martes, 29 de diciembre de 2015

Vestida para triunfar


Alguna vez he contado que mi cuento favorito es "La Cenicienta". Sobre todo eso de que los objetos, los animales y los harapos, se transformen en carroza, lacayos y ropa maravillosa. Sueño en ocasiones que me ocurre eso. Voy vestida con telas pobres, oscuras y raídas y, de pronto, entro en algún sitio, algún lugar mágico, y me transformo. Entonces me convierto en una esplendorosa mujer de rojo. En otras ocasiones, el sueño es más complicado. Resulta que tengo que asistir a una fiesta, un compromiso ineludible. Y no tengo nada que ponerme. Miro el armario y todo lo que hay es desastroso. Me preocupo, pienso, busco, indago. Pero nada, no aparece nada que esté a la altura de lo que necesito. Entonces me voy a la calle y entro en otras casas. Sí. Lo confieso, soy una cleptómana de ropa ajena con la insana intención de ser la mujer mejor vestida del evento. A veces encuentro lo que hallo, otras veces me voy de vacío, con una enorme sensación de haber fracasado. 

El sueño en el que apareció el vestido rojo es recurrente. Es un sueño repetido que surge cuando menos lo espero, siempre con ocasión de alguna novedad positiva. Si las cosas son negras, oscuras o grises, el vestido rojo no surge, no aparece. Cuando todo va bien o así me lo imagino yo, entonces el vestido rojo es el talismán. Es un vestido rojo pero no siempre es el mismo vestido. Corto, largo, de seda, de gasa, de hilo, de tul, de fiesta, de trabajo, sastre, falda, jersey, abrigo....El rojo es la unidad, aquello que lo hace diferente, único, pero la prenda varía. Es verdad que, cuando las cosas salen mejor en el sueño el vestido es impresionante. Podría ser de Carolina Herrera, o de Sybilla, o de Valentino, de Óscar de la Renta o de Stella McCartney. Un vestidazo rojo de cojones. 

No me he parado a pensar en el significado de ese sueño. Lo disfruto sin más. A qué pensar. Seguramente es un deseo irrealizado. Una meta incumplida. Una búsqueda. Lo mismo da. Cuando el vestido rojo aparece en el sueño yo soy una princesa y el príncipe no persigue a las cocineras ni a las institutrices sino que siempre tiene la palabra exacta, la mirada exacta, la sonrisa exacta. Un hombre de verdad. 

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