minifalda negra de sabe Dios qué marca, con un jersey gris azulado de cuello de cisne que a ella le sienta muy bien. Fijaros que usa zapatos de ante, de puntera fina y tacón stiletto y unas súper medias monísimas, llenas de estrellas, a juego con la decoración. Por supuesto, uñas negras y larga melena lacia sin más adornos. 


La segunda chica brillante hace honor a este apelativo con un jersey semitransparente, colocado sobre un top, que lleva un enorme corazón plateado delante. Lo ha colocado sobre una minifalda de vértigo, también en tonos grises, con pequeños volantines. Las medias, grises, le dan un aire de total look al conjunto. Solo destaca sobre el gris el tono rojo oscuro de las uñas. Y su bonita sonrisa, también roja. 


La tercera shining girl, a la que ya conocemos porque juega al golf, va totalmente de negro. Camisa de seda con escote mao, abierto, lo que le da un aire muy italiano. Pantalón negro ajustado y zapatos negros. El detalle está en los pequeños botones nacarados de puños y de bolsillos, que rompen un poco el tono oscuro del atuendo. Y, por supuesto, en el meneo de pelo, marca de la casa, que ella se marca cada vez que ve una cámara delante. 


Para finalizar este improvisado desfile de chicas que brillan por sí solas, aquí tenemos a las dos últimas. La primera de ellas, a la izquierda, luce pantalón beige, de una caída muy agradable, que ajusta las formas y las estiliza, además de una bonita blusa negra con generoso escote, adornado por collar de perlas con detalle de flor a juego. Un conjunto de pulseras acompaña el atuendo, dándole un aire más alegre, menos formal. 

Su compañera de la derecha, lleva minifalda floreada con toques de brillo suave, medias oscuras y tupidas, así como un bonito jersey negro con aplicaciones doradas, que no podemos ver con detalle porque no sabemos a santo de qué se ha plantado el chaquetón y el foulard, antes de tiempo y antes de que acabara la sesión de fotos. Pero están muy monas las dos. 



domingo, 27 de noviembre de 2016

Cultivar la alegría


(Para Paco y Mary: ellos son Navidad)

Hay gente que ha decidido vivir la alegría. Que, como esas casas navideñas de las películas americanas, decoran cada momento con lo mejor que tienen. Existen penas, pero se guardan cuidadosamente. Existen lágrimas, pero se lloran en soledad. Existen miedos, pero se congelan en un lugar del Ártico, sin posibilidad de asomarse sin aviso. 

A cada instante, toman la decisión de elegir el momento más divertido, el abrazo más amigable, la voz más cálida, el sonido más lleno de voluntades abiertas. Son gente de luz, cuyo brillo no se oculta por la evidente efervescencia de los días de fiesta, sino que resplandece en ellos y transmiten esa sensación única de sentirse parte de la vida. 

Así las horas pasan en un vértigo de emociones que terminan alojándose en esa esquina del corazón en la que permanece lo que nunca pasa de moda, ni se pierde, ni se marchita. Hojas secas y árboles florecidos; paisajes de reminiscencias lunares y desiertos nevados, con el sol dorando los amaneceres. Huellas de momentos que cada uno guardará en el sitio reservado a lo que nunca se olvida. Así es esta gente y así se ofrecen a los demás en un rito continuo de cariño, amistad y afán generoso de compartir las gotas de agua transparente que la vida lanza en cada paso. 

martes, 1 de noviembre de 2016

Atrapada en la Red


Las chicas de "Sexo en Nueva York" no solamente abren la puerta de las confesiones acerca de qué y cuáles son esos tipos que las vuelven locas, sino que escriben en retales de colores las tendencias, elevan las marcas al olimpo de los deseos y taconean con agilidad sobre el suelo duro y pegajoso de la ciudad más cool del mundo. Las vemos y tenemos la sensación de que algo nos falta y de que ese algo es imprescindible. 


El Kelly de Hermés rojo con el que sueñas cuando te remontas a esos deseos antiguos de pisar alfombras por doquier se transforma en un más clásico Prada, color hielo, absolutamente dispuesto para ser liquidado en un momento si su dueña no obtiene la satisfacción que las mujeres modernas necesitamos para seguir pisando fuerte en un mundo que, no nos engañemos, continúa siendo el paraíso de los hombres. Ellos, más viejos, más cansados, más diletantes, más absurdos, más inservibles, siguen capitaneando la búsqueda del santo grial de la emoción y nos obligan a nosotras a mostrarnos en la cúspide de la edad juvenil, como si el tiempo no pasara y el bótox fuera vitamina C. 


Alguien dejó dicho hace ya bastantes años que bastaba con recorrer a buena hora Rodeo Drive y sus tiendas exclusivas, bien provista de una tarjeta de crédito que un tipo guapo y con aires de intelectual "he estudiado todo" y "no sé hacer nada, sólo ganar dinero", entrega sin reservas para hacernos pensar que todo era posible, que los cuentos de hadas tenían visos de convertirse en realidad, simplemente esperando que su automóvil último modelo, gris metalizado, se parara por casualidad delante de ti, una de esas noches en las que lo deseas todo, sin explicarte el motivo. 


El precedente del deseo femenino de ser otra persona, de ser alguien, de no aparecer como invisible en los ojos del tiempo, de atrapar las miradas, de sentir que una es todo lo que se puede ser, es aún más antiguo y se refleja en el cristal donde, sin apenas descanso, entre un vaso de café de plástico y un croissant que acaba cayendo en el estómago como un obús, se muestran los artilugios del poder y el dinero: los diamantes, esos que son para siempre aunque no para todas. 

Hay sueños que distraen los sentidos y que te envuelven en una nube de sentimentalismo absurdo. Empiezas pensando que las alfombras rojas están a tu alcance y ahí se pierde todo. Contemplas a cualquiera de estas diosas y ya no remontas. Mejor revolver en la Red, te lo aseguro. Allí encontrarás el modo de compensar tu día malhumorado, el estallido cruel de las hormonas y, casi, el olvido sistemático de quienes deberían rendirse a tus pies. Comprar por Internet es ahora el espejo en que nos miramos las mujeres del tiempo de las hadas. No queremos ser brujas.



sábado, 29 de octubre de 2016

Almudena, que juega al golf

Una vez me compré unos pantalones en un mercadillo. El señor que los vendía me hizo probármelos en su furgoneta. Era muy divertido aunque la cosa no era demasiado cómoda. Creo que alguien, una amiga de entonces quizá, se quedó al pie de la puerta por si a alguien le daba por entrar a probarse algo o a sabe Dios qué. Pero todo transcurrió sin incidentes y todavía anda por ahí el pantalón. 

Comprar low cost es algo que nos llena de satisfacción. Tener una prenda que nos guste por unos pocos euros hace que las amantes de la moda y de las tiendas nos sintamos libres, por una vez, del complejo de culpa que supone gastarse un pastón en algo que no era preciso tener. Así, Almudena, ya sabéis, que juega al golf, ha encontrado esta favorecedora chaqueta estilo chanel, en uno de esos mercadillos que tienen furgonetas como probadores. 

La furgoneta es la versión más cool de las compras proletarias y probarse en una de ellas debería ser experiencia obligada de todas las compradoras avezadas. Como Almudena juega al golf, ya lo he dicho, que es un deporte que imprime carácter, no tiene ningún reparo en utilizar estos sistemas que en nada recuerdan a un paseo mañanero por la Milla de Oro en compañía de un tipo adinerado que suelte la guita mientras las damas nos deleitamos con Zadig & Voltaire, por ejemplo. Si eres una jugadora de golf y vas la quinta en la clasificación de un torneo social, y estás a puntito de ganarte un televisor, anda que te va a preocupar mucho que el probador tenga ruedas, que la chaqueta esté cosida en Taiwan o que la etiqueta te avise de que puede deshilacharse a poco que la laves en frío. 

Almudena tiene una sonrisa a prueba de esquiroles, así que muestra su chaqueta con donosura y se ríe marca de la casa, ignorando los comentarios sarcásticos de las amigas que, envidiosas ellas, se obstinan en criticar su chaqueta nueva con esa forma tan especial que tienen las mujeres de echar por tierra cualquier sueño ajeno. Ella podría ser un personaje de alguna de las autoras que amo. De Edna O´Brien y sus chicas de campo; de Ellen Glasgow con su vida resguardada; de Lucia Berlin y su mirada especial sobre las cosas; de Welty o de Taylor, quién sabe si de la propia Jane, trasladada al siglo XIX.

Inasequible al desaliento, a este y a todos los que en el mundo son, Almudena se coloca su chaqueta de furgoneta del mercadillo de tres al cuarto de sabe Dios qué rincón del mundo plagado de sol y sal de la bahía y anda tan orgullosa y satisfecha que dan ganas de preguntarle no dónde la ha comprado, sino de dónde nace el secreto de su arrebatadora sonrisa. 

Fotografía: Almudena Rubio, en exclusiva para "El roperito de Cathy"