sábado, 3 de febrero de 2018

Devuélveme mi cara


En toda esa ola que parece arrastrarnos y que mezcla feminismo, machismo, acoso sexual, abusos, piropos, manifiestos y lucha por la igualdad, hay un aspecto que parece frívolo pero que no lo es. Algo que está ocurriendo desde hace algún tiempo sin que ningún colectivo levante la voz, sin que ninguna voz individual se eleve. Quizá porque hay mucho en juego y cuando digo mucho, me refiero, cómo no a pasta, a dinero, a negocio. 

Hablo de las cirugías estéticas, de los tratamientos rejuvenecedores, de los bótox, hialurónicos, detox, y toda esa parafernalia tan complejísima que tiene un único objetivo: evitar que se note que el tiempo pasa. No podemos detener el paso del tiempo, no existe el elixir de la eterna juventud, pero sí podemos ( o eso creen algunos) conseguir que no se perciba su huella. Es un empeño que puede parecer elevado pero que tiene una connotación tan profunda de cosificación, de renuncia a la propia identidad, que no llego a entender por qué nunca se habla de esto. 

Tratar de mantener un aspecto agradable nos gusta a nosotras mismas. Obsesionarse por ello con el fin de estar en un mercado persa con relación a las demás mujeres, es insano y nadie debería caer en ello. Ni las actrices, que aseguran que lo hacen por mantener el trabajo. Ni las personas que están de cara al público. Porque se empieza por un pequeño retoque y se termina sin identidad. 

Las mujeres (sobre todo ellas, pero no solamente) se lanzan cada vez más jóvenes a un combate contra la edad que conlleva muchos pasos, desde las cremas y tratamientos faciales menos agresivos hasta la temible cirugía. Esta ya no tiene vuelta atrás. Cuando el bisturí cambia tu expresión, cuando te convierte en un clon, hermana gemela de otras miles de mujeres que antes que tú hicieron lo mismo, entonces ya todo está perdido. Ese hoyuelo, ese gesto, esa sonrisa, esa forma de mirar, ese mohín, todos estos elementos consustanciales a ti misma van a desaparecer y, en su lugar, aparecerá una superficie lisa, brillante e impersonal, que lo mismo puede ser tuya que de la vecina del quinto. Han desaparecido las huellas del tiempo y, con ellas, tu ser, lo que  has ido creando sin darte cuenta a veces. 

Los salones de belleza no son solamente ese lugar en el que te hacen una limpieza a fondo, te tratan las manchas del sol o te realizan la manicura francesa. Ahora la batalla contra los radicales libres, los ultravioleta o el calendario, tienen una feroz manera de expresarse a través de miles de cremas, geles, espumas, jabones, inyecciones, ácidos, como paso previo a la gran decisión, la jeringuilla, las agujas o el bisturí. Y ahí están los grandes gurús de la época junto con los coaching de crecimiento personal: los cirujanos plásticos. 

Y yo digo: si queremos conseguir que las mujeres no sean dependientes, no sean consideradas cosas, no se sientan obligadas a gustar a los hombres porque sí…si queremos lograr que se reconozcan el talento, el ingenio, la inteligencia, el trabajo…¿por qué hay que someterse al estrés de mantener una ficción que nos convierte en otras personas? ¿por qué tenemos que ser siempre jóvenes? ¿por qué tenemos que sufrir cuando vamos envejeciendo? ¿por qué hay que seguirle el juego a esos hombres que quieren tener siempre a su lado a una veinteañera?


No somos Campanilla. Nunca vamos a serlo. Y ellos, desde luego, no deberían ser Peter Pan. Si lo son, es su problema. Cuidarse está bien. Obsesionarse y dejar de ser lo que somos, es una lucha perdida. Un absurdo. Una forma de perder la identidad que no debería interesar a ninguna mujer. Una renuncia a la libertad.

Pero resulta que las más vociferantes son, en ocasiones, las que tienen como amigo más íntimo a un cirujano plástico.

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