sábado, 23 de enero de 2016

Calentitas y estilosas



Si hay una prenda que te resulta de gran utilidad en los meses de invierno y que, además, te sienta súper bien, esa es la maxibufanda. En todas las formas y colores, cuadradas, lisas, de rayas, de cuadros, alargadas, de pico, con flecos o sin ellos, escocesas, en tonos tierra, pastel o llamativos, sean como sean, las maxibufandas son la prenda estrella del frío y te serán tan útiles que querrás tener más de una. 

Lo mejor que tienen es que te resguardan una de las partes más sensibles a los resfriados y enfriamientos que tenemos las personas, la garganta, el cuello. Otra ventaja es que se pueden colocar de mil maneras y, aunque repitas, parecerás que estrenas cada vez que te inventes una forma de usarla diferente. Por otra parte, tanto lucen con looks casuals como con ropa más arreglada. En contextos de trabajo, en un día de compras, tomando un café por la tarde, para ir al cine, incluso en una cita con cena incluida, tiene un papel polivalente, que le da gracia al atuendo, lo mismo da pantalones que faldas o vestidos. Por supuesto, puedes llevarlas encima de una cazadora de piel, de un abrigo de paño o de una chaqueta blazer de doble fila, por citar tres tendencias de este invierno. 


Hay una cuestión que quizá has de tener en cuenta a la hora de comprarla y de usarla. El bolso. Un bolso excesivamente grande parece encajar poco con una maxibufanda porque agrada todos los volúmenes y porque resulta llamativo en un atuendo ya de por sí aparatoso. Pero las bandoleras de tamaño mediano, incluso pequeño si puedes llevar ahí todos tus adminículos, o las carteras, tan de moda también, son buenos aliados de la maxibufanda, por lo que es una cuestión con fácil resolución si te fijas un poco. 

Hay otro elemento a considerar, como suele ocurrir con toda la ropa de abrigo. El tejido, la calidad. Es una prenda hecha para abrigar y no solo para adornar por lo que ha de ser de buena calidad. Si las compras demasiado baratas y no te fijas siquiera en la composición, puedes llevarte la desagradable sorpresa de quedarte helada literalmente cuando vayas con ella por la calle. Además de encontrarte dos mil personas que llevan el mismo modelo que tú. Merece la pena gastarse un poco más, no es demasiado, y tenerlas de buena calidad, de lana, para que cumpla su función de ofrecerte un cobijo acogedor en los días de frío. Notarás la diferencia enseguida, tú y la gente que te vea, porque el tacto y el estilo se notan. 


Hay dos elementos que casan de maravilla con la maxibufanda. Las gafas de sol, para cuando las llevas en horario de mañana, que le dan un aire misterioso y muy francés. Y los jeans, que la convierten en una prenda moderna y le quitan ese aspecto de chal que tiene a veces, cuando no se sabe cómo llevarla. 

martes, 19 de enero de 2016

Te noto rara


Más o menos cuatro horas ha costado que esas maravillosas ondas se asienten, que ese color brillante y rojizo se acomode al contorno de la cabeza, que el matizador haya aportado una textura suave y limpia al cabello, que el movimiento del pelo se acompase sin que parezca rígido....Más o menos cuatro horas. El papel de plata, el peine, el secador, el iluminador, el tinte, las transparencias, la ampolla de fijación, el matiz vegetal, la mascarilla, la leche suavizante, el cepillo....Artilugios de todo tipo de han concitado en ese espacio de tiempo para que las manos de la estilista y de su ayudante de campo puedan hacer el milagro de convertirte en una mujer moderna, con un color de pelo que se adapta a tu piel perfectamente y con un aire transgresor al tiempo que sencillo. Ay, exclamas cuando sales del salón de belleza, antes peluquería. Ay, qué bien me siento. Me parece que a él va a gustarle. Le va a encantar verme de esta guisa. Y, aunque he sufrido lo mío con todos estos potingues y aparatos, va a merecer la pena. Porque me verá hermosísima y me dirá: Cariño, cómo estás de guapa, qué delicioso verte con ese nuevo look, qué bien te sienta. Y añadirá, con un tono de voz irresistible: No hay nadie como tú, nunca he visto una mujer a quien se le note tanto y tan bien cuando se hace algún pequeño retoque de color en el pelo. O cuando te peinas de modo diferente. Estás preciosa. 


Bueno, no ha sido exactamente así. Verás. Él te ha mirado, claro, no podía ser de otra forma. Te has paseado delante de su cara una y otra vez. Le has sonreído voluptuosamente y hasta le has preguntado: ¿Qué tal, cómo me ves? No es fácil para ti hacerle esta pregunta. En realidad, casi nunca lo haces. Porque a él no le gusta demasiado que lo presionen. Sí. Esa es la palabra que usa. Presionar. Dice que, si le planteas que debe fijarse en ti y debe piropearte, pues ya no le sale natural. Y que no le gusta que le indiquen qué tiene que sentir ni qué tiene que opinar. Las mujeres, afirma, son así. Seres indecisos, que necesitan que les reafirmen su yo y su ego. Para eso están los hombres, añade. Y, claro, los hombres no siempre estamos dispuestos a convertirnos en las marionetas afirmadoras de la belleza femenina. No. porque tenemos nuestro propio criterio que no siempre coincide con el de ellas. Normalmente no coincide, vamos. Así que prefiero, expone, que no me preguntes qué pienso cuando estrenas algo o cuando cambias de peinado, porque, la verdad, me desconcierto y no sé nunca qué decir. 


Lo entiendes, claro que lo entiendes. Eres tan comprensiva que lo entiendes todo. Y te sientes mal contigo misma. Te dices: joder, claro, cómo soy tan pesada a veces, cómo le atosigo de esa forma. Piropear debe ser algo natural, algo espontáneo y yo lo obligo a que me diga que estoy guapa. Eso le quita la gracia a todo. Así que debo callarme, ser menos expansiva, más discreta. Sí, la discreción es el mayor adorno de las mujeres. Lo decía mi madre ¿o era mi abuela? En todo caso, lo dicen mucho en las películas del siglo XIX. Sí, en esas películas siempre aparece alguna joven demasiado atrevida que termina mal y por eso todas las madres y las abuelas advierten que hay que ser modosita y no fiarse de los hombres. Aunque, claro está, tampoco se puede rechazar un buen matrimonio, sea el tipo como sea. En realidad antes la gente se casaba y no se conocía. Ahora se conoce uno demasiado y las esperanzas se suelen venir abajo con rapidez. Vaya, piensa, estoy dándole demasiadas vueltas a un tema que no lo merece. Otro problema femenino, pensar más de la cuenta. 


La próxima vez que me haga un cambio de imagen procuraré no esperar que él se fije con detalle, más bien lo suyo es no darle importancia, pasar desapercibida, no vaya a ser que ocurra como la última vez, o la penúltima, ya no lo recuerdo. Después del suplicio de las cuatro horas, llegué a casa, sigue pensando nuestra amiga, y él me miró con cara de sorpresa y me dijo esta frase:

"Te noto rara". 

viernes, 15 de enero de 2016

"Flores para la señora Harris" de Paul Gallico

Paul Gallico (Nueva York, 1897- Mónaco, 1976) dedicó este libro “a las valientes e indispensables señoras de la limpieza que año tras año adecentan las Islas Británicas”. No conozco otro caso de dedicatoria semejante, pero, desde luego, revela una personalidad singular y su trayectoria no hace sino avalar esto.

Gallico fue un graduado en Columbia que, primero, se dedicó a hacer crítica de cine, luego se convirtió en un periodista deportivo de éxito y, más tarde, comenzó a escribir relatos cortos y novelas. Una de ellas “La aventura del Poseidón” se llevó al cine con gran aceptación de público y crítica en 1972.  Su relación con el cine también se extendió al papel de guionista, seguramente el rol menos reconocido y más interesante de la tribu que pulula por los ambientes cinematográficos. Gallico es, pues, un todoterreno, un hombre al que moverse entre libros, periódicos, estudiantes y actores le resultaba gratificante, fácil y accesible.

El argumento de “Flores para la señora Harris” es ciertamente original. Ella es una viuda de cierta edad que trabaja como señora de la limpieza en casas de la alta sociedad de Londres. Meticulosa en su cometido, descubre un día, arreglando un armario en la mansión de una de las clientas más ricas para las que trabaja, dos vestidos de la firma Dior que la dejan extasiada. No ha visto en su vida nada más perfecto, nada más armonioso. La fascinación por la moda que sentimos algunos surge en ella al contemplar la caída, el diseño, la tela, el color, la forma, el estilo, de esos vestidos prodigiosos. Por supuesto, la señorita Harris tiene los pies en la tierra y sabe que ella no tendrá nunca ocasión de vestirlos. Ningún acto de su vida puede requerir un Dior.

Pero la naturaleza humana tiende a los sueños y cuántas veces nuestra mente nos dice una cosa y nuestro corazón pugna por decirnos otra. Así que Harris, inopinadamente y contra todo el sentido común que ha desplegado siempre en su ordenada vida, se empeña en conseguir uno de esos vestidos. Lo primero que hace es preguntar el precio y, cuando se entera de ese “pequeño detalle”, disuasorio para cualquiera, no solamente no abandona su proyecto, sino que lo convierte en una meta, en un objetivo, en una fuerza que la empuja a luchar por alcanzar ese sueño. Inicia así un largo proyecto de ahorro económico que precisará de dos años completos, pero que la terminará llevando a París, la meca de la moda, de la alta costura, el paraíso de los vestidos Dior.

El libro narra sus aventuras en la casa de modas. Aparecen Madame Colbert, el joven Fauvel que es el contable de la firma, una bella modelo llamada Natasha y todo ello aderezado por aventuras y desventuras de distinto signo que nos hacen reír, llorar, preocuparnos, sentir, intimar, empatizar y soñar a partes iguales. El libro es una fábula sobre el deseo, sobre el entusiasmo, sobre la fuerza sobrehumana que, a veces, irrumpe en la vida de las personas llevándolas a intentar conseguir aquello que puede convertir una oscura existencia en un precioso cuento de hadas. Pero no nos engañemos, al final, las cosas son como son y lo que puede parecer una comedia divertida termina transformándose en la aguda crítica de una sociedad que no perdona.

miércoles, 6 de enero de 2016

Obsesión por la limpieza

Algunas personas están obsesionadas con el polvo, la limpieza, los ácaros, la desinfección y la pulcritud domésticas. En las películas suelen aparecer obligando a sus visitantes a colocarse paños en los pies para poder pisar sus inmaculados parqués. Esta manía, si se lleva hasta un extremo bastante insoportable, se puede convertir en una obsesión. Y existen estas obsesiones, ya os lo digo. 

He conocido a algunas. Por ejemplo, mi tía Clara Eugenia. Tenía un piso precioso, en la mejor zona de la ciudad, que compartía con su marido y sus cuatro hijos. Tres chicos y una chica, ninguno de los cuales parecía entender la obstinación de su madre para que todo brillara y reluciera siempre. Eran chicos normales, que pasan su época de guarrismo habitual y luego se convierten en unos despilfarradores de toallas de baño. Pues bien, mi tía Clara Eugenia tenía dos cocinas. Sí, no exagero. La cocina "en uso", estaba en una habitación pequeñita, habilitada junto a una de las terrazas. La cocina "buena" estaba donde están las cocinas. No se utilizaba nunca y así continúa. Mi tía Clara Eugenia, la mayor de los hermanos de mi padre, tiene más de noventa años, pero ahí sigue, con su impertérrita cocina sin usar. En perfecto estado. Una cocina de Doris Day. Sin Rock Hudson pero con un marido, mi tío Luis Andrés, muy guapo, atractivo y con uniforme de teniente coronel de la Armada. 

Pues bien, este libro que os traigo al Roperito habla de una obsesiva-compulsiva en asuntos de polvos domésticos y limpieza en general. Lo ha escrito Meir Shalev, hijo del poeta Itzhak Shalev, nacido en 1948 en Nahalal, en Israel, y uno de los novelistas más admirados y populares de su país. Ha sido traducido a más de 20 idiomas y sus libros han sido bestsellers en Israel, Italia, Francia, Holanda, y Alemania. 

Esta es la sinopsis de la novela, contada directamente por su editorial, Ático de los Libros: En Nahalal, el pueblo donde nació Shalev, conocemos a su asombrosa abuela Tonia, que llegó a Palestina en barco desde Rusia y pasó toda su vida luchando contra el peor enemigo de su familia en aquellas nuevas tierras: la suciedad. A Tonia no se la vio nunca sin un trapo al hombro. Recibía a los visitantes fuera de casa y sólo permitía a unos pocos privilegiados entrar en su inmaculada morada. Hilarante y conmovedora, la historia de la abuela Tonia y sus reglas cobran vida en un relato que gira alrededor de la llegada de una enorme y reluciente aspiradora americana, regalo de un tío que había emigrado a Estados Unidos. Mezclando magistralmente realidad y ficción, Shalev crea personajes inolvidables y traza un retrato emotivo de su familia y de toda una época.

Está claro que en todas partes cuecen habas y que la naturaleza humana no es tan diferente en una soleada ciudad atlántica que en un pequeño pueblo mediterráneo. Mi tía Clara Eugenia y la abuela de Shalev, Tonia, podrían escribir esplendorosas y limpísimas páginas a fuerza de risas y de emocionantes batallas contra los ejércitos del mal olor o de la doméstica suciedad cotidiana. 

viernes, 1 de enero de 2016

Cómo ser más feliz con diez pequeñas cosas



Sesudos científicos de importantes universidades americanas han lanzado ya a la luz las recetas casi mágicas para conseguir que nuestra vida sea mejor. Hay que agradecerles a estas lumbreras su preocupación por nuestras vidas. No solamente investigan para lograr que las enfermedades casi desaparezcan, sino que se ofrecen como coach para que sepamos adonde dirigir nuestros esfuerzos cada primeros de año. Circulan ya por la Red toda clase de recomendaciones, algunas absurdamente difíciles (como es que dice que hacer el amor adelgaza...) pero también hay propuestas sensatas y estas son las que he resumido en este primer post del Roperito. Por si te sirve, amiga. O amigo, claro, que yo soy muy coeducativa y no margino a nadie por razón de sexo, ni de seso...

Si quieres ser más feliz has de ir andando al trabajo. Sí, como lo oyes. Tener que coger el metro, el autobús o el coche, es un auténtico suplicio, que baja tu nivel de endorfinas y aumenta tu cabreo considerablemente. Si llegas y no tienes aparcamiento, te sulfuras. Si hay atasco, te fastidias. Si pillas un taxi, te gastas un dineral. Por lo tanto, múdate donde trabajes o trabaja donde vives. No se contempla aquí ponerte un saco de dormir en la oficina....

Además, hay que hacer ejercicio. Eso ya lo sabíamos. Nos lo dicen todos los años. Como la gente se pasa por el forro la directriz, pues cada vez bajan el tiempo diario en el que hay que ejercitarse. Ahora ya va por siete minutos. Siete minutos al día y ya eres más feliz. Bajar y subir las escaleras de casa, vamos. 

Por otro lado, es fundamental charlar con los amigos y con la familia. Es decir, relacionarse. Cosa tan antigua como sentarse a cotillear es mano de santo. Nada dice de cuántas veces son las óptimas para el cotilleo, pero se entiende que de lo que se trata es de no andar rumiando solos lo infelices que nos sentimos. Le das el coñazo a alguien con tus penas y mucho mejor. 

Planear un viaje, por ejemplo, te hace más feliz. Buscas la ruta, el hotel, los museos que vas a ver, los trenes. Todo eso es magnífico para tu psique. Aunque no lo hagas. Se trata de "anticipar" que dicen los expertos. Puestos a anticipar, anticipa de todo. Una cita, un regalo, una sesión de cine, cualquier cosa. Imagina, sueña, prepara y disfruta. 

Nada de andar a tontas y a locas. No. La meditación se revela como una forma magnifica de quitarse malos rollos. Te relajas, dejas la mente en blanco, piensas en una pared verde, haces yoga, pilates o usas cualquier sistema que te salga barato y cómodo. Nada más que meditar ya te supone unos gramos más de felicidad para tu mochila. ¿Dije mochila? Mochilas fuera, hombre ya. 

Claro que también hay que ayudar a los demás. Ojo, razonablemente. Sin que sean para ti una carga insoportable. Manipuladores no. Pero ayuda, sí. Comprensión, empatía, ponerse en lugar de los otros, echar una manita. Todo eso fortalece el espíritu y nos proporciona placer. Un quid pro quo, si te fijas. 

Dormir más es otro objetivo saludable que no debes olvidar. Acuéstate cuando tengas sueño, deja de estar en el sofá dando cabezadas. Y procura cansarte durante el día para que el sueño sea reparador. Usa algún ritual que te guste: leche calentita, música, baño relajante, en fin, lo que sea. Algunas cosas que dan sueño también puedes usarlas. Pero cuidado con que no te traigan más disgustos. Y, al meterte en la cama, piensa en algo agradable. Ay. 

Nos quedan dos cositas para las diez. La novena es salir a la calle. Sí. Todo el día en casa es insano, por mucho trabajo que tengas, por muy grande que sea tu casa, por muy mal tiempo que haga. La calle es realidad, la calle es viva. Aunque sea sola. Un paseíto, una vueltecita a la manzana, una caminata, una revisión de escaparates, cualquier cosa que te saque de tu zona de confort y te ponga en contacto con la vida. Y si es con la naturaleza, pues mejor. 

Por último, sonríe. Ay, esa es una norma que me encanta. Una sonrisa es un regalo para ti y para los otros. Sonríe para dentro y para fuera. Sonríe aunque estés sola. No importan esas arruguitas que, tarde o temprano, te rías o no, van a salir sí o sí. Sonreír es darse vitaminas a uno mismo. Y ofrecer a los demás una esperanza. 

Ea. Ya tenemos faena.