jueves, 30 de marzo de 2017

Quiero mis sandalias, ya !!!!!!!!!


Ese momento exacto en que el tiempo climático te autoriza a dejar atrás los calcetines, las medias y a usar sandalias es uno de los más deseados por la mayoría de las mujeres. Llevar los pies casi descalzos, olvidarte de apreturas, lucir ese tono de uñas que te sienta tan bien, ser libre, libre, es un sentimiento colectivo que llevamos dentro y que, a poco que nos dejen, expresamos de mil formas posibles. La sandalia, un tipo de calzado muy antiguo, sencillo y que admite mil combinaciones, es, a la vez, cómoda, sexy, limpia, confortable, bonita y llena de posibilidades. Esta es una de las razones, una más, por las que el verano me gusta. Incluso cuando el calor azota con fuerza y la playa está lejos. Las noches de la ciudad, por ejemplo, se pueblan de pies sandaliados que ejercen una fascinación única sobre los hombres. Nada tan romántico como unas sandalias adornadas por mil piedras de colores. 


Hay sandalias que te dejan una huella imborrable. Por ejemplo, esas que compraste en Mallorca, en un viaje de estudios, y que acompañaban admirablemente al vestido malva de tirantes finitos que llevaba un chal de seda a juego. En las terrazas del Paseo Marítimo de Cádiz daba gloria ver el color moreno de las piernas y los pies, daba gusto contemplar cómo esas sandalias violeta lucían en medio de la noche, en esos instantes previos al baile en la discoteca, al abrazo ansiado. También las hay que tienen nombre propio. Por ejemplo, unas de color rojo vivo, con cintas al estilo romano, que compraste en el centro de Madrid y que llevaste con un vestido también rojo, a esa feria en la que el chico que te acompañaba tenía los ojos verdes y era el más guapo de cien mil kilómetros a la redonda. 


O aquellas otras negras, con motivos hippies, que hallaste en un mercadillo de la Costa del Sol y que usaste en una velada muy, muy romántica, con un vestido largo casi transparente y una trenza en el pelo que brillaba. Un pelo lavado y secado al sol, sin artificios, simplemente con esa suavidad que da la juventud, con ese aire de esperanza plena que tiene la vida cuando empieza y descubre que hay piel al otro lado de la piel. Esas sandalias que lo vieron todo. 


O aquellas otras que llevaste en Sanlúcar, en un concierto a la luz de la luna, con la música atronando en los oídos, las manos alzadas y el mechero encendido para darle calor al artista, que cantaba tus canciones favoritas y, más tarde, en la playa, allí cerca, contemplando un eclipse de luna que duró toda la noche. Los ojos del muchacho tenían aire de fiesta, su voz era un susurro y reía con la vivacidad de un pájaro que hubiera descubierto el mejor sitio para abrazar las flores. 

Por muy apagado y silencioso que esté el teléfono, por poco que suene, por muy lejos que esté el chico de ojos verdes, por muy triste que tu corazón se sienta a veces, por muy difícil que te resulte todo, por muy cruel que sea a veces la vida, por muy perdido que esté tu corazón sin gobierno ni anhelo, por muy todo que ocurra, unas sandalias, unos pies en contacto con los sueños, una llamada que no tiene respuesta, salvo que así es la vida. Una forma de andar, en suma, no importa con qué tiempo o qué equipaje. 



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