miércoles, 26 de septiembre de 2018

Un mal gusto exquisito


Aunque podría, no voy a dedicar esta entrada a hablar de algunas celebrities que se dedican a gastarse el dinero en modelos imposibles de supuestos genios de la moda. Esto de la moda es como la cocina. Según se mire, tienen muchos puntos en común. Se trata de hacer lo más difícil posible algo que es muy sencillo. Un vestido, por ejemplo. Con sus botones o sus cremalleras, su largo y su dobladillo. Puede uno hacer piruetas, hacer el intento de dejar su sello personal y entonces convertirlo en un magnífico adefesio. Un mamarracho. Lo mismo pasa con la cocina. La alta cocina corre el peligro de convertirse en una cocina hecha para snobs a los que no les gusta comer. 

Podría hablar de cocina o de moda, incluso de política, porque todo eso aparece mezclado en un guiso imperturbable. Podría hablar de cualquier cosa pero quiero hablar de sentimientos, de elecciones y de amor. Qué es el amor si no el motivo principal por el cual los seres humanos nos dedicamos a sufrir en lugar de gozar de la vida????? Qué, sino una excusa perfecta para poner a parir a los hombres que no nos quieren, si somos mujeres o a las mujeres que nos asedian, si somos hombres???? Al revés no sería posible, ahí entraría ya el código penal. 


A pesar de que nuestra intuición es poderosa y no equivoca las señales, la mayoría de las veces no le hacemos caso alguno y entramos en barrena, directamente al sótano de las emociones, al lugar en el que todo se guisa a la tremenda. Entonces, nuestro ego se acorta y nuestra pasión se convierte en el leit motiv de la vida y así no hay manera. No podemos hacer negocio con nosotros mismos, no podemos conservar la vertical y el buen tino si nos dejamos llevar por ciertas exuberancias que engañan a cualquiera. O por cualquiera que es capaz de engañar a cualquiera incluida cualquiera de nosotros. Hay gente experta en eso, tenlo en cuenta. 


Si pudiéramos vernos con perspectiva, si la cabeza funcionara a tope y nos pusiera delante unos carteles bien escritos, unas señales de tráfico emocional, entonces sabríamos dónde acudir y dónde no asomarse ni en peligro de extinción de las especies. Hay una especie que no se extingue. La del adulador, mentiroso, engañabobas, que, una vez completada su tarea, te deja en la cuneta y ahí te las den todas. El radar nos engaña y caemos en la trampa de un cortejo absurdo, que, en realidad, no existe y que solo puede creerse si eres inocente al máximo. Una mujer bien poco avispada y que está dispuesta a dejarse arrastrar por un espejismo. Solo así puedes tener el mal gusto exquisito de querer a un horroroso desastre que solo te trae problemas. No debe ser cosa de pocas porque las veo a menudo contando sus pesares.


Si esto fuera un consultorio sentimental, que no lo es, te diría: Querida amiga, eres una mujer lista, guapa, trabajadora e inteligente. No tienes ninguna necesidad de crearte más problemas que los que la vida te trae. Piensa con claridad. Qué te aporta ese tipo, pagado de sí mismo, espléndidamente reconcentrado en su persona, misógino de tres al cuarto, narcisista de libro???? Cierto. Nada. Si la respuesta es nada, la nada es la solución. Qué solución podemos darle a ese estado tuyo de efervescente rabia, trastocada en tristeza indisoluble en agua y en fiera convicción de hacer el tonto???? La solución es nada. La nada. El silencio. Lo dijo mejor que nadie Carmen Laforet y no hay otra receta. Nada. Apréndelo. Y abrázate a ti misma cuando llueva. 

(Ilustraciones de Al Parker) 

martes, 4 de septiembre de 2018

Imperdonable




Aquel hombre tenía cierto atractivo. Al menos, al principio.

Era un atractivo aparente, desde luego. Si se escarbaba en el interior aparecían las cenizas. Pero la gente normal se deja engañar con mucha facilidad. Basta con que alguien se crea importante para que los demás también lo creamos. Basta con que un hombre se considere a sí mismo una persona de interés, para que todos acudamos en tropel a interesarnos. No sé qué dice la psicología de esto, ni siquiera sé si dice algo, pero debería. Hay personas que están tan equivocadas consigo misma como con los demás. Y no tiene remedio. No hay terapias ni curas. Es, sencillamente, un sector de la población que, si te lo encuentras de lejos, puede hacerte gracia. Pero, ay, como se entrometa en tu destino…

De modo que ese hombre parecía agradable, incluso en ocasiones, generoso. También podía resultar entretenido, podía reírse y contar cosas acerca de los demás que te divirtieran. Aunque solía reírse de sí mismo nunca lo hacía en aquello que, de verdad, resultaba grotesco. Más bien parecía que buscaba la forma de convertir sus defectos en virtudes. Lo contrario de lo que sugería acerca de los otros. No sé si era inteligente, me parece que no demasiado. La pobreza de espíritu no denota inteligencia. Ni tampoco esa búsqueda de la notoriedad en la que no debía notarse que buscaba la notoriedad. 

A mí siempre me pareció que algo fallaba, que había una cosa que no salía a la luz y que estaba demasiado oculta. Un defecto que no podía apreciarse aunque uno aplicara una férrea observación. Tampoco merecía la pena gastar tanto tiempo. Y bastaba con los defectos evidentes. Esos brotes de furia cuando se consideraba ofendido, ese uso de las mismas frases hirientes para repartir a mansalva y el creerse por encima del bien y del mal. El señor está reunido. El señor se está retirando a descansar. El señor está llamando con el batintín para que traigan el desayuno. Pobre señor. Pobre desayuno. 

Lo peor de todo, desde luego, no era nada de esto, con ser molesto y desagradable a la hora de relacionarse con los otros. Lo peor era que consideraba a Jane Austen una señora antigua, con poquísima pesquis y nada de ingenio. Lo peor es que no había leído nunca “Emma” y eso que alguien se lo regaló una vez. Lo peor es que la frescura de la vida que ella representa no la había conocido nunca. Lo peor es que envidiaba al señor Darcy y creía que era como él. Lo peor es que nunca lloraba con “Sentido y sensibilidad”. 


¿Quién podría soportar eso sin desmayarse? 

Lo peor es que era, en realidad, el señor Elton. Ahí va, camino de Bath, a ver qué tal florecen las estimables ramas de cinco mil libras al año.